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Rosario de Acuña

Rienzi el tribuno

3 jornadas · 16 personajes · 2,300 versos

Modo

Acto primero

ACTO PRIMERO.

Sala del Capitolio.— Á la derecha del espectador dos puertas que figura

comunican con las habitaciones de Rienzi y d^ su esposa: á la izquier-

da una ventana en primer término y en segando una puerta: ^ran

puerta en el fondo, mesa y sitial i la izquierda: mueblen de la época:

<los tapices flotantes éu los dos tieo2os del fondo. Un libro sobrs la mesa.

ESCENA PRIMERA.

AIARÍA, en el sitial janto á la mesa, eon una carta en la mano; JVXyx,

á su lado, sentada en un taburete y haciendo una labor: á media escenu

empieza el anochecer.

María

Despacio las leí y aún no concibo

lo que dicen las líneas de esta carta.
Unas veces parécerae que sueño,
otras las miro como horrible trama,
sin que pueda el turbado pensamiento
descubrir su intención ni adivinarla;
y luego,... ¿por qué medio, de qué modo
pudo llegar hasta mi propia estancia?

(Leyendo.)

«Los barones de Orsini y de Colonna
»y otros nobles de estirpe menos clara,
«con vuestro esposo Rienzi reunidos,

•>Ia paz ajustarán en vuestra- casa; .
«del juramento que en solemne fiesta
»al gran Tribuno prestarán mañana,
»se ha de tratar en este conciliábulo;
wpero si en él las bases se preparan,
^mientras solomnemente no se juren,
)>la cabeza de Rienzi amenazada
»ha de vivir; tan sólo una persona
»con firme voluntad puede salvarla,
«porque acaso el citado juramento
«no se llegue á prestar si alguno falta;
»para que esto se evite es necesario
«consintáis recibir en vuestra estancia.
»en esta misma noche, estando sola
»y al terminar el toque de las ánimas,
ȇ quien puede deciros claramente
»d modo de alejar desdicha tanta;
»á más, grandes secretos de familia
«podréis saber, y acaso vuestra raza
ȇ Rienzi logre darle una corona
Mcual su ambición jamás pudo soñarla;
¡«pensadlo bien, mañana tarde fuera.
»Si aceptáis, colocad en la ventana
«una luz y después esperad sola
»la salvación de Rienzi ó su desgracia;
naquesto dice quien blasones tiene;
»no lo olvidéis, puesto que sois romana »

(Dejando de leer. — Empieza á anochecer.)

Sin firma y con la fecha de hoy. ¡Dios mió:
qué otra nueva tormenta se prepara I
I LA NA. Es una carta de intención profunda

y en estilo de nobles redactada.

María

(Sin hacer caso de Juana y como hablando s«la.)

¿Es verdad ó es mentira lo que leo?
y si es verdad, ¿acaso hago yo falta?
Rienzi es mi esposo fiel, mi buen amigo,
mando en su corazón, mas no en su alraa^

¿por qué de mí se valen para un caso
en que mi voluntad no puede nada?

(Dirigiéndose á Juana.)

Juana

si me escuchaste, qué respondes?

Juana

(Con resolución y casi en sentido de reproche.)

Eres mujer de Rienzi, eres romana;
¿acaso abrigarás dentro del pecho
ese fantasma ruin que miedo llaman?

(Se levanta colocándose junto á la mesa.)

Mákia. Tienes razón, y á fe que fuera mengua

esconder el temor dentro del alma,
pues sólo teme la mujer amante
perder el corazón del ser que ama.
¿Qué puede sucederme? mis recuerdos
velozmente se pierden en mi infancia
y rae siento valiente en el peligro,
que siempre vi con la serena calma
del que alzando hasta Dios su pensamiento
fija en otra región sus esperanzas. (Se levanta.)
Veremos si esta cita encierra un lazo
6 noblemente se dictó la carta.

ESCENA II.

LAS MISMAS y DOS PAJES, con luces.

María

De noche ya; qué breve pasa el tiempo.

(Dirigiéndose á un Paje.)

¿Y el Tribuno?

Pajes

Con los nobles, señora, en la gran sala.

María

¿Y viste en la ciudad preparativos?

Pajes

Toda Roma despierta y se engalana;

y ¿cómo no? si el pueblo conmovido
ante la nueva luz que se levanta,
contempla un porvenir de paz y gloria
ique siempre lejos vio por su desgracia!

Jl'ANA. (interrumpiéndole.)

¡El pueblo! niño grande y consentido

— lo-
que se olvida de ayer viendo el mañana!
-María. (á Juana.) Paréceme que sobra lo que dices.

(a los Pajes.)

Idos vosotros. (Se van.)

(Á Juana.) Ven y atiende, Juana.

ESCENA III.

MARÍA y JUANA.

María soneto

Sabes muy bien que siempre te he querido;

servidora leal te hallé en mi casa.
Tú has sido para mi más que nodriza,
amiga, compañera, casi hermana;
pero si bien te di pruebas seguidas
de ilimitada y ciega confianza,
no puedo consentir que en mi presencia
á los hechos de Rienzi pongas lacha;
y el que escarnece al pueblo á Rienzi ofende,
que es amigo del pueblo que lo aclama.

•Juana. No rae comprendes, no; triste es decirlo!

La intención que demuestran mis palabras
es que ese pueblo que al Tribuno adora,
es indigno de Rienzi y de su alma.

María

(Coq ironía.) ¿Desde cuándo enemiga de la plebe?

Juana

Sabes, María, que nací africana,

y que al Egipto que rae vio en la cuna
le debo antiguo norabre, ilustre raza,
y aunque sierva por culpa de la suerte,
siempre miré de lejos la canalla.
En las grandes llanuras del desierto,
dó pasaron los días de mi infancia,
á rai padre escuché sencilla historia
que al haWarle del pueblo relataba.
¿Quieres saberla?

María

Sí.

Juana

Un gran liberto,

tenía una pantera encarcelada

y en ratos de placer se entretenía

con un hierro cándenle en azuzarla;

y aunque para gozar con su tormento

en la prisión á veces penetraba,

sin corbas uñas la rugiente fíera

y en cadenas de bronce aprisionada,

aunque los aires con su voz hendía

jamás á su verdugo maltrataba;

y aún hizo más; cuando de carne hambrienta

la miraba de lejos en su jaula,

fijando en su tirano dulces ojos, '

llegó á pedirla con caricias mansas...

Vio á la fiera un esclavo y compasivo,

quiso de sus martirios libertarla,

rompió sus hierros y á ignorada cueva

la llevó; sus cadenas quebrantadas

logró cortar un día, pero entonces

la pantera á su pecho se avalanza,

y antes de que pensara defenderse

arrancóle la vida con sus garras.

María

(Sin comprender la inteneion de la historia.)

Y bien ¿pero y el pueblo?...
•luA>A. El pueblo es fiera

que se debe tener encarcelada.

MaHia. (Con tristeza y casi como un reproche.)

¡Y sin embargo, Juana, soy del pueblo!
(Variando de tono.) TÚ losabes, mi padre trabajaba,
y aunque libre, jamás pudo elevarse.

Juana

Tu padre fué del pueblo ¿y eso basta

para probar que tú del pueblo seas?

María

(Con asombro.)

¡Intentas que reniegue de mi raza!

'*l.'A>A (interrumpiéndola.)

Esta noche recibe á quien te cita
y vuelve á preguntármelo mañana.

María

(Con vehemencia y queriendo comprender la intención de

Juana

)

¿Qué signiñca lo que dices?

füANA. (Como si no !a hubiese oido, dirigiéndose á la vpntana.)

Juzgo
que la noche tranquila se adelanta
y que Rienzi saliendo del consejo
te vendrá á ver; creyendo no le agrada
liallarte en compañía, me retiro,
si el permiso me das.

María

(Con enojo.) Vete, que basta

de escuchar un lenguaje tan oscuro
como el que tienes, por mi daño, Juana,

Juana

.Mi corazón es grande para amarte

aunque á veces le faltan las palabras. (Se »a.)

ESCENA IV.

María

que al marcharse JUANA toma otra vez la caria y se sienta junto

á la ^esa.

MaPIA. (Después de recorrer con los ojos la carta.)

(Leyendo.) Y á más, grandes secretos podréis saber.

(Dejando de leer, y eomo si pensara en alta voz)

Edades del pasado,

recuerdos de mi vida,

si en el fondo del alma habéis dejado

alguna luz prendida,

agitadla, y acaso en la memoria

pu estela refulgente

ilumine las sombras de mi historia.

^ (Pausa de algunos segundos, durante los cuales recorre

otra vez la carta sin dejar de mirarla.)

¡Noble de raza yo! ¡vana quimera/

(Deja de mirar la carta. Este período ha de recitarlo com*
8Í fuera poco á poco recordando su vida.)

En mi infancia primera ,

escucbé de mis padres los consejos,
que cansados y viejos,

— 13-^

Sencillos campesinos, humildes en el nombre y la

nunca pudieron rodear mi cuna [fortuna,

con blasones ilustres de nobleza,

¡qué fueron sus diademas en el mundo

las canas que adornaban su cabeza!

Al casarme, su herencia me legaron;

después rae abandonaron

por otro reino de mayor grandeza. (Pausu.)

¿Hay acaso en mi vida algún momento

que ignorado y oscuro

levante el pensamiento

á la vaga región de lo inseguro? (Pausa.) (t)

'No por cierto, que en paz y en alegría

*un dia y otro dia

*mi juventud pasaba,

*¡mi juventud dichosa!

•como el ave que canta en primavera

"jugando entre las flores revoltosa.

(Vuelve á tomar la carta y á recorrerla rápidamente ron
una mirada. Refiriéndose á la carta-)

Y sin embargo, de mi nombre trata...

(Se levanta con movimiento rápido, dejando la carta so-
bre la mesa.)

¡Dejemos de pensar en tal delirio!

(Mira á la puerta del fondo.)

iiienzi tarda, ¡Dios mió, qué martirio! (Pausa. 1

¡Qué arcano encierra el corazón del hombre,

que el amor no le basta

y por buscar un nombre

en pasiones y en luchas se desgasta!

'¡Nicolás Rienzi, genio poderoso,

*cuya alma engrandecida

'salvando las esferas de la vida,

"se levanta y se eleva

(l) Véase la nota qu? hay al final del drama.

- i4 -

*á buscar la verdad en alto origen,

*en titánica prueba

'arrostra los delirios de la suerte

'y acaso (¡de pensarlo rae horrorizo!),

•acaso juega ciego con la muertel (Pausa.)

¡Grande es su idea, si! digna del cielo!

¿Pero llegó á olvidar, desventurado,

que sobre aqueste suelo

cada siglo brillante y respetado,

necesita un cadáver desgarrado? (Pausa.)

¡Oh! Si el amor de la rnujer querida

bastase á darle calma,

me arrancara la vida

pidiendo á Dios que le entregase el alma.

(Este monólog-o depende completamente de la actrir, que
debe fijar cuantas palabras, pensamientos y conceptos, se
hallan en él. La escena que le 9ia:ae ha de lio:ar>rf rápida-
mente á la terminación de dicho monólogo.)

[ en mí cifraban su ilusión postrera.

ESCENA V.

RIE>Z1, precedido de dos pajes con hachas encendidas MARÍ.A, al escu-

cliar á los pajes de otros «alones que le anuncian, se dirice rápida hacia

la paerta. Los pajes, así qae pasa Rienzi se van.

Una Voz

(Dentro.) El gran Tribuno Rienzi.

RlE."SZI. (Entrando y abrazando á María.) EspOSa mia!

-M.KRiA. Eu esa frente, amada con delirio,

¿hay nubes de pesar ó de alegría?
RiF.:<zi. Aunque en ella estuviese el mundo entero,

el mundo al contemplarte olvidarla.
.María. ;0h Nicolás! mi amor no es el primero.

Ri.'-:nzi. Sólo amaré una vez; oye, María.

(Se sienta. María repara en la carta y la toma guardán-
dosela con disimulo.)

Si el alma soñadora

se encuentra do lo grande enamorada,

- lo T-

DO supongas jamás que es su deslino

secar del corazón la rica fuente,

cuyo origen divino

le dice al hombre, piensa, pero siente.

¡Qué te importa que en éxtasis profundo

abarque el pensamiento

la vida, Dios, ia eternidad y el mundo,

si en el bello raudal del sentimiento

vives idolatrada,

como en búcaro de oro

la nítida azucena perfumada!

María

No toe importara, no, si el alma mía

viese el triunfo á tu lado.

Rienzi

Lo dudas tú? (Conenerg^ia.) Yo nunca lo he dudado.

María

Al escucharte el alma se enaltece

Habíame del consejo; qué ha pasado?

Rienzi

¡Ah María! ¡Qué rudo es mi destino!

¡Cuánta fe necesita

mi espíritu gigante,
este espíritu mártir que se agita
en un siglo gastado y Tacilante.
¿Acaso se te niega el juramento?

La queja que escuchaste

no se reflere solo á tal momento.

Cuéntame tu pesar, tu incertidumbre;

el alma te comprende,

tú mismo la enseñaste,

y en tan vivo fulgor su lumbre prende.

Sin tí qué era yo? Acaso

fantástico destello,

cuyo brillo jamás se abriera paso

en el mundo sublime de lo bello;

sin tí, mi corazón, mi inteligencia,

en letárgico sueño dormirían

y fuera mi existencia,

divina por su origen,

como perla escondida

-de-
que en el fondo del mar muere perdida.
*Mi vida fué una rosa abandonada
*de pétalos sencillos,
•por tu genio sublime cultivada.
Habíame; si tus penas
pueden hallar en el amor consuelo
yo romperé sus frágiles cadenas,
y olvidarás la tierra por el cielo.

Rienzi

¡¡Ese amor, ese amor divinizado

que busca el alma como origen cierto,

tu corazón le guarda inmaculado;

sin ese amor, el mundo es un desierto;

¡Y me le haces sentir! mi vida entera

se pierde cual fantástica quimera

en la estela radiante

que deja en pos tu corazón amante.

Las miserables ludias

que la traición me ofrece,

mi pasado de horrible sufrimiento,

el hoy que me estremece

y el lejano mañana que se crece

en las sombras del libre pensamiento,

todo entre luz confusa

se pierde lentamente

cuando el alma cansada

mira tu corazón puro y vehemente.

María

Tus ideas, tu ser, tu inteligencia

quiero guardarlas dentro de mi pecho.
¿Qué te han dicho los nobles reunidos?
¿Acaso se te niega ese d-írecho,
que el pueblo te legó como tribuno,
ó como siempre han hecho
en la misma opinión no está ninguno?

RiENZi Para llegar al punto de esta noche

de largo he de tomar toda mi historia.
Tú la sabes cual yo, pero no quiero
que se borre jamás de la memoria.

(Relatando.) Cuando mataron á mi pobre hermano

una turba de audaces caballeros,

aunque era niño, levanté la mano

y á los cielos juré tomar justicia

de un liecho tan villano;

mi alma luchó, luchó con mi destino

que me dio humilde cuna

y una escasa fortuna

para entrar de la vida en el camino;

en la lucha vencí grandes pasiones,

el estudio profundo marehitó mis primeras ilusiones

y penetré en el mundo

llevando el corazón hecho girones.

En él tan sólo había

pura una fe, cumplir con mi promesa;

era muy grande sí, yo lo sabía,

¡pero el tiempo pasaba

y cada vez mejor la recordaba!

Estudié, trabajé, busqué un apoyo

y al fin subí; el pueblo soberano

su Tribuno me aclama y llega el dia

en que vengue la muerte de mi hermano.
Maiua. ¿y tú la vengarás?

Rienzi

(Transición.) ¡Nunca, María!

Mí promesa es impía;

que aprendí á conocer en mis desvelos

que el sol no brillaría

si hubiera siempre nubes en los cielos;

nubes son los rencores;

quiero que el sol de la justicia brille

como en tiempos mejores

haciéndonos iguales,

que todos somos hombres y mortales.

Nunca veré la sangre derramada

para vengar ofensas de mi vida;

yo cumpliré una empresa levantada

dign* de un alma libre, engrandecida:

— J8 —

qBiier(M]ue Ualia con su antiguo nombre
y uniendo su poder, ai mundo asombre.

.Makia.. Pero no sin lucliar llegará el dia

en que e! pueblo romano
se apellide liberto y soberano.

RiEszi. Lo sé muy bien, la raza de los nobles

á ese plan gigantesco no se aviene,
ella vive gozando como reina
y de vida cambiar no le conviene.
La firme ilustre casa de Colonna
con la de Orsini en declarada guerra
parece no se aterra
con el aspecto que mi pueblo toma,
y no quiere ceder, en cuyo caso
una lucha presiento sobre Roma.
La ley del buen estado
que la nobleza jurará mañana
en presencia del pueblo y del legado
del gran papa Clemente,
dominará el orgullo de esa gente;
pero si se rebela
y en jurar no consiente,
su rebelión en forma declarada
será anuncio de próxima tormenta,
principio de una lucba encarnizada,
titánica y sangrienta,
donde el pueblo llegando al heroísmo
derrumbe las postreras atalayas
que sirven de guarida al feudalismo.

María Mas si la jura, el mundo con tu nombre

alzará un monumento.

Rienzi

Sí, Maria, por eso no te asombre

que anliBie el juramento;
no hay gloria para el hombre
como empezar un siglo en las edades
sin que la sangre humana
á torrentes vertida

María

RlENZl.

iMaria.

RlENZl.

María

RlENZl.

oscurezca los hechos de su vida.
Si juran esa ley, si en mi presencia
rinden sus armas los opuestos bandos,
si á mis edictos prestan obediencia,
el asombrado mundo
verá en ruinas los fuertes torreones,
y en la ciudad, señora de los siglos,
alfombra de los templos los pendones.
Los de Estcnsi, Carrara y Malatesta,
los Savelli y Orsini
esta noche ofrecieron
rendir su voluntad á mis designios
¿Lo cumplirán?

No sé; después dijeron
que ó todos ó ninguno;
Colonna se callaba
y tengo para mí que imaginaba...

(Con vehemencia.)

¡Declararle la guerra al gran tribuno,
indisponerse acaso con el Papa,
que apoya tu poder, retar al pueblo
que su padre te nombra!
Es noble y no me asombra.
¿Puede acaso dejar esa campiña
hundiendo sus castillos,
albergue de la infamia y la rapiña?
Y si en ellos se encierra,
¿qué vas á hacer?

(Levantándose.) Empezaré la guerra.

Si mañana al subir al Capitolio,

en mi linage oscuro

vieran sólo una sombra de nobleza,

ninguno levantara la cabeza,

que tengo por seguro

les detiene pensar que su grandeza

ante el pueblo se inclina

y un hijo de ese pueblo la domina.

María

RlENZI,

Mauia.

RlKISZI.

María

RlENZl.

Juana

(Levantándosí, ap.)

(Acudiré á la cita de esta neclie )
(aUo.) y acaso el pueblo duerme confiado
mientras velando tú pierdes la calma.
Duérmese el ctierpo mientras vela el alma.

(Con insistencia.)

Breves horas no más ríndete al sueno.

(Como habUndo solo y dejániloso llevar hacia s« liabi-
tacion.)

Lucharé y venceré.
(Con pasión.) Y BU lu ca?nino

tranquila me verás siempre á tu lado,
mi destino será cual tu destino.

(Con pasión, rodeando uno de los brazos á la cintura de

María

)

¡Ángel idolatrado,

yo soy lo terrenal, tú lo divino!

(Sn van por la primera pui'rla do la dereclia del espec-
tador.)

ESCENA VI.

Juana

primero, dospiips PEDRO COI.ONNA.
(Mirondo á todos lados.)

Se fué con Rienzi, la señal olvida

y con olla tal vez el sólo inodio

para di'cirle un dia á toda Koma

que su nombre os ilustre y no del pueblo.

(Empiezan á tocar las ánimas; las campanas se oyen
lejos. Jnana toma una luz y la coloca en la ventana, sobre
una mesa ipic liahrii cerca do ella. — Dirigiéndose con la
vista á la habitación do María.)

Mas yo velo por tí, yo que en el mundo
ni hogar, ni patria, ni familia (engo,
yo que te adoro como adora e! alma
(juc lia senlidí) el cidor do los dusicrto<.

(Tsrmina «I toque de ánimas.)

-^ 1>1 —

Sabré por fin quién es ol que posee
de tu nombre y origen el secreto.

(Entra Colonnn emboEado, y al ver á JHana da un paso (lara retirarse.)

Juana

(Oi'f 'e detiene con un ademan.)

María ha de venir, pero es preciso

que, antes de verla, escuches ub momento.

Colonna

(Siii desembozarse.)

Tengo que hablarla.
Juan*. (Con energ^ia.) Bien, conmigo antes,

y habla con ella si te place luego;
acércate, contempla este retrato (Le sac*.)
y deja io demás, que pasa el tiempo.

CoLOiNMA. (Cediendo al tono imperioso de Juana, se aeerca, se de-

semboza y mira el retrato.)

¡La madre de María!

Juana

(Con desprecio, al reeono»«r á Colonna.)

Te esperaba,
Pedro Colonna. ¿Sabes lo que pienso?
que en tu raza no mueren los infames,
y si el hermano de tu padre ha muerto,
tu carta y la venida de esta noche
cual sobrino te aclaman desde luego.

Colonna

(Sin hacer caso de los insultos de Juana.)

Sabes entonces que María es hija...

Juana

De uu Colonna que noble caballero

supo fingirse de villana estirpe
para mirar cumplidos sus deseos.

(Colonna hace intención de hablar.)

No me interrumpas, porque el tiempo pasa

y quiero hablarte...

Colonna

Lo que no comprendo

es que tú sin razones ni motivo

poseedora te encuentres del secreto;

¿quién eres y qué intentas al hablarme?

Juana

Quien soy ya lo .sabrás, mas lo que intento

«s decirte que velo por María,

que no lie sabido nunca lo que es miedo,
y una lágrima sola que derrame
podrá costarte la cabeza, Pedro.

CoLoivNA. Me asombra que te escuche con paciencia,
que eres sierva y á todos los desprecio.

Juana

Desprecíanos y acaso llegue el dia

que te mires esclavo de los siervos.

(Colonna se sienta.)

Noble soy como tá; libre mi padre
un tesoro perdió y al verse deudo
' de la casa feudal de los Colonnas,
que para negociar le concedieron
mil tornesas, temiendo su venganza
firmó un tratado en que los hijos, luego
que él muriese, la deuda pagarían,
obligándose en caso de no hacerlo
á rendirla tributo y homenaje
y á acatar cual villanos su derecho...
Los hijos no pagamos, ¡fué imposible!
y á cambio de un puñado de dinero
toda una raza ilustre fué vendida:

¡así amontona el feudalismo siervos!

los compra con el hierro ó coa el oro.

Colonna

¡Tú de mi casa!

JuA.>A. Sí; pasando el tiempo

murieron mis hermanos y mi esposo,
que un hijo me dejó: tu noble abuelo
en Palestrina estaba con tu padre,
y el hermano menor de aqueste, vieni'o
una tarde á mi hermana, enamoróse;
quiso rendirla con traidor manejo,
y fingiéndose un hijo de la plebe
logró su amor y consiguió su intento;
nació María el dia en que mi hijo
de paso en este mundo voló al cielo,
y entonces la infeliz hermana mía,
próxima á sucumbir y conociendo

que el hombre á quien amó la abandonaba,
me hizo depositari.' lo! secreto
legándome su hija...

r.OLONNA. (En son de burla.) ¿Y SU Venganza?

Juana

(Lo mira con desprecio y sigue.)

Busqué á Golonua, conocióme presto,
y me juró que si al morir quedaba
sin un hijo legítimo heredero,
su fortuna y su nombre dejaría
á la niña infeliz; levantó el feudo
que sobre mí pesaba, me hizo libre,
y á dos ancianos de su casa deudos,
les obligó á adoptar por liija suya
á la hija de su amor, dándoles luego
una fortuna con la cual pudieran
librarse de homenaje; en su derecho
estaba al separarme de María
y nada pude hacer.
CoLON>A. Pero no acierto...

Juana

(Con impaciencia.)

Déjame terminar y entonces habla.

Colonua de mi sombra tuvo miedo

y no quiso que cerca de su hija

viviese quien guardaba su secreto;

yo que miraba en la inocente huérfana

uu porvenir de amor á mis recuerdos,

me eché á sus plantas, supliqué llorando,

y conseguí del hijo de tu abuelo

pasar como nodriza de la niña,

lomándome el solemne juramento

de que jamás mi labio la diría

que el mismo nombre que su madre llevo.

Veinte años hace que callando vivo

y sellará la muerte mi silencio.

Colonna

¿Y ese retrato entonces...

Juana

De María

los padres adoptivos sucumbieron,

pero antes de morir me le dejaren
con e! encargo de que andando el tiempo,
si otro retrato igual se me entregaba
pudiese reclamar con justo empeño
la legítima herencia de María.

r.oLONNA. ¿Pues ignorantes los taimados viejos
no sabían la estirpe de la joven?

Juana

Infelices, jamás la conocieron.

Tu tío, ese Colonna maldecido,
veló entre sombras la verdad del hecho.

CoLONSA. Y al casarla con Rienzi...

Juana

Como hija

con su humilde apellido se la dieron.

CoLON'XA. De manera que tú sola...

Juana

Ea el mundo

Colonna y yo su nombre conocemos.

Coi-ONNA. Colonna ha muerto ya.

Juana

Lo sé, y acaso

tú sabes lo que dice el testamento?

Colo.njía. No puedo responderte, que á María
solamente le importa conocerlo.

Juana Voy á buscarla, pero nunca olvides

que sangre egipcia en mi linaje tengo.

Colonna

Dame el retrato.

Juana

No, como nodriza

de la niña infeliz guardarle debo.
Si ha de vivir cual hija de Colonna
preséntame otro igual y desde luego
te le daré; hasta entonces con la vida
podrás arrebatármelo del pecho.

(Se va por la puerta por donde salió Rienzi y María.)

ESCENA Vil.

PEDKO COLONNA solo.

Mi lio me legó su vasta herencia,
y al hacter testamento

dejó á mi voluntad y a mi conciencia

que buscase á la huérfana María,

y en su nombre, si acaso la encontraba,

dijo me autorizaba

para legarle el título y fortuna.

Mi tio confiaba

en que su testamento cumpliría.

¡Por Dios! No se engañaba,

que yo le cumpliré si esa María

00 tiene el alma desgastada ó fría.

ESCENA VIH.

María

seguida de JUANA, entra por la puerta de la derecha, pi-imer tér-
iiiiiui Al verá Coloniia en medio de la estancia, liace un movimiento do
asombro. Juana se queda jlinto al tapiz izquierdo del fondo. .

María

Colonna aquí, Dios mió! el pensamiento

túrbase á veces entre sombra vana.

Colonna

(Saludándola.) Noble .María...

María

(interrumpiéndolo y con acento altanero.)

Sin perder momento
dime al punto qué quieres. (Á Juana.) Vete, Juana.
(Á Colonna.) Sé breve y no levantes el acento;
Rienzi no duerme.
JuA.NA. Espiaré cercana.

(ai escuchar la orden de María cruza lentamente la escena
y se va por la puerta de la derecha, cerrando antes la del
fondo.)
COLOiNNA. (Con tono persuasivo.)

Por SU patria y por él pretendo hablarte.

María

(Con altanería.)

Por mi patria y por él vengo á escucharte;
cómo llegaste aquí dime primero
y el nombre del traidor...
CotONNA, No hubo ninguno.

Entré como le cumple á un caballero:

Maiua

COLüNNA.

María

COLÜNNA.

M Allí A.

María

Colon?! A.

María

COLON.N'A.

Mai.ia.

María

tui liamado á presencia del Tribuno

para ser de sus actos consej'^ro.

Me retiré sin que me viera alguno,

y al salir en la opuesta galería

esperé la señal que te pedía.

No es muy noble tu acción; diine qué quieres.

Darte los medios de salvar á Rom;i.

¿Y para aqm^íto á Rienzi me prefieres?

Rienzi el orgullo de monarca toma;

nada quiero con él, en tí confio;

tu voluntad será la que decida.

Y acaso ¿puede tanto mi albedrio?

(Con gran intención.)

Puede causar la muerte ó dar la vida.

De tus palabras, Pedro, desconfío.

Mañana Roma se verá perdida

si no me escuchas con serena calma.

Comienza á relatar. (Cállese el alma.) (Se sicma.)

(Do pie.) Mi hermano Esteban porlosí.ños yerto,

viviendo en Palestrina retirado,

ignora el pernicioso de.scontento

que en Roma Nicolás ha levantado.

Representante de mi noble casa

en la ciudad eterna yo me veo,

la tuerza de mi nombre nada escasa,

yo solo por tortuna la poseo.

¡Debes saber, María, cuanto pasa!

Todo lo sé.

Pues bien, á tu deseo.
¿lie de jurar la ley del buen estado,
ó me declaro en guerra levantado?

(Con vehemencia.)

iQue si la has de jurar, Virgen María!
Pedro Colonna, sí, yo te lo ruego;
no guarda más afán el alma mia.
¡No ha do querer al sol el pobre ciego!
Üime lo que he de hacer, mi vida toda

DO pudiera comprar fortuua tanta.

CoLOiSNa. (Con frialdad y odio.)

Mucho quieres á Rienzi; me acomoda.

María

(Suplicante.)

Deja ese acento frío que me espanta,
y dime que he de hacer.

Coi-ON>A. (Primero con vehemencia y luígo con pasión.)

Viste en ol ciclo
la nube que ligera se estremece
y henchida por atmósfera de hielo
sobre la tierra gigantesca crece?
Mi corazón ea su amoroso anhelo
á la nube ligera se parece;
el amor que te guarda es tan profundo
qno deja en sombras lo demás del mundo.

María

(Levantándose cun un brust-o inoviniiejito y demostrando

en sus ademanes que está espantada ile lo que oye.)

¡Jesús qué horror! la mente que delira
pudo fingirme, Pedro, tus palabras;
todo cuanto escuché, todo es menfira.
Cüi.üNiNA. (Con ímpetu.) Dc Italia y Roma la desdicha labras;
dame tu amor.

MaiUA. (Con resolución.) ¡Jamás!

Colonna

(Cou encono.) Pues bicu, luaFiana

empezará la lucha fratricida.

María

(Como si no le oyera y siguiendo con horror los pensamien-

tos de Colonna.)

¡Que te venda mi honor siendo romana!

Colonna

(Amenazándola.)

¡Que firmas la sentencia de su vida!

María

(Con espanto.)

¡Ah! qué dices, no, no, Dios soberano,
eso no puede ser, Rienzi es querido-. •

COLOSNA. (En tono de convicción.)

El jefe de los nobles es mi hermano,
si no le juran se verá perdido.

María

(Con vehemencia.)

  28 —

Col.ONN.V.

Makiu

Cni.ONNA.

María

r.OLONNA.

María

ftlE<i7.l.

Maru.

RlE>IZI.

Y oslo se llama ¡oh Dios! uu s<>r humano.

(Acercándose a María.)

Dime que serás mía, y tu apellido
(le Colonna, legitima heredera,
podrá saberlo la nación entera.

(Como si de pronto recordase la carta, la ■i^'-a del bulsil lo,
y recorriéndola pre»ipitadanicnte con la vista, iido la «e~
cion á la palabra.)

Eso es cierto, tu carta...

Si.

El destino
en hondo abismo por mi mal me encierra.

(Dirig'iéndi)se á Colonna con vehemencia.)

¿Para qué te pusiste en mi camino,
aborto miserable de la tierra?
Cúmplase tu maldad, cúmplase el sino;
levanta el estandarte de la guerra
y la sangre que vierta el ¡nocente
caiga como baldón sobre tu frente.

(Durante estos últimos vei-sos Juana aparece en el dintel
de la puerta por donde se marchó, escucha breve rato y
vuelve á retirarse á la terminación de la escena.)
(Que se hilla enfrente de la puerta de las habitaciones d^

Rienzi

ve venir á éste y hace un movimiento de terror.)

Rienzi viene.

(Con espanto.) ¡Jesús, estoy perdida!

Retírate.

(Colonna va á salir por la puerta del fondo, y encontrándo-
la cerrada no tiene más tiempo qae el necesario para dcu1~
tarse detris del tapiz del fondo, correspondiente á las ha
bílaciones de María.)
(Apareciendo por la puerta derecha del primer término.)

Me pareció que hablabas.

(Haciendo un esfuerzo para serenarse.)

Pudiera suceder, porque dormida...
¡En pesadilla acaso te agitabas!

(Cruza la escena y se coloca junt'i á la mesa.)

Yo la tengo despierto, sí, ¡Dios miol
si no jura esa raza miserable,
¿qué va á pasar en Roma?

(Mirando al tapiz.) Yo COnfio...

No, María, la guerra inevitable,
y después, no lo sé; si yo pudiera
obligar á Colonna al juramento!

ARIA. (Ap. y leflriéndosí! á Colonna.) '

(¡Virgen santa, y lo escucha! Si supiera!...)

li;\ZI. (Siguiendo la hilacion de su pensamiento.)

Pero es tau orgulloso y violento...
Si fuese noble yo le obligaría,
que esa gente fiada en sus blasones
no atiende ni di.scursos ni razones,
y obedece á dudosa gcrarquía.

(Diiig'iciulose á M.oría.)

Déjame meditar, esposa amada,
porque al verte tan pura y tan hermosa,
el alma olvidaría enamorada
el fin de una misión harto grandiosa.
Vete, porque al salir la nueva aurora
he de luchar con fuerzas de gigante,
y el hombre que rendido se enamora
no puede ser caudillo, sino amante.

IaI'.IA. (Diiig-iéndose á su haijítacion.)

Adiós. (Le salvaré dando la vida.)

iir.NZI. (Hablando consig-o mismo, ínterin sale María. — Toma «I

libro.)

En la historia de ayer voy á fijarme,

y acaso alguna página perdida

me aconseje los medios de salvarme.

AKIA- (ai pasar por el tapiz se para y brevemente dice á Co-

lonna.)

(Antes de que principie el juramento

quiero hablarte.

(Con el mismo tono.) Vendré, pierde cuidiido.)

(Que al terminar sus últimas palahias se spiíló en el si-

tial, se laficrc al libro que tione en la manó, y que sesrnn
él mismo dijo al cogerlo, es la antig-ua historia de Roma .)

Á mi pesar vacila el pensamiento
recorriendo la historia del pasado.

Coi.OSNA. (Sale de fletrás del tapiz, echando mano al puñal.)

(Si muriera... Por Cristo, tal monaento

no lo debo perder.) (Se adelanta con camela.)
RlENZl. (Refiriéndose á la histnila.) Asesinado

murió Graco.

Juana

(S.ile por la puerta de la izquierda, ve la actitud amenaza-

dora de Colonna, y con un movimiento rá|)idn abre la
¡luerta del fondo, indicándola á Colonna oon impenente
ademan.)

(Aquel es tu camino.)

IllENÍl. (Refiriéndose siempre á la historia.)

¡Quién pudiera leer en su destino!

(Cae el telón, dejando a los personajes en la sitruiente ac-
titud: á la derecha y en el fondo, Colonna, inmóvil ante
la fig:ura de Juana, que en frente de él le señala la puer-
ta con la mano: Rienzi, sentado y meditando con el libra
abierto, ig'noraate de todo lo que ha pasado y su espalda.)

Acto segundo

ACTO SEGUNDO.

Salón del Capilolio: á la derecha <1cl espectador dos pueitas que dan entra-

da á las haliitacioiies de Rienzi: á la izquierda un balcón por el que se su'

pone ver á lo lejos la plaza del Capitolio. En el fondo gran puerta; á la

izquierda mesa, recado de escribir y sitiales. Á los dos lados de la puerta

dos trofeos, en el uno dos banderas, una de ellas con las armas de Roma;

en el otro un estandar^te no muy grande que tiene sobre fondo azul flo-

reado de estrellas, una paloma blanca con un ramo de oliva, pendón

emblemático del tribuno Rienzi.

ESCENA PRIMERA.

Juana

Juana (Dc pie al lado del sitial.)

Y á Esteban le avisaste á Palestrina?

RlF.NZl. (Que está sentado.)

Á peco que saliste de mi estancia
anoche mismo le avisé.

Juana

Y no sabes..,

Rienzi

Sé que al llegar mi heraldo á su morada

como una fiera se tornó el buen viejo,
diciendo que arrojasen de su casa
al mensajero infame que traía
noticia que á su estirpe maltrataba:

^ á poco se calmó, porque parece
que ciertos nobles que con él estaban,
noticiosos de todo lo que en Roma
de algunos dias á la fecha pasa,
dijéronle que peligroso era
que en una negativa se encerrara;
y entonces más liumano, al mensajero
Je dio respuesta terminante y clara.

JUA>'A. (Con vehemencia.)

Y esa respuesta es...
HiENzi Que al ser de día

mandaría á decirme si juraba.

Juana

(Acercándose á la ventana.)

El sol ya brilla en el cénit ha ralo
y ¿aún nada sabes?

HiENZI. No.

•'l'ANA. (Volviendo al lado de Rienzi.) Maldita raza.

UiKNZi. Pero, Juana, aún no vuelvo de mi asombro

cuando recuerdo la perversa trama
que ese Pedro, tan vil y tan infame,
á la pobre María le contaba.
¿Tú lo escuchaste bien?

•II'ANA. (violentándose al responderle.)

Que sí te digo.
RiEVj. ¿Verdad que lo que dijo fué una infamia?

(Como hablando eonsigro mismo.)

¡Mi buena esposa, de Colonna bija!
imposible. Dios mió, lo jurara!

Juana

Debes estar tranquilo, pues ya sabes

que todo fué mentira: historia larga
es contarte la vida de María
desde los tiempos de su tierna infancia.

(Con marcada violencia.)

Yo la M visto nacer, y te aseguro
que es humilde su nombre cual su raza.
(¡Oh! Dios mió, valor!;
liip.Nzi. Ese Colonna

, — 33 —

miserable que intenta deshonrarla,

hoy mismo se verá bajo mi yugo,

y acaso su cabeza ensangrentada

anuncie á Roma que las leyes mias

han podido cumplirse sin jurarlas.

Gracias á tí, de lo pasado anoche

tengo noticias, y por Dios que el alma

no olvidará jamás lo que te debe. (Se levanu )

Pídeme lo que quieras, noble Juana.

.luA?«A. Pues bien, te pido que tu esposa ignore

que contigo yo hablé.

HiENzi. Te doy palabra

que nada le diré. ¿Estás contenta?

Juana

Gracias, señor. ¿Olvidarás la carta?

RlSNZI (Se dirig'e hacia su habitación, pero antes lo enseña á Jua-

na la carta.)

Aquí llevo esa cita maldecida
que trajo los disgustos á mi casa.

Juana

Que po sepa María que la tienes,

pues yo se la pedí para quemarla, (váse Rienzi.)

ESCENA 11.

Juana

sola.

Este monólogo depende co.mpletamente de la actriz. Se dirig'e cou la vi.st:i
y la acción por donde salió Rienzi.

La verdad no sabrás, no por mi nombre;

al brillar en Oriente el nuevo dia

rodó al fondo del Tíber el retrato,

la única prueba que en el mundo había

del verdadero nombre de María.

Yo moriré callando:

¡hija del alma, tu mejor corona

es la virtud! el oro de tu herencia

no se puede cambiar por tu deshonra;

no hay nada en la existencia

para borrar las manchas de la honra.

o

ESCENA III.

Juana

un PAJE y un HERALDO.

Pajes

Pasad, heraldo. Juana, ¿y el Tribuno?

Juana

(Mirando fijamente al heraldo,)

Há poco retiróse hacia su estancia.

Pajes

De la casa feudil de los Colonnas

viene este heraldo y verle me demanda.
JuA\A. No le detengas y al Tribuno avisa;

(ai ver que el Paje se dirige solo á la habitación de
Rienzit)

pero no, que á la fiesta se prepara
y te hiciera esperar; llévale al punto.

Pajes

(ai oir á Juana se detiene.)

Y si me dice...
.Juana. No, no dirá nada.

Pajes

. (indicando al heraldo la puerta y saliendo con él.)

Por aquí.

Juana

Ojalá que do me engañe,

pero al mirar al mensajero, el alma
me dijo en su lenguaje misterioso
que al juramento Esteban se prepara.

ESCENA IV.

Pajes

(Mirando á la estancia de Rienzi.)

Lujoso está el Tribuno, por mi nombre.

(Ve á Juana, que está junto al sitial en actitud pensati-
va, y se dirige á ella.)

¿Verdad que es hermosísima la fiesta?

¿No me escuchaste, Juana? ¿qué responde.'*?

■IuaNA. (Distraída.)

No bajé á la ciudad.

Pajes

Roma presenta

tan vistosos y ricos atavíos

  35 —

como la nieute en el delirio sueña;
las calles de tapices adornadas;
las ventanas con flores y preseas;
el caballo que rige Marco Aurelio,
aunque es de bronce, sobre la alta piedra
vierte á raudales espumoso el vino
por la anclia boca con el frono abierta.
Cruzan las calles en alegre danza
y dándose las manos mil parejas,
en tanto que resuenan los clarines
y tremolan al viento las banderas.

lUANA. (Qup saliendo de su distracción, oyó con titencion las úl-

limas palabras del Paje.)

Muy alegre está el Paje á lo que veo.
Pa.ie. Estoy alegre como Roma entera.

Y ¿cómo no? cuando tenemos leyes
que causarán la envidia de la tierra.

I UANÁ. (Con tristeza.)

Leyes que acaso el pueblo las recbace.
*A.iK. Tú sola pensarás tanta demencia.

Si vieras boy lo que sucede en Roma
olvidaras al punto tus ideas.
Con briales lujosos las señoras
y con sayal humilde la plebeya,
coQ tosco paño el campesino rudo
y el noble con escudo y con cimera,
todos se apiñan en confuso grupo
para ver al Tribuno, y no lo bicieran
si Rienzi no le diese á nuestro pueblo
unas leyes tan sabias cual discretas.
Gracias á él, el bomicida es muerto,
y dispuestos al punto á la pelea
cada cuartel de Roma tendrá fijos
cien hombres; ademas á la nobleza
la obliga á hundir sus torres y castillo."^.
y le quila la guarda de las puertas
de nuestra gran ciudad; rinde el orgullo.

de esa gente tiránica y soberbia
haciéndola jurar solemneraenle
que á sus mandatos prestará obediencia:
asegura la paz en los caminos
' y habrá graneros do con mano abierta
se les dará á los pobres alimento
si apareciese el hambre ó la miseria.
Estas leyes tan sabias y precisas
se pueden olvidar?

JiANA. El tiempo abrevia

lo que jamás el pensamiento humano
lograra prevenir y, aunque no creas,
te aseguro que el paso de la historia
otras leyes más sabias nos presenta
hundidas entre el polvo del olvido
ó tenidas cual sombras pasajeras.
Ademas, esa ley no está jurada,
y aunque al pueblo le agrade, la nobleza
puede muy bien negarse á recibirla
y entonces, claro está, viene la guerra

^'aíe. Pues bien, pelearemos. ¡Qué demonio!

no siempre ha de ser nuestra la prudencia ;

acaso lograremos enseñarles

que con el pueblo débil no se juega,

y que si ha consentido toda Roma

esas luchas feroces y sangrientas

de Colonnas y Orsinis, llegó el caso

de ponerlos en paz, aunque no quieran.

El Tribuno será nuestro caudillo

y con él ganaremos la pelea

y habremos de matar tantos barones

conw) ellos matan de la clase nuestra;

que á la ley del Estado se resistan

y te juro... me voy, que Rienzi llega, (s.- v...)

Jl'A>^. (Sola. Este monólog-o depende de la actriz).

¡Pueblo! nobleza! ¡Oh Dios! delirios vanos
que empecéis esa lucha fratricida!

pueblan el mundo siervos y tiranos;
¡mientras no se confundan como hermanos
jamás la ley de Dios será cumplida!
¡La nobleza... ignorante, el pueblo... imbécil!
¡Cuanta sangre vertáis toda perdida!
Faltan ciencia y virtud... ¡aún está lejos
la redención completa de la vida!

ESCENA V.

Rienzi y Heraldo

RlK.NZI. (Lujosamente vestido para la ceremonia del juraraentu:

sale de su estancia seg'uido del Heraldo, y en el segunda
término de la escena habla cen él.)

Decidle si le halláis al noble Esteban
que la última en jurar será su casa,
pues desde Palestrina al Capitolio
tres horas por lo menos hacen falta;
y á más decidle que su hermano Pedro
ignora mi mensaje y su demanda.

(Se dirig^e hacia Juana.)

Heraldo

(Antes de salir por la puerta del fondo.)

Adiós, señor.

Rienzi

(Dirigiéndose primero al Heraldo y luego á Juana.)

Que Dios OS guarde. El cielo
protege al inocente; mira, Juana.

Juana

(Se apodera con rapidez del pergamino que le da Rienzi,

y después de recorrerle con la vista se lo devuelve. Coh
vehemencia.)

¡Vendrá Colonna!

Rienzi

Sí; de Palestrina,

esa villa con puentes y almenada,
ya habrá salido en dirección á Roma,
y cual representante de su casa,
me promete prestar el juramento
«n atención á su querida patria.

(Estas últimas palabras las dice Rienzi con intención.)

Juana

¡Qué falso!

Rienzi

Mucho; sólo por el miedo

se rinde complaciente á mis instancias.
Jbana. y Pedro, ¿nada sabe?

RiF.NZi. No, y Dios quiera

que ignore por completo lo que pasa.

(Se sienta junto á la mesa.)

Y María, salió?

Juana

Sí. fué á San Pedro.

Me necesitas?

Rienzi

No.

Juana

Vóime á buscarla. (Se va.)

HfENZl. (Solo, recorriendo con U mirada el mensaje de Esteban

Colonna

)

Cedió, y á mí pesar, aún desconfío.
¿Llegaré á dominar su altiva raza? •

(Deja el pergamino.)

jSombras ilustres de romanos todos
que veis la lucha que sostiene el alma,
acudid á mi pobre pensamiento,
dadme la fe? mi empresa levantada
puede ceñirme de inmortal renombre
y abrir camino al porvenir de Italia.

ESCENA VI.

María

seguida de JUANA y de dos camareras, entra por la puerta del
londo coa una carta en la mano; se quita el manto, que lo da á una de
ellas: éstas y Jaana se van por la derecha y ella se adelanta hacia RIEN-
ZI, que está sentado.

María

(Después de quitarse el velo y al dirigirse al centro do la

escena.)

(Ap.) (Dios atendió mi ruego, y á mi alma
fortaleza le da para la lucha.)

(Ve á Rienzi y se dirige hacia él con cariño.)

Rieuzi!

- 59 ' -

HiENZI. (Se vuelve á la voz de María, se l'vanta y se abrazan.)

Mi amor.

MaKIa. (Despréndese de sus braxos.)

Lograste ya la calma!

HlENZI. (Con pasión é inteucion doble.)

Un alma grande necesita mucha.

(Viendo el papel que trae María.)

¿Qué papel es aqueste?

María

(Refiriéndose al papel.) Roma Cutera

le pregona cual nuncio de alegría,
y tu querida esposa la primera
quiso decirte lo que en él había.
La lira del Petrarca te saluda
como jamás le saludó á ninguno,
y aunque se torne la fortuna ruda,
tu fama pasará, noble Tribuno!

lilENZI. (Con altivez.)

Si el alma mia levantó su vuelo
nunca fué por lograr palma de gloria,
que guarda muchos mártires el cielo
ignorados del hombre y de la historia.
Hónrame que el Petrarca, astro divino,
cuyo genio á los hombres les aterra,
me salude al cruzarse en mi camino:
mas si no he de cumplir con el destino,
¡qué me importan las glorias de la tierra!

Maiua. Acaso con el canto del poeta

se enaltezcan los hechos de tu vida,
si la historia fingiéndose discreta
débil ó apasionada ios olvida.

KitNzi. Dame la carta.

María

No, leerla quiero,

que si la fama tu virtud pregona,
yo que á todo en el mundo te pretiero,
voy á ceñirte la mejor corona.

(Leyendo.) . •

«¡Salud, romanos! ¡pueblo cuya fama

»es antorcha del mundo,

«antorcha que en fulgores se derrama

«sobre el centro profundo

))y en la inmensa región que el sol inflama.

))La libertad se sienta á vuestro lado;
»madre del hombre, diosa de la suerte,
»es una emperatriz cuyo reinado
»no se puede acabar ni con la muerte.
))Se aduerme de pesar estremecida,
»ó se aleja del pueblo temerosa
«cuando siente una lucha fratricida.
))No la busquéis en noche tenebrosa,
))la libertad es lumbre de la vida. .
» Velad por ella como amantes hijos,
))y con los ojos lijos
wen la cumbre del alto Capitolio,
rtobedeced al salvador de Roma,
»¡al héroe que levanta la paloma
»entre los pliegues fúlgidos del solio!
»Con el puñal sangriento de Lucrecia
»este nuevo Camilo en su venganza
«hará de Roma la moderna Grecia;
»tan sólo eo él fijad vuestra esperanza,
»y unidos bajo el trono de su gloria
«pasareis á los siglos de la historia.
»Ytú, noble mortal predestinado,
»tú, que viendo las sombras del pasado
«sigues de Bruto y Rómulo el camino
»y á tu pueblo infeliz y desgraciado
»le das un rayo del fulgor divino;
»tú, si quieres cumplir con el destino
«no abandones jamás á tus hermanos,
»que si mucre la fe de tus conquistas
))se alzarán imponentes los tiranos.
»¡Gloria á tu nombre, gloria á tus hazañas,
«patricio ilustre de la altiva Roma;

_ 41 —

'>por tí la Italia con naciente vida
«contempla engrandecida
»el águila feudal que se desploma;
*por tí la libertad, pura y triunfante,
«alumbrará nuestros sepulcros yertos
«y la cuna tranquila del infante.
«Yo te saludo, protector del hombre,
«¡Romanos del ayer! ¡Paso á su nombre!» (t)

PilENZI. (Entusiasmado con las frases que le dirige el poeta, ex-

clama:)

¡Honra del mundo! con tu hermosa lira
del polvo de la tierra me levantas.
¡Tu ardiente corazón! ¿dónde se inspira?
inmortal ha de ser lo que tú cantas!

María

(Siguiendo el pensamiento de Rienzi.)

Su apasionado corazón respira
en el ambiente de las cumbres santas,
nuevo sol en los cielos de levante
prosigue el rumbo que le enseña el Dante.

ESCENA VII.

DICHOS y un PAJE.

Pajes

La hora se acerca y en la plaza

clama el pueblo por veros.

RiEJiZI. (ai Paje, que se va.) PrCSUrOSO

voy á bajar, que todo se prepare.
(Á María.) El acto es muy grandio.so
y quiero que contemples á tu esposo
desde aqueste balcón. ¿Ves? (Se dirige ai balcón.)

María

(Distraída y ap.) (Oh! Dios mio,

ya tarda y desconfío.
¿Qué nueva trama fingirá el villano?)

Rienzi

(Volviéndose hacia María.)

(l) Esta carta está versificada sobre la traducción española, en prosa,
<le la que escribió el Petrarca.

No me escuchaste?

MaK!a. (Distraída.) Sí.

RlENZl. (Temándola de una mano.) PerO OS deSVÍO

el que me uiegues tu querida mano!

-VlAlllA. (Volviendo en bí y con vehemencia.)

¡Desvío para tí, alma del alma!;
acaso tiemblo, y el temor insano...
KitNZi. (Con pasión.) PuWe ofuscar tu corazón amante?

María

(Con vehemencia.)

No, Rienzi, no, jamás el alma mía
recibirá tu amor callada ó fría.

ESCENA VIII.

LOS MISMOS, capitanes de la Gaardia del Capitolio, heraldos, pajes y

c-cuderos: un heraldo toma el pendón emblemático del Tribuno y otros

dos ¡as banderas del otro trofeo. El que toma el pendón se coloca delan-

te de todos, siempre en segundo término de escena.

Pa.ie. En el regio saloo del Capitolio

el legado del Papa os espera.

El de Orsini en la plaza se aparece.

RlK>'7l. (Hablando consig'o mismo.)

¡Un sueño me parece!

Esa raza tan fiera

por fin á mis designios obedece.

(Dirigiéndose á María.)

La ceremonia es breve. Adiós, María;

con el santo laurel de esta victoria

se ceñirá la tumba de mi hermano,,

viéndose en los anales de la historia

cómo se vengíi el que nació romano.

(ai dirigirse á la puerta ge para delante de su estandarte y en un arranque de entusiasmo se dirige primero .i é\ t luego á sus servidores.)

¡Emblema sacrosanto, castísima paloma,

jamás he de olvidarte, lo juro por mi fe;

el nuevo sol anuncia la libertad en Roma,

y hundiéndolos castillos su triunfo te daré.

'En las naciones todas y en los remotos mares

*la fama de tu nombre volando llegará,

*los reyes y los pueblos te elevarán altares

*y al mundo estremecido tu lu?; asombrará.

(Dirigiéndose á cuaal08 hay en escena, los cuales duran- te estos versos dan señales de entusiasmo y admiración.)

*Por alcanzar justicia se eleva el pensamiento

'rasgando las tinieblas del hondo porvenir,

*la libertadle anuncia allá en el firmamento.

*¡Romanos, alcanzadla! y no temáis morir.

(Toma su estandarte.)

¡Protege mi destino, que sigan las edades

la senda de la vida, de tu reflejo en pos!

que brillen en los siglos del tiempo las verdades

como las quiere el hombre, como las guarda Dios.

(Rienzi sale con el estandarte en la mano, seg^uido de to- dos, menos de.Maria.)

ESCENA IX.

María

sola.

(Sigue con la vista desde la puerta del fondo la marcha
de Rienzi y se acerca lentamente á la ventana, parándose
en medio de la escena para decir les primeros versos del
moDÓlog'o. Se refiere á Rienzi.) ,

Su espíritu del mundo separado
contempla al hombre con la luz del cielo.
¿Estará equivocado?
¡Tal vez la raza humana en su camino
no llegue á ver el resplandor divino!

(Acercándose á la ventana. Pausa.)

Ya la plebe se ciñe ante su paso

cual las nubes se alejan al ocaso

cuando el sol se presenta

entre las sombras mil de la tormenta. (Pausa.)

Un rayo de su lumbre le acaricia. (Se dirige ai soi.)

i ¡Soberano del cíelo"

que tornas en purísimas corrientes

los témpanos de hielo!
' ¡Oh, sol que como antorcha de los astros

prendes con hebras de oro mil zafiros!

tal vez se apagará tu lumbre hermosa

sin que pueda olvidar el alma mía

el venturoso dia

en que me viste de mi amante esposa.

Momento por el cielo preparado!;

tú vivirás en mi como la yedra,

eterna compañera de la encina',

ídolo de mi amor, esposo mió,

jamás el alma llegará á perderte,

mil veces antes rae daré la muerte.

(E^te monólogo depende completamente de In actriz.)

ESCENA X.

María

y COLONNA, después JUANA. Colonna entra por le puerta del
fondo medio embozado en sn manto y como agitado y te mf roso.

COLONNA- (Sin ver á María.)

Por fin llegué, cruzando los salones
entre pajes y heraldos confundido
pude pasar.

María

(Qqo sigae en la ventana viendo la ceremonia, no ha sen-

tido á Colonna.)

Le siguen cien legiones.
Colonia. (No en balde tengo fama de atrevido.)

María

(Siente ruido, se vuelve y ve á Colonna.)

Quién llega aquí? (ai verle.) Dios mió!

Colonna

(Avanzando en medio da la escena.) AqUÍ me tiCUCS.

Mis gentes en mi casa preparadas
para salir están; si me detienes,
se acabará la fiesta á cuchilladas
y morirá la plebe y el Tribuno.
¿Serás mía? Responde, el tiempo pasa.

- i5 —

Ríenzi eo la plaza está, no falta udo

de cuantos nobles hay.
Mai'.ia. Pero tu casa,

acaso no es la última en la jura?
CoLoy>\. Sí, mas si no me ven, esa nobleza

no ha de jurar.
>UñíA. No pienses tal locura.

Orsini es tu enemigo declarado,

y por causarte enojos juraría.

'ioi.O.N.NA. (Con cinismo.)

Cuando surge un peligro inesperado
nuestra raza se pone en armonía.
Orsini hará lo que Colonna hiciere.

(Se oye nn toque de clarin.)

Los clarines anuncian...

MaHIA. (Con desesperación.) ¡Cislo saoto!

(lOí.ONSA. (Con pasión y acercándose á ella.)

¿Tu amante corazón no me prefiere? (')

María

(Con horror y alejándose.)

(]alle tu lengua, que me causa espanto.

No me dijiste anoche que mi cuna...
Co'.oNA. Tu padre fué un Colonna...
Maiua. Cuál...

Coi.ONNA. (interrumpiéndola.) Su lierendc

recae en tí.

María

Pues bien...

Coi.O.NNA. (interrumpiéndola.) MaS pOf fortUna

yo solo he descubierto tu existencia.

María

Quiero creer que es cierto lo que escuciio-,

jura la ley y cedo mi derecho.

Cci.ONNA. (Con cinismo.)

Inútil sacrificio; fuera mucho

si no estuviera el testamento hecho.

(l) Suena una banda militar lejana; tocando una marcha durante unos
momentos.

Mi voluntad y mi ccncieucia sólo
puedeu darte tu nombre y tu riqueza.

María

(con ira.) Hábil estás en la maldad y el dofo.

COLONMA. (Con tono de amenaza»)

Que peligra de Rienzi la cabeza.

María

(Con espanto y vehemencia )

¡Oh Dios mió!... Pues bien, jura... y mañana...
{.\p ) (Entrft la muerte buscaré la vida.)

Colonna

¿Quiéu me asegura tu palabra vana?

María

(Coa espanto.)

Pues qué pretendes, ¿di?
GoLON?íA. Comprometida

por una carta...

María

(Con indignación ) Tu concicncia humana

es de un genio infernal digna guarida.

(Se sienta junto á ia mesa y toma la pluma )

Dicta la carta, corazón maldito,
y acaso te horrorice tu delito.

(Dictando.) «Dame mi herencia; de la estirf»'^ mía
«el nombre ¡lustre en la ciudad pregona,
«que pueda yo ceñir feudal corona

»y ven á por mi amor...»

(Con indig-nacion.) ¡Qué vil!

(Dictando.) «.María.»

(ai concluir la caria oye rumor y se levanta.)
(Se acerca á la ventana.)

¡Oh cielos, qué rumor! la plaza entera
entre gritos y vivas se estremece.

(ai ver lo que pasa ea la plaza.)

¡Virgen santa!

CqI.OMNA. (Acercándose á la ventana también por detrás de María.)

¿Qué es ello?

María

(Con entusiasmo.) Que aparcce

enfrente del Tribuno tu bandera.
CoLO.NJíA. (Con ira.) ¿Qué diccs? ¡Maldíciou!

M.aRIA. (Señaiaiida con U mano hacia U plaza.) SigU? la ITiano;

mira junto al altar una ügura.

Colonna

.Mahia.

_ 47 -

(Sig'uiendo la indicación de María y con indis^naeioti. I

¡Estébaa de Colonna!

(Con entnsiasmo.) Sí, tU hcrmanO,

que al pie del ara la obediencia jura.

(Separándose de la ventana.)

Quién le pudo avisar, ¡suerte maldita!

(sin volver la vista á Colonna y siempre junto .i la ven-
tana.)

Pedro, tu estirpe cede dominada.

(Toma la carta escrita por María y se dirige hacia Is
puerta ilel fondo sin qae María se aperciba de ello.)

(.\p ) (Pero al fin te perdiste, desgraciada,
que tu deshonra me la llevo escrita.)

I\. (Se separa de la ventana y ve que Colonna se ha ido.)

Se fué como el leopardo perseguido.

(Rccuerihi la carta y la busca sobre la mesa. Al ver que
nu está se siente poseída de terror. Eite momento sólo la
actriz puedo interpretarlo.)

Mi carta! ¡Oh Dios, mi carta se la lleva.
(Llamando.) Juana, favor; ¡Colonna maldecido!
esa carta de infamia es una prueba.

(Entrando.) ¿Qué SUCCde?

(Con vehemencia.) Colonua, por PUiU mediO,

una carta arrancóme: pronto, Juana,
recóbrala por Dios ó sin remedio
sin honra alguna me veré mañana-

(indicando á Juana, que está dispuesta á salir, la puerta
por donde se fué Colonna.)

Por allí...

(Va á salir y ve á Rienzi, que se sapone entra en aquel
momento en el salón anterior.)

Rienzí llega.
(Con tenor.) Suerte impía!

(Dirigiéndose á María la toma una mano.)

Ten confianza en mi, juro salvarte,
pero no estés aquí, vete, María.

(La 1le*a hacia la puerta derecha.)

María

(En tono suplicante antes de salir de escena.)

Juana

mi iionor.

Juana

Procura serenarle.

(Sola, dirigiéndose ó la puerta del fondo.)

¿Quién pudiera esperar tal villanía!

KlENZI. (Desde dentro )

Levantad en la Plaza mi estandarte
y sujetad al pie de sus borlones
de Orsini y de Colonna los pendones.
iv\yh. No viene solo, no, rudo destino,

más tarde le hablaré. (Se va.)

ESCENA XI.

Rienzi

después un PAJE.

KlENZt, (Delante de la puerta y en el otro salón, se diri;fe á los

que se supone le vienen acompañando.)

Nobles romanos,
la libertad por fin nos hace hermanos.
No lo olvidéis, abierto está el camino.

(Entrando en escena solo.)

Corazón, ya cumpliste tu deseo,

ya vacila el poder de la nobleza

y la unidad de Italia en Roma empieza;

ya el porvenir sobre la patria veo.
Paie- Señor, Pedro Colonna, dentro espera.

HiENZi. Hablando consigo mismo.

No tardó en acudir á mi llamada.

(ai Paje.) Que entre al punto.

(E1 paje se va.)

Veremos si esa fiora
para siempre la tengo dominada.

ESCENA XU.

PEDRO COLONNA y RIENZI, después MARÍA.

(^OLONNA. (Entra por la puerta del fondo. )

RlENZI.

Colonna

RtGNZi.

COLOrVNA.
RlENZl.

Colonna

RiENZI.

Colomma

Blb^lZI.

t'.OLONNA.
RlENZi.

Á tu palacio, Rienzj, me has citado.
Y me complace que á la cita vienes.
¿Necesitas alguo nuevo tratado?
Si á lenguaje más llano no te avienes
bastante con lo dicho hemos hablado.
¡Qué hables de orgullo tú qae tanto tienes!

(Con intención sarcástica.)

Á barones de excelsa gerarquía
se les debe tratar con hidalguía.

(Con impetuoso ademan.)

Dejémonos de sátiras y al hecho;
qué concesión, qué apoyo necesitas?

(Acercándose i Colonna.)

Si tienes corazón dentro del pecho,
8i me dejas hablar y no te irritas
consejo rae darás sobre un derecho
que á prcguulartc voy y asi me evitas
que la mente orgullosa y ofuscada
sentencie con pasión ó equivocada.

(Estos versos han de decirse con una gran intención.)
(Se acerca á Ripnzi, como si de mala ^ans y sol* por
condescender, consintiera en oirle.)

No me honra mucho ser tu consejero,

(Sia hacer caso de este insulto de Colonoa, sig'ue en el
mismo tone.)

Si algún villano, siervo de tu raza,

por odio, por venganza ó por dinero

en ruin manejo y con artera traza

te ultrajase en tu honor de caballero *

en las lides de amor ó de la plaza,

tu justicia feudal, dime, ¿qué haría

si descubierto fuese?

(Con acento breve.) Le ahorcaría!

(Dando an paso hacia atrás y cambiando de entoiíacioa.)

Usando ese derecho, que es preciso,
con severo rigor voy á tratarte,
que la fortuna veleidosa quiso •

— so-
que lú mismo llegaras á juzgarte.
Ya que fuiste tan claro y tan conciso,
¡Colonna! te diré que voy á ahorcarte,
pues con maña infernal, traidor é impío,
has querido ultrajar el nombre mió.

(.OLONNA. (Con tono insultante y ademan provocador.)

'Traidor me llamas y en traidor manejo
relatando una historia que es mentida,
traidoraraente pides mi consejo,..

HlL.NZl. (interrumpiéndole y con vehemencia.)

Mas sin traición te quitaré la vida.

Colonna

(Con orguUo.)

Pudiera suceder, si te la dejo;
pero tenemos tu ambición medida,
y si en lucha sangrienta se abalanza,
el primero caerás en la matanza.

nlENZI. (Le enseña la carta que Juana le ha entregado, que cífmo

ya se sabe, es la que Colonna le escribió á María, ame-
nazándola con la caida y muerte de Rienzi.)

¡Ves esta carta de tu mano escritS,
cada infame renglón tu sangre clama!

'-OLO^O'A. (Mira la carta y disimula su imprcsioa bajo un tona de

desprecio.)

Tu ambición m.i cabeza necesita,
y A una carta leal infame llama;
jhallas acaso una ofensa en una cita...

nlENZl. (Con vehemencia.)

Es villano imponérsela á una dama,
* diciéndola en lenguaje misterioso

que de no obedecer pi< rde á su esposo.

('OLON.NA. (ai eg(uch.<ir las palabra^; de Rienzi cobra nueva osadía,

pues supone que Rienzi ignora cuanto ha pasado entre
María y él, y como la carta que le enseña no p.'ueba na-
da, contesta á Rienzi con tono insultante.)

(Nada sabe por fin.) (Alto.) Basta, Tribuno;
esa carta fué mia, no lo niego;
«pero no miro en lí derecho alguno

— ol —

sobre mi estirpe, y sólo como juego
pude seguir tu diálogo i¡nportuno.
¿Te olvidas de quiéu soy, iluso y ciegoV

(Con ironía y desprecio en los primeros versos, y despuf>
con indig-iiacion.)

Eres, si no me falta la cabezo,
un ilustre barón de la nobleza:
de esos. que mira el pensamiento mió
como un castigo de la humana riza,
que debieran estar, no desvarío!
encerrados con grillos y mordaza.

(Movimiento de Colsnni, que ante las palabras de Rienzi,
da un paso hacia él, poniendo mano al puño do la es-
pada.)

No te asombres; que al ver el poderío
que ostentáis en la guerra ó en la caza,
pienso ver entre lanzas y bridones
cuadrillas de asesinos y ladrones.

(Coa violencia y sacando á medias la espada.)

Deten la lengua, Rienzi, que aún mi espada
puede cortar de un golpe tu destino!

(interrumpiéndole y sin hacer caso de su furor, coma si
relatara los crímenes ds los barones.)

¡La castísima Virgen profanada,
robado el viajero en su camino,
sin honra el artesano en su morada,
vilmente asesinado el peregrino,
hechos son, que grabados en la historia,
cubrirán de baldón vuestra memoria!

(Ciego de ira, mientras oye las palabras de Rienzi, Ijusc»
frases con que herirle y le dice con encono.)

Pero en tanto, ese pueblo envilecido
ha de sufrir nuestra ferrada planta.
Si neciamente piensa qne ha dormido
y en loco desvarío se levanta,
será para caer mudo y rendido,
con un nuevo dogal en su garganta;

- 5-2 -

que la suerte precisa del villano
tiene que ser de siervo ó de tirano.

RlENZI. (Siente la herida que le causan estas palabras y responde

con vehemencia.)

¡¡No! ¡Vive Dios! salvarle yo pretendo
del yugo vergonzoso en que se halla,
por eso á vuestros planes no nae vendo,
quiero ganar yo solo la batalla.

''OLO?í>A. (Gozándose en sus palabras.)

Tu cabeza sangrienta ya estoy viendo
digno trofeo de la ruin canalla!

Rienzi

(Con arrebatador entusiasmo y cual si contestare á Ci>-

lonna.)

¡Con sangre por los mártires vertida
se escriben las conquistas de la vida!

í^iOLO.NNA. (En tono despreciativo.)

. Entusiasmo furioso de heresiarca .

RlENZI. (Con ademanes sublimes.)

¡Fulgor divino de la luz del cielo
donde el poder de Dios su huella marca.
¡Él levanta mi espíritu del suelo!

'lOLONNA. (Con sarcasmo.)

Aprendiste esa cita del Petrarca?

HlF.NZl. (Cen indignación y desprecio.)

¡Corazón de chacal y alma de hielo!
¡Qué .sabes tú de Dios ni de la vida
si tienes la conciencia entumecida!

COLONMA. (En tono de burla.)

Y la tuya dormida en ambiciones,
la tuya cuyo fundo no concibo,
¿puede acaso elevarse á las regiones
donde reina la luz, villano altivo?

-MaRU. (Eutra en escana por la primera puerta do la derecha, á

laque Rienzi da la espalda, oye las últimas dos palabr.i$
de ColoQua y se adelanta en medio de lo* dos, contes-
tando á éste.)

Nunca fué Rienzi siervo de barones.

(Á María, con tono protector.)

Como á loco le trato compasivo.

(ai escuchar la voz de María, se vuelve hacia ella leu-

diéndola sus brazos, iiuc ella se apresura á estrechar.

— Con entereza, dirig'iéndose á Colonua y sin sej^arars»
de María.)

Cuanto dicen los sabios es locura,
y al fin se torna en la razón segura.

(ai ver á María en loa brazos de Rienzí, siente el ag-uijon
de los celos, y con ademan de rencor y de odio se dirisre
á Ricozi.)

Traición no más te guarda entre sus brazos;
para lograr su verdadero nombre
vende su honor.

(Comprendiendo la intención de Colanna.)

¡Jesús!

(Enseñando á Riensú la carta que María escribió en una de
las anteriores escenas, y que como ya se sabe prueba su
complicidad con Colonna. De leer Rienzi esta carta, María
está perdida; ella lo cree así y se cubre el rostro con las
manos, horrorizada de la infamia de Colonna que, sabiendu
su inocencia, intenta deshonrarla.)

Mira sus lazos.

(Con un raüvimiento espontáneo y rápido se apodera de la
carta, y uniendo la acción á la palabra, la rompe sin
leerla.)

indigno me creyera de ser hombre,
si no la desgarrara en mil pedazos.

(Levantando la cabeza y con uu arranque de entusiasm»,
dirigiéndose á Colonna.)

¡Y aun dudarás que al mundo no le asombre!
aprenda á conocer ta raza impía
donde están la virtud y la hidalguía!

(Cog^e de la mano á María, la separa del lado de Colonna,
y poniéndose enfrente de él, le dice con ademan altanero.)

Y basta ya por Dios; con dura mano,
comprendereis mejor nuestras quimeras.

Vete de aquí, ColoDna, y á tu hermano
dile que al ser de dia mis banderas
guiadas por el pueblo soberano,
victoriosas por montes y laderas,
llevarán al confín de las naciones
mil cabezas sangrientas de barones.

Colonna

(Viendo que al fin se decide Rienzi por la g'uei'ra, hace un

movimiento de alegría, como si viera conseguidos sus má<
grandes deseos, y apostrofa á Rienzi con energía. 1

A la lucha, tirano maldecido,

no desistas ¡por Cristo! de esa guerra

que lanzará tu nombre encarnecido

hasta el último reino de la tierra.

Á la plebe convoca, lo has querido;

no pienses, no, que el corazón se aterra;

que bastan á espantar la vil canalla

nuestros bravos corceles de batalla;

aún las almenas orlan los castillos

(Crece su entonación. ^

y en las torres se ven nuestros pendones;
aún gimiendo resbalan los rastrillos;
aún diadema tenemos los barones.
Necesitáis para romper los grillos
cadáveres y ruinas á montones;
que ese pueblo provoque á la nobleza
y rodará su sangre y tu cabeza. (Sc va.)

R^E^Z1. (Esforzando la voz.)

Pudiera ser, tu raza os homicida!

Mari.a. (Echándole los brazos al cuello.)

¿Dudarás si la le que te he jurado
á ese infame traidor le fué vendida?

RlEJlZI. (Con pasión.)

¡Dudar de tí! ¿Del alma yo he dedado?

MaRI.\. (Con pasión el primer verso, y dirigiéndose en el see^iimio

hacia la puerta por donde salió Colonna.)

Pues á luchar hasta perder la vida.
¡Nobleza, la batalla ha comenzado!

  55 -

KlEiSZI. (Con entusiasmo y en tono profetice.) **

Y acaso en los anales de mi historia
se levante el fulgor de la victoria.
Aún castillos tenéis; pero el cimiento
por el peso del tiempo socabado,
puede que se derrumbe en el momento
en que Rienzi se siente en el Senado.
¡Pueblo! libre serás, que el pensamiento
empieza á dominar sobre el pasado,
y en mil pedazos rotas tus cadenas
colgadas han de ser de las almenas.

(Se van jantos. Cae el teloB.)

Epílogo

Epílogo

Gran salón del palacio del Capitolio.— Á la dereeha del espectador dof^
puertas; la de primer término conduce á las habiteciones de los esposos

Rienzi

la otra á la sala del trono. Á la izquierda del espectador, en
primer término, una ventana, y en segando una gran puerta que comu-
nica con otros salones inmediatos al vestíbulo ó entrada principal del
palacio: en el fondo un gran balcón: este balcón ha de tener ana ba-
laustrada muy baja, qae permita ver á los personajes del drama
cuanto sucede en la plaza del Capitolio, se entiende sin salir de la es-
cena: á tos dos lados del balcón dos trofeos de armas (*) al alcance
de la mano. En el de la derecha y sirviéndole de remate, el pendón
azul, distintivo de Rienzi. Entre la última puerta de la derecha y el
trofeo, una pequeña puerta secreta, cuya llave estará en una cajita sobre
un mueble da la habitación. Toda la parte del fondo, comprendida entre
el balcón y los bastidores de la derecha, tiene que estar dispuesta para
derrumbarse en la última escena, dejando descubierto el pasillo ó cor-
redor á que da entrada la puerta secreta. Dicho pasillo ha de presentar
en esta escena un montón de ruinas incendiadas, que sin embargo dé
fácil entrada al actor que por ellas ha de salir. Á un lado y otro de )a
puerta de la izquierda, dos grandes lámparas ó candelabros de la época,
los cuales han de estar encendidos durante todo el acto. Mesa y sitial á la

(t) Entre los objetos del trofeo ha de haber una espada corta y un
puñal, que se han de tomar después.

izquierda. Á )a mitad del acto empieza el amane«er. El balcón del fond»
cerrado con vidrieras de color. La ventana entornada. — Han pasado
siete años desde el acto segundo.

ESCENA PRIMERA.

RIENZl solo, después un CAPITÁN.

Rienzi

(Sale por la puerta de la derecha, primer término. ) De mí se aleja el sueño y en el alma

un recelo sin forma me atormenta

con la terrible caima

que suele preceder á la tormenta. (Pausa )

¿Qué sucede? por qué mi pensamiento

recordando el ayer triste y sombrío

se pierde en el vacío,

y al pensar en mañana

lucha angustioso entre la sombra vana?

(Acercándose á la ventana y abriéndola,)

Aún es de noche y en el sueño duerm^
la eterna Roma.

(Separándose de la ventana.)

¡Oh Dior.! el alma mia
ya de todo en el mundo desconfía!

(Capitán. (Llamando á la puerta.)

Señor, señor.
RiKNZi. Quién llama?

Gapita!». Dais permiso?
RiKNZi. Entra: qué quieres?

r,APlTAN. (Entrando, pero en el último término y aparte.)

(Oh!... no está en el lecho.)

(Alto.) Capitán de la guardia de palacio,

de lo que ocurre preveniros debo.

HlKNZl. (Sentándose y casi distraído.)

Pues qué pasa?

Capitán

(Acercándose.) Cumpliendo su mandato

ayer se publicaron loa impuestos,.
y en las calles y plazas se enclavaroa
antes que el sol abandonase el cielo;
el pueblo recibiólos murmurando.

KiENzi. Siempre lo mismo los recibe el pueblo.

Capita>. Pero aquí no paró, cuando la ronda
fué las calles de Roma recorriendo,
desde algunas ventanas y callejas
con palabras, insultos se la hicieron
y halló sobre los bandos de las leyes
pasquines licenciosos é indiscretos.

Rienzi

(Con desprecio.) Que paguc las gabelas toda Roma

y que se vengue con pasquines luego.

(Ap.) (Tal vez en tu cabeza ha de vengarse.)

Rienzi

¿Qué murmuras?

Capitán

(Alto.) Señor, que pasa el tiempo

y aún no pude deciros Jo que ocurre.

RiE.NZi. Prosigue tu relato.

Capitán

No comprendo

el cómo pudo hacerse; pero el caso
es que los nobles juntos con el pueblo
se apiñan en formada muchedumbre
del hondo Tiber en el lado opuesto,
según un parte que leal soldado
me acaba de traer hace un momento.

RlEISZ!. (Levantándose.)

¿Qué dices? ¡Miserables!

Capitán

Cierto es todo,

que subí á la atalaya y desde lejos
entre las vagas sombras de la noche
por la aurora teñidas, logré verlo;
á más de esto se miran en la plaza
varios grupos que rompen el silencio
con algún sordo y continuado muera
ó con voces de abajo los impuestos;
qué roe mandáis hacer?

RiENZ!. Pero esa gente

LAPllAN.
RlKMZI.

Rienzi

«Capitán.

Capitán

RlENZI.

(Capitán.

ignora que el pontífice Inocencio,
gobernador de la ciudad de Roma
hace tres meses me nombró? No acierto
cómo se atreven á arrostrar las iras
de aquel que tiene á su favor el cielo.
Esa contribución de las gabelas...

Capitán

las gabelas son pretexto;
la mano de Colonnas y de Orsinis
á través del tumulto bien la veo.
Si hace siete años los barones todos,
según mi voluntad hubieran muerto,
vieras tranquila la ciudad de Roma
y obediente á la ley todo mi pueblo.
La plebe, acostumbrada al servilismo,
no me quiso seguir, y aquel remedio,
que aunque duro de raíz cortaba
lüs males que sufrimos hace tiempo,
hoy es inútil ya, pues la nobleza
empieza á levantar su antiguo fuero.
Tal vez os quieran infundir espanto.

(Con vehemencia.)

¡No lo conseguira'n, viven los cielos,
que si una vez con infernales tramas
por su mal y mi mal lo consiguieron,
á los hombres que rigen las naciones
la adversidad les sirve de maestro!
El Capitolio es fuerte, y yo te juro
que si de Roma salgo será muerto.
Y qué ordenáis hacer?

Dobla la guardia;
que alcen .'os puentes, y si grita el pueblo,
de los muros del alto Capitolio
baje la muerte á detener su aliento.
Pero en tanto se salen con la suya
y no podrán cobrarse los impuestos.
Sí que se cobrarán, mañana mismo.
Pues os juro no acierto por qué medio.

lJiE?izi. Obedece mis órdenes y calla.

Capitán

Perdonadme, señor, mas lo que pienso

en que fuera mejor salgáis al punto
Aún el sol no lució, y en breve tiempo,
sin que el pueblo supiese vuestra luga,
pudierais consultar con Inocencio.

RlENZI. (Con acento pausado.)

Mentira me parece que te escucho,
que es algo ruin y pobre tu consejo.

(Con vehemencia.)

Estás oyendo de mi propio labio
N que de salir de Roma seré muerto,

y quieres que me escape como loco
por UQ motín sin forma y pasajero.

( APn'A>. (Con humildad.)

Soy de los vuestros y salvaros quise.

(Con desprecio y aparte.)

(Cumplí con mi deber, habrá uno menos.)

RlENZl, (En tono de reproche.)

Siempre los míos mal me aconsejaron;
con todo, Capitán, te lo agradezco:
retírate y cumple mi mandato.

CaPITAX. (Ap. y antes de salir, junto á la puerta, ínterin

se acerca á la ventana,)

(Tu mandato, sí, sí; pasó aquél tiempo
en que Roma al Tribuno obedecía;
eres un pobre vanidoso y ciego,
uo ves que la sentencia de tu muerte
la firma la nobleza con el pueblo!

(Empieza á amanecer. Se va.)

ESCENA II.

RlENZI solo.

Este monólogo depende del actor.

RiE>zi. Siete anos hace ya que el pensamiento

soñó la libertad para mi patria.

Ri'ní

¡Cuántas penas y cuánto sufrimiento!

Errante y sin destino

en las selvas inmensas

del agreste Apenino,

proscrito, exconiulgado,

en sombrío castillo encarcelado,

escarnio de los nobles

y del ingrato pueblo abandonado,

apuré hasta las heces la amargura.

¡Y aún necesita más la suerte dura!

¡Oh! libertad, fantasma de la vida,

astro de amor á la ambición iiumana

el hombre en su delirio te engalana,

pero nunca te encuentra agradecida.

Despierta alguna vez, siempre dormida

cruzas la tierra, como sombra vana;

.se te busca en el lioy para el mañana,

viene el mañana y se te ve perdida.

Cambiase el niño en el mancebo fnerie

y piensa que te ve ¡triste quimera!

Con la esperanza de llegar á verte •

ruedan los años sobre la ancha esfera

y en el último trance de la muerte,

aún nos dice tu voz, ¡espera, espera! '

Sueño no más del alma apasionada

fué que yo te buscase;

esa plebe obcecada

jamás alzará el vuelo

;i la región de la verdad eterna.

Yo ambicioné elevarla y mi deli.'-io

puede que pague con atroz martirio.

ESCENA III.

J0an4

Ju.'^riA. (Entra precipitadamente por la puerta de la derecha, se-

cundo término. Con acento breve y con agritacioa.)

Señor!...

Rienzi

¿Qué ocurre?

Jla>a Desde el alto muro

donde observaba atenta y vigilante,
del sol naciente al resplandor seguro,
vi un ginete seguido de un infante;
á mi vista, el rencor le presta rayos,
y aunque lejano al grupo le veía
entre las armas y flotantes rayos
á Pedro de Colonna conocía.
Ávida le seguí con la mirada
cruza los muros de la eterna Roma,
á buen paso penetra en la calzada
y en derechura al Capitolio toma;
avanzando mi cuerpo entre la almena
observé que bajaban el rastrillo
y vio mi corazón con honda pena
que el traidor penetraba en el castillo.
Breves minutos pasan; mi deseo
en el alto del muro me enclavaba,
seguí mirando y con espanto veo
que la guardia el palacio abandonaba.

HiENZI. (Con espanto.)

Qué dices, Juana. ¡Oh Dios, traición fuu*»sf,H!.
Jla^a. Todos, señor, en pos de ese villano

en silencio marchaban por la cuesta;
al verles renegué de que mi mano
DO pudiese coger una ballesta.

(Con vehemencia.)

De tenerla á mi alcance ¡por mi suerte!
que muchos conocieran á la muerte.

UlENZI. (Consigo mismo.)

El Capitolio sólo, abandonado...

(Se dirige á Juana.)

¿Y el puente?
JuASA. Presentando ancho camino.

RlILNZl. (Consigo mismo.)

Y el pueblo por los nobles sobornado!
¡Terrible se levanta mi destino!

  64 ~

^Á Juana.)

Juana

serás leal?

Juana

(Con vehemencia.) Pide mi vida.

Rienzi

No sé el plan del infame, pero creo

que su intención perversa y atrevida,.

esa intención formada en un deseo,

ya no puede saciarse en mi caida;

mi sentencia de muerte la preveo,

y aunque el alma valiente no se aterra,

mi corazón al fin es de la tierra!

Juana

(Con tristeza.)

• ¿Té horroriza morir?

RlENZI. (En tono de reproche.) Cállate, Juana;

si de mi vida sólo dependiera,
á cien muertes seguidas no temiera.
¡La eternidad se encuentra en el mañana?
Yo no tiemblo por mí, pero María,
ídolo de un amor grande y profundo,
no me puede seguir en mi agonía,
la tengo que dejar sola en el mundo.
Ella y mi hijo...

Juana

(Con vehemencia.) Rienzl, CU mí COnfia;

mi cariño sin nombre y sin segundo
te llevará dos mártires .al cielo
si no hallasen la paz sobre este suelo.
Tu hijo en Aviñon vive seguro
ignorando esta vida desastrosa;
nada temas por él, salva á tu esposa
y cumpliré leal lo que te juro.

RlblNZI. (Con cariño á Juana.)

¡Noble mujer!
.IuA?íA. El tiempo se apresura;

el palacio indefenso, el pueblo altivo,
hacen temer precisa desventura.

RlENZI. (Durante las últimas palabras de Juana, »e ha dirigid» á

nn trofeo, ciñéndose precipitadamente la espada.)

Y por eso á la lucha me apercibo.

(CoD asombro.)

Y pretendes seguir en tu 1 cura?
Aún es tiempo de huir.

(Con inilignacion,) ¡Yo fugitíVo!

Calle tu lengua!

(Con pena.) ¡Oh Dios! fuDesto alarde!

(Con altivez.)

Loco pudiera ser, mas no cobarde.
Escúchame en silencio y no caviles
en torcer mi intención, que vano fuera;
llama á los pajes y en mi nombre diles
que cierren el portón de la barrera.

(Dirigiéndose con el ademan hacia el baleen . )

Si ellos tienen las armas de los viles,
yo tengo la defensa de la fiera.
Para llegar á profanar mi solio

(Diri^éndoBe con el ademan hacia la puerta.)

en escombros verán el Capitolio.

Y qué intentas hacer, cuál es tu idea?
Que el pueblo no penetre en el palacio,
que me dé tiempo, y pensaré despacio
cómo he de prepararme á la pelea.

Y María?

Después; cumple el mandato
y te diré los medios de salvarla.
¿De aqueste sitio lograrás sacarla?
Yo te juro que sí.

Bien. (Ap.) (¡Insensato!)

(Se Ta por la iequierda.)

ESCENA IV.

KIENZI tolo, después JUANA.

Hablaré al pueblo; sí, siempre me escucha. (Pausa.)

Si no me oyera .. entonces á la lucha. (Pausa.)

Juana

HiENM.

Juana

RlENZl.

Juana

HiENZI.

JUA>ÍA.

Mañana el santo Padre
ha de mandarme lanzas y dinero:
fué imprevisión la mia
publicar el impuesto en este dia!
¡Espíritu del alma, no me dejes!

(Se acerca á la puerta por donde salió y mira al interior
de la estancia.)

Tranquila duerme, sí, pobre María.

(Entra apresurada y cierra la puerta por donde entró, que es la de la izquierda.)

Tan pronto ya de vuelta, qué sucede?

(Con breve acento.)

Que el palacio se encuentra abandonado.
Que no hay ua paje, y que tu pueblo puede
penetrar hasta aquí.

(Con desesperación.) jAh, desgraciado!

Del Capitolio en la inmediata plaza,
lodos los miserables reunidos,
se agitan entre gritos de amenaza,
como lobos por hambre enfurecidos.

(Desde esta escena hasta la conclusión del acto, no deja de
oirse un murmullo sordo, como producido por gritos y vo-
ces lejanas. Este murmullo es débil ó fuerte, según lo ne-
cesitan las situaciones de los personajes. El murmnllo en
esta escena es débil.)

Huye, Rienzi, aún es tiempo, y si no quieres,
pronto, salva á María!

(Entre el temor y el amor propio.)

Por mi nombre,
que es la mayor desgracia para el hombre
luchar entre las débiles mujeres.
¡Que tiemblo juraría!
(Con mesura.) Vano fuera

Itnaginar que el hombre no temblara
ante un pueblo sin freno ni barrera.
Azota el viento en el inmenso Sahara
y tiembla huyendo la indomable fiera.

(Se oye más vivo el rumor.)

Escuchas el rumor de la algazara?

R'.ENZI. (Haciendo nn movimiento de horror.)

Lo escuché y con horror á ppsar mió
siento en mis venas circular el frió.

Juana

(Con insistencia.)

Abandona tu empresa, y de ta vida
cuídate nada más.

HlKNZI. (Transición desde el terror al heroísmo.)

Calla, insensata;
tras el fiero huracán que se desata
aparece la tierra más florida.
Luchando moriré Sabes por suerte
el paso abierto sobre el ancho muro?
JcANA. Sí, le conozco bien, y te aseguro

que él tan sólo le salva de la muerte.

RlENZI. (Con resolución.)

De aquí no he de moverme; tú le sigues;

sales por él de Roma presurosa

y en la quinta de Flavio te apercibes

preparando la fuga de mi esposa.

Flavio es amigo fiel, cuanto le pidas

te dará, y á Aviñon marcha al instante,

y de Inocencio cuarto protegidas,

rae podéis esperar muerto ó triunfante.

(Se dirig« á la caja, saca la llave de )a puerta y la abre,

dejándola en la cerradura.)

Me seguirá? (Con tono desconfiado.)

Que sí, te lo he jurado;
en el momento que hable con María
saldrá por la revuelta galería
y en breve tiempo la tendrás al lad».

(Llevando á Juana hacia la puerta.)

Pronto, precédela, que al pueblo escucho
enfurecido.

(Primero alto y lué^o aparte, antes de salir por ta ¡juerta
secreta,)

Adiós y quiera el cielo
qae puedas ver cumplido tu desvelo.
(Por ella volveré si tarda mucho.)

(Se va entornando la puerta.)

ESCENA V.

RIENZI solo, después MARÍA.

RiK?»zi. ¡Solo! ¡solo! ¡Dios mió, qué locura! (Pausa.)

¡Bruto! ¡Gaton! qué horror! ¡Oh, cielo santo!

¡tea compasión de mí! ¡se me figura

qu«í estoy vertiendo lágrimas de espan to!

MaI'iIA. (Con traje blanco f como si acabase de despertar, eotra

por la puerta derecha, primer término, al ver á Ripuzi.

con agitación y Tehemencia.)

¡Oh Dios mió! al fin te vi.

RlENZI. (Abrazándola y procurando ocultar sb emoción.)

Qué tienes?

María

Terror profundo.

Entre sueños te perdí
y encuentro desierto el mundo
cuando le veo sin ti.

KlENZI. (Con pasión.]

Serénate, vida mia.
Maiua. Oh! qué terrible agonía,

qué espantosa realidad!
¡Si mi sueño parecía
imagen de la verdad!
Sobre el mar ruda tormenta (Relatando.)
el huracán levantaba,
triste noche se acercaba
y aquella mar violenta
contra una roca chocaba.
En ella, inmóvil, aislado,
con un resplandor divino
sobre tu frente grabado,
estabas tú abandona(fe

de los hombres y el destino.

Ea una tabla ligera

y luchando con el mar,

quise tu vida salvar

y gritaba: ¡Rienzi, espera,

que ya uo tardo en llegar!

Un minuto se sucedo;

vacila tu noble planta

que sostenerse no puede,

la roca hundiéndose cede,

y el mar sus olas levanta. ,

¡Espera, te salvaré,

en mi frenesí gritaba;

con rudo esfuerzo llegué,

pero ya no te encontré

porque el mar te arrebataba.

(Abrazándola.) Deürios del pensíkiuiento.

Acaso mi corazón

pudo turbarse un momento,

pero á tan viva ilusión

la llamo presentimiento.

Entre el cierzo que gemía

vibró una voz que decía;

«¡Rienzi, sucumbe al destino,

»que está muy lejana el dia

»y muy oscuro el camino!

«¡Sé mártir, la eternidad

«eu pos de la muerte espera,

» y eri los siglos de otra edad

nverás como fué quimera

»en el iioy, la hberiad!»

Aquesto escuché y creí

que la mar embravecida,

era la plebe homicida

y al Capitolio le vi

en aquella roca hundida!

(Duraote e«toB últimos versos el ranfor s* dej» «ir cea nná^

Voz

HiENZI.

María

RlE>Z!

Maiua

KlENZI.

María

RtENZI.

María

RlENZI

Voz

RtENZI.

Una Voz

claridad. Una vor fuera, algo lejana.)

Dentro

Muera el Tribuno, muera

(Con horror.) ¡Cielo .saato!

¿No escuchaste esa voz?jyo desvarío;
era cierto mi sueño, sí, Dio.? mrol
Sálvate por favor.

(Procurando serenarla.) Calma tU llanto;

las gabelas, impuesto que es forzoso,
á pagarlas el pueblo se resiste,
y el grito de algún pobre revoltoso
es el vago rumor que fuera oiste.

(Con vehemencia.)

No, Rienzi, sálvate, que el alma mia
no puede equivocarse.

¡Te engañara
siendo cierto el peligro! No, María.
Pues retira el impuesto.

¿Qué probara
con esa acción? temor y no le tengo.

(Reparando que Rienzi está armado.)

Y armado estás, ¡oh Dios! tiembla mi rnaao.

(Procurando disimular su turbación.)

Para arengar al pueblo me prevengo.

(Con vehemencia.)

Y aún me quieres decir que tenga calma.

(Con vehemencia y energía.)

Basta, por Dios; tu mujeril flaqueza

puede entibiar mi fe.

(Dentro, lejos.) ¡Muera el tirano!

Dejarás el palacio con presteza

y á Juana seguirás.

(Cou exaltación marcadísima.) ¡DioS SObcrano!

¡dejarte yo, ¡jamás! muerta primero!
Ningún poder habrá, uo, no, ninguno
que de ti rae separe; el mundo entero
nada pudiera hacer...

(Dentro, pero lejos.) ¡Muera el Trjbuno!

— 7d —

Contigo he de morir ó lie de salvarte.
Á ese pueblo furioso no le temo;
si lleva sus locuras ai extremo
que venga de mis brazos á arrancarle,

(Desprendiéndose de los brazos de María.)

Ese pueblo se rinde con mi acento;
si te miro á mi lado nada digo,
porque tiembla mi amante pensamiento
cuando te siento caminar conmigo.
Huye de aquí, por Dios, sólo un momento,
y si el hado se torna mi enemigo,
te juro que al brillar el nuevo dia
sólo tuyo he de ser, esposa mia.
¡Tu corazón luchó noble y valiente,
¿qué más puedes querer! sigúeme.

Dentro

¡Muera!

¿No escuchaste el delirio de esa gente?
abandona, por Dios, tanta quimera,
conmigo sálvate.

iMás tarde; ahora
cumple mi voluntad y en mí confia.
¿Te olvidaste del hijo que te adora?
¡En nombre de su amor, huye, María!

(Convencida por las instancias de Rienzi, se decide á huir,
pero no sin demostrar nna gran violencia en esta resolu-
ción.)

¡Dejarte yo!

(Llevándola á la puerta casi á la fuerza.)

Por Dios, que el tiempo pasa.

(Ya en el dintel de la puerta y ecliando los brazos á su
cuello . ^

¿Me seguirás, lo juras?

(Procurando dominar su pena ) Sí, bien mÍ0;

Juana te espera. (Ap.) (El alma se me abrasa;

De contener mi pena desconfío.)

Adiós!

(Con pasión.) ¡María!

María

(Ya en la galería.) ¡AdlOS! (Se va y cierra.)

RiBNZI. (Que se queda delante de 1« puerta.) Tiemblo perderte

y se estremece el corazoa de espanto.

(Gon vehemencia y terror.)

¡Qué terrible momento el de la muerte!

(Transición de! horror á la pena.)

¡Perdón! ¡Señor! ¡perdón! la quiero tanto!

Una Voz

(Dentro, lejana.) Viva Colonna, viva!

RlE>Zl (Con desesperación.) ¡AciagA SUerte!

Basta ya, corazón; recoge el llanto

y no borres jamás de la memoria

que mo contempla el mundo de la historia.

(Se dirige hacia el balcón dol fondo y entreabro una de la»
vidrieras, poniéndose 4 mirar hacia la plaza y dando la es-
palda á la puerta secreta por don Je salió María; el rumor
crece.) '•"' • '•

¡Qué imponente es la plebe reimiba!

(María abre con precaución la puerta secreta, sale á escena
y se va por la puerta derecha del primer término, dicien-
do antes:)

yl\M\. Le esperaré hasta el último momento.

(Durante este breve tiempo Rienzi de egpaldas no ha visto
nada; pero se supone que oye algon ligero rumor hacia la
puerta, porque se vuelve rápidamente, y viéndola á medie
cerrar, se dirige hacia ella y como reüriéndose & María.)

RiKNzi. ¡Si volviese otra vez! No, por rai vida;

si escucho el eco de su amante acento
de todo el alma por mi mal se olvida,

(i lega á la puerta, la cierra, da dos vueltas á la llave y
se dirige hacia la ventana.)

que su amor le domina al pensamiento.

(Tira la llave por la ventana.)

Ahora á vencer ó á conquistar la palma.

(Toma su estandarte y abre el balcón del fondo. En tal
momento, el rumor y los gritos del pueblo s« oyen muy
cercanos, pero siempre viniendo de abajo.)

— /o —

Gállese el corazón y empiece el alma.
Wna voz. ¡Viva Colonna! abajo los tiranos!

HlE>ZI. (CoD el pendón en la mano y de U parte de afuera áe\

balcón, intenta areng^ar al paeblo, pero no lo puedo eon-
seg;uir, porque interrumpen' sus palabras eon gritos y coa
voces.)

¡Pueblo ilustre!
Varias yocbs. ¡No! ¡no!

Otras

¡Rienzi!

Una Voz

Á la hoguera!

Otra. ¡Viva Orsini!

Othas. La hoguera!

Rienzi

Los romanos

nunca fueron indignos...
Va RUS VOCES. ¡Muera!

Otra. Muera!

RiEííZI. (Á pocos pasos del baleen y convencido de que i»s esfuer-

zos son inútiles para arengar al pueblo.)

¡Qué mal te hice, pueblo desgraciado!
¡Levantarte del polvo y la vileza!
¿Por qué me dejas solo, abandonado,
y te vendes traidor á la nobleza!

(Diri^éndose con los ademanes al paeblo.)

Tu castigo le tienes preparado:
mientras goces cortando mi cabeza,
te ceñirán tus olvidados yugos
esa raza de tigres y verdugos.
Te los mereces, sí; ¡vano delirio
enseñarle la luz al pobre ciego!
¡Ojalá que mi sangre y mi martirio
puedan servirte de fecundo riego!
¡Ojalá que en los siglos venideros
te arranquen de las sombras en que vives
y puedas conquistar los libres fueros
que en el boy ignorante, ni concibes.

(Avanza mis. al centro de la escena y cambia el tone de
queja y amargura por uno profético y de enttisiasmo, diri-

giendo la vista al cielo.)

¡Inmenso resplandor, lumbre brillante,
reflejo de una luz santificada!
¡libertad que soñé, marcha triunfante
mientras duermo en los reinos de la nada!
Despierta en las regiones de la historia
cuando domine la razón al hombre,
y si no se ha perdido mi memoria
que DO se olviden de mi oscuro nombre.

(Uniendo la acción á la palabra, toma el estandarte con
ambas manos, rompe el asta, y haciendo con la tela una
especie de tea, lo prende en una de las lámparas, diri-
giéndose hacia la segunda puerta de la derecha del espec-
tador.)

¡Emblema ilustre de mi fe perdida,
cual e.scarnio de Roma no he de verte!
sigue el destino de mi triste vida,
y si acaso me brinda con la muerte,
abrasando las gradas de mi solio
sálvate de la plebe y sus maldades.

(Sale por la puerta, y durante un instante queda la esce- na sola. Vuelve sin el estandarte.)

¡Ruinas del imponente Capitolio
servidle de sepulcro en las edades!

(Se ra precipitadamente por la puerta déla izquierda.)

ESCENA VI.

MABÍA, después JUANA, luego PEDRO COLONNA y pueblo.

(Sale sobrecogida y horrorizada. Este monólogo depende

en un todo de la actriz, que puede elevarlo hasta la subli-
midad.)

¡Oh Dios mió! ¡qué horror, tiemblo de espanto!
(Pausa breve.) El pueblo enfurecido no le escucha;
¡tengo mi corazón yerto de frió!
¡Alma que alientas en el pecho miol
apresta tu poder para la lucha!

(Pansa breve.)

¡Qué intentará! ¡no, no! voy á salvarte,
la fuerza de mi amor me dará aliento
¡yo sabré de sus manos arrancarte!

(Da un paso hacia el fondo de la escena.)

¡Pero si ha huido!...

(Con horror y mirando á todos lados.)

¡Oh! yo estoy perdida.

(Transición desde el horror al heroísmo.)

Toma, Señor, mi vida por su vida.

(Dirigiéndose rápidamente hacia la puerta, llama con gri-
tos á Rienzi, pero al cruzar por delante del balcón se de-
tiene horrorizada porque ha visto al pueblo cortando la ca-
beza á su esposo. Llamando.)

¡Rienzi! ¡Rieuzi!... Jesús, que es lo que veo?
¡La cabeza de Rienzi ensangrentada!

(Pausa breve y después transición de la pena á la ira. Di-
rigiéndose con el ademan al balcón.)

¡Maldito seíis, pueblo fratricida,
raza indigna, de Dios abandonada,
cada gota de sangre de su vida
con sangre tuya correrá mezclada!

(Queda anonadada por la desesperación hasta que oye la
voz de Colonna,)

(Que viene por los salones de la izquierda, seguido del
pueblo, grita desde lejos.)

María

ven, mi corazón te espera

(Súbitamente se rehace de su desesperación, é irguiéndose
con sublime arranque, dice:)

Aún necesitas más, hambrienta fiera?
pues recoge mi cuerpo inanimado.

(Uniendo la acción á la palabra se dirige á uno de los tre-^,
feos, toma un puñal y se lo hunde en el pecho. Al c«er
se acuerda de su hijo, se arranca el puñal de la herida,
pero al arrancárselo, cae muerta.)

¡¡Alma! busca á tu amor,

(Se hiere) ¡hijo!... yi es tafdc!

(Cae próxima á la puerta secreta. En el mismo noraeat«
de eiér, el ineetodio que durMte esta última parte de 1»

escena ha ido ea aumento, hace que se derrumbe la parte

comprendida entre el telón de fondo y los primeroe bastido-
res, dejando descubierta la gáleria secreta. Por ella aparece
Juana llamando á María. Entra en escena, y al ver á.Ma-
ría queda parada.)

Juana

.María! ¡muerta! y Rienzi, (Mira ai balcón), ¡asesinado!

(Con acento sublime y poseída de la desesperación, diri-
g-iéndose al pueblo, cuyos gritos se unen al rumor del in.-
cendio, cada vex más vivo;)

¡Pueblo cruel! ¡Pantera libertada!

(Se dirige al cuerpo de María, se arrodilla y la toge.)

¡Yo salvaré tu cuerpo idolatrado!

Colonna

(Ya inmediato á la escena, entra en olla al terminar las

últimas palabras del siguiente verso.)

¡La muerte elegirás si no me amas!

Juana

(Al oir la voz de Colonna ha tomado el cuerpo de María e»

sus brazos. Al entrar Colonna en escena, le dice desde el
misme dintel de la galería:)

4 Búscanos á las dos entre las llamas!

(Cae el telón á tiempo que un grupo del pueblo con an-
torehas entra detris de Colonna. La actitud de los perso-
najes es la siguiente: Juana con María en los brazos en el
dintel de la puerta de la galería. Colonna en medio de la

escena inmóvil y mirando espantado el grupo de Juana y
María. Detrás de él varios hombres del pueblo con antor-
chas encendidas é inmóviles y espantados. Todo iluminado

por el incendio, cada vez más grande durante esta última

escena.)

Elenco vivo 16 personajes · 2,300 versos

Pulsa un personaje: sus intervenciones quedan iluminadas y las demás en penumbra. Los versos se cuentan por línea del impreso; las coincidencias, por escena compartida.

PersonajeVersosInterv.JornadasPrimera apariciónCoincide con
70461J1, J2, J3J1 · esc. 1Juana, Rienzi, Colonna
47549J1, J2, J3J1 · esc. 1María, Rienzi, Colonna
44022J1, J2, J3J1 · esc. 5Juana, María, Colonna
23918J1, J2, J3J1 · esc. 6Juana, Rienzi, María
1259J1, J2J1 · esc. 2María, Rienzi, Juana
1057J3J3 · esc. 1Rienzi
722J3J3 · esc. 5Voz, Una Voz, Rienzi
664J1, J3J1 · esc. 5Rienzi, María, Voz
521J2J2 · esc. 12Rienzi, Colonna
101J2J2 · esc. 5Rienzi, Juana, Heraldo
31J3J3 · esc. 3Rienzi, Juana
22J1, J3J1 · esc. 7Rienzi, María, Voz
21J2J2 · esc. 5Rienzi y Heraldo, Rienzi, Juana
21J3J3Rienzi
22J3J3 · esc. 5Una Voz, Rienzi, Otras
11J3J3 · esc. 5Voz, Una Voz, Rienzi

Partitura métrica 35 cambios de medida

La música estructural de la comedia: cada tramo es un parlamento, su ancho son sus versos y su color, la medida que La Báscula reconoce. Lope recomendaba décimas para las quejas, sonetos para los que aguardan, romances para las relaciones y redondillas para el amor: aquí se ve dónde cambia. Versión de medida, no de estrofa (romance y redondilla comparten el octosílabo); la estrofa viene después. Pulsa un tramo para ir al pasaje.

Acto primero
Acto segundo
Epílogo

octosílabos 3 % · endecasílabos 23 % · silva 4 % · mixto 70 %

Los poemas del teatro 1 soneto

Lope recomendaba el soneto «para los que aguardan». Éstos son los parlamentos de catorce endecasílabos que La Báscula reconoce dentro de la obra: poemas completos que viven en escena. (Cuando la casa abra el soneto de teatro en El Sonetario, vivirán también allá, enlazados, no duplicados.)

Expediente

Obra
Rienzi el tribuno
Jornadas
3
Personajes
16
Versos
2,300
Versificación
octosílabos 3 % · endecasílabos 23 % · silva 4 % · mixto 70 % medida por La Báscula
Fuente
archive.org: rienzieltribunod00acu_djvu.txt
Estructura
rienzi-el-tribuno.json (jornada › escena › parlamento › verso; acotaciones aparte)
Cita recomendada
Rosario de Acuña, Rienzi el tribuno, Poetósfera · Teatrósfera, poetosfera.com/teatro/rienzi-el-tribuno.html

Texto de dominio público, levantado de su impreso y reproducido íntegro con atribución. El hablante se normaliza (la abreviatura del impreso se expande); el verso no se toca. ¿Ves una errata o conoces una edición mejor? Escríbenos desde Sobre la casa.