LA OTRA · REVISTA DE POESÍA Y ARTES · DESDE 2008  

Narrativa

Cuentistas de Costa Rica

10 de noviembre de 2009

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Cuatro escritores ticos ofrecen un muestrario de la actual narrativa de su país, un ejemplo de lo que se escribe y de lo mucho que nos queda por conocer de esta nación centroamericana. Sus nombres son: Alfonso Peña, Guillermo Fernández, Guillermo Barquero y Juan Murillo.

 

 

M E N U

 

 

QUÉ HACER CON TANTA PASTA

ALFONSO PEÑA

 

 

El Bachiller venía dando pasos soneros (nosotros decimos que el Bachiller tiene ese “tumbao” habanero o santiaguero, debe ser porque es descendiente del prócer cubano Maceo), él es puro timbal.  ¡Y es que el negrito tiene tumbao! Parece que cada paso suyo se mueve al ritmo de un guaguancó, o una rumba agitada.

 

Carlitos, el escultor, atravesaba el parque Kennedy; justo al pasar al lado del busto de JFK (¡cuántas veces lo han querido pulverizar!) y buscar la salida en diagonal, los res nos encontramos. Al avanzar entre las aceras concurridas; una inesperada colisión: “Q’hubo compa, todo bien, así es, linda tarde, casi noche, vamos por ahí…”

 

El Bachiller regresaba de su estudio que estaba por la calle ácida. Carlitos, mostraba su indumentaria de “rudo”, compuesta de un mono de mecánico mezclilla azul saturado de polvo de piedra tobita. En el mono estaban los vestigios de su faena cotidiana. Los lamparazos del polvo de la piedra se impregnaban por las rodillas, los tirantes, el plexo. No abandonaba en ningún momento su estilo. El rudo que fragmenta piedra y talla maderas nobles. No cruzamos la calle encrespada por la circulación de vehículos y gente; tampoco pasamos por debajo de la luz roja del semáforo, porque en ese momento el Bachiller espetó: “vamos a tomarnos un tapirol”.

 

La conversa efervescente  acerca de la tarde azul náutica. Nos abalanzamos  sobre la puerta grafiteada del Fitos.

 

–Tarde multiácidacolorazulártico.
–Piedra balsámica es la tobita.
–Grafitti saxo bramido.
–Negro sexual.
–Bachiller-negrito, deberías tomarte un mojito en una bodeguita que está cerca del parque Maceo y ahí verás al negrote que anduvo por estos parajes y de donde vos venís…
–¿Es imponente la escultura de Maceo?
–Maceo en bronce cetrino por la arenisca habanera.
–Una de mis esculturas en hierro por las Ramblas.
– ¿Tu escultura en hierro por las Ramblas?
–¡Ah!
–¡Oh!
–Desde el parque Maceo se mira el malecón… Suspenso mar azul cresteante.
–Tres tapiroles.
–Morro Che.
–Bombarda  triple.
–Maceo en Mansión.
–Desde playa Sámara se mira la Mansión de Maceo.
–En Mansión todos somos familia.
–Descendientes de Maceo.
–Claro, es la mansión de Maceo.
–¡Cómo no!
–¡A guarachal!

 

 

Brindamos, porque Carlitos estaba de cumple. ¿Cumpledías? ¡Cumpleaños! Nos vamos de farra. Farragosos. Faranduleros. Garruleros.  Abordamos un taxi en la esquina del parque de San Piter y regresamos a la calle ácida. Carlitos nos dijo que lo esperáramos,  iba a retirar sus bártulos donde un compadre. Salió de la máquina bamboleando su reciedumbre y sus greñas enmarañadas. Se deslizó entre la acera y se introdujo en un edificio grisáceo. Enjambre de apartamentos. Regresó con rapidez. Cargaba un bolso de tela descolorida  y una carpeta de dibujos. Con cuidado se arrellanó en el asiento trasero y la máquina tomó la ruta hacia Chepe.

 

Cumpleaños de Carlitos. El Bachiller dijo: hacemos la ¿vaquita, banquita? Claro que sí. Por Carlitos. Nada que ver, no lo permito. Yo invito, terció  molesto, el escultor. Tengo suficiente billete. No me lo van a creer, pero me ha ido muy bien con la escultura. Casi un imposible. No me digas que eso es imposible. Tenemos que ir un día a mi taller. En Escazú. Cerca de los cerros. Colecciono semillas. Semillitas. Son mis modelos. Las llevo a la talla y lo que sale es una creación asombrosa. Vos sabés hay que sacarle partido a las cenizas, a las llamas, a la madera. Las he visto: multieróticas,  polimórficas. De diversos caracteres y tamaños. No como dicen “los conocedores”, que son “solo” eróticas. Así es la fauna. Etiqueta a la vista. Ni que decir de la bronca de los egos. Hay un escultor vecino que me visita. Es de los que están predestinados a erigirse en maestros. Farfulla: “¿Semillas? Je, je, qué cursi. Deberías trabajar tus hierros como lo hiciste en Cataluña…, a la manera de Chillida”. Esos tipos creen que te van a bajar el piso. Que salgas de tu frecuencia. Es una manera de joderte. De ningunearte. Pasó el tiempo. Siempre me rondaba, cada vez más mirón y preguntón. Un día visité a otro colega y después de conversar y conversar me dice: vistes las semillas de “J”. Qué loquera. Se parecen a las tuyas. Es un ajusticiamiento: Fusilatum, fusilorum. Es como una anfibioambigüedad (atrocidad). Semillas. Viaje a la semilla. Corazón de semilla tienes tú, alma mía. Entre semilla y cojón. Entre semilla y pezón rosado. Cenizo, hojalatilla, flor de muerto, pelo de gato, mal hombre, zapote,  chichicastle, ceiba,  guanábana, coco, palo mulato, níspero, durazno, aguacate, laurel,  tamarindo, cacao,  zapatito de la vaina.

 

Carlitos, no tenías porque traernos al “As rojo”, es demasiado costoso. Nos hubiéramos conformado con el “Markus”, o quizá el “Zanzíbar”. En la mesa de manteles amaranto una botella de scotch. La cosa va para largo, la casa va para lejos. La casa contenta con los buenos clientes. La casa tiene la razón y los clientes salen ebrios. Bombeados.  Hasta la médula.  Tiene como pagar el cuentón. Sin problema. No hay que apurarse.

 

¡Bachiller, incorregible! Poco a poco las cortinas del fondo del nait club, se fueron corriendo, moviendo, destapando. Por los cristales emergieron unos crispados rostros de ojos rasgados, con tatuajes en las sienes y dragones en el cuello.  Son los orientales del nait club. El Bachiller los despertó. Los alertó. Los sacó de su viaje. Comedores de opio. Lotófagos. Bachiller, con sus giros y sus boleros. Su alegría contagiante. Mire señorita. Señorrrita. Seeññorita. Luz noctámbula. Luz de mis ojos. Fuego en tus ojos. Tú vives en mis ojos. Y entonces ficheras y  coristas desfilaban de dos en dos y claro las bailarinas que iban y venían después de cada turno. Otra vuelta. Tres botellas de riunite. Una grapa. Dos de casillero del diablo.  Yo soy whiskera, de etiqueta azul, es el color más distinguido, sino, no hay nada. Hablaba y se contorsionaba como una mariposa de alas nazareno. Linda. Corazón de pedernal. Crema de pipermín.

 

Mi cielo dicen mis amigas que si les puedes “regalar” varias botellitas de vino tinto francés para calentar antes de la coreografía. Va a ser con música flamenca. Qué dulzura. Orden para allá. Mi amorcito, cumpleañero, dedicada a ti. Rumba flamenca para ti. Se sentaba en las rodillas de Carlitos, le restregaba el trasero y le acariciaba la barbilla. Se levantaba de seguido y aparecía otra con un vestido de plata con hilos carmesí y le tocaba los bucles desordenados. Todas las bailarinas desfilaban por donde Carlitos que se sentía un Pachá, Chamangurú, Jeque. El sultán Carlitos.

 

Lo extraño es que en nuestra mesa las botellas de scotch se multiplicaban; la multiplicación de los panes o la (comenta Carlitos que él sueña con el escote de María Magdala) espléndida metáfora de las bodas de Canaán. Todos tenemos algo de magos, prestidigitadores, multiplicar los senos de todas las bailarinas. Multiplicar y triplicar los tatuajes de los orientales que por cierto nos ven con caras de pocos amigos, cuesta entenderlos, son demasiado herméticos, sus risas y los acentos en forma de daga, puñal, estilete.

 

En la oscuridad (porque en algún momento se hizo la oscuridad) avanzó una turbulencia gélida. Era la máquina de niebla que anunciaba en clara complicidad con el juego de luces que las bailarinas se aprestaban a iniciar el show de fondo. Tambaleo rítmico, percusión endemoniada, zapateo acompasado por tacones altos de cristales y guirnaldas volando entre todo el espacio, eran dos o tres hileras de bellas amazonas de la noche, corpulentas,  proporcionadas, de narices perfiladas y cabellos ondulados, de piernas alargadas y cinturas de viola, ojos moriscos y mulatos y criollos y orientales y mestizos, vestidos hechiceros rojos y amarillos y celestes con puntos violáceos y rueditas dentadas crucecitas y alabastros y jades y lindos collares, fantasía pura. Ellas caracoleaban, se deslizaban con gracia y movimientos de las manos, de vez en cuando enseñaban sus pasos flamencos y gitanos y Carlitos estaba transformado y decía venga y ¡olé! y ¡olé! y venga no puede ser, esto no es cierto, es la magia total, es la cueva de Polifemo pero en el trópico y es que siempre lo he dicho la vida está en el trópico y ¡olé! y que manera de bailar, son verdaderas princesas, vamos que esto no se ve todos los días, vamos, vamos a divertirse, eso es vivir la noche, todo en un solo momento, ¡olé! y ¡olé!

 

–¿Qué hiciste Bachiller? –protestó Carlitos, en medio de aquel frenesí, la confusión de las tres de la madrugada. Y es que antes de “eso” demostró sus habilidades, bailaba y se retorcía entre las butacas, y es que habían butacas, si señores, ahí se podían encontrar visitantes noctívagos de muy diversos linajes. El show era total. Antes del final, bailó las fusiones musicales. Hizo acopio de sus aptitudes histriónicas y dramáticas. Contó chistes e hizo retozos de muy diversas maneras. Aquel matiz del Bachiller nos era desconocido. ¡Bravo!, Bachiller! Es probable que el scotch haya calado en él. Cuando Monique apareció en el tablado, parece que se nubló. Ella era la bailarina que cerraba el show. Dio tres y cuatro pasitos para delante y para atrás. Su sombrero llamaba la atención. Se dice que fue el color chispeante del sombrero. No lo creemos. Más bien pensamos en el scotch y la damisela de la noche. No se sabe cómo, el Bachiller se fue hasta la parte de atrás de las butacas y tomó impulso: dio un salto largo y cayó en el tablado. Las “damas de honor” de Monique se hicieron a un lado y él sin dejar de sentirse un “elegido” bailó o trató de danzar a la par de la princesa. El acoso fue total, la siguió por el tablado, hasta que los orientales entraron y con hostilidad lo tomaron de los hombros y entre sacudidas lo sacaron de escena.

 

El Bachiller se refugió en la mesa de manteles amaranto. Los orientales llegaron como hormigas. No nos imaginábamos que aquello era una madriguera de chinos. Algunos se insinuaban como tahúres genuinos y conocedores expertos de las artes marciales. Solo quedaba una salida, pagar y salir limpios. Hubo miradas intermitentes. Gestos feroces. Palabras ininteligibles. Hasta que un oriental que mascullaba el idioma, rezongó entre dientes una cifra astronómica. Inalcanzable. Dijimos cómo y qué. Policía, aulló uno de los orientales; de inmediato enseñó una  daga reluciente. Otro se carcajeó. Carlitos se ajustó el mono de mecánico. Miró a los orientales de arriba abajo. Les paseó con insolencia su mirada de jaguar ancestral. Volvió a preguntar por la cuenta. Otro oriental le enseñó una daga filosa y alargada, Carlitos con prudencia pidió calma, por favor calma. Durante unos minutos hubo expectación. Lo vimos inclinarse en su asiento, y con mucho cuidado levantar de las baldosas su bolso de tela incolora. Lo colocó sobre la mesa y como si  se tratase de un “pase mágico”, del bolso emergió otra bolsa de papel craft. Fue maravilloso. De la bolsa de papel craft, bien acomodados, se asomaron muchos fajos de billetes verdes. Los chinos estaban estupefactos. Nosotros no podíamos creerlo. Pero así fue. Tomó unos cuantos billetes verdes y los lanzó en la mesa. Los asistentes que aun se encontraban en las butacas comentaban y aplaudían.

 

Cuando dejamos atrás el “As rojo”, Carlitos, el escultor, el coleccionista de semillas, cerró el episodio con una especie de frase dirigida a la madrugada gloriosa: “Les dije que me va muy bien con la escultura; esta tarde El club de polo me pagó los trofeos que les hice para su campeonato; no sé que voy a hacer con tanta pasta”.

 

ALFONSO PEÑA, San José, Costa Rica.
Narrador, ensayista,  editor, agitador cultural.
Dirige la revista Matérika (www.materika.org). Entre algunos de sus libros mencionamos Noches de celofán, La Novena generación, Desde el centro, Labios pintados de azul. Buena parte de sus ficciones han sido vertidas al portugués, inglés, italiano, francés. Colabora con diversos medios latinoamericanos.

 

 

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M E N U

 

 

EL ODIOSO SALVAJE

 

GUILERMO FERNÁNDEZ

 

 

La lluvia se inició de golpe y continuó recia durante todo un mes. Odió los zapatos húmedos y los cigarrillos asimilados en los cafés próximos a la Facultad. Algo le indicaba que pasaría muchas horas en la biblioteca. Las conversaciones se tornaron insoportables. Los rostros, predecibles. Asumió un incipiente asco por la tertulia que se demoraba sobre las zonas verdes, mientras se acercaba la hora de clase. En los intermedios, se metía en algún libro para evitar la tentación al diálogo. De lejos escuchaba la palabrería.

Este distanciamiento, sin embargo, no se dilató por muchos días. Enajenándose a un impulso que a veces lo hacía actuar con imprudencia, aprovechó un instante durante el curso de ética profesional, previo al inicio de la clase, para hablar con Ilse, una estudiante de derecho.
—¿No se hace tanta lluvia contra la felicidad?
—¿Cómo dijo?
—Los cielos encapotados, la humedad espantosa que precede a un aguacero, los grises y verdes, como si viviésemos en un antro de musgo, ¿no la deprimen a usted?
—Me es indiferente. Para este curso, haga sol o lluvia es lo mismo.
—Si me disculpa, casi todos viven en lo mismo. Las gentes se encierran en sus propios caparazones, pero solo esta galaxia tiene trillones de estrellas que nos destruye por completo el sentido de aislamiento, de monotonía.
—Mo-no-to-ní-a… –repitió la mujer en un acto mecánico.
—No invento estas cosas. El ser humano está estructurado por máquinas que lo impulsan a realizar labores tan complejas como peinarse. Pero si hablamos del fuego que debe existir en él, de la gran hoguera que debe acompañar a toda vida, me temo…
—¿Disculpe?
—Lo que trato de decirle es que la proximidad es importante. Por ejemplo, usted siempre está seria. No me lo tome a mal. Puedo sentir que los interminables días de lluvia de este valle solo benefician a cierta clase de tristeza, que muchos parecen haber aceptado. La selva tropical es lo único que puede vivir aquí, y su fantasma nos aniquila. ¿Ha visto el aumento en las alergias últimamente? La gente debe tener más cosas en común. Un rostro bello como el suyo no debería apagarse…
—Hay cosas en qué pensar. A esta hora siempre ando con hambre. Pienso en comida.
—Bueno, sí. Comida. ¡No! ¡No! No es eso lo que quiero decirle. Mire, podríamos hacer algo raro en este momento. No se asuste. Algo trivial, pero fantástico. Sólo para dar un salto más allá de esta noche.
—¿Qué?
—Si me dejara besarla, sólo por conjurar este aburrimiento…
El exabrupto tuvo que ser explicado meticulosamente. Y aunque la mujer adujo comprensión a la tropelía, las miradas que le lanzó durante la clase le parecieron por momentos de indignación y de cuidado. Una sudoración lenta y ardorosa le bajó por las patillas y la nuca. Sólo cuando estuvo en su casa se rió de sí mismo con toda libertad.
A la mañana siguiente se dirigió a la plaza con el fin de recorrer los cuatro kilómetros de rigor. El sol le daba en plena frente. Los pájaros, turbulentos, discutían en las copas de los árboles. El sonido de vida del vecindario le dio humor. A su paso, el césped rezumaba el olor previo a la lluvia vespertina. Las enredaderas de los muros se extendían amarillas, rojas. Todo su cuerpo fue penetrado del ritmo mañanero. Hasta pudo volver a sonreír cuando rememoró lo sucedido en el curso de ética profesional. La cara de asombro de la estudiante de derecho se le presentó con todo su apuro. La vergüenza, ya muy disminuida, le rasguñó un poco las tripas.

 

De nuevo en la Facultad, escuchó que uno de los estudiantes había desesperado de las letras, la filosofía y la seguridad de haber nacido en el seno de una familia adinerada, y había tomado al toro por los cuernos. Armado con ametralladoras UZI, junto con otros reconocidos prosélitos de izquierda, había sido arrestado en Panamá en un intento por asaltar una sucursal bancaria. En este acto murieron dos de sus compañeros. Supuestamente, el fin del atraco era reunir dinero para formar un movimiento subversivo.
 Tomó la noticia, al principio, con cierto desenfado. Paulino, el estudiante al que muchos recordaron por su manera de devorar cigarrillos, era considerado ahora con horror y respeto. Por algo fumaba así. Algunos hacían gestiones para su liberación y el día que un grupo de estudiantes lo detuvo con un listado de firmas en apoyo a la intervención del gobierno, se excusó desde la base de temores justificados, que los demás vieron como puras majaderías. Había que pensar, según su modo de ver, que todo intento subversivo podría estar controlado desde las raíces. ¿No podría ser reconocida su firma desde las alturas remotas de un satélite?
Luego de revisar su indolencia hacia la suerte de Paulino, las chácharas al respecto lo hacían sentir desvalido. Paulino había hecho algo, erróneo o no; pero había hecho algo. La violencia implícita pudo desmerecer su acción, pero ¿no era la violencia acaso el motor de la historia? ¿No cacareaban esto muchos hombres inteligentes?
Paulino empezó a convertirse en un tema por tratar bajo cualquier circunstancia. Unos consideraban que había descalabrado su existencia. Otros sentían simpatía por su coraje. Había pasado algo en su cotidianidad. Una ruptura.
—Imagináte a Paulino con una UZI.
—Y en Panamá. ¿Cómo pudo decidirse?
—Pero no aportó una solución, una mínima solución, ustedes parecen que admiran esa locura.
—Yo no lo admiro.
—Tampoco yo. Se trata de descubrir sus móviles. Era un estudiante como todos nosotros. Imagínense, hablaba y bebía cerveza con nosotros. ¡Qué terrible! Pude también haber sido yo, o vos, Ramírez.
Ramírez sonrió moviendo negativamente la cabeza y dio las espaldas al grupo, que ahora podía dispensarse de hablar de la última película de calidad o de los aburridos cursos de latín. La palabra “móviles” se desfondó en espiral hasta su cerebro y hasta la repetía muy bajo en la barra de un bar.
“Móviles, sí, sí, me faltan los móviles”, espetó.
—¿Otra cerveza?
—No, gracias.

 

 

La estación húmeda adquirió a los ojos de Ramírez un brillo nuevo. No dejaba de pensar en los “móviles” y hasta el efecto de pronunciar esta palabra le parecía mágico. No escamoteaba cualquier oportunidad para sacar la palabreja. Había que tener fervor, pensaba, ese es el móvil, del latín mobilis, que por sí puede moverse (…) Lo que mueve material o moralmente a una cosa.
El fervor, sin embargo, fue disminuyendo conforme el episodio de Paulino perdió vigencia. Volvió al cauce anterior y cuando se le preguntaba sobre el particular, simplemente aducía que no estaba enterado. En verdad, el caso de Paulino se había presentado simultáneamente a la invasión de Panamá y eso pesó a su favor. Su llegada al país era inminente. El caso de Paulino había dejado un espacio vacante. En la biblioteca alimentaba su impaciencia leyendo grandes novelas como La guerra y la paz, o reuniendo material para una próxima investigación. No se hizo esperar, sin embargo, una nueva noticia que puso en alerta a todos: En las proximidades de la universidad varias mujeres habían sido violadas. Como presunto responsable  se tenía a un hombre que se enmascaraba con una media de nylon. Este, antes de ser un pervertido ordinario, sugería caballerosamente a sus víctimas dejarse ultrajar, enfrentándolas con un enorme cuchillo de cocina.
Una noticia así desalentaba a los hombres y ponía difusas y desconfiadas a las mujeres. No podía ser de otra manera.
Ramírez, a través de las ventanas de los buses y desde su silla en algún café, inspeccionaba el rostro de las jóvenes universitarias. ¿Cómo expresaban el hecho tan reciente del violador, cuyo número de víctimas ascendía a cinco? ¿Qué clase de hombre era, si hasta según la misma versión de algunas de las agredidas, no tenía ni siquiera mala apariencia? ¿Era el deseo el único móvil? Un gran deseo que lo empezaba a perseguir desde su cama apenas abría los ojos. El deseo perruno. La sed callejera. Y todo en un perímetro como el de la universidad.
—El problema es que vos sos normal, Ramírez –le explicó una estudiante avanzada que creía poseer ideas geniales–, y no ves el mundo como una selva. El violador, el transgresor en general, no ha salido de ese ámbito. Vive bajo el yugo de los dioses previos a la sociedad. Está regido por ananké.
—No me considero tan normal. A veces me asusto de lo que pienso.
—Pero tu actitud es cálida… digo, por no decir fría. No podés entender ese reino. Algunas mujeres como yo tal vez entendemos una cosa así. Es terrible, pero así es. La mujer entiende al transgresor. Ella también convive en una zona oculta con seres más viejos que la sociedad. Ella sabe por qué un hombre viola. Pero no es solo por saciedad y sexo. Es también por venganza y deseo de fusión.
La sensación de ser normal lo acompañó quizás una semana. Bajaba del bus, discretamente. Sintiéndose algo así como un hombre incapaz de matar una mosca, de quebrar un vaso. No había nada peligroso en él. Nada sería excesivo en su vida. Sacaría la licencia. Impartiría clases, quizás en esa misma universidad. Se pondría años más tarde unos anteojos que demostrarían su zafia aplicación al estudio. Hablaría de Borges a los estudiantes agitando una mano temblorosa.
—En este cuento Borges utiliza magistralmente la paradoja de Heráclito como si fuese un tema de anécdota…
Despertaría cada mañana al lado de una señora sumamente respetable, capaz de sostener con él una conversación inteligente durante el desayuno:
—¿Qué dice el periódico esta mañana?
—Lo mismo que encontraste ayer: más material deportivo para médicos, abogados y siquiatras.
—Ja, ja… muy ingenioso, amor… ja, ja, pasame el café.
La risa ronca invadió cada una de sus neuronas. Sintió un escalofrío letal: ese sentimiento de ser alguien inocuo se fue haciendo un peso excesivo sobre sus hombros.

 

 

Al ingresar a otra clase de ética profesional se sentó a un pupitre esquinero y sus ojos se extraviaron. Toda su persona se le representaba como un animalito más o menos amaestrado, expuesto a intermitentes caídas de ansiedad, que podían ser salvadas con aspirina y cerveza. ¿Dónde estaba su salvaje?
—El justo medio para Aristóteles era una medida dada por la razón. Pero también podría considerarse una medida que ofrece cada persona. ¿Cómo podrían entenderse, entonces, términos como “excesivo” y “defectuoso”?
–—¿Qué piensan ustedes de lo que dice Ramírez? ¿Será el justo medio una ilusión, una mentira, un piélago inútil? ¿Está desnudo el ser humano agarrándose a un hermoso código, sólo por el horror que le causa su mirada en los espejos?
Ilse lo volvió a mirar con astucia. Ya sabía algo de él. Algo más importante que todas las conjeturas y los libros. Algo fresco como la superficie lunar, totalmente inhóspito y puro. Pronto pareció inquieta. Su desnudo talón se balanceó como el signo de que había entendido. Sus antebrazos resplandecieron. Una fuerza superior lo obligó a mirarla con más decisión. Era solo el alargamiento de dos potentes estambres que la polinizaban. El ejercicio mental le agradó: sus extremidades crecieron como palmeras impúdicas. “Yo no soy un hombre inocuo, mi amor, soy un bicho que llora en la selva y que quiere destrozarte.” La imagen, más que la ilación verbal, se comunicó como un relámpago. La mujer erizó los globos cafés de sus ojos, como si hubiera oído una impertinencia. “Ya sé –pareció comunicarle–, quizá sea usted ese cortés violador del que todos hablan. Un violador que polemiza sobre Aristóteles. ¡Mosca muerta!” La última expresión fue un leve golpe de abanico, pero en ningún momento un portazo. Esto le encendió una hoguera en las puntas de los dedos. De prisa tomó un bolígrafo y lo intercaló de un dedo a otro. ¡Ardía de juventud!
Terminada la lección, la estudiante salió rápidamente de la clase. Ramírez pudo apenas distinguir su bolso cuando giró hacia las escaleras. Un poco de su cabello se suspendió en medio de un corredor vacío. Era innegable que ella había tenido una especie de iluminación y que, por unas pautas que él había sabido mostrar, ¡ahora lo confundía quizá hasta con el mismo violador!
Casi se sintió apenado al final de la noche. Hasta llegó a pensar en la policía; pero no había pruebas. El verdadero animal velaba ahora detrás de algún matorral. Su olfato perito esperaba el botín. Él solo podía imitarlo poéticamente, pero, al fin y al cabo, lo comenzaba a sentir muy próximo a su corazón. Su espantosa sed quizás estaba fuera de la ley. Como la suya.

 

 

Los días ardieron lentamente y esperó con deseo la próxima clase de ética profesional. En el intervalo, su amigo el violador había consumado otro delito. Las inmediaciones de la universidad fueron custodiadas. Parecía inasible. Una especie de araña en alguna viscosa y maloliente dimensión, de donde salía a la luz para alimentarse con la tibieza de terrestres y luminosas mosquitas. Por no ocasionar daño a las damas con el cuchillo que relucía a la par de una retórica sutil (como de camarero de gran restaurante), no fue fácil ponerle un apodo popular, de esos que abundan para los infractores de la ley. Se le denominó chacal, que ya había sido empleado en otro crimen, pero demasiado evocador de saña y sangre. La ambivalencia en la denominación de un nombre justo hacían del individuo algo así como un monstruo invulnerable. Una vez que el nombre diera en el clavo, de seguro caería. Por lo pronto, se hablaba de violador a secas, cuando, si se quiere, ejercía la violencia con amabilidad, por así decirlo.
Ramírez se documentó acerca del asunto. Se animó a pasearse por los sitios donde se habían consumado las violaciones. Y a veces tuvo que contener el asombro por el carácter público de las zonas sobre las cuales se realizaban las expediciones del agresor. Para aderezar el caso, los diarios habían aportado un componente nuevo en la actuación del sujeto, que implicaba el uso de su cuchillo de cocina para cortar las bragas de las asustadas mujeres. La entrada de un elemento de Hollywood amplió el ángulo de expectativas que se habían esgrimido hasta ahora. Este componente de manoseado suspense realzaba la mentalidad estereotipada del infame. Pero no había que olvidar que el hombre actuaba contra el tiempo. Digno de un atleta es lograr sus fines con la elegancia debida, sincronizando toda su dinámica con el poder de dominio que ha demandado su técnica. Una sola pifia, un movimiento discordante, hace que el atleta se desplome bajo una ola de silbidos.
Imaginar tan solo el detenimiento y la atención que establecía en cortar las prendas íntimas de una mujer jadeante y horrorizada, estando todo en su contra, como en una carrera de relevos o en una crispante competencia de autos, no podía más que deberse a un logro de resuelta pericia innata.
El mismo Ramírez empezó a sentir, además de una velada admiración, cierto complejo de inferioridad ante el maleante. Con Paulino había pasado el drama de sentirse descomunalmente eximido de auténtica actividad. Pero fue superándolo poco a poco. Un día llegaron con el cuento de que se encontraba en la cárcel. La UPD lo acusaba de subversión y le achacaba varios atentados terroristas que habían quedado sin resolver en el pasado. El hombre estaba verdaderamente en un lío.
No fue sino unos pocos días después, que se encontró a Paulino en uno de los bares cercanos a la universidad. Había llegado a desarrollar una fisonomía en constante transpiración. Su ojo izquierdo vigilaba al derecho y este se paseaba raudo sobre el entorno, esperando de seguro reconocer a alguno de sus perseguidores.
—Mirá, hermano, ya no quiero nada con la violencia. Cometí un gran error: no soy un Mesías. No tengo una misión especial o algo así. Pagaría cualquier cosa por un momento de tranquilidad. Por volver a mis cursos en la U, por entrar con una novia libremente a cualquier café. Ahora soy un hombre fichado. Con esto quiero decir que todo lo hediondo lo relacionarán conmigo. Si hubiese venido un poco antes, quizás me hubieran cargado las famosas violaciones que ahora están de moda en la U.
—Ah, ¿te parece bajo el violador ese? Yo lo he estudiado un poco. No es tan… digámoslo así, vulgar. O mejor dicho, nada fácil de imprimirle un membrete.
—Unos tienen el deseo de servir y otros se sirven de los demás. Quizá yo no encontré un método adecuado. Pero ese violador, ¿qué está dando al mundo? Yo no podría mirar a alguna de sus víctimas, me rompería el alma.
Era un hecho que Paulino estaba en un nivel moral superior, si es que hay alguien que se encuentra en alguna escala por encima de los otros en asuntos éticos. Sin embargo, se había puesto débil y aburrido. Ahora sólo quería un diámetro burgués de privacidad. Lejos del infortunio de haber soñado con redimir a otros, sólo soñaba con  beber un trago junto a la sombra de unos amigos y leer la poesía maya que le había enseñado un poeta incendiario, cuando estuvo en el reclusorio de San Sebastián.
—Un poema, sí. Un poema es mejor que un arma.

 

 

Las palabras de Paulino dejaron una turbia resaca en su mente. El había querido servir; el violador se servía de los demás. Pero esto solo era una forma de justificarse. Ese hombre que tenía enfrente, fumando un cigarro tras otro, no parecía un digno servidor de la raza, más bien se había esforzado en servirse para ser admirado y acogido por los salidos del sistema. Todo había sido un medio para que los demás dijeran: “Con lo que hiciste, definitivamente te creemos, sos de nuestro equipo, no creés en esta sociedad”.
El cansancio de esas pasiones idealistas hizo que Ramírez se actualizase constantemente sobre el caso del violador. Hasta el momento, sólo sabía que se trataba de un hombre joven, de tez blanca y pómulos firmes. Tenía el pelo corto y olía unas veces a colonia cara y otras a sudor. Su pecho era erguido, como el de una paloma macho. Y carecía de cicatrices que lo pudieran identificar. Alguien dijo que poseía una apariencia de levantador de pesas. Pero, a lo sumo, podría tratarse de un hombre que realizara trabajos pesados. Por la factura de la conversación del violador con sus víctimas, un sicólogo reconocido advirtió que no era un simple trabajador de construcción, sino alguien que podría haber llegado al inicio de una carrera universitaria.
Con todo este acervo de información, Ramírez volvió a aparecer en la clase de ética profesional. Quería, al fin, más tranquilo que de costumbre, beber la reacción de Ilse, porque ella de seguro también había estado hurgando en el tema, desde una distancia que, por su vida absolutamente pueril, apenas podía intuir en todo su maravilloso esplendor. Daban ganas de vivir manteniendo un secreto. Un secreto que se podía comunicar a una muchacha sin zonas ardientes en la vida, solo mediante un gesto o una mirada. Ese día, sin embargo, para su gran decepción, Ilse no vino a clase.
La ausencia de la mujer esa noche distorsionó todo lo que había planeado. ¿Le habría cogido miedo de verdad? ¿Habría avisado a la policía? Considerando que él era solo un admirador estético del violador, alguien que también hubiera querido explotar su propia oscuridad a la luz del más completo gusto, no podía temer verdaderamente la acción organizada de la policía ni de los sistemas represivos del país. Pero había sido muy explícito con Ilse en la última clase. Y hasta le había tanteado un beso en una situación fuera de contexto. A decir verdad, él reunía algunos componentes que pudieron haber detonado en la joven una actitud analítica. Quizá ella pudo revisar estos días todo lo concerniente al violador y formular sus propias correlaciones. Aunque la mujer parecía haber reaccionado con su intuición desde un ángulo novedoso, quizás él sólo había proyectado sobre ella ese deseo de hallar a una hermana en una exploración de sensibilidad y emoción aún no vividas.
Defraudado, salió de la clase con rumbo desconocido. Había llovido en la noche y las calles estaban cubiertas de esa humedad que es como la piel viscosa de una rana. Un taxista hizo señal de detenerse y al mirar su desinterés, aceleró de nuevo y desapareció.
En algún lugar, pensó, el acosador nocturno, lleno de aburrimiento y angustia, pasaba de una acera a otra, dejando tras de sí un olor a colonia cara. Oculto entre hilos de sauce, tensaría con deleite la media de nylon.

 

 

Ilse, que decidió no volver al curso de ética profesional, bostezaba sobre su última monografía. Embotada por el zumbido del salón, recogió sus cosas y salió de la biblioteca en busca de aire fresco. La noche, en esa parte de la universidad, estaba clara. Los pasillos y las veredas se veían seguros.
Desde el extremo de un edificio con fachada de ajedrez, Ramírez tuvo el temor de ser vigilado por dos agentes desde la entrada de una pizzería. ¿Ambos se hacían pasar por universitarios sencillos? Antes de sentirse asustado, Ramírez probó unos segundos de inédito gozo. La noche no iba a pasar en balde. Precavido, sin embargo, quiso perder a sus perseguidores por un corredor resbaloso sobre el que hizo un equilibrio de malabarista. Algunos advirtieron su pirueta y sonrieron.
Mientras tanto, Ilse, seducida por la silueta apresurada de un hombre que se le asemejó al extravagante del curso de ética, salvó una zona verde con sus incómodas botas de cuero, quizá con el ánimo de abordarlo. Pronta a saltar sobre la próxima calle, fue asida por una fuerza sorprendente. Su grito de inmediato fue ahogado por el reflejo de un cuchillo. Una voz,  suave y rumorosa le indicó que se mantuviera quieta.
El joven que pudo haberla escuchado esquivaba una charca, precisando que nadie viniera detrás de él. Cuando respiraba, las ganas se le iban sobre pegasos invisibles. Se sentía grande, ardiente de juventud.

 

 

Guillermo Fernández nació en el año 1962, San José Costa Rica.
Poeta y narador.
Se graduó de la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica. Sus libros publicados: La mar entre las islas. Editorial Costa Rica, 1983; Atrios, Editorial Costa Rica, 1994; Estocada final, Editorial Costa Rica. 1997; Para días posibles, Editorial de la Universidad Nacional, 1997; Danzas. Editorial de la UNED, Universidad Estatal a Distancia. 2002. En cuento: Efecto invernadero, Editorial Costa Rica, 2001; Hagamos un ángel (Editorial EUNA; 2002). 

 

 

 

 

M E N U

 

 

Enterrar los dientes blancos

 

Guillermo Barquero

 

 

Imaginar la figura dormida de Maria José y ver el perro muerto a orillas de la calle sucedieron tan simultáneamente que a Ernesto no le quedó más remedio que borrar las dos cosas con el dorso de la mano, que apenas tapó un bostezo seco.
Había pasado una semana en Puntarenas, reuniéndose cada dos días con los mismos aburridos inversores —no había esperado gran cosa, de todos modos; una invitación escrita a mano, con orlas que querían representar enredaderas Art Nouveau, jamás augura grandes diversiones—, bañándose en una piscina cuyo limo y descuido no correspondían al resto del lugar metido en la costa, reluciente y lleno de voces profesionales y muestras de un servilismo que a Ernesto terminó por hartarlo de la playa, de los negocios y de las llamadas dos veces al día a Maria José; quería verla, besarla y contarle los pequeños detalles que ni a él le interesaban, los pequeños entretelones del comercio, las pequeñas negociaciones y sus absurdos entresijos.
Llegó a la casa. Le costó abrir el portón negro —la ansiedad, las llaves que se vuelven una gelatina gruesa. Entró en la cocina: Maria José estaba de espaldas, lavando algo en la pila, cantando una canción sin mucha forma, con una entonación temblorosa. Ernesto le tocó la espalda y llevó de inmediato las manos a los senos pequeños y sin brasier de Maria José. Se besaron y alguno de los dos dijo algo de la distancia ilógica y enorme que parecía separarlos en las llamadas —uno en Costa Rica, el otro en alguna montaña de Nepal—, en el ruido incómodo de la línea telefónica que se suponía que, en estos tiempos, debía comunicarlos a la perfección. Maria José le preguntó por el negocio; trato hecho, dijo Ernesto, sardónico, simulando seguridad; esta gente tiene mucha, mucha plata, agregó. Se besaron de nuevo.
—Vi un perro, de camino —dijo Ernesto, después de tomar vaso y medio de agua y quitarse la camisa, como si estuviera todavía en la costa.
—Un perro.
—Un perro, sí.
—Un perro cómo.
—Muerto, hecho una desgracia.
—Ah, un perro aplastado —dijo Maria José, con una mano en la cintura, sabiendo que el terreno podía tener minas ocultas. Preguntó por el lugar exacto (después del puente ése, el que pintaron de amarillo y que antes era verde), por el color del animal (como café, claro, iba rápido y me costó ver gran cosa), por el carril (a la derecha).
—Mi amor, juraría que era Toby.
—Ernesto…
—Yo sé, yo sé.
Ernesto había visto a Toby con la lengua afuera y los ojos transformados en dos luciérnagas mojadas. Alguien lo había envenenado; era un bicho tieso cuando lo encontró en el jardín interno, aplastando las violetas. Ya habían pasado casi dos meses desde el hallazgo.
Quedaron de acuerdo en que había muchos Cocker Spaniel que podían verse igual a Toby, que podían lucir sus mismas orejas largas, que podían representar su misma efigie cansada y anciana.
—Pero, bueno, vos sabés, siempre está la posibilidad.
Los dos sabían que no había posibilidad de nada, y Maria José se lo dijo.
—Ernesto, cielo, dormite un rato y te olvidás del perro ése. Quién sabe a cuántos perros aplastarán por día por ahí. Salen de la casa, se pierden y cuando se dan cuenta…
—Dos mil al mes en el centro de Chepe.
—¿Tantos?
—No, mi amor, son pocos, más bien se la juegan de lo lindo.
Ernesto tomó un vaso más de agua. Ya no se sentía en la costa: el frío de San José, cerca de las seis de la tarde, obligaba a cualquiera a olvidarse de sus vacaciones paradisíacas en Puntarenas, o Limón, o Cancún, o donde fuera. Se acostó para descansar media hora, antes de comer —recordó el bendito buffet del hotel, nada más salir del cuarto; sacar un plato blanco de una pila brillante y pedir una serie de guarniciones cuyos nombres eran tan escurridizos como la mezcla de sabores; tomar un trago exótico; sentirse borracho después de tres cervezas; negociar o pretender hacerlo inmerso en la niebla del licor— y bañarse.
Se despertó en la madrugada. Pensó que estaba debajo del chasis chirriante de un carro destrozado, por breves segundos, antes de ver el cuerpo de Maria José dándole la espalda, dormido; sintió una punzada en alguna parte del vientre o en varios puntos del abdomen que le recordaron que se había dormido sin comer. El viaje al baño fue un trámite penoso de golpes en los tobillos, un portazo en el hombro derecho, unos dedos inmanejables intentando encontrar la maldita dirección hacia la que había que mover un botón para encender la luz del baño. Orinó en sueños y volvió a la cama. El perro muerto se le vino a la cabeza, sin eufemismos en el recuerdo, desintegrado a medias, eviscerado por el golpe seco de algún carro. Y sí era Toby. Maria José y él no se habían decidido a tener hijos; Toby era el niño de la casa, el de las monadas, el que hacía cosas que daban risa. Y él lo había visto muerto, envenenado.
Fue al baño de nuevo. Tropezó solo una vez con una de las patas de la cama. Vio el cuerpo ladeado de Maria José moverse con cada respiración. Sintió arena bajándole por la oreja —esos restos que van saliendo días después de regresar de la costa, del salino ambiente de arena, ese despojo lento y moroso—; vio sus ojeras azuladas. Sintió más frío; le fue inevitable no pensar en el cuerpo tieso de Toby, en su lengua que no parecía una mucosa que alguna vez estuvo viva, sino una excrecencia sucia de muerte.
Antes de encender la luz del cuarto, Ernesto buscó en la oscuridad una cobija como quien busca un arma: protección cuando se presiente un hueco o un plomo impensado. Se sentó en una silla que estaba a metro y medio de Maria José, arrebujándose, esperando. Maria José no se movía. Ernesto tosió; la boca le supo a arena o a sal. Maria José no se movía. Ernesto pateó torpemente con un pie la alfombra de pelos gruesos y sintéticos que estaba debajo. Maria José se incorporó lentamente; tardó unos largos segundos en despertarse. Ernesto le dijo que el perro no lo dejaba dormir.
—Toby no, el de la calle
—El de la calle.
—Cielo, el que estaba de camino.
—Mi amor, no es Toby, dormite.
—No es Toby, yo sé. Pero…
—¿Pero? —dijo la voz de Maria José, opaca.
Ernesto apagó la luz del cuarto, se acostó e intentó dormirse. Pensó en la cama del hotel —una enorme parcela para dos o tres personas—, en las cenas al arrullo de los gritos borrachos, en la arena.  

Ernesto supo que no había dormido ni una hora cuando despertó súbitamente, acuciado por el perro. Se sentó en la cama. Adivinó el cuerpo de Maria José ascendiendo y descendiendo con el compás del sueño. Creyó reconocer la forma de su ropa en la oscuridad, en ese interregno que marcaba el paso de la arena al cemento, de la costa al cuarto manchado de sudor de una pesadilla de tripas salidas y dientes muy blancos.  Tropezó con varias cosas invisibles, antes de lograr vestirse y planear el recorrido que tendría que hacer para llegar al punto exacto a un costado del puente pintado de amarillo —le sería imposible dar una dirección exacta—, a una hora negra, sin cifras. En la oscuridad buscó las llaves de la casa. Los dedos eran apéndices de crustáceo que se metían en telas, oquedades, papeles, anillos, relojes, puertas, persianas, pelusa de alfombras y un grifo de tubo abierto. Encontró el llavero; era un racimo de bananos que se resbalaba y se resistía: el sudor frío, la arena, los dientes brillantes del perro. La maldita cerradura tenía el tamaño de un microbio, como el de la peste negra: medieval, abigarrado y necio. Ernesto trataba de dar vuelta a la llave convertida en espada o en pellejo sucio que no conseguía resbalar.
Cuando logró abrir la puerta principal, escuchó en el fondo el cuerpo de Maria José, incorporándose torpemente en la oscuridad. “Dormite”, dijo Maria José o su voz, en el cuarto, gangosa. Ernesto pisó el suelo áspero de la entrada, dándose cuenta de que no llevaba zapatos. Regresó al cuarto: Maria José sentada en la cama, frotándose los párpados con el revés de las manos, farfullando insultos o preguntas. Ernesto tardó dos minutos en encontrar y lograr ponerse bien los zapatos de gamuza, endurecidos por el miedo.
—Ernesto.
—Mari, acostate, tranquila.
—Ernesto, ¿qué pasó?
—Nada. Dormite. No pasa nada.
—¿Qué hora es?
—No sé. Tengo que salir. Vengo en un rato —la voz de Ernesto bajaba de volumen, volviéndose aceitosa y torpe.
Maria José se volteó; se podían adivinar sus ojos rojos en la oscuridad, su cansancio extremo. Ernesto contó una historia que incluía elementos vistos en la playa, expresiones retorcidas de los inversionistas, retazos de las llamadas telefónicas que habían sido no más que un continuo de interrupciones que los habían mantenido en un estado de incomunicación disfrazada de palabras tiernas, de eficiencia matrimonial. Maria José no se movía. Le preguntó a Ernesto qué le pasaba. Cuando él le contestó que era el perro, lo hacía afuera de la casa, debajo de la luz de un  poste. Ernesto pensó en la distancia que lo separaba del animal, de la figura amenazada por las llantas de los carros: menos de dos kilómetros, algunos minutos a pie. Sudaba. Se dio cuenta de que se había puesto la ropa con todas las piezas que antes llevaba: el celular, la caja de fósforos, el paquete arrugado de los cigarros. No era Toby. Pero el hocico, el lomo marrón.
Caminando, casi se traga un cigarro al tratar de encenderlo. Sudaba como un mono. Era un animal sin nombre en la madrugada, reproduciendo mentalmente, con torpeza, la forma del animal muerto, la figura derruida del Cocker Spaniel que enseñaba su puntiaguda boca de calcio. Pensó en Maria José acostada en la noche, atisbando en el sueño la forma de un perro rabioso, de Toby que le chupaba la mano porque no había un bebé con sus papilas en los senos suyos, en los senos blancos.

El celular vibró en su bolsa: algo vivo en la noche. Vio el número de su casa en la pantalla —fondo gris, chillón; letras redondas; los ocho dígitos—, imaginó a Maria José perdida en aquel cartílago de sábanas, zapatos, persianas, paredes y el agua corriendo por un grifo abierto. Ernesto no contestó. Caminaba sin posible detención, con el arresto de un lomo esperándolo, de una pelambre que pide ser acariciada por una mano trémula.
Atravesaba cuadras sin detenerse, encendiendo cigarros con las partes aún fulgurantes de los anteriores. El teléfono vibró de nuevo; el silencio de la calle —falta kilómetro y medio, pensó, convertido en quinientos por el efecto que la soledad le da a la topografía— hacía que el sonido se amplificara o se convirtiera en un insoportable gritito ahogado.
Vio el número de la casa en la pantalla, otra vez. Buscó la forma de poner el celular en modo silencioso; el aparatito lo dominaba. No pensó en botarlo en alguna alcantarilla ni en apagarlo, solo buscaba el maldito modo silencioso. Sonó una vez más, hasta callarse. Imaginó los dedos lentos de Maria José sobre los botones del aparato negro de la casa, resistiendo el sueño que le imprimía el agotamiento. Ernesto, por primera vez desde su llegada de Puntarenas, se preguntó por la hora exacta. No tenía reloj. No saber la hora lo llenó de huecos silenciosos. No era miedo ni espanto ni desazón, solo un hueco sin forma en un punto a mitad de camino entre el pecho y el ombligo.
Cuando recordó que el celular tenía reloj y lo tomó para sacarlo del bolsillo, el aparato vibró de nuevo, dando apenas unos pequeños golpes sin sonido: un mensaje de texto. “Ernesto, no”, decía el mensaje; Maria José lo había escrito. No pudo contener la risa al pensarla dentro de una nube tóxica de muchos sueños acumulados —en medio de una llamada en la que hablaban de los inversionistas, después de una pausa obligada por la señal desastrosa, ella le dijo que la clínica la estaba dejando sin vida—, medio dormida o presa de un cansancio sobrenatural, un sueño atroz. Inmediatamente, una nueva vibración. “No, los venenos”, decía el mensaje. Ernesto sintió miedo. Por primera vez reparó en que caminaba por calles y en horas en que no había ni una sola persona afuera, un tiempo marginal en el que ocurren todos los asesinatos y los robos y los envenenamientos. “No, los venenos no”, decía un tercer mensaje. Ernesto no supo si Maria José había apretado el botoncito de enviar muchas veces, dormida, o si quería recalcarle algo que él estaba imposibilitado para entender.
Ernesto marcó el número de su casa, en el acto de pensar si no era mejor devolverse.  
—Aló —dijo la voz de otro mundo de Maria José, su telaraña.
—¿Qué son esos mensajes?
—Mensajes.
—Sí, qué son esos mensajes.
—¿Qué hora es, Ernesto?
—Pensé que vos sabías. —La imaginó en el cuarto, buscando la carátula de letras rojas del reloj de alarma, el que los despertaba con una horrenda bulla de animal desangrándose, todas las madrugadas.
—No sé, Ernesto, en serio —dijo la voz gangosa de Maria José. El cigarro se le escapaba de los dedos, hinchados por los nervios.
—¿Qué fue ese mensaje de los venenos?
—¿Qué hora es, Ernesto? —La voz salía de un nudo de saliva seca y cobijas todopoderosas que atrapan.
—Decime qué fue ese mensaje —dijo Ernesto, con una voz apenas audible.
—Ernesto, no es ese maldito perro —espetó Maria José. Ernesto sintió que la sangre se le convertía en una cosa opaca y pastosa. Maria José siguió diciendo que el maldito perro de la calle no era el otro maldito perro, que todos los animales son iguales y todos son estúpidos y merecen que se los envenene como bichos—. No digás que no te has dado cuenta de cuánto hemos ahorrado desde que no está Toby —continuó. Ernesto no supo si se lo decía a él o si hablaba en un continuo del sueño interrumpido de súbito.
—No entiendo —respondió, fingiendo que era otro. Su voz le sonó chillona e infantil.
—La comida Ernesto. Las vacunas —dijo, sin inflexiones en la voz. “Los venenos”, recordó Ernesto. Y también la mano de Maria José sobre el lomo de Toby, su cara que era la expresión de la más absoluta neutralidad, una imitación de muñeco de madera moviendo su brazo seco sobre la pelambre color ocre, cada vez que el perro se le acercaba y movía su cola oscura. El niño de reemplazo con sus monadas.
—¿Dónde estás, mi amor? —preguntó Maria José. A Ernesto le pareció absurdo que lo llamara “mi amor” en esos momentos.
—Maria José, explicame eso del ahorro.
Maria José dijo algo confuso. A Ernesto le pareció que fingía estar dormida. En el sueño se pueden justificar las palabras más atroces, los actos más soeces  
—¿Vos envenenaste al perro, María? —preguntó, sintiendo la cara enrojecida y enorme, un fruto granate sobre los hombros.
Maria José contó una historia que parecía salida de las profundidades de un intenso coma: incluía el arrullo fantasma de un bebé no nacido en el que usaba sus brazos morenos y cortos, una disertación sobre barrios residenciales y el pago mensual del gimnasio. Y el alimento, Ernesto, y los gastos que no se notan hasta que estamos hasta el cuello.
Ernesto colgó. Siguió caminando, sintiendo la vibración del aparato en la palma de la mano y evadiendo la bulla de la musiquita tonta—el maldito modo silencioso que no aparecía—, hasta que fue vislumbrando el cuerpo a un lado de la calle, a poco menos de dos cuadras. Estaba dentro de un rectángulo imperfecto bañado por una luz amarilla. El teléfono vibraba y sonaba, palpitando, creciendo en la hora sin nombre. Ernesto fue reconociendo la figura acostada y tiesa, las patas inertes, el cuello peludo y la boquita calcificada. Lanzó el teléfono o un diablo se lo tiró a una parcela de zacate humedecido. Aparecían los ojos huecos, la cara, el lomo que exigía ser acariciado, los dientes blancos que pedían ser enterrados, que no le dejaron a Ernesto otra opción, como no deja opción ningún veneno.

 

 

Guillermo Barquero nace en 1979 en San José, Costa Rica. Ha publicado La Corona de espinas (cuento, 2005) y El diluvio universal (novela, 2009); compiló, junto a Juan Murillo, el volumen Historias de nunca acabar: Nuevo cuento costarricense, en preparación por la Editorial Costa Rica. Relatos suyos han aparecido en la revistas Voces (España) y Letralia (Venezuela).

 

 

 

 

M E N U

 

 

La interpretación de los signos

Juan Murillo

 

 

El sol blanco de la mañana le había terminado de secar el pantalón que la lluvia de la noche anterior, furtiva compañera de cama, en charco creciente sobre la acera, se había encargado de empapar.  Se ajustó el chonete de ala ancha que usaba siempre para venir a la Plaza de la Cultura,  cruzó las delgadas piernas, miró a sus enemigas las palomas –bichos traidores y falsos- y sacó de la bolsa plástica el libro que había encontrado en la  cornisa de la azotea de La Llacuna, cuando subió a mirar desde el cielo los patrones que hacían los transeúntes al caminar por la plaza donde se sentaba todos los días a buscar su almuerzo.  Por lo visto no sólo él visitaba los aposentos secretos de San José.  Si alguien había dejado ahí el libro, era para que otro lo encontrara, era un mensaje, un mensaje de otro interpretador.  Y no es que estos lugares fueran realmente secretos, no, porque para llegar a ellos sólo había, casi siempre, que doblar a la izquierda donde todos los demás cruzaban a la derecha –una puerta de bodega en el baño sótano del Cine Universal; las escaleras de emergencia del Centro Colón; la azotea del edificio de La Llacuna; los apartamentos en ruinas junto al puente que unía Amón con Tournón, a la sombra de inmensos cipreses;  los jardines abandonados, enclaustrados entre divisorias de latas de zinc en el centro inexplorado de las cuadras al suroeste del Parque Central.  Todos esos sitios eran públicos en realidad, pero como nadie los buscaba, nadie los encontraba, y en ellos se podía disfrutar de una soledad que en la ciudad de otro modo era imposible.  Ahí se podía uno sentar tranquilo y escuchar el rumor de San José como el murmullo de la voz de una amante que habla mientras duerme, susurrando cosas que serían o habían sido.   Pero nadie quería escuchar, por supuesto, todo mundo tenía cosas que hacer, lugares a donde ir, gente que ver, y en esa burbuja envolvente que era la consecuencia lógica de vivir sumidos en un presente imposible de ignorar, se perdían los signos que les mostraba la ciudad.  Por ahora, sin embargo, estaba bien aquí en la Plaza de la Cultura, suspendido sobre el vacío de caracola del Museo que yacía dormido bajo sus pies en un hueco gigantesco que él había visto cavar desde la azotea del Hotel Costa Rica, en el cual una de las retroexcavadoras había descubierto, por 30 segundos, un esqueleto de un bebé enterrado ahí en secreto y lejos de los ritos católicos por una madre atormentada por el dolor cien años atrás, solo para triturarlo en la siguiente palada, dejándolo así transitar de nuevo  hacia la oscuridad.  
Abrió el libro, que tenía la portada ajada y las hojas de color ladrillo y las esquinas manoseadas y curvas como las orejas de una mascota que se acaricia demasiado y leyó:
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los …
 Pero no pudo terminar de leer el verso porque la sombra multitudinaria de las palomas –un tatuaje móvil que también había que aprender a leer- se abalanzó sobre él y una de ellas –bendita- se  despojó generosamente de una masa veteada de blanco y verde translúcido que vino a parar justo sobre el verso que seguía.  Levantó la vista, sonriente, como quien sabe qué esperar de su enemigo.  La gente, pobres inocentes, no sabe que esta suerte era mucho más común de lo que parece, y siempre cuando alguna señora recibe un inesperado aporte a su tocado, fijo de laca, que absorbía la cuita como si tuviera mucha sed, el asco lleno de grititos siempre venía mezclado con un asombro que a él le parecía totalmente fuera de lugar.  El que se mete con palomas termina cuitiado, esa era una verdad incontrovertible de la vida, había que aceptarlo.  Las palomas por supuesto, tenían un punto de ventaja desde el cual poder escoger a la posible víctima.  No tenían que sondear las azoteas de edificios aledaños, no debían burlar ningún guardia u oficial de seguridad, o adivinar dónde estaban las escaleras que subían al techo, ni llevar escondido el paquete bajo el brazo.  Ellas vivían en las cornisas y desde ahí veían todo lo que pasaba por debajo; tenían una ventaja incomparable.  Pero tenían desventajas también, una era su crueldad, algo en lo que nadie reparaba porque nadie se detenía a observarlas con cuidado como tampoco observaban con cuidado ninguno de los otros signos.  No era raro, por ejemplo, que una paloma grande matara a otra a picotazos para quitarle su lugar a los pies de la estatua de La Danza, y él, a quien las palomas muertas le resultaban ya no interesantes sino necesarias, había visto muchas veces bajar del frontispicio angelado del Teatro Nacional palomas heridas de muerte por sus hermanas, impedidas para volar, caer en la cuneta en la que algún misericordioso taxi rojo le majaba por fin la cabeza y terminaba con sus sufrimientos.   Otra desventaja era la aparente estupidez de las palomas, que en realidad no lo era, aunque pocos lo sabían, porque no podían observarles de cerca los ojos, en los que se podía percibir claramente una pupila exageradamente dilatada que en el albor deslumbrante del mediodía les hacía imposible ver bien lo que no estuviera directamente a sus lados, una mutación que venía agravándose desde que liberaran a un grupo de veinte Columba livias traído de Washington D.C. para la inauguración de la Plaza de la Cultura, que portaban el gene de una eventual ceguera.  Esto podía ser desventajoso para las palomas, pero a él le había permitido desarrollar un método de caza prácticamente infalible, cuyo único riesgo consistía en ser visto por los otros visitantes de la Plaza que uniformemente creían en el mito de la paloma como un símbolo de paz y de belleza y no tenían muy a bien que él las quisiera atrapar –todo eso aún en ignorancia de que su propósito final era comerlas, dato que sin duda hubiera ocasionado un linchamiento de algún tipo. 
            Cerró el libro sin limpiarlo –quién era el para discutir sobre crítica literaria con las palomas- y lo puso en el poyo junto a él.  Luego sacó unas boronas de pan tieso de la bolsa y las esparció en el suelo adoquinado frente a sus ajados tenis.  Varias palomas que deambulaban por ahí, al ver el movimiento del brazo, se acercaron de inmediato a picotear.  Nadie lo miraba.  Una de las palomas, la más cercana, le daba la espalda.  Levantó el brazo con suavidad y tomó el sombrero por el ala.  Miró de nuevo a su alrededor, para cerciorarse de que no lo miraban.  Una señora en una banca aledaña le limpiaba la cara llena de Chocoleta derretida a un niño.  Un hombre con un fedora de fieltro y una guayabera almidonada leía los titulares de La Nación que hablaban sobre el Diálogo de San José.  En un acto de una soltura y una belleza perfeccionadas por la repetida práctica de muchos días, descolgó el sombrero y lo dejó caer sobre la paloma.  El sombrero era suficientemente pesado para que la paloma no lo pudiera levantar o mover.  El truco consistía en cubrir a la paloma en el primer lance.  El sombrero seguía inmóvil sobre el suelo, como debía ser.  Miró a su alrededor.  Tan sólo un hombre, de los muchos que montaban los toldos enfrente del Teatro Nacional para la cumbre de presidentes lo miraba con atención, o por lo menos miraba en su dirección.  ¿Lo habían descubierto?  No.  En frente de él, a unos pasos del sombrero,  pasó una muchacha en el diminuto y casi transparente uniforme de la POPS y la mirada del instalador la siguió con atención hasta que se perdió detrás de la boletería del Teatro, camino de la Avenida Segunda.  El siguiente era el momento de más alto riesgo de la maniobra y si salía mal sin duda lo descubrirían.  Esperó a que el viento le moviera el flequillo de la frente y al unísono con la ráfaga levantó el pie y lo puso de un pisotón sobre el sombrero, con suficiente violencia para matar a una paloma, pero no tanta como para despanzurrarla.  Luego con toda naturalidad recogió el sombrero a dos manos y lo metió en la bolsa plástica.  El asunto del almuerzo estaba solucionado.  Se levantó con la bolsa en la mano y miró el libro que aun yacía con la enjuta cara de su autor suplicando al cielo desde la portada.  El libro podía quedarse ahí, para que lo encontrara, tal vez, algún otro que supiera leer la lengua de las palomas y la miseria.  A él la poesía no le interesaba, algún verso había escrito muy joven, antes de descubrir que las palabras solo servían para confundir a los hombres.  Abandonar cosas al azar en cambio era darle voz a la ciudad a través de los signos, signos que no mentían y que no hablaban a menos que uno los quisiera escuchar.  No sólo él transitaba esas aceras que eran la suma de todos los tiempos vividos en la gran mole que era San José, leyendo signos: había otros, algunos cómplices ignorantes, otros deliberados lectores.  La gente dejaba cosas abandonadas todo el tiempo en la ciudad, cosas deliberadamente abandonadas para ser encontradas.  No abandonadas como un billete caído en el suelo, pensaba, de camino a la parada de Sabana Cementerio, qué cosa más prosaica y literal había que un billete.  No; cosas abandonadas; cosas como la carta de amor que había descubierto metida como un tapón en un hueco entre los ladrillos en la base de la columna a la entrada de la Iglesia de San Francisco, esperando a un destinatario que nunca había llegado, o la  estampilla de carne curada que cayó del hoyo que había hecho el perdigón de una bala en el costado sur del Cuartel Bellavista, sin duda un trozo del corazón de un hombre que murió fusilado pensando que no conocería a su hija que aún no nacía; o el rifle de asalto que había encontrado embutido en las paredes medianeras de la quinta comisaría, con el que habían asesinado a Viviana Gallardo, terrorista adolescente, en su calabozo, mientras esperaba juicio.  Ese rifle lo había encontrado cuando vivió por un tiempo en la casa presidencial abandonada, un edificio mágico, al este de la comisaría, de seis pisos, que tenía solo techos y columnas y ninguna pared, y desde el que se podía ver toda San José de un vistazo mientras se cocinaba algo en una fogata sobre el suelo del quinto piso.  Esa ruina había sido suya y de otros por un par de años hasta que decidieron desalojarlos, probablemente a instancias del nuevo presidente Arias, que seguramente lo querría para él, ahora que andaba de importante reuniéndose con otros presidentes tratando de protagonizar pacificaciones que seguramente sucederían igual sin su ayuda.  Esos habían sido buenos tiempos, los que pasó en la casa presidencial, tiempos durante los que el que mandaba ahí era él y no un tipo que solo veía en periódicos o la televisión de las vitrinas de la Universal, sin volumen, la imagen del joven presidente enmarcada en el reflejo oscuro de su cabeza que le devolvía el vidrio de la vitrina.  En esa época, antes de que cerraran su edificio y lo echaran a la calle, apenas empezaba a entender cómo hablaba la ciudad.  Después de la poesía había por un tiempo deseado ser pintor.  Pintar era un arte más honesto que escribir, se creaba algo donde antes había nada, no era lo mismo que combinar palabras que en otros contextos se usaban para comprar remolachas o engañar a los amigos.  Pero más rápido que inmediatamente había descubierto que para pintar había que ser rico, algo que no pasaba con la poesía donde no había problema con ser pobre.  La única parte de la pintura que era gratis era la observación, que además era quizás también la parte más importante y la más divertida.  De modo que se había dedicado a observar.  Observaba la gente.  La gente como objetos era poco interesante, a pesar de la diversidad de sus formas y colores.  Lo interesante eran sus reacciones, los gestos que hacían, lo que delataban sus movimientos y posturas sobre lo que sucedía en su interior.  Si se formaba en la fila de la parada del autobús y silbaba una tonada completa, invariablemente obtenía como respuesta todo un filón de miradas y gestos que delataban más de cada persona de lo que podía obtener de una conversación de media hora con cada uno, algo que además, ya se sabe, es imposible de lograr en la ciudad.  Después, cansado de tener que interactuar siempre para poder observar, se había dejado un poco llevar por lo que pasara frente a él.  Había empezado a notar cosas que antes no veía, cosas sencillas, como la configuración de las aceras, la forma de los rieles del tren, las manchas de las cortinas metálicas, las divisiones de la pintura donde dos casas se juntaban.  En todas partes descubría historias, historias que se conectaban unas con otras y que se prolongaban hacia el pasado, pero también hacia el futuro. Y a esa observación se había dedicado por mucho tiempo, a ver y a entender.  Veía por ejemplo, con cuidado, los monumentos de su ciudad.  El obelisco roto que había una cuadra al sur del Bar La Flota y que un día unos felices albañiles habían terminado, sin saber que se llamaba el Obelisco Inconcluso en honor a la vida trunca del Dr. Moreno Cañas.  En la esquina noroeste de Plaza Víquez, por ejemplo, se alzaba un inmenso falo coronado por la roma cabeza calva de Cleto González Víquez, a sus pies una figura femenina -¿la patria agradecida?- en una actitud que no se podía describir más que como erótica, se abrazaba desnuda a la base del falo gigante.  Ahí estaba todos los días del mundo como la cosa más natural y nadie que le pasaba por enfrente se detenía a maravillarse de esa mezcla inusitada de arquitectura recordatoria y amatoria, detrás de la cual sin duda había una historia. Esas, entre las muchas otras historias sobre monumentos con propósitos obvios de homenaje.  Pero también había descubierto monumentos siniestros e inexplicables, con historias imposibles de entender.  En uno de los bajorrelieves laterales de la estatua a Juanito Mora, frente al Correo, había un hombre arando la tierra con una yunta de bueyes, pero sobre los bueyes, emborronada por la distancia, había una figura siniestra de capucha mirando sus esfuerzos y esperando.  ¿Que esperaba esa figura? ¿Qué quería con el pobre hombre del arado? ¿Quién era?  Luego descubrió la misma figura mucho más grande y más temible en el Monumento Nacional, adorado todos los años en el aniversario de la independencia por los poderes políticos del país, en brazos de la figura que supuestamente representaba a Costa Rica, protegida por ella, la cara invisible en las tinieblas de la capucha, una espada rota, semejante a la daga traidora, en su mano.  Había en el Monumento Nacional siete figuras:  un pobre hombre muerto -el hombre común seguramente-, las figuras que representaban a Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala, y la figura de la capucha, misteriosa, siniestra, representando a alguien a quien no se le podía ver la cara porque la tenía oculta.  Pero había que reconocer que las cosas suelen permanecer ocultas porque la gente decide no mirarlas, basta observarlas con cuidado, sacarlas del ruido cotidiano y ponerlas de pie en la nada para empezar a entender que son signos, signos que debemos interpretar.  Esa fue entonces una época de interpretación, de dormir en las aceras, cosa que todavía hacía de vez en cuando, para escuchar la voz de la ciudad colarse sobre los mosaicos o las baldosas o la trama hexagonal, o sobre el concreto estriado por el agua que antes de que fraguara lo cicatrizó, por sobre las tapas de metal que cubrían alcantarillas o medidores, con acrónimos de instituciones aéreas e inmensas que cruzaban la ciudad como arterias invisibles o sellos de compases y pirámides que indicaban que en el umbral de esa casa se entraba a un reino regido por otras reglas.  En todas esas aceras había dormido, y había escuchado las aceras alargarse hacia el pasado y el futuro y había visto y comprendido los signos de lo que había sido en secreto y de lo que vendría pero permanecería oculto, y finalmente había comprendido lo que le decía la ciudad.
            Se bajó en la parada del Cine Universal y subió la cuadra hasta el Teatro Lawrence Oliver, frente al cual estaba una casa abandonada, con el número 2666 junto a la puerta, en la se había metido a vivir Don Pancho desde hacía seis meses y a quien él le hacía esporádicamente de guardia y de mensajero, a cambio de algunas monedas.  Don Pancho no salía porque le daba miedo no poder volver a entrar, visto que había que trepar por la pared del edificio contiguo para llegar al techo y luego al patio en donde habían roto el llavín para poder habitarla.  Don Pancho había sido un señor de dinero que lo había perdido todo y a quien no le sentaba bien vivir en la calle.  No comprendía nada sobre los signos, era un hombre imposiblemente literal.  Su familia no lo quería ver, porque los había hecho sufrir mucho, perdiendo su dinero en una lista infinita de negocios que a pesar de los buenos prospectos, había logrado siempre arruinar.  En su último restaurante, por ejemplo, se dedicaba a contar chistes de negros cuando había algún cliente de esa raza presente, para luego consolar al enfurecido cliente diciéndole que no se enojara porque él no era negro sino que tenía un lunar gigante que lo cubría por completo.  Otras veces, si el cliente llegaba mojado por la lluvia, lo despedía de inmediato argumentando que ahí no le servían a gente que anduviera sudada.  Cuando contaba esas anécdotas se reía tanto que se le salían las lágrimas.   Él lo escuchaba en silencio, porque la voz de Don Pancho, que hablaba sin cesar y sin requerir respuesta, era como había sido antes el ruido del viento, un sonido vacío que aclaraba la mente y acallaba la voz de la ciudad que ahora lo encontraba en todo momento y en cualquier lugar y le pedía que actuara.  Esa noche Don Pancho le contó sobre su padre, un mexicano que de tan macho andaba siempre tragos de tequila servidos en vasitos en los bolsillos, y de su madre, una señora terrible con la que no había hablado por muchos años luego de tener su última, definitiva pelea con ella y que cuando, antes de morir, lo había llamado para pedirle perdón, había tenido que escuchar cómo su hijo le decía, morite llena de remordimiento, vieja hijueputa.  Compartieron la paloma, como lo hacían siempre.  No era mucha comida, pero las palomas tienen más carne de lo que la gente piensa, el truco estaba en buscar la carne pegada a los huesillos.  La piel tostada al calor de la fogata, dulce, crujiente y grasosa, era como un premio y como un perdón.  Esa noche le trajo el sueño envuelto en un silencio absoluto que agradeció porque en sus últimos momentos de vigilia le pareció que el silencio era, después de todo, una especie de inocencia.
            A la mañana siguiente se despidió de Don Pancho y le rogó que se cuidara.  Don Pancho le preguntó que si lo esperaba esa noche, quizá pensando más en la paloma que en él, y él le dijo que no, que probablemente no regresaría.  Luego bajó al Paseo Colón y cruzó frente a la casa donde en el 48 habían asesinado al Doctor Valverde, frente a la capilla donde rezó alguna vez la madre desesperada de un enfermo mental internado en el infierno del hospital psiquiátrico Chapuí.  Pasó frente a La Alondra, en el mercado central, en cuyo frío umbral, entre un sueño duro y sucio como la acera misma, había por fin comprendido lo que tenía que hacer; frente a Manolos donde una vez una niña le había regalado un churro relleno de dulce de leche, para disgusto de su madre; y finalmente a la Plaza de la Cultura, en la que en pocas horas se llevaría a cabo la reunión de los presidentes de Centroamérica para firmar un acuerdo que el presidente Arias quería promover, en el que se le daba un ultimátum a Nicaragua.
Se sentó en un momento a mirar las palomas.  De aquí en adelante las cosas transcurrirían inexorablemente hacia su destino, no a gran velocidad, pero sí a velocidad constante y sin posibilidad de escape. 
Necesitaba orinar.  Orinar para un hombre que vive en la calle es la cosa más sencilla del mundo, pero por eso mismo se puede convertir en un lujo, las cosas que parecen obvias no tienen porque serlo y hacer un rito de algo que es trivial lo eleva a niveles casi sagrados.  Orinar, por ejemplo, se puede hacer en cualquier esquina de cualquier edificio, pero en la ciudad hay lugares donde orinar se convierte en un placer de una magnificencia casi real.  El Hotel Aurola por ejemplo, tiene baños en el lobby de exquisito mármol crema y fontanería dorada, lo iluminan hermosos candelabros, las lozas son de una cerámica blanquísima en su interior.  Cuando uno está solo, se escucha únicamente el ronroneo silencioso del edificio de quince pisos en cuyas entrañas verdaderas no habita nadie.  El Hotel Costa Rica tiene también baños hermosos, al fondo del inmueble, atrás y abajo del Candy Shop, que aunque no llegan a la suntuosidad exagerada de los del Hotel Aurola, son también sumamente agradables para orinar.  Estos además tienen unos aros hermosos en las tazas, sobre los cuales le gusta sentarse a descansar cuando logra entrar sin contratiempos.  Para entrar en los hoteles la técnica es bastante simple: primero hay que asegurarse de no hacerlo demasiado a menudo, para no ser reconocido; segundo, cuando uno entra debe hacerlo con la postura y el paso acelerado de quien se dirige hacia su cuarto, saludando con un golpe de cabeza al recepcionista, si es que este decide levantar la vista cuando se pasa frente a él.  Luego hay que dirigirse directamente a la puerta del baño, sin titubeos, para no despertar sospechas.  Una vez en el baño es mejor meterse en una cabina para evitar contacto con los clientes. Satisfechas las necesidades biológicas, lo que dicta la seguridad es abandonar el hotel inmediatamente.  Pero esta mañana no es como todas las mañanas, esta mañana es la mañana inexorable a la que lo ha traído la interpretación de los signos, esta mañana ha visto los toldos, las mesas donde se sentarán lo presidentes al aire libre frente al Teatro para firmar, todo está listo y solo resta dejarse llevar.  Al salir del baño se detiene un momento frente a la puerta que se abre del elevador, fingiendo sorpresa al notar que la pared trasera del elevador es de vidrio y que en el ascenso seguramente se tendrá una vista magnífica del la nave interior del hotel.  Lo aborda como quien opta por complacer un capricho espontáneo.  Se da vuelta y mira hacia las puertas que se cierran.  En esos últimos instantes en que las puertas se deslizan la una hacia la otra un hombre de traje, con un audífono en el oído, se cuela en el elevador y se para a su lado, mirándolo.  La postura del hombre es poco natural, se le nota la tensión, las manos unidas frente al abdomen parecen listas para saltar en cualquier momento.  Está aquí por mí, piensa él, mientras el elevador asciende por la columna central del hotel hacia la azotea.  La puerta se abre en uno de los pisos superiores y alguien entra al elevador.  Cuando las puertas están por cerrarse, sale de un salto y emprende una carrera desesperada por el pasillo.  El hombre trata de detener las puertas con sus manos. La puerta se abre de nuevo, el hombre sale y corre tras de él.  En el pasillo hay varias puertas pero todas estarán cerradas.  Detrás de él el hombre está gritando algo.  Instrucciones, posición, sospechoso.  Mira la puerta con el llavín de barra horizontal.   Es la puerta de emergencias, se abalanza sobre ella y la abre de un empujón.  La puerta se cierra tras de sí.  En un segundo debe decidir: arriba o abajo.  Si sube se sabrá todo y solo le quedará el recurso de saltar.  Baja.  Escucha al hombre entrar al ducto de la escalera.  De abajo suben otras voces en dirección a él.  Se da cuenta de que no puede escapar.  Se detiene.  El hombre que lo persigue lo alcanza.  No ha desenfundado el arma y topárselo de frente lo alarma visiblemente y pierde preciosos segundos sacando la pistola de la sobaquera.  Pero él ya ha decidido entregarse y no oponer resistencia.  Él no es más que un hombre común, que vive en las calles de la ciudad, y entró a usar el baño.  No tiene por qué huir.  ¡Al suelo!, le grita el hombre, ¡al suelo!  Lo esposan y lo bajan alzado boca abajo, colgado de los brazos en jarra y las mangas del pantalón.  Abajo lo sientan en una banca y se paran alrededor.  Nadie le habla.  Nadie le pregunta qué andaba haciendo, si ocupaba el baño, si le gustaban los elevadores con el fondo de cristal.  Nadie le pregunta si corrió porque estaba asustado, nadie le pregunta nada.  Al rato llega un policía y lo escolta esposado, cruzando frente a las sillas vacías de los presidentes que han puesto frente a las gradas de mármol del Teatro, hacia la patrulla.  Trata de imaginarse al presidente Arias en su silla, mientras camina hacia la Avenida Segunda.  Si corre, lo quemo, le dice el policía.  Lo mete en el asiento trasero, en el que no logra sentarse porque tiene las manos esposadas tras la espalda.  Lo conduce en silencio a un edificio celeste sin marcas, frente al Gimnasio Nacional,  en cuyo techo hay una antena gigante y en cuyo frente hay dos astas: en una ondea la bandera de Costa Rica, la otra no tiene bandera.  Lo meten en un calabozo.  Le quitan los cordones de los zapatos y la faja.  Espera un rato en la celda, en cuyas paredes lee mensajes que otros prisioneros han dejado, encomendándose a dios, o a sus seres amados.  Luego lo sacan y lo interrogan dos agentes.  Luego lo interrogan otros dos agentes.  Todos son jóvenes, demasiado jóvenes, casi bebés.  Se les nota que sienten que saben muchas cosas, pero él sabe que ellos no entienden los signos con los que habla la ciudad.  Por las preguntas que hacen parece que no saben nada, que no entienden.  Luego uno dice lo mejor es llamar a Papi, lo cual le resulta gracioso, porque en efecto los agentes parecen ser todos casi niños.  Luego otro dice, metámoslo al foso y le hacemos unos cariñitos para que se le afloje la lengua.  Él les va a decir todo, todo lo que sabe, no hace falta que lo lleven a ninguna parte, porque nunca entenderán lo que él les va a decir y que comprende desde hace tanto.  En realidad, piensa, nada de lo que él diga cambiará las cosas, las palabras no valen nada.  Lo único que importa es si han descubierto o no el rifle del asalto que hay empastado en el filo de la azotea del Hotel Costa Rica, ese último signo sin interpretar, de cuya lectura dependía la historia de su ciudad y de cuyo silencio depende ahora su vida.

 

 

Juan Murillo, Costa Rica. Ha publicado “Algunos se hacian dioses” (cuento, EUCR 1996). Compilador, junto con Guillermo Barquero, la antología de narrativa de autores nacidos después del 66, “Historias de nunca acabar” (ECR, 2009)

 

 

Publicado originalmente en La Otra · © del texto y las imágenes: sus autores. Forma parte del archivo de La Otra (fundada en 2008, dirigida por José Ángel Leyva) dentro de esta casa.
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