LA OTRA · REVISTA DE POESÍA Y ARTES · DESDE 2008  

La Gaceta

Beatriz Russo nos presenta

11 de diciembre de 2008

Beatriz Russo Foto: José María Plaza
Foto: José María Plaza

La poeta madrileña, Beatriz Russo, presenta en La Otra algunos fragmentos de su poema La prisión delicada, y algunas reseñas y comentarios sobre esta obra.

 

 

 

 

 

 

Beatriz Russo (Madrid 1971)

Fragmentos de La prisión delicada de Beatriz Russo

Calambur, 2007

 

Beatriz Russo
Beatriz Russo Foto: José María Plaza

 

 

ÉSTA es mi prisión delicada.

No me salvéis.

Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.

Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.

Que nadie incinere mi cuerpo.

Tengo algo que evocar.

Besé su boca,

la bocca baciata de Fanny Cornforth

y sentí el margen de una moneda trasquilando la infancia de las veloces manos del raso.

¿Prostituta o costurera?

En la vertiente que hay en el sino están en juego las cartas de la sangre.

Llegaron al mundo las mujeres a tejer su desdicha en los telares de la miseria.

Los trapos del hambre amontonándose en las trincheras sin aire.

El anonimato de las abejas harapientas.

Y también llegaron mujeres a los telares de la delicia.

La sabia contienda de unas manos cansadas de su precariedad.

El ruido de la rueca no ensordecía el cuerpo de las otras hilanderas de la noche.

Escribieron sus nombres proscritos en una coroza de papel secante y fueron señaladas por los dedos de las esposas impolutas.

¿Prostituta o costurera?

No hay mayor masturbación que la del halago, mayor deleite que la hermosura en estos tiempos de vanagloria.

Cantad todos la pandemia de los burdeles.

Que se abran las puertas de la moderna Babilonia.

«¿Quién fue la bella Laura Bell?

The queen of whoredom

¿Quién Kate Cook, Emma Crouch y Cora Pearl?

Toutes elles demi prochaines»

Pero cantad también la pandemia de las fábricas.

Que se abran las puertas de la moderna Etiopía.

¿Quién veneró a las otras artesanas de la noche?

Pocos conocen el castigo de las míseras costureras.

El baile elíptico de las agujas trazaba hondas muescas en sus dedos.

En las oscuras salas de una fábrica gemía el hilo de las futuras ciegas.

Y temblaban después sus cuerpos apuntalados en los rincones ebrios.

Otras muescas hay en sus dedos.

Muescas del dolor de un útero enfermo bajo los dientes de las embarazadas.

Los clavos de cristo en el pubis de las esposas rotas.

Murieron en la fosa común de la historia, en el estrecho nicho de la conciencia.

Murieron con la lenta eutanasia de las mártires,

muertas veteranas del ejército de muertas,

muertas de hambre en las calles de polvo y niebla.

Anónimas muertas.

…………………………………….

ME he tatuado una serpiente en mi pierna con tu nombre y a veces siento que está viva, como tú,

y asciende mis muslos hipnotizada por algún Himno a la belleza,

y se desliza, pontífice de un rito que no suelo entender, pero me sigue, como si de pronto mi voz fuera un salmo penitente,

y entonces tú me obedeces, mártir de tu fe en mi cuerpo,

y asciendes un poco más hasta llegar a la antesala de mi sexo,

allí donde esperas la vehemencia de tu nombre, el sentido de ser tú el llamado y no otro, tú en comunión con tu nombre a la espera de mí.

Doscientos años de vida tiene tu nombre y sin embargo,

tatuado en mi pierna se ha hecho serpiente y a tientas busca mi cuerpo.

Cada vez que te nombro profano un instante tu reposo y te obligo a que duermas junto a mí,

a que asciendas mis muslos tal y como ahora te digo,

así, lentamente, con la falsa detinencia del deseo que se retracta por miedo a no verse ennoblecido,

con la imprecisión de una mano inexperta que finge un control que sólo yo poseo.

El baile de la serpiente sobre mis nalgas es perpetuo.

La serpiente descalza baila en la antesala de mi cuerpo antes de morir en mí.

La música que ahora emite mi mano bífida en un coro desentrañado.

La serpiente se arrodilla desnuda en la antesala de mi cuerpo antes de morir en mí,

Y le grito que es ahora,

el instante de ahora y no un milímetro después que ahora dejas conmigo, como si conocieras la estrategia de varias dosis de veneno sobre mi sexo.

Ahora y sólo ahora, repito.

Pero la serpiente arrastra sus pies descalzos por la antesala de mi cuerpo antes de morir en mí,

ahora y sólo ahora y no más tarde, repito,

Ahora,

en la tenue frontera de mi cuerpo dividido en dos mitades reconciliadas.

Ahora,

con todos mis nombres, los que yo te doy y te pido que pongas sobre mí.

Ahora,

con la blasfemia del último canto en la divina estampa de los deleites.

Ahora bendigo mi nombre con tus dedos de mi mano.

Ésta es mi prisión delicada.

No me salvéis.

Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.

Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.

Llegó mi hora de descansar.

LA PRISIÓN DELICADA de Beatriz Russo

Publicado con su habitual rigor por el sello editorial Calambur, el más reciente libro de poesía de Beatriz Russo (Madrid, 1971) contiene un único poema salmódico: bello texto escrito formalmente con parámetros cercanos a la poesía en prosa del último Juan Carlos Mestre -elaborados versículos libres en los que parece hermetismo lo que en verdad es libertad y desatada imaginación-. Así -los lectores de poesía menos obvia estamos de suerte- logra esta poeta adentrarse en ese camino que también transitan otras poetas muy recomendables del hoy como por ejemplo Ana Isabel Conejo (Atlas), Julieta Valero (Los heridos graves) Guadalupe Grande (El libro de Lilit), Alexandra Domínguez (Poemas para llevar en el bolsillo) y Silvia Zayas (Somos estacionarios).

Su poema, largo y lento como un blues femenino, se apoya en un pensamiento de Luis Cernuda para titularse La prisión delicada: «Ésta es mi prisión delicada./ No me salvéis./ Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia./ Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo/. Que nadie incinere mi cuerpo. / Tengo algo que evocar.»… ¿Y qué es temáticamente La prisión delicada?

Las creadoras expatriadas y geniales que coincidieron en el París de los locos años 20 -más concretamente en la orilla izquierda del río Sena, la llamada Rive Gauche- se consideraban a sí mismas lo opuesto a esas otras mujeres que aparecen en los cuadros prerrafaelitas (s. XIX). Amaban la belleza exótica de esas beatrices y ofelias, de esas estilizadas mujeres postrománticas de rasgos escandinavos, pero desdeñaban su pasividad, su condición de creadas y contempladas en vez de creadoras y observadoras, y por eso se empeñaron en superar el modelo de mujer prerrafaelita. Tomaron pues como modelo alternativo a Safo, la poeta de Lesbos, enfatizando el hecho de que esa primera poeta lírica había rebasado su condición de «décima musa» para ser algo más que musa: se había revelado. De hecho Safo -decían- frente a la épica, lo masculino, lo colectivo y la tradición helénica había optado revolucionariamente por la lírica, lo femenino, lo íntimo y la tradición asiática y, al hacerlo, había abierto decisivamente las puertas a un nuevo modelo, a una nueva forma de ser mujer.

Las reencarnaciones de Safo que habitaron el París de los años 20 miraban a las hermosas mujeres retratadas por los pintores prerrafaelitas con compasión pues se trataba de musas asépticas y pasivas encerradas en esa prisión delicada que es un cuadro; que es una vida en posición relegada.

En este sentido Beatriz Russo ha tomado como metáfora a las mujeres de los cuadros prerrafaelitas para, emulando a la vida y obra de Djuna Barnes, Thelma Wood, Natalie C. Barney, Jannet Flanner y el resto de mujeres geniales del París de los 20, reivindicarse a sí misma como creadora y como mujer con identidad propia, con cuerpo y con pasión. Se trata por eso el suyo de un libro aguerrido, densamente metafórico, audaz en el tema y tan intimista y universal al mismo tiempo que uno lo lee como imbuido simultáneamente de tradición y modernidad -de hecho en estas páginas conviven la diosa Astarté y los contenedores, Boccaccio y las fotocopiadoras-.

Además en este poema confesional se dan conciliadoramente la mano la imaginación y la metafísica -La madonnima del pianto condenó mis lagrimales. /Se inundaron mis mejillas con la corriente actividad de los malvados./ No hay tiempo para pedirle cuentas a la vida./ El nihilismo es tan improductivo como el porqué- para acabar conformando un lírico alegato moral que, más allá del feminismo, se erige en una defensa y un elogio de la feminidad con toda su grandeza, su multiplicidad y sus ámbitos propios: «En mi prisión delicada el tiempo no es de los hombres./ Los hombres se suicidaron con las magnolias de la eucaristía./ El vino es el vudú que puso espinas a la rosa./ Y el pan, la duna estéril de un desierto sin agallas.». De hecho uno termina su lectura pensando en que para esta autora la prisión delicada equivale a su mundo, a esa «habitación propia» de la que hablaba Virginia Woolf. Por eso Beatriz Russo demuestra haberse construido un mundo interior propio, rico y delicado al cual no quiere renunciar pero desea compartir para ampliar así las fronteras mentales que con frecuencia nos constriñen.

Y he ahí uno de los grandes hallazgos de este libro: su gran poder de sugerencia. Y es que uno disfruta tanto de lo que estos versos dicen como de lo que sólo sugieren, de lo que nos invitan a intuir. Y es que este poema, mientras nos ayuda a reparar en lo fascinante que resulta el modo como van cambiando y superponiéndose a lo largo de las generaciones los modelos de mujer, igualmente nos enfrenta a la evidencia de lo anquilosado que aún está nuestro actual modelo masculino: un modelo que arrastra cierto desvirtuado sentido de lo heroico, de la protección, de la sobreactuación y de la dominación el cual nos viene de la épica, del amor cortes y del arte prerrafaelita…

Beatriz Russo, como Safo, Djuna Barnes y tantas otras mujeres valientes que la han precedido, seguramente cree que ha escrito La prisión delicada en defensa de sí misma, pero, como hombre frágil, yo sé que también lo ha hecho por mí; por nosotros… Gracias.

Luis Artigue

http://www.luisartigue.com/

Crítica de La prisión delicada en ABCD

Alucinógena voz

Libros Por Luis García Jambrina

La prisión delicada es el segundo poemario publicado por Beatriz Russo (Madrid, 1971), que se dio a conocer con el titulado En la salud y en la enfermedad (2004). Se trata de un poema extenso, un canto continuado en el que los versos que aparecen al principio («Ésta es mi prisión delicada. / No me salvéis. / Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia. / Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo. / Que nadie incinere mi cuerpo. / Tengo algo que evocar») se repiten -con alguna variante- a lo largo del mismo, lo que le da unidad y una intensidad creciente. Nos encontramos ante una exaltación de la poesía y del arte y ante un homenaje a las tres mujeres que figuran como dedicatarias del libro: Lizzie Siddal, Fanny Cornforth y Jane Morris, esposa y amantes del pintor y poeta Dante Gabriel Rossetti; musas y modelos de la Hermandad Prerrafaelita.

Son muchas, en efecto, las alusiones a estas musas de origen humilde y a algunos de los cuadros para los que posaron, en una época, la victoriana, en la que ser modelo de artista era algo casi tan bajo como ser prostituta (de hecho, Fanny lo había sido). Naturalmente, la autora trasciende lo anecdótico y lo culturalista para convertirlas en símbolos de la condición femenina y de su papel en el arte. En este sentido, destaca la figura fascinante y trágica de Lizzie Siddal -la «Ophelia» del famoso cuadro de Millais y la «Beata Beatrix» de Rossetti-, que se suicidó con una sobredosis de láudano, dejando inédita una colección de poemas. «¿A quién le importa la lengua de los muertos? / ¿A quién, la alucinógena voz que se pronuncia entre los versos de Lizzie Siddal?», se pregunta un yo lírico femenino en el que convergen diferentes máscaras y, en especial, la de la propia Siddal.

El adjetivo alucinógena le conviene también a la voz de Beatriz Russo. A este respecto, cabe señalar que, a través del lenguaje, ésta logra producir una visión alucinada y, por lo tanto, sorprendente y nueva de las cosas. De ahí su tono visionario, onírico, irracional y, en ocasiones, surreal. La suya es, además, una poesía de largo aliento, torrencial, envolvente y expansiva; escrita, por lo general, en extensos versículos y organizada en torno a una serie de recurrencias de todo tipo. Su estructura es, a la vez, cíclica y progresiva. Pero, sin duda, lo más destacado es su carácter vigoroso y exaltado, de una gran fuerza rítmica e imaginativa. He aquí, pues, la obra madura de una autora que, según ha confesado, accedió no hace mucho a la poesía, tras un período de encierro que, al final, resultó deslumbrante y revelador.

Ver sitio

Artículo de Luis Luna sobre ‘La prisión delicada’, de Beatriz Russo (Calambur Editorial, Madrid, 2007)

Con setenta y cuatro títulos en el mercado, Calambur Editorial va haciéndose cada vez más su sitio en el panorama editorial. Ese prestigio se consigue gracias, en parte, a la publicación de textos necesarios para la correcta interpretación de lo amplia que puede ser la diversidad poética de nuestros días. En ese contexto, la edición de La prisión delicada, de Beatriz Russo (Madrid, 1971) supone un nuevo intento de sacar a la luz voces no suficientemente conocidas, en permanente estado de construcción.

El poemario, en efecto, reivindica una voz propia a través de voces muy diversas, del rescate de figuras que, gracias a la atmósfera que sabe crear la autora, puedan expresar aquello que tiene intención de decirse. Construido bajo el signo de la amplificación, La prisión delicada nos ofrece un continuado discurso poético (a modo de long poem) en el que se entrecruzan diversos caminos, resueltos en encrucijadas donde una misma estrofa con pequeños cambios da paso a un nuevo estadio del poema, propiciando así su continuación. Cada una de estas estrofas estructurantes introduce un cambio no sólo temático sino tonal, un sutil cambio de ritmo que conduce dignamente hacia el final, hacia el «descanso» necesario para la correcta intelección del poema.

A través de estos jalones, Russo propicia una poesía no de certezas sino de ambigüedades, dotada de una lectura abierta, o, lo que es lo mismo, de una lectura múltiple que concede la última palabra al lector.

Respecto del lenguaje, el magisterio de Juan Carlos Mestre es indudable y se revela a cada paso. Su brillantez y recursividad así lo indican. Es notable también la introducción de formas dialogales en el discurso que acercan el poemario a la hibridez, a los géneros fronterizos a los que es conveniente atender. Las asociaciones oníricas -de raigambre expresionista y surrealista- proporcionan imágenes de gran belleza y resuelven de manera acertada los, tal vez, excesivos paralelismos.

Nos encontramos, entonces, ante una «medida» expresión poética en la que las diversas piezas encajan una tras otra, expresando una inusitada confianza en el lenguaje como si éste pudiese expresar de manera suficiente la «realidad» a que hace referencia. Así, La prisión delicada no pone en ningún momento el lenguaje bajo sospecha, ignorando este aspecto tan importante para la poesía actual en su intento por avanzar formalmente con los escurridizos materiales de que dispone. La prisión delicada se centra, más bien, en ofrecernos una visión expandida de fenómenos necesarios para entender el devenir y lo hace desde un punto de vista periférico, como si más bien, en un intento por no deshacer la ambigüedad, por mantener la no certeza, todo fuese una cuestión -pictórica y vital- de perspectiva.

Luis Luna

ver sitio

LA QUE PUDO HABER SIDO OPHELIA

Un encuentro inesperado y grato para este final de 2007 que no acaba de despedirse…

Pequeño y denso poemario nada común en los últimos tiempos entre las publicaciones líricas en España. Poema extenso en apenas cuarenta y cinco páginas de distancia corta, de confidencia, de secreto, de reserva que, sin embargo, se desborda como si de una cascada caudalosa se tratase.

Lizzie Siddal -la que pudo haber sido Ophelia-, protagoniza cada verso; pero Lizzie Siddal era tan solo la poeta, la hermosísima mujer/esposa enamorada de Dante Gabriel Rossetti pintor y poeta «Prerrafaelista», no demasiado atento o consciente de las emociones y sentimientos de su amante compañera, y antes modelo inspirador del magistral retrato de Ophelia del pintor Sir John Everett Millais (1829-1896), que finalizaría su no muy dichosa vida con una sobredosis de láudano, y siendo enterrada junto a su colección de sonetos por expreso deseo de su esposo, Rossetti, quien años más tarde llegaría a profanar la tumba de Lizzie para recuperar y editar sus poemas.

Al comienzo de la lectura de La prisión delicada, Beatriz Russo me llevó a un retroceso en el tiempo de movimiento poético, y de alguna forma creí estar reencontrándome con sedimentos del preciosismo y erudición de «Novísimos» y «Venecianos» -más estos últimos con sus características y rasgos-; y algún segmento, también, de la primera Blanca Andreu en su manejo del surrealismo, aunque de menor evidencia que en «la niña de provincias que habitó el Chagall».

A lo largo de la lectura esas primeras impresiones fueron debilitándose, y aunque no niego por completo esas sustancias en su escritura, es cierta en Beatriz Russo una voz, un decir personalísimo, que ha sabido crear una forma y un fondo sutil, comprometido, transparente y a la manera de Rimbaud: «absolutamente moderno».

Beatriz Russo (Madrid, 1971) con esta su tercera obra poética, creo abre caminos que sin duda tendrán piernas dispuestas a recorrerlos, y a recrearse en ese paisaje, sobre todo sugestivo e insinuante, que con trazo sólido y estable nos da cita.

Esta es mi prisión delicada.

No me salvéis.

Aquí yacerá la que pudo haber sido Ophelia.

Inventadme un epitafio que se oculte bajo el musgo.

Tengo algo que evocar.

C. Dolores Escudero

http://www.adamar.org/ivepoca/node/395

La prisión delicada

Fa uns dies us parlava (a petició) de la poeta de Madrid, Beatriz Russo. Doncs bé, ara és el torn de La prisión delicada, el seu últim llibre de poesia publicat per Calambur.

És un poema llarg i carregat d’intensitat que es belluga per uns territoris poc corrents dins la lírica contemporània. No hi ha certeses absolutes i veritats inqüestionables i tot el poema es va movent per uns camps on semblen regnar les premisses del món dels somnis. Percepcions oníriques i una realitat força complexa i barroca que s’escapa cap a una tradició poc coneguda i que, per aquesta mateixa mirada al passat amb voluntat de resultat contemporani, acaba sent modern i defensant uns postulats que val la pena tenir en compte.

Sota l’aparença, volgudament retòrica, hi ha un interès per caminar per la línia de divisió entre gèneres i plantejaments.

La prisión delicada és un d’aquells llibres que captiva, tot i que segurament no ho farà a la primera lectura i demana una voluntat de dissecció, d’anàlisi detallat, de deixar-se impregnar per aquesta atmosfera literària i un punt artificiosa que Betriz Russo domina amb habilitat, amb un llenguatge i un vocabulari que ens transporten, que fan evident un cert anacronisme deliciós i subtil.

No hay noche que no me despida convulsa.

Cierro los ojos casi desquiciada por la epilepsia de todas mis lecturas,

y me adormento como lo hiciera cualquier musa prerrafaelita en un lecho de flores de eléboro.

Que nadie me quite la dulce argolla que me hace temblar en sueños.

Que nadie se aproxime ahora que he sido hibernada por las hadas.

Si he de despertar que sea un segundo antes de mi muerte, en el preciso momento de pedir perdón por levantar el rostro tan sólo en mi despedida.

Jordi Cervera

http://blogs.ccrtvi.com/jordicervera.php?itemid=13012

Traducción de la crítica de Jordi Cervera a La Prisión delicada.

Hace unos días os hablaba de la poeta de Madrid, Beatriz Russo. Pues bien, ahora es el turno de La prisión delicada, su último libro de poesía publicado por Calambur.

Es un poema largo y cargado de intensidad que se mueve por unos territorios poco corrientes dentro la lírica contemporánea. No hay certezas absolutas y verdades incuestionables y todo el poema se va moviendo por unos campos donde parecen reinar las premisas del mundo de los sueños. Percepciones oníricas y una realidad bastante compleja y barroca que se escapa hacia una tradición poco conocida y que, por esta misma mirada al pasado con voluntad de resultado contemporáneo, acaba siendo moderno y defendiendo unos postulados que vale la pena tener en cuenta.

Bajo la apariencia, voluntariamente retórica, hay un interés por caminar por la línea de división entre géneros y planteamientos. La prisión delicada es uno de esos libros que cautiva, aunque seguramente no lo hará en la primera lectura pues demanda una voluntad de disección, de análisis detallado, de dejarse impregnar por esta atmósfera literaria un punto artificiosa que Beatriz Russo domina con habilidad, con un lenguaje y un vocabulario que nos transporta, que hacen evidente un cierto anacronismo delicioso y sutil.

Entradas relacionadas

Publicado originalmente en La Otra · © del texto y las imágenes: sus autores. Forma parte del archivo de La Otra (fundada en 2008, dirigida por José Ángel Leyva) dentro de esta casa.
← Volver a La Gaceta