LA OTRA · REVISTA DE POESÍA Y ARTES · DESDE 2008  

La Gaceta

Carlos Barbarito

14 de marzo de 2009

Carlos Barbarito
Carlos Barbarito

Poemas de este prolífico poeta argentino que nos ofrece también una radiografía de sí mismo.

 

 

Carlos Barbarito
Carlos Barbarito
Carlos Barbarito nació en Pergamino, Argentina, el 6 de febrero de 1955. Su obra literaria comprende quince libros de poesía y dos de crítica de artes plásticas. Premios y distinciones: • Premio Fundación Alejandro González Gattone. • Premio Fondo Nacional de las Artes. • Premio Dodero de la Fundación Argentina para la Poesía. • Premio Bienal de Crítica de Arte Jorge Feinsilber. • Premio César Tiempo. • Premio Raúl Gustavo Aguirre de SADE. • Mención de Honor Leopoldo Marechal, • Mención de Honor Carlos Alberto Débole. • Gran Premio Libertad. • Premio Francisco López Merino. • Premio Hespérides. • Premio Iparragirre Saria • Mención Plural de México. • Mención honorífica Concurso de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires. Figura en: Breve diccionario de autores argentinos desde 1940 .Inventario Relacional de la Poesía en Lengua Española 1951-2000, de Juan Ruiz de Torres y José Javier Márquez Sánchez . • ABC de las artes visuales en la Argentina • Diccionario de autores argentinos .Sus textos sobre arte y literatura y su obra poética están traducidos, en parte, al inglés,al francés, al portugués, al catalán y al holandés.

 

 

Carlos Barbarito/introducción breve a su poesía inédita 2006/2008

¿Qué perdurará? A veces, cuando llueve, me respondo a mí mismo: Nada sobrevive. Otras veces, también con lluvia: Algo quedará, algún párrafo, algún pasaje, ciertos y determinados versos. Porque nada dura, escribo y celebro que a mis letras y al resto de las cosas en el mundo les aguarde el mismo destino; porque algo dura, escribo con alguna esperanza de que al menos una línea mía sea capaz de sobrevivirme. Pero, en esta tarde en que en el cielo no hay ni una nube, me pregunto: ¿para qué esta apelación al futuro si escribir es dialogar con el presente, con los vivos? Los muertos no leen. O leen con otros ojos, que los vivos desconocemos. Los muertos no escriben, sólo los vivos. Y si los difuntos escriben seguro es en una lengua para difuntos que ignoran hasta los médiums. Estoy vivo y leo con ojos de vivo y escribo en lengua de vivos. Quiero decir, converso con los otros, los lectores, que, lo sé, son escasos -no porque yo lo quiera, así son las cosas-, y mi modo de conversar se llama poesía que, como bien decía Lezama Lima, significa una arborescencia en la que caben poemas, ensayos, cuentos y novelas -en mi caso personal, poemas y ensayos, jamás logré narrar o nunca realmente lo quise-. Todo dualismo, sostenía el cubano, es superficial.

Reúno aquí mi producción de los últimos tres años. Se trata, para ser preciso, de lo que yo mismo elegí; en ésta, como en toda selección, ya sea por decisión ajena o propia, hay arbitrariedad y hasta capricho. Tal vez no esté aquí todo cuanto debiera estar, quizás hay más de lo aconsejable, no lo sé, corro el riesgo y lo ofrezco a los lectores. Aquí encontrarán -los que me leyeron antes- las mismas sombras y claridades de antes, en versiones tal vez mejoradas, acaso un tanto más precisas, los mismos asuntos vistos desde lados diferentes, las mismas figuras reflejadas en espejos un tanto mejor pulidos. Aquí hallarán -los que jamás me leyeron hasta ahora- lo que hizo un poeta sudamericano, argentino para ser exacto, y aún más exacto, nacido y criado en la llanura pampeana, al cabo de más de treinta y cinco años de labores. Con los primeros, se trata de reiniciar el diálogo, con los segundos, de comenzarlo. De un modo u otro, el mismo blasón o insignia: les hablo pero lo que hablo sin ustedes nada vale, a ustedes reclamo para que esto adquiera dimensión, espesor, se complete y alumbre.

C.B.

Muñíz, Buenos Aires, diciembre 3, 2008

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El mundo cabe entre el índice y el pulgar…

A Clemente Padín

 

El mundo cabe entre el índice y el pulgar,
apenas separados: cóncavo
y convexo, el Mal de ojo,
bosque, escombro, óxido de pala y remo,
Finlandia, la espina, la niebla y el gusto,
alquitrán, encina, lagarto, magia
y pesadumbre, mula, avaricia,
Metternich, abeja reina, Buda,
la gloria y el vuelo de la mosca, que la supera,
Sacré-Coeur al mediodía,
desierto, biblioteca, arrecife coralino,
bastón con empuñadura,
papel y escarcha, un pocillo con agua de lluvia,
el matiz, el pozo, la llama,
la seda, el ala del murciélago, la seda,
la ola vista de lado, el turquesa;
cabemos nosotros, ahora
que el día cae, envuelto en humos, hacia Oriente,
y todo deseo se resuelve en simetría,
toda ley deriva, ciega y asimétrica,
el aire se retira y en cuanto deja
asume pez traspasado por agujas.

 

 

Se hace el día con el despertar de desnudo y desnuda…

 

Se hace el día con el despertar de desnudo y desnuda,
al cabo de largas horas de cenizas, hollines.
A este día derraman sus babas otros días,
acaso más puros, de lluvias más puras,
por ellos sabemos que hay vida y hay muerte
y que vamos de una a la otra
vestidos siempre del mismo modo.
Restregar los ojos, habituarlos de nuevo a la luz,
cambiar el agua del sueño por el aire de la vigilia,
antes hubo peces, ahora hay vejigas
y odres y escamas nacidos de ronquidos y sudores.
Y la contradicción, el peso de hocico a rabo,
el tiempo medido en horas,
reaprender a dar la mano, a beber trago a trago,
a hallar perplejidad hasta en el fuego,
hasta en el trueno, el tatuaje, la celosía.

 

 

¿Y si pierdo la conciencia? Resbalo…

 

A Liliana Herrero

 

¿Y si pierdo la conciencia? Resbalo
hacia lo inefable con mirada de cordera,
envuelto en polen seco, seca
mi boca desde la que se ausenta todo verbo
desde aarónico hasta zurubí.
Por el canal más estrecho, un pez sin ojos.
Por el canal más ancho, un ciervo sin ojos.
¿Y si pierdo el brazo derecho? Río
con risa sin causa, lloro
con llanto sin razón, acabado el libro
y conducido el niño al sacrificio;
sin cimiento, todo debe ser apuntalado
en medio de la tempestad,
nadie está desnudo,
nadie disipa el humo
para ver lo que arde, casa o zarza.
¿Y si retrocedo vidas hasta la almeja? Apoyo
un dedo en la sal, algo,
desde alguna parte, confirma
al mundo lo inútil de ese gesto;
más vale dejar que se retire
lo que deba retirarse
y acuda lo que deba acudir,
resuelta en hilos la alegoría
y de esos hilos sostenida sobre noche y abismo
lo que llaman alma y yo,
respiración de buey
que sabe de agua y sed y el resto lo ignora.

 

 

Pero no hubo perdón, la hierba amarga…

 

Pero no hubo perdón, la hierba amarga
siguió creciendo, todo se limitó
a un continuo andar por estrechos desfiladeros.
¿De qué arcano es el agua que no bebemos?
¿De qué tarot esta escena virada al gris
en la que nos despojamos de ropas
el uno al otro sin nunca poder desnudarnos?
No hubo curación, ni visión de puerto,
falló la profecía y la punta del ala
no logró rozar la frente amada;
¿de qué galaxia lo que se revela
a ojos ciegos, a animales sin ojos?
¿Y la vida? ¿Por qué no asiste a la pulpa,
a los tallos? ¿Qué hay ahora
en el extremo del hilo
que desenrollaron padre y madre
en un día del que ya no hay memoria?

 

 

 

Arco iris de sucesivos grises hasta el negro…

 

Arco iris de sucesivos grises hasta el negro:
¿quién que da muerte podrá darte la vida?
Ése camina sobre el agua, ¿para qué,
si sabiendo nadar no nada
y si no, no se ahoga? Se avecina
lo esperado, lo inesperado,
el gallo canta después del alba
para anunciar que, pese a la luz,
sigue siendo de noche. ¿Quién
comprende, abre los ojos,
entiende el porqué del golpe seco
del amor como látigo
contra el espejo? No
logro darle un nombre
a todo esto, una talla,
una fórmula; sólo con aire
no es posible lograr
que alguien respire,
pero ¿qué otra cosa?
Ahora estoy desnudo ante el silencio.
Estás desnuda y el silencio
te lleva en sus brazos
más allá del número y su borde;
no queda casa, plato, camisa,
apenas cenizas de padre,
que el viento, cruel o piadoso,
ya dispersa.

 

 

Permanece frío ante el cielo…

 

Permanece frío ante el cielo
que se curva hacia abajo,
el fatuo embeleso de la bestia
por su propio reflejo en el agua,
el cincel que se oxida, el cerrojo
que traba la única puerta hacia el día,
la soga, que espera, la sombra,
que no espera. Frío
ante lo carbonizado y lo incierto,
lo medido y lo sepultado,
la memoria, el anhelo, la acritud,
el cieno. Languidece,
en silencio, inmóvil,
apoyado contra un muro.
Si un perro viniese
y la lamiera la mano, ¿andaría?
Si un viento soplara
y le trajese, entre pólenes y semillas,
el eco de una voz amada,
¿despertaría?

 

 

Me iré y ya no me reflejaré en sus ojos…

 

Me iré y ya no me reflejaré en sus ojos,
seré entonces indigno de su luz,
de durar en el espacio por su luz iluminado;
lejos, seré oboe sumergido
tocando para dioses oscuros y flacos.
No tendré como antes cobijo,
almohada, taburete,
anhelo, palabra, anzuelo, filigrana.
Seré el desnudo, no la especie,
la cabeza cubierta de cenizas,
los pies hundidos en el barro;
se oirá la voz del juicio y no la del libro,
tejerá el aire y no la aguja,
la niebla conseguirá cuerpo
y no lo que, en tardes de tormenta,
salta del frío de la culebra hacia el perchero.
Se evaporará todo rastro de pasado sobre la corteza,
miel o hiel de Musset, baba de caracol,
sal pasada por fuego, cal y sangre;
qué se curvará, qué deyección quedará en fieltros y algas,
qué morderá cuando deje de martillar el tiempo
-ni sueño ni vigilia, ni abajo ni arriba:
la yema de un dedo por el filo del papel
y ninguna herida-.

SIETE INVIERNOS

 

A Alejandro Puga

 

…And wingless truth and larvae lie
And eyeless hope and handless fear…

Edith Sitwell

 

I

¿El viaje aún? ¿ Partir
hacia lo que se desconoce?
¿A bordo de qué tren
o barco, de a pie? ¿Es posible
todavía, tiene algún razón,
algún sentido? ¿O sólo
queda la conformidad de estar vivo,
de respirar, de recordar
que una vez hubo y ahora no hay?
¿Puede constituir eso
la vida y no la sed de mar
en pleno desierto, el sueño
de mujer entre sombras,
de música en medio del silencio?

 

 

II

Pero está el fuego, que purifica. Y
la oscura verdad bajo el cieno.
Alguna mínima virtud luego de la vergüenza.
Horas en la oscuridad y un instante
ante una luz que enceguece.
Lo que se sabe y lo que se ignora.
La astilla, la paradoja, el acicate.
La mano amasa lo que la boca no comerá.
La boca muerde lo que debiera besar.
Oscuros pescadores en quemados arenales.
Oscuros náufragos en patios de cemento.
Qué surge de la tierra.
Qué orbita el cansancio.
Qué se hunde en la ceniza.

 

 

III

A través de la grieta el ojo descubre
lo que ya sabían los muros,
las raíces. Y es inútil la palabra.
Y es vano el juego del niño en el barro.
Porque al fin nada obtiene de si
el alimento, nada alcanza
lo que persigue, nada se transfigura.
Hasta el aire tiene peso.
Hasta los bailarines mueren en el fuego.
Hasta el pez acaba en la red o en la teología.

 

 

IV

¿Cómo debo llamarla? ¿Hermana,
máscara, hocico de lobo,
pozo o tejado, reflejo, laurel,
demonio? Siento
que cualquier palabra puede hacerlo
pero que ninguna puede alcanzarla
allí donde nace y consiste.
Huye, se extravía en la niebla.
Está detrás de mí, en el espejo.
Vive en una altura indefinida, inmedible.
No tiene peso, torna inútil la balanza.

 

 

V

Se helarán nuestras memorias
cuando la tierra que pisamos esté seca.
Se helarán ante nosotros las olas,
la Vía Láctea, el libro, el relámpago.
¿Cómo evitarlo? ¿Cómo
evitar que nos suceda
lo que va a sucedernos?
¿Por qué en toda playa,
cuando atardece, un cadáver de pez
y entre las galaxias, un galaxia oscura,
que ya no emite sonido ni luz?
¿Por qué no pueden ser eternos
el movimiento del nadador entre las olas,
el aroma de las rosas en el jardín,
nuestras imágenes reflejadas en charcos y espejos?

 

 

VI

Sumerge la mano en la sombra
y la cree, por un momento, agua.
No sueña.
Sueña con un maniquí bajo la lluvia.
Muere y despierta en la misma cama,
bajo la misma frazada.
Afuera, abejorros entre las flores,
lejanos ladridos de perros,
que no ve ni oye.
Al alba, como siempre,
habrá un llamado que no atenderá
y, del otro lado, de nuevo,
tal vez por última vez,
una boca pura, una música celeste y pura:
por qué no vamos al mar,
por qué en el mar no nos desnudamos.

 

 

VII

Ésta es la casa. No es sólo fe,
ni sueño, ni voluntad, ni deseo.
Es ardua y dura materia:
una piedra sobre otra,
días y noches, durante años.
Una sombra adentro de un trapo
no basta como amante o hermana;
¿nacerá lo deseado del fondo de la tierra,
al cabo de estas horas,
cuando más arrecie la tormenta?
¿será entonces la edad propicia,
el momento para tener hambre y sed
y encontrar con los ojos cerrados?

 

 

Te amo – pero todo es sigilo y es borde…

 

Te amo – pero todo es sigilo y es borde,
pulpa sin atributo, alquimia
de polvo y óxido de llaves-
¿Sabemos más que el taxidermista,
el más torpe de los mecanógrafos,
de los pirotécnicos? -hacia
la orilla, la humedad, la pureza
o la mezcla, una trama que no conspire-
Vivimos, estamos en la vida,
en el viento que dispersa las hojas,
la ventana que da a una tosca pared de ladrillos,
un ajado libro que habla
de ciervos y codornices, que nunca vimos,
una baya que oscila entre secarse y madurar
mientras las bandadas se dirigen
hacia un Capistrano cada año más remoto.
Pero te amo, meditado o espontáneo,
una forma y otra forma
adquieren espesor y peso,
se sueldan con estaño duradero

justo cuando irrumpe cuanto aísla,
lo que corta el zurcido, el ya no importa.

 

 

Que se balancee de polo a polo…

 

Que se balancee de polo a polo
mientras el mundo procura la aguada
y el papel adecuados en lo abierto y extenso;
que no tropiece, no caiga en avaricia,
no se adormezca en mitad de las arenas,
no adelgace entre uvas y harinas;
que pase por el cuello de la botella,
descifre niñez en el relámpago,
respire ave y ciervo
y se sumerja en azul, en blanco, en violeta;
tinte, ancla, escena, víspera, natación,
proa, letra, leña;
que estalle en silencio,
con silencio de címbalo sin ejecutante,
seda y remo, remo de seda,
rescate, salve de la nieve,
otorgue pasaje al mineral,
dominio al cereal, al cítrico, al balcón hacia el océano.

 

 

Ella: una mano en el agua de una fuente…

 

Ella: una mano en el agua de una fuente,
en la otra mano, una flor blanca
(en un ángulo, arriba, un cielo límpido,
lleno de ligeras criaturas que no se ven
pero se presienten). ¿Una ilusión,
una fotografía perdida que aún recuerdo?
Pienso ahora en un menstruo
que ya no purifica y en una hierba que se quema,
lejos, muy lejos.

 

 

Dormidos, ¿soñamos?, replegados a una existencia de larvas, despertamos. Entonces, aullido de lobo sin el lobo, metamorfosis de algo antiguo y ya extinto. Es preciso comprender, sí, pero el ramo de rosas no sobrevive ni un día en el vaso y Orfeo es presa fácil de las llamas. Si fuese aire lo que llena los pulmones y espíritu perdido lo que corre por el laberinto. Si fuese una frente lo que pernocta entre rocas lunares y lluvia lo que cae sobre la glorieta. Pero, ¿lo es? Esto, me dice y se señala el vientre. Lo acaricio. Pero no hay mundo todavía, aún no hay océano, la tierra es caos y confusión y oscuridad por encima del abismo. Sólo su voz aletea por encima de las aguas.

 

 

Egon Schiele, Abrazo, Pareja II, 1917

Arden y luego son oscuros. Pero ahora arden. Arden y en el rápido quemarse de la carne encuentran deleite y contestación. No necesitan justificarse porque así, de ese modo, debe ser. Se ofrecen el uno al otro vestidos con camisas cortas que dejan ver los sexos. Yemas de dedos, lenguas, palmas de las manos, labios. Envueltos por una luz naranja, naranja rojizo, marrón rojizo, se abrazan y abrazados se retuercen, se yerguen, se arquean, se contorsionan. Serán oscuros, se dijo antes, pero ahora arden y al arder encuentran contestación y deleite.

 

 

Mujer con violonchelo

 

Desde el cuarto contiguo,
madera y metal vibran,
como vibra al unísono su carne.
Sin desnudarse, de todo lo superfluo
se despoja. Armonía
que la hace a quien la crea
una entre todas las cosas
y convierte al resto en un espejo
que con distorsión
la refleja. Ahora
es un final de exilio
sobre cuerdas que regresan
al día anterior a las cenizas;
al oír puedo decir yo soy
en lugar de yo fui
y encontrar presencia
donde reinaba la privación, la falta.

 

 

Y hablarán como si nunca antes hubiesen hablado…

 

Y hablarán como si nunca antes hubiesen hablado.
La muerte suspenderá por un momento su siega.
Del fondo luminoso hacia Occidente,
labrarán de uno en uno los campos
hasta donde se acumulan, urgidas, olas y alas.
Y la boca beberá de la canilla, del pico de la botella.
Y lo caído en olvido, regresará.
Y caerán los pliegues y surgirá de pronto el desnudo.
Hablarán sin extravío ni pérdida,
atravesados por largos y dulces cuchillos,
le hablarán al mar y el mar les entenderá,
el aire les entenderá, y el fuego.

Publicado originalmente en La Otra · © del texto y las imágenes: sus autores. Forma parte del archivo de La Otra (fundada en 2008, dirigida por José Ángel Leyva) dentro de esta casa.
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