Acto primero
ACTO PRIMERO.
ESCENA I.
D. FERMIN Y D. CARLOS.
¿Con que hoi llega?
Sí, señor,
hoi mlsTno, ó miente la carta
que acabo de recibir
de D. Jaime.
Su tardanza
me empezaba á dar cuidado.
Pues á fe que no me daba
u mi ninsrnno.
¿Y por qué?
orque fuera una bobada.
En un camino, señor,
la menor cosa embaraza,
y detiene y descompone.
Ademas no encuentro tanta
la diferencia. El nos dijo
que llegaria sin íalta
el lunes, y llega el martes,
a se ve. Con la cachaza
que gastan los mozalvetes
aliora, nada importa nada.
Lañes dijo; y llega martes:
lo mismo es,
La cuenta es clara.
De todos modos un día
mas ó menos
Hombre, calla
con Barrabás, y no digas
disparates. Que el que viaja
por interes o capríclio
se engañe en su cuenta, vaya
con mil diablos; pero un novio
á quien espera la blanca
mano de una doncellita^
. por fin y postre. ¿no es gaita
que se venga equivocando
á la primera jornada?
A veces
D. Fermití,
Nunca hai disculpa.
Ahora y siempre quien se casa
debe conocer al menos
el almanaque.
Tomasa
no juzgará ciertamente
á su novio con tan rara
severidad.
Qne lo juzgue
como quiera. Todo cambia,
y en todo bai moda. Por eso
no estrañaré que á tu hermana
le parezca una lindeza^
lo que eii mis tiempos bastaba
para aguar mas ele mil bodai.
Ya írnemos en campaña
aquellos benditos tiempos.
"No que no. Si fuera chanza....
Por mucho menos tu tia
Doña Leonor de Peralta
y Quincoces dio á su novio
linas sendas calabazas,
sin mirar que era marques,
y rico 3 y tonto.
¡Ai que es nada
lo del ojo! Y diga vmd.
¿por qué hizo tal moglganga
la buena doña Leonor?
Yo lo diré; pues me hallaba
precisamente en la iglesia
cuando el caso. Todo estaba
preparado: el organista
en su puesto: las arañas
encendidas: los chiquillos
á la puerla, y las tapadas
mui cerquita de la novia
para ver si se cortaba.
Solo en fin, faltaba el cura
para casarlos.
Pues falta
era,
No tantal, que. estuvo
la cosa mas i parada
de lo que á íi te pnrece.
El sacristán era rana,
no lí> nie^^o, y aun el naejor
tahen/ero de Navarra,
según dijecon entonces;
pero él solo fue la causa
de todo, con las mejores
intenciones, y las mas malas
resultas que puede haber,
La íatencíon siempre le salva.
D Fermín.
Sí 5 pí»ro ¿á quien se le ocurre,
sin esp'M'ar á que salga
el cura, y por abreviar
y pillar pronto las tarjas,
el decir á novio y novia
que las manos se tomaran?
Ya se ve^ el pobre cuitado.
á Tuerza cíe amor, estaba
corno están todos los novios,
sin saber lo que les pasa,
ni lo qiTc hacen, y por dar
la mano derecha, alarga
la zurda, y zas p mi marques
equivoca la estocada,
D. Garlos.
¡Oiga y que lance!
D. Fermipí.
Tu tia
era muí buena. Una santa
casi, casi; pero en punto
á el honor muí delicada.
Asi, ó porque tuvo agüero,
ó porque le diese rabia
al ver que todos riyeroa
del marques la borricada,
lo cierto es, que una congoja
le dió allí mismo tan larga,
que la tuvimos por muerta.
El doctor, que la enterraran
dispuso ya.
¿Y se enterró?
No; porque como esperanzas
nos diera el sepulturero,
quisimos ver si acertaba
y quiso Dios que acertase.
Pero ¡ai Carlos! ¡qué mudanza!
Luego que tornó á la vida y
dijo que no se casaba,
y no se casó, no hai mas,
que no se casó.
Cakios.
• Pues basta,
y sobra cuanto habéis dicho
para probar que se amaba
de otro modo en vuestros tiempos 5
pero padre;, está mi hermana
en un caso muí distinto
que su tía. Si el novio tarda,
ignoramos los motivos.
Dejad que llegue, y la causa
sabremos.
D. Fermiist.
Lo que te digo
es^ que entonces no escapara
tan ahinas.
Señor, entonces
una muía se encojaba
con igaal facilidad
que ¿hora. También en posadas
quedaban frascone jacios
e;orrüs, poliicís y batas.
Si una rueda se ronipia,
si un zagal se emborrachaba,
como se rompt n y aturran
los presente.s; si en España
no se andaba por los aires,
digole á vmd
D. Fehmtn.
Que me cansas ^
y me secas y fasfidi is:
basta ya por Dios Colasa?
¿Señor? desde adentro,
T). Carlos.
Otras son las cosas
que á mi me asustan.
D. Fermix.
¿Qué?
Nada.
Vaya, dllo, no me vt-n^cas
ahora con medias palabras
á guisa de covaciiutlo.
Lies 5 señor, no es la tardanza,
que es el genio de mi amigo
el que solo me acobarda:
su genio 5 su poco mundo,
su austeridad, su..,.
D. í'ermin'.
¿Muchacha? llamando*
esta maldita está sorda.
ESCENA II.
COLASA Y LOS DICHOS.
Mande vmd.?
¿Dónde te hallabas,
diablo, que siempre es preciso
desgañitarse?
¡Caramba!
después que estoi todo el día
hecha un azacán; regaña
vmd.
Muger, no es rt^iir,
es prcgLiQí¿ir donde esUibas,
y qué liacias.
Limpiar el cuarto
del luiesped, liacer la cama,
y tenerlo todo pronto
para cuando llegue.
D. Permiít.
BraLa
mozuela. Y díme, ¿qué colciia
has puesto?
¡Toma! la blanca
de damasco.
Te confieso
que temí no le encajaras
la de filipiclii.
Bueno
hubiera sido.
D. Pekmin.
y la toballa,
«1 espejo, la escoLílla,
el jarro y la palancana >
¿está todo en su lugar?
Todo está.
D. "Fermín.
Pues abo ra, marclia
y clávate en el balcón,
sin andar en garambainas,
ni muecas con el herrero
de enfrente • y avisa, Golasa
en sonando campanillas.
Para autorizar las casas
nunca hace falla una mona,
en tanto que haya criadas.
D, Carlos.
Ya está aqui nuestro D. Pedro
D. Eermiiv.
Qué D. Pedro ó calabaza?
D. C\RL0S.
Toma! el alcalde mayor.
D. PEDRO Y DICHOS, menos
¡Jesús, que milagro! va^^a,
lio esperaba tan temprano
á vmd.
Vmd. es la causa
amigo.
Pues me lo cuelgo
con gusto.
Anoche quedaba
vmd. con tal impaciencia
poL' su yerno 5 que....
D. Fermijt.
Mil gracias;
mas ya §alí del cuidado.
¡Ola!
Si señor. La cnrta.
que Veis es de aquel 1). Ja^me,
un hidalgo de T¿i Falla
que antes fué torero
¿AquQ
qu<3 vive en la misma plaza
entre el cura y la botica?
El mismo ^ue viste y calza.
¿Y que dice el buen hidalgo?
Dice que durmió en su casa
antes de anoche mi yerno,
y que hoy llegará sin falta
á la tardecita.
Sea,
pues que tanto se deseaba^
mil veces enhorabuena.
D. Fermtn.
Mucho ^ en verdad, me alegrara
h 2
31 ya estiivíesf lirclio f ocio ^
porque á lo uñónos me ahorraba
de camorras.
¿Que camorras?
en cosa ya tan tratada,
y que tanto os acomo Ja,
no se debe hablar palabra,
y dejar obrar al tiempo.
PüPS ahí verá vmd. Ac¿iba
ahora mismo el senor mío
de ToWer á las andadas,
y repetir cuanto dijo
anoche*
Si me dejara
vmd. hablar....
¡Dios nos libre!
La ventura de mi hermana
Ja encuentro comprometida:
ella sera desgraciada
Sin duda. Siempre lo dije,
y lo diré mientras haya
mmedio.*
¿Pues tú no fuistes
hijo ó demonio, la causa
de saber yo que existia
tal hombre? ¿No le alababas
á troche y moche? ¿Te acuerdas
cuando fui por tí á Vergara,
qué pesado y qué chinchoso
cstuvistes con las raraa
prendas, y torna las prendas,
y el talento, y la mol riaca
de tu amigo,, hasta oblií':arm«
á que le viese y tratara?
Y entonces ¿de que te admiras
sí me gustó? ¿porque estrañas,
que no siendo un pelagatos
ademas, para Tomasa
le haya escogido? Su padre y
que se casó en Salamanca,
siendo joven y estudiando
lo que alli enseñan, gastaba
coche, y era un caballero
á quien yo traté en mi imfancia
y con quien siempre seguí
correspondencia por cartas.
liO mismo que dije entonces,
repito ahora; y si palabra
me ría vmd. de no enfadarse,
es pilcare lo que llama
en mi una contradición,
Oigámosle. d D, FerTvin.
D, Ffrmin.
¿Si? pues cliarU
cnanto quieras, hijo mió;
te concedo carta blanca.
D. Severo de Mendoza
es iin hombre á quien la sabia
naturaleza ha tratado
con tal indulgencia j tanta
prodigalidad^ que apenas
se encuentra entre las humanas
ciencias, una, no que ignore,
sino en que no sobresalga.
Su talento,, aplicación
y lectura: su estremada
facilidad para cuanto
quiere ¿iprender, y que allana
en su favor los escollos,
que á. tantos detienen, causáu
verdadera admn'acion.
Yo le conocí en Versara,
en donde de Humanidades
la cátedra profesaba.
y en donde tuvo principio
la amistad que nos enlaza;
su figura es agradable,
su corazón noble 5 se halla
en aquella edad preciosa
en que ja desenrolladas
nuestras facultades, pueden
realizar sus esperanzas.
D. Pedro»
¿Qué edad tiene?
Treinta y cinco.
SI^ sin lo que anduvo á gatas.
El año de ochenta y cilatro...
En fin, una sola mancha
desluce cuadro tan bello,
y un defecto es el que se halla
en e'L
D. Fermiit.
¿Y cual?
No tener
ninguno.
Miren que tacha!
Lun mas de lo que os parcc«,
que la propia desconfiaiiza
ei solo quien nos iucliaa
á escusar agenas faltas.
Tiene el hombre mil tiranos,
que le sujetan ó arrastran,
que le empujan ó detienen,
que le humillan ó levantan;
el interés, la opinión,
las pasiones exaltadas,
los encontrados deberes,
las distintas circunstancias
eq que cada cnal se encuentra,
&on otras tantas borrascas
donde el piloto mas diestro,
sino perece, naufraga.
Y bien 5 ^ cómo exigiremoa
indulgencia y tolerancia
de quien jamás ha sufrido,
de quien ignora las varias
vicisitudes que afligen
nuestra existencia precaria?
Este es el caso, señor,
del novio. Desde su infancia
fue conducido al colegio 5
allí dió tanta esperanza,
sus progresos fueron tales,
que sus mismos camaradas,
y los profesores mismos
vencieron su descon Bauza,
y le obligaron, á que
se opusiese á la espresada
cátedra en lugar de irse
con su padre á Salamanca,
como quiso: hace, en eíecto,
esta oposición, la gana,
y desde entonces gustoso
se dedica á la enseñanza
de aquellos que poco antes
sus iguales se juzgaban.
Sin embargo, en nada iníiiiye
esta rápida mudanza
para sus inclinaciones:
desde su estudio á las aulas,
desde su casa al colegio
su vida entretiene y pasa
sin mas trato que sus libros;
y aquesta pasión le aislara
de suerte que desconoce
el suelo que pisa. Su alma
engañada, enardecida
por lecturas exaltadas,
otra existencia se crea
tan ficticia como vana.
Grecia y Roma es su universo
las virtudes celebradas
de sus hijos, son Uis solas
que le admiran y le inflaman:
con él no ]\ay medio: á su lado
no se disimula nada;
y nuM'ece su de> precio,
siuo vive á la Espartana
el que le quiere tratar.
Y que consecner cía sacai
de toda esa relación
de me ritos?
Una j rlt?ra.
Que quien no conoce el mundo
sino por libros, quien Ira ta
de encontrar en cada honibra
un Catón, mucho se engaña
á Si mismo, y mil pesares
para los demás prepara.
La perfección está lejos
de nosotros por desgracia;
y el que se juzga perfecto,
mal podrá sufrir las trabas
que el lazo social impone,
ni tolerar con cachaza
de una muger los caprichos,
de un nmi{:^o la inconstancia,
de un hijo los devaneos,
ó de un surgro la acendrada
impertinencia.
Pues, mira,
pienso que esos alpargatas
que dices, no dej¿irian
de tener una manada
de chiquillos «, como tiene
cualquiera que ahora se casa;
y no ostante...
Es que la historia
nos recuerda las hazañas;
pero no las peloteras,
que dentro de puertas pasan.
Tomasa, señor, es viva,
y en Madrid acostumhr.ida
al buen trato y diversiones,
no me parece muy árdua
empresa pronosticar
que no será afortunada,
teniendo siempre á su lado
un Censor, que la eche en cara
hasta lo mismo que forma
la existencia de una dama.
Tal es mi opinión. Vmd.
hacer podrá de su capa
un sayo, nada me imporfa,
pues cumplí con hi sagrada
obb'gacion que tenia.
D. FERmif.
Señor D. Pedro de mi alma,
¿no es verdad que cuanto dice
este mozo es una sarta
de desatinos?
No tal.
Las reflexiones quí^ acuba
de manir?star D. Carlos
antes bien son muy sensatas.
D. Pekmin.
¿Que' dice vmd?
Lo que digo:
qne no arriendo la ganancia
á Tomasita, si el novio
es tal cual nos le retrata
su hermano.
Nada pondero.
¿Y á Tomasita le agrada
ese carácter adusto? áD. Fermín.
No lo sé 3 pero apestara
á que sí; pues ella y todas
lo que quieren es casaca.
* ¿Se conocen?
J), Permití.
No se han visto
jamás.
Y la repugnancia
su hermano ¿no la asusta?
D. Permtn.
Como está bien educada,
nunca tuvo voluntad
propia.
^•O á maníFestarla
UQ se atrevió nunca? Amigo,
vamos claros: la muchacha
puede que felice sea;
pero boda cimentada
fobre bases tan endebles,
promete cortas ventajas.
D. Fermiüí.
Pero señor, ¿qu^ remedio
tiene «1 asunto? Avisada
ya la parentela, escrito
al (lo sumiller, las galas
coriipradas, y en casa vamos,
no es posible. Campanada
igual ni un negro la diera.
Tampoco se desbarata
con esa facilidad
un lazo, en que intpresadas
están dos nobles familias.
Asi, pues, yo aconsejara
se ensayase solamente
un medio
¿Alguna demanda
ante el Vicario?
No es eso.
D. Perüiin.
Pues lo que es ir á la sala
no me atrevo: lo confieso.
Tengo mi casa atrasada
de tal modo con la guerra....
luego, ya vé vmd. las cargas
que se pagan, el granizo
que sufrimos por Marzo.
m:
Anda!
ya escampa y llaeven guijarroí?.
No, D. Fermín;, no se zanjan
tamañas difícullades
con pleitos, y aquel que trata
de componer uü asunto
de familia sin jaranas
ni ruidos, nunca conviene
que empieze rompiendo lanzas.
Pues eso quise decir.
Aliora Lien, yo me inclinara
a que inventásemos juntos
un buen ardid, que de chanza
tuviese el nombre^ y que íuQ^e
una lección que enseñara
á ese filósofo grave,
que todos á igual distancia
están de la perfección,
y que ^
Ya. estoy. Vmd. trata
de que cayga de su barro ^
¿no es verdad?
Pues.
D. Fekmin.
Y de que abra
los ojos, y reconozca
que ¿1 es de la misma pasta
que su padre y que su madr»^
¿no es asi?
Cabal.
D. Fermijí,
Pues basta j
corre d« mi cuenta.
¿Cómo?
Lo dicho, dicho. Mañana
estará mas blando el hombra
qu« una breba.
Pero •
Nada;
fíese vmd. en mí. Se hará,
y vmd. me dará las gracias.
D. Pedeo.
Pero, en fín 5 sepamos cómo.
Mañana al romper el alva
tomo la mnla^ y me voy
al convento de las Claras.
Conozco alli al Capellán,
que es un piquito de plata,
todo un hombre, que estuvo
consultado por la Cámara
para una ración en Ceuta*
y á saber donde se li¿diára
en el día, si el no la hubiera
renunciado; pero, vaya,
lo que el dice: vale mas
servir con mucha eficacia
media docena de madres,
que agradecen y que pagan,
que no meterse en cabildos.
D. PEDrvO.
Al grano por Dios.
Crcliaza,
que no seré muy diuiso.
Digo, que mi conliauza
entera la deposito
en la })riuloncia, en la labia
de este docto Sacerdote;
que lo traeremos íí casa,
y en dos ó tres encerronas
le pondrá como una malva.
D. Pkdro.
Ay 5 D. Fertnin! y cuan poco
conoce vmd. nuestra humíina
flaqueza! vmd. se figura
que se curan con palabras
los ridículos, los vicios
que la educación arraiga
en nosotros? Vmd. piensa
que una obra cimentada
.por el tiempo y la costumbre,
se destruye ó desbarata
con retóricos discursos?
Pues no, amigo, vmd. se engaña-
El hombre es tan material,
que para que se persuada
de un error, es fuerza que antes
se enteren y satis fcigan
los sentidos; que lo toque,
que lo vea, que la acerada
espuela del desengaño
sienta, y sufra
Con qyxé ¿nada
aprovecha un buen talento?
¿Quién dice que no? El acaba
la conv^ersion, apreciando
las ventajas que se ganan,
y los riesgos que se evitan.
Es el cachetero.
Calla.
D» Pedro.
Ejemplos y no sermones
es mi receta.
Pues caigan
mas ejí'mplos solare el novio,
que pelos quiere una calva,
y amigos tiene un ministro.
¿Coú que vmds. me dan amplias
facultades?
D, Fermín.
T). Pedko.
Pues 5 amigos, oíd mi traza,
La escalera de la vida
eslá con jabón untada,
y el que baja mas confiado,
si se descuida, resbala,
y da con su cuerpo en tierra
como los demás: se tréita,
me parece, de que el novio
dé también su costalada,
para que luego no riña
á los que en el suelo se bailan.
Pues bien, pongamos cliinltas
de trecbo en trecho 3 y si baja
él tropezará.
Asi sea;
pero temo que la trampa
llegue á conocer, la evite,
y después á carcajadas
se burle y mofe de todos.
No tal, que nadie se escapa
sin su chichón en la frente
al menos.
¿Y si pesada
le pareciese la baria,
y se picase?
Si alcanza
la medicina, no importa
que nuestro enfermo al tragarla
se queje un poco 5 que luego
sano, nos dará las gracias;
y sino alcanza, tampoco
importa un pito; pues clara
prueba será que su mal
no tiene cura.
Pues nada
nos detenga.
Principiemos
por decirle y que Tomasa
no está en casa; y el papel
de una joven desgraciada
y sensible podrá enlooces,
representar la muchacha.
Con qu¿fin?
Yo lo diré
ScENA IT.
COLASA Y DICHOS.
Señor, señor?
D. rERiyuPT.
¡Que embajada
será esta!
¡Toma! Que llegan
ya.
¡Ay Dios!
Ya están en la plaza.
D. Fekmin.
Pronto, pronto, la peluca,
dadme los guantes, la caña
y el sombrero.
¿Para que?
1*
¿No es fuerza, pues, que yo salga
á recibirle? \
Antes no.
Sí hemos de efectuar la farsa
projí^ectada 5 deberemos
primero sus circunstancias
comprehender^ y repartir
los papeles.
¿Dónde?
¡Bi'aba
dificultad! En cualquiera
parte, aunque sea en la cuadra:
el caso es que nos juntemos.
(Intendenta j comisaria^) ál^, Fermín,
¿no oye vmd. córneo voóea
el mayoral?
La sala á D, Pedro.
que ocupaba el alojado,
será buena?
Soberana,
vamos á ella.
^ Y yo que digo
sí se me pregunta?
D. Peumin.
Nada;
qne las mngeres no dicen
poco cuando están calladas.
; Y he de callar siempre?
Siempre.
Vamos.
Presto.
CcLASA.
A la ventana
me vu:^lvo 5 que quiero ver
si aprisa ó despacio baja,
si entra con ei pie derecho.
81 estornoda ó si se rasca;
las menores circunstancias
en un hombre tan valiente,
como el guapo que se casa.
Acto segundo
ACTO SEGUNDO.
ESCENA I.
AI arma, pues, que tenemos
nuestro moro ya en campana,
y su porte y su presencia
son y á la \rerdad, gallardas;
pero á mi ¿qué se me dá?
j Por cierto que es de importancia
el papel que se me ha dado!
¡Que insulsez! ¡Ay! si me enfadan,
les he de pedir á gritos
me pongan una mordaza;
porque sino ¡qué se yo!
mala es la fruta vedada
para las hijas cíe Adán,
y á fe que hay muchas inanzana:.
j Callar yo! Si sueño á gritos,
cómo dispierta. ¡que rabia!
porque charlar me dejasen,
les diera ahora mi soldada
de este mes. Luego este novio
es fuerza traiga una gana
de conversación cual todos.
Querrá hacerme la confianza
de su pasión, los temores
que le asustan, la esperanza
que le anima, sus deseos,
sus sacrificios, sus ansias,
con toda la letanía
que rezan los que se casan y
sin conocer del oficio
las quiebras J yo ¿una esíatua
estaré sin responderle,
ni tomar si me regala?
No haré tal por vida mia.
Ya suben: vamos. Colasa,
ojo alerta 5 y no digamos
nada que un comino valga,
y pueda comprometer;
pero sí, medias palabras,
y aun enteras, siempre que
sean palabras cortesanas;
pues dicen son muy lucidas,
y de muy poca sustancia.
ESCENA II.
D. SEVERO, GASPAR Y DICHA.
Lodiclio, diclio, G¿ispar. d Gaspar,
Nina ¿es vmd. de ía casa? á Colasa*
Si señor, soy la doncella
que hay en ella.
Pues bien, haga
vmd., SI gusta, el favor
de anunciarle mi llegada.
A quien?
A su amo de vmd.
No mas?
¿Y quG mas?
No gasta ap*
el hombre mnclia saliva.
Si las señas no me engañan,
no me costará ya tanto
callar, como imagmaba.
ScEPíA iir.
D. SEVERO Y GASPAR.
Y blen^ ¿^^^^ detienes?
Seílor, por santa Susana
bendita, vmd. reflexione,
que yo si
En vano te cansas:
toma tu maleta y busca
•tro amo.
Pero
Escusadas,
para genios como el mió,
son todas esas plegaiias.
Marcha.
Diez anos comí
pan de vmd. y asi se pagan.
!Nada te debo.
Cariño.
El que sirve mal, poco ama
al dueño que le mautiene.
En fin 5 Señor, una Falla
solo en diez años merece
que vmd. me eche de su casa?
Quien hace un cesto, hace ciento.
¿Y que hice yo para tanta
crueldad?
Una vagatela,
á la primera jornada
volverte y dejarme solo-
siü ¿í visarme.
La causa
la sabe usted.
Y es muy Justa:
¡Que! Dejarme en la estacada,
por una mugcr
No liay tal,
y yo no soy tan batata
que por mu^jeres faltase
á mí obligación.
Repara
en que me dijiste anoche
lo contra riü.
¿Yor"
Tú.
Elaca
memoria tiene vmd.
¡Como!
¿Con que do fue por Olalla,
la cliica del Sacamuelas
por quíea volviste?
¡Caramba!
¿Pude acaso, despedirme
antes de ella?
¡Habrá tal mandria!
¿Con que fue por ella?
¿y Olalla no tiene faldas?
Si tiene 5 pero es mi novia,
y hay muchísima distancia
de una cosa á otx-a
i Por vida!
Ya mi pacíenoía sr acaba.
¿No es lo mismo uiiu mugor
que una novia?
Vaya vaya
que es lo mismo?
Si tal.
D. Severso.
¿Y se aman lo mismo?
¡Vanas
sutilezas! Salte afuera*^
¿Y se aman lo mismo?
Mavclia,
te digo.
¿A que no responde?
]01i razón, lo que íu alcanzas!
pues reduces al silencio
á los mismos que nos pagan?
pero por si acaso, voy
á implorar con encacia
el favoivde D. Fermín:
que tal vez podrán mis lágrima»
caternecerle; el es suegro,
pero es hombre y tiene entrañas.
ESCENA IV.
, jD. SEBERO sola.
Bueno fuera pese á tal
que asi al deber se faltase,
y uno luego se escudase
con la causa de su mal:
no y señor, el criminal
cuando alhaga su cadena,
á si mismo se condena,
y pues no tiene disculpa,
ya que cometió la culpa,
que sufra tan bien la pena^
El alazán corredor
llalla incómoda barrera
que le corta su carrera,
que inutiliza su arder:
brama al verla de furor,
tasca el freno, su atrevida^
mano hiere la endurecida
(i) Toda esta scena se suprimió
la representación, por parecer dn'^
manado larga ¡a comedia*
tierra; pero él se detíeile,
y su ginete previene,
por si acaso espiiela y brida.
Asimismo.la pasión
también encuentra bai'r©raii^<j
que estabjecieron severas
ja le lei, ya la razón;
que aua vez á la opinión
ó al capricho se permita
despreciar ló que limita
nuestro liumano des(fnfrena,
y si hallasen hombre bueno
pueden ponerle en su ermita.
La indulgencia es flojedad y
la tolerancia simpleza,
que indican mucha torpeza,
ó mucha necesidad.
Yo lo digo con verdad,
compadezco al desgraciado;
pero si encuentro un culpado
f)or criminal ó por necio,
e doi solo mi desprecio^
y sale muí bien librado.
2S1Í
ESCENA V.
D. CARLOS. Y DICHO.
P. Carlos.
¡Severo!
j Garlos!
¡l'or vida
de sánés! ábra¿a, abraza.
¿Cómo estas?. -
Como quiea viene
á realizar la esperanza
de sil dicha. ¿Y tú?
Mas gordo
que un nécio.
D. SkvERO,
¿Y tu buen padre?
D. Carlos»
Anda
con el cácliícan á vueltas:
ja vendrá» Que ¿per Tomasa
D %
no me preguntas? Muí tibio
traes el carino.
D/Severo,
Esperaba,
si te be de decir verdad,
que su vista me escusara
tal pregunta.
'Pues no 5 amigo,
porque la pobre muchacha
no puede estar en dos partes.
¿Cómo?
Desde la semana
pasada está en el convent©
donde niña se educara.
Quiso hacer una novena
á santa Rita de Casia
y fue fuerza darla gus^o.
¿Y qué le pide á esa santa
a»bogada de imposibles?
¿Qu¿se yo? Pero apostara
á que pide uu buen marido;
que una muger no repara
en gollerías.
Según veo,
tú siempre el mismo humor gastas,
y á fé que bien te lo envidio.
Qué se ha de hacer? No se saca
otra cosa de esta vida.
Para eso el tuyo no cambia,
siempre serio y circunspecto.
¿No es verdad?
Si es que tú llamas
seriedad á no gustar
de juveniles borrascas,
ni de locos devaneos,
verdad es.
Hombre, [ qné guapa
pareja hicieras con Flora!
Con quién?
Con Elora.
Y esa dama
¿quien es?
Mi novia.
¿Tu novia?
La misma: pues que, mi hermana
sola La de ser quien se case?
No por cierto, y si lograras
buena elección, bien hicieras.
jOh! lo que es eso estremada,
pues la joven es preciosa.
No merezco descalzarla,
ya ves, y no sol del todo
mal pellejo.
Tu la ensalzas
sobremanera.
B. Garlos.
Es justicia.
liO que es ie la Iglesia al papa,
y no mas. En fin, tú pronto
podrás, si quieres, juzgarla,
que no está lejos,
¿Pues donde?
La tienes dentro de casa.
Si es parienta nuestra, y luya
lo será luego.
D. Sevehq.
Ignoraba
que tal parienta tu viesen.
¡Jesús! Pues la fecha es rancia.
¿No te acuerdas de mi tio
D. Sempronio de Peralta,
que siendo oidor de Sevilla,
pasó luego á la otra banda,
y alli murió?
No me acuerdo
de tal D. Sempronio.
¡Vaya!
Con que no te araerdas?
D. Caklos.
Lo siento.
Haces mili mal.
«orno ella!.... morirse el pobre
apenas pasó la charca,
y antes de hacer pacotilla,
fie jando solo á su amada
Floiita por dote un loro,
un coco vacio, dos cajas
de azúcar, cien apellidos,
y muchos miles de trampas,
¡Rica herencia d * un indiario!
Pero padre que idolatra,
como buen navarro, á todos
sus parientes, pronto á casa
]a trajo, donde dispuso
casarma con ella, y trata
de qne mi boda y la tiiya
se celebren juntas,
D. Severo>
¡Cuánta
too debe ser tu alegría,
oh Carlos, oon la fundada
esperanza de que pronto
barás feliz á tu amada!
Ella, sin duda, te quiere
y congenia, y....
Tú desbarras.
Ni ella me quiere, ni es fácil
el hallar en media España
dos genios mas encontrados
que los nuestros.
¿Y te casas?
Pero ¿tienes certeza
que no te quiere?
En mis barbas
ella misma me lo ha dicho,
?Y ie casas?
Sí..
¡Caramba ^
y qué valor!
Si ha de ser,
1q mismo es hoi que mañana.
Padre exige que me case,
yo no tengo repugnancia
al estado
D. Sí:vero.
Ya lo veo.
Ademas^ he visto tantas
que me juraban cariño,
y entonces me la pegaban,
que ¿quién sabe si mi Flora
tendrá, al fin, la estravagancia
de adorarme? Ella es muger
y yo soi hombre.
Mil gracias
por la noticia.
D. Carz-os.
Pues mira,
en estas dos circunstancias,
y con la ayuda del tiempo
fundo toda mi esperanza»
La posesión y el amor
riñen pronto, se separan,
y cuando mas ^ la amistad
suele ser quien la reemplaza.
Así, supuesto que todos
tarde ó temprano se igualan,
es fuerza que me concedas
llevo á todos la ventaja
de empezar por donde siempra
ellos concluyen.
¡Que ganga l
p. Carlos.
Yo me caso como juego:
pienso perder cuantas cartas
apunto, las pierdo, ¡bueno!
otra cosa no espera])a.
Pero si se dan los sietes
me trago banquero y banca ^
que solo soí Jugador
do bonitas, y quien gana
ron ellas, gana dos veces
si logra provecho y fama.
Si tal concepto tuviese
del bello sexo y me ahorcaba
primero que me casase.
Que, ^yo mismo arriesgara
al capricho de un buen dado
mi dicha, la de mi casa,
la de mis hijos.... ¡Oh! nunca,
nunca jamas me casara
si tal creyese. Yo busco
. para mi esposa en tu hermana
una muger cariñosa,
amable, fiel, moderada;
una madre de familias
en el cumplimiento exacta
de los inmensos deberes
de su estado, una apreciada
amiga, cuyo consejo
me dirija, y cuya sana
doctrina pueda servirme
de norte, por fin, un ama
de casa, que cuidadosa
sepa dar á tanta máquina
el impulso conveniente.
Esto busco.
Dime 5 ¿y si llallas
en vez del melón que buicas
lina insulsa calabaza,
qué tal?
Se indigestaría.
1 fil,a'p^ Carlos.
íues por si fuesen mal dadas
compra jarave de altea,
y tenlo á mano.
¡Qué gracia!
Según eso^ íú no apruebas
mi elección?
¿Quién? ¿yo aprobarla?
ai por pienso.
Pues^ Severo 3
sí supieras lo que falta....
Pero hombre ¿que íaltar puede?
'Ño es fairpoco una cosaz¿i
del otro jueves: simplezas,
6 SI tú quieres ninadás
de mi novia.
Y bien 5 tu novia..,
D. Carlos. »
Mi novia está enamorada.
¿De ti?
No por cierto.
Alabo
la frescura.
¿Importa nada?
Nada, pues tií te coníormas.
¿Y quieres que me asust:^ra
de una simple niñería?
No por cierto. Plora estaba
por san Fermia en Pamplona^ ^.
¿Este año?
P. Carlos.
;, Sí, este año.
, ¡Calla!
y yo también: sigue, sigue.
P. Carlos.
Allí en la calle, eri la plaza
de toros, ó en el paseo,
(no sé bien donde se hallaba )
p^ro lo cierto es que vió
un hombre ^ cuya bizarra
presencia, cuya finura
y porte la enamorara.
Desde entonces tan ga!an
Belianis no se separa
ni un instante de su idea,
y le ha jurado constancia
eterna, bien que mental,
y un si es ó do es temeraria,
porque ni sabe su nombre,
ni su estado j ni su estancia,
ni su genio, ni siquiera
sí el echó de ver la llama
amorosa que encendió
su siLuple vista ea mi amada.
D. Setero.
j Estraño caso!
D. Garios.
Antes no
sino le habló una palabra
en su vida, cómo diablos
puede saberlo?
Me pasma
semejante idolatria.
Y aliora bien, ¿es cosa estraña
no lema yo tal riv¿il?
D. Seveí^o.
No es temible, mas repara
que este hecho, sin embargo»
siempre indica que exaltada
y novelesca tu Plora
es un poco est ra {alaria,
¿En qué cabeza, di Carlos,
que esté un poco organizada
puede caber tal amo r?
Garlos,
En la de mí ^lora se halla:
j ha Uñelo taaUi novela!...
¡Malo!
I Ah! no: me equivocaba.
Nunc? gastó de no velas;
pero es min* a íic sonada
á los hbrotes de hisíoria-
Eso es distinto.
Se pnsa
las noches de claro en claro
leyendo á nueslro Mariana,
cuando no soa los anales
de T¿ícito ó la Farsalia,
j Ola! Pues sabrá latui?
¿Latín?
Pues.
E
D. Cart.os.
Si sabrá y vaya,
al menos el que sab!¿ui
las madres de santa Clara
cuando estuvo eii su convento.
P. Sevfro.
Luego estuvo con Tomasa?
reoisamente. Si son
uña y carne.
Carlos? desde adentro
D. Garlos.
j G ráelas aparte»
á Dios, que va no podia
mentir nías! Mi padre llama,
y es luer/a ver lo que ordena:
míis ya sale.
D. FERMIN, T), PEDRO
Ya fardaba
á mí impaciencia, señor,
la hora tan afortunada
de estrecharos en mis brazos.
D. Permtn.
Apriete vmd. buena alhaja,
que bien tiene que apretar,
si á fuerza de brazos trata
de pagarme mi cuidado.
¿Es hoi lunes?
Mi tardanza
fuera en verdad reprensible,
á no ser involuntaria.
Ya es vmd. buen perillán.
Anoche eran las diez dadas,
y espera que espera; sí,
no eraa malas esperanzas.
El f^iusacío se pego,
y no es e^t^año, q^ie estaba
cociendo desde lab cinco:
h¿ista la maldita gata,
por en i retener el hanibre,
afianzó un capón, que daba
envidia: no bidjo remedio,
todo lo llevó la trampa;
y gradas a las gallinas,
'y á que jamas Imevos Faltan
en casa, porque sino
la cena fuera ensillada
muí fresca y mui picadiía,
pi-ro de endeble sustancia
paia estómagos navarros.
Cuánto me pesa....!
D. FERi\rii>r.
Desgracias
como las de anocbe^ nunca,
nunca se vneron en casa.
La criada raed^o dormid¿i
se caj^ó de la colada
en la caldera, y aili estuvo
un cuarto de liora.
¡Mucliacha
infeliz! Se cocería.
No, porque estaba sin agua
casualmente, rnas con todo
se tiznó manos y cara.
Y el susto también se cuenta*
J). Pedro.
Si en ello vmd. no se enfada
dejarlo para otro día •
, y sepamos por qué causa,
este caballero pudo
detenerse.
D. Severo*^
Fueron íalfa^
de un criado, que no merecen
Vuestra atención.
¡Calla, calla!
Olvidado se me liabia;
j pobre Gaspar! con la zambra
de ¿mocbe está mi cabeza
como una cesta de ranas,
D. Sévero»
¿Conoce vmd. á Gaspar?
El pobre cuitado acaba
de hablar conmigo.
¿Y ba tenido
la osadía...?
^ Es menester tanta
cuando se pide perdón?
Vaya, que vuelva á tni gracia,
y pelitos á la mar.
Yo quisiera que empleara
Vmd. mejor mi obediencia.
Si le be dado mi palabra
¿no es fuerza que se la cumpla?
Hepare vmd....
No repara
en nada mi candad.
Si al caído no se levanta,,
solo porque tropezar
no ha debido, ¿quien pasara
por las c¿illes?
D. Severo»
Yo no SOI
de ese parecer. El que anda,
debe saber como pisa,
y si tropieza, que caiga
enliorabiiena; pues torpe
el equilijíiio no guarda.
D. Eermiíí»
¿Y no le lie de dar la mano?
No 5 señor, que si trabaja
por levantarse; si suda
por lograrlo; si se afana •
esta íatiga, este empeño
dejan recuerdos que bastaa
muchas veces para que
pueda evitar otras faltas
Iguales; mas si al contrario
se le ayuda, y se lealbaga,
lo toma por chiste, y Ccie
diez veces cada semana.
Nunca entendí semejantes
filosofías. La crisfiana
religión de mis abuelos.
que ayude al caírío me* manda
\j no mas. ¿E.-. cierto?
D. Pe ü lio.
Cierto.
J.a lei castiga las faltas^
Y el hombre las compadece.
Por supuesto.
¡Qiií' ignorancia! aparte»
D: Fermín.
Así, pues, con tu permiso
me marcho á que Gaspar salga
de dudas.
Perdone vmd.:
mi conducía es ai'rri;lada
á mis pr]iici[)ios. Jamas
me separo de la raya
del deber; y por lo tanto
Gaspar s¿i]ará de na casa.
D. Eliimin.
¿Esto dices?
D. Severo^
Esto disfo.
Pues amisfo, qiiipn desaira
aijíes de casarse al suegro,
casado lo descalabra
cuando menos, y en verdad
que esta entrada de pavana
me gusta muí poco.
ScENA vir.
DOÑA TOMASA Y DICHOS.
Tío,
¿se echa vinagre á la salsa
del pato? ¡, Jesús mil veces!
¿Que te asusta?
D. Fermipt.
Alguna rata.
Sin duda, que se pasea ^
según costumbre.
Doiv'A Tomasa.
¿Me engalla
el deseo? ¿Sois vos señor? dD, Se)^^
Y yo ¿qué soy?
DüÑA. Tomasa.
Nada, nada.
Perdonad: mi fanUi^ia,
si... cuando... jel cielo me valga i
Desmajóse»
Sostenedla.
D. SEVEao.
No sé lo que por mi pasa. aparte*
D. Severo, ¿que es aquesto?
D. Severo»
Yo ¿que sé?
Si habrá eulrucliada
TJn poco de etlier seria
muy bueno.
No tal, echadla
agua fresca solamente.
B. Permin.
Sí y qtie después calaguala
la daremos para el susto
que D. Severo la causa.
Pero ¿en que asustarla puedo?
Ya vuelve en sí.
Albricias, alma.
Hija mía, digo, sobrina,
responde por Dios... Palabra, d D, Pe*
¿Gomo se llama hoy la chica? dro ap»
Flora.
¡Ah! sí: Flora, cauchacb»,
vuelve en tí.
I Ai Dios!
D. Fermín»
SI Plora en vmd. repara
quizá vuelva á deáiiiayarse:
liábanos vmd. la gracia
de separarse uu poquita,
un poco mas... a la espalda
de nuestro alcalde.
r¿í ciencia,
y veamos en lo que para.
Dónde estoy?
En el estrado.
Qui^n son, pues, estas fantasmas
que me rodean?
Son tu tío,
Tin primo que te idolatra,
con el alcalde mayor*
V en nn, nuestro don.
¡Caramba!
¿que es lo que vas á decir?
Es verdad.
¿Quieres matarla?
D. Seveb.0.
Pues, señor, estamos frescos: ap*
no hai duda que es de una estraña
brillantez el papelito
que represento en la casa.
Doña Tomasa»
Permitid que me retire.
Si 5 es mejor: Carlos llevadla,
conducid á vuestra prima.
Que se ecbe sobre la cama,
sino quiere desnudarse.
Cuidado con las ventanas
Á
y las puertas,
Vamos, prima.
CubriSti bien con las mantas,
ESCENA VIII.
V. SEPARO, D. FERMIN'
jPoLre Plora, pobre Plora,
tan joven, tan desgraciada,
seilor! cuidado que es obra.
Sosegaos.
D. Permtn.
Se me traspasa
el corazón siempre que
sucede.
Pues ¿se desmaya
mui á menudo?
Padece
snos vapores....
¡Mal
los vapores! Nunca, nunca
lie conocido en mi infancici
semejante enfermedad: ' '
entonces solo se usaban
indigestiones, viruelas,
golondrinos, almorranas,
y otros males conocidos;
pero ahora todo es de estrangia
histérico, nervios, bilis,
ílafo ardiente, y calabazas
fritas, y Dios me perdone;
porque me lleva la trampa,
notando qae hasta el morirse
ha de ser á uso de Francia.
í!s preciso seamos justos.
Una joven educada,
como se acostumbra hoi día,
es fuerza padezca varias
dolencias desconocidas
á sus madres, que ignoraban
por necesidad sus nombres:
verbigracia: uua estremada
afición á!¿i lectura,
muchas veces (•^r^<^])¿^ta
el calor á la cabeza,
y de allí se si^upu las l^nscas,
las jaquecas, los vapores,
y otros alifafes.
D. Fí:ii3ii?í.
¡Braba
dificultad! ¿Pues Iiai mas
que uo leer?
Señor ^ que dama
pudiera alternar entonces
eii cuestiones literíiriiis, ^
como lioi alíernaii?
¿Qué ímport,
Mi madre, que de üios baya,
^aunque no supo de letras,
siempre estuvo embarazada
ó parida; y esto es, amigo,
lo que ser madre se llama.
¿Y quien puede disputar
á. mi sonora doña Aua
lo que gauar dsi supo?
D. Feriviisí.
Ademas, ¿qué fruto Scicaa
cüii lodiis esas lecturas?
D. Sjeveiio.
Poco ó nada, si son malas:
si son buenas y escogidas
niacíio;pues hallarán sana
doctrina, máximas pura^s,
tígemplos, modelos ^ sabias
iastrucciones....
Y también
embelecos j patrañas.
D. Sevtiro.
Con que ¿no hallaríi una joven,
¿i lee la historia romana,
que aprender en la firmeza
de una Porcia, en la constancia
de una Jjuc^ ecia?
Hombre, á luengas
ti«nTas las menhras láridas.
Esas Porcias y Lucrecias,
SI de cei:ca ínira;ra?i,
se vieran, ]ií mas ni njenos ^
üüüiu ¿»c vcii uci I¿is Juauas,
F
las Pepas y las Franciscas.
En todo tiempo hut)o gaifcis.
Severo, y no nos cansemos.
Eso os ya negar....
D. ElZRMlN".
Yo nad;i
niego 3 mas sí dudo.
D. Seveko.
Pero....
ESCENA IX.
COLASA Y DICHOS.
la cena.
D. Permití.
¡Santa palabra!
¿Y Flora?
Cena en su cuarto.
¿Y Carlos?
/
de comer.
Está en la sala
Y diga vmd. d D, SeiK
¿doña Lucrecia cenaba?
Es natural,
D. Eermipt.
Pues entonces,
cenemos todos, que tarda
á mi estómago este instante.
D. Setero.
¡Ai don Permin! me olvidaba
de eatregaros un dinero,
que me dieron en Tatalla
para vos.
Ya me lo avisa
don Jaime: tiempo hai mañana.
Aqui lo tengo yo en oro.
D. -Fermín".
Pues no quiero; ¡ai tal macbaca!
c
vamos j vamos í cenar.
D. Sevkko.
Vamos pues, ¡cosa mas rara!
^ Pul' qué ¿e habrá desmayado?
]No puedo dar cuu la cauia»
Acto tercero
ACTO TERCERO.
ESCENA I.
DOÑA TOMASA Y COLASA.
¡Que largui'iima es la cena í
Y ¿cuándo el tiempo no tarda
para el liambricnto que a<i^uai'da»
La consecuencia no es buena;
piiCi tú sí^bcá que lie cenadQ,
Pero o?5 qn<^cla el apetito
de que caiga en eí garlito
ese noí/io desdichado.
Dmie^ Colasa, por Dios,
¿le eocontrastes mui galán?
¿es bizarro?
¡Lindo afán!
aliora es 8;alan para vos,
mas no sé lo que será
cuando os santifique el cura.
Gala que tan poco dura
roui mala espina me da.
Sin eraba rp o, te confieso
que me ha parecido bien.
Si viene á rasarse, quien
puede, Seiíora, hablar de eso?
pues los hombres mas tranquilos
son parecidos al paño,
y mienlraí^ no pasa un ano
nunca descubren los hilos.
^2
Do5íA Tomasa.
Lo misnio ñi'. nn:i doiiCella
duan con distintos modos.
Dicpn que es Fénix, y lodos
lud^lan bien sin conocella.
Solo un diestro cazador
la vé en sus redes cogida;
mas no lemais que en su vida
disminuj^a sa valor ^
que aquel que suda y se afana
por coger una nuez verde,
trabajo y mérito pierde,
si cüuíiesa que estíí vana.
Pero hablando de otra cosa,
¿que esperáis, señora, aquí?
¿queréis serviros de mí?
Do.\A Tomasa.
Antes no, siendo forzosa
necesidad que te alejes
luego que sintamos ruido 5
y si acaso es mi querido
Severo, sola me dejes.
¿Tenéis, pues, que hablar con él?
Mucho tengo que decir.
Y qiK^?
Vóile á descubrir
üii secreto.
Con qué infiel
hollando promesa j íé
vais á decir la verdad?
Je?ns 5 y que necedad!
Cuando me case lo haré;
porque antes muí mal liicierá,
j nioguno se casara
si una muger encontrara,
que la verdad le dijera.
Ahora est'i conversación
solo á esforzar nuestro enredo
se dirige.
Tengo miedo
que como los hombres son
Iridiaos y redomados,
no descubra la maraña.
Ai Golasa! les engaña
ntnor propio í los rni(r>dof.
Este s^^xo protrclor
convlertí^ todo en sustancia:
no temo su vͣ;ilancia,
temo mas bien su rencor:
porque el oii^ullo ofendido
perdona muí rara vez.
Marido ron altivez
no puede ser buen marido.
¿Y á quiéu tal cosa acomoda?
For C5.0 y por mi sosiego
tomo cartas en un juego
en que arriesgo amor y boda.
"No femáis ya, que por vos
con toditas las mugeres
está amor.
^' Y entonces quieres
que tema?
Señora, á Dios,
pues siento abrir la mampara.
Dof A Tomasa.
A Dios, pnes ^ y el cielo quiera
que esta ttiéotira primera
no se conozca en mi cara.
S c E N A II.
DO^A TOMASA sola.
Quiero sentarme y tomar
una postura elegante-,
compañera de un semblante,
que demuestre mi pesar.
Apóyese la mep;ilia
en la mano; el pie pulido
descanse como al descuido
en d palo de esta áiila.
Mis ojos lánguidos, bellos,
respiren amor y enojos,
y encubran tan tristes ojos
mis desgreñados cabellos.
¡Ai! si un espejo tuviera,
DO era dudoso el electo,
que un amigo tan perfecto
jii eugañara ni mintiera;
mas si el destino cruel
me priva de tal consejo,
sea el ínteres mi espejo,
qi)c oíros 55© miran en ¿I,
y les sale bien la cuenta.
¿Voy qué no ha de ser así
con mi cDgano? Ya está aquí:
quiera Dios no me arrepienta.
ScF.NA iir.
D. SEVERO Y DICHA.
Vaya, ¡y que pesados son!
tanto beber y brmd¿ir,
y después vuelta á empezar
la eterna conversación
del abuelo don RodriVo,
y del lio don Sempronio:
parentela del demonio,
¿queréis acabar conmigo?
Yo pienso que hasta mañana
permanecen en la mesa
se^tin su ninguna priesa.
¡Buen prüVi*cho! A la ventana
me voi d tomar el fresco;
y á que lo necesito,
pues este vino maldito
de Peralta, es un reíresco
singular para verano.
¡Si quema mas que la lumbre!
Como no tengo costumbre
g£7
da beber, y este ínlinmaTio
suegro quiso que bebiese
como ellos beben. á estajo,
no esfranara que un trabajo
esta noche sucediese.
¡Ai Dios!
Se quejan suspiran;
¿Quien, pues... mas, cielos ¡qué veo!
¿es ilusión del deseo
la que mis ojos admiran?
¿Sois vos, graciosa Florita?
Doña Tomasa. \
Si) señor ^ la misma soi.
Mil gracias al cielo doi,
pues tan bella os resucita.
¡Lisonjas á mi, señor!
Pienso que os equivocáis.
No se por qué lo digáis.
Dígolo, porque mejor
se emplearan en ini prima.
¿En qníen?
X Én doña Toma<;a,
que aunquí* esfá {üevn de casa
y no os conoce os estima.
El amar sin conocer,
no es fácil de concebir,
porque si amar es sentir ^
¿cómo se siente sin ver?
Gn-"íía el veros ele un Kunior
tan rato y tan placentero;
y sacar partido quiero.
¿Cómo?
Doña To^íAí;A.
Pidiendo un íavor
que espero no me neguéis.
D. SrvFno.
Disponed Florita hermosa,
de mi ser.
Es corta cosa
tan solo que me escuchéis.
Temo caballero,
que os ha de causar
mi triste relato;
pero pues que ya
fui tan infelice
que disimular
no supe esta tarde',
por Dios perdonad,
y sabedlo todo,
porque mi pesar
ha llegado al punto
en que es fuerza optar
entre odio y desprecio ^
y en apuro íal^
del odio prefiero
esperimentar
la herida dudosa
y no la mortal
con que los desprecios
matan sin chistar.
Bien se que mi tío,
ilenü de bondad,
liabrá disculpado
á mi ceguedad.
También os diria,
que una eaíern\edad
<s¿¿olo la causa
de todo mi mal.
¡Donosa bo])ada
de un viejo que ya
olvidado tiene
que cosa es amar!
¡Ay, no ha mucho tiempo
que mi mocedad
aleore Ignoraba
del cie«;o sagaz
los fieros ardides,
la impune maldad!
Pensaba yo entonces
que ni el bien ni el mal
pudieran un dia
turbar mi liortandad:
gozosa burlaba
en mi oscuridad
los títulos vanos,
las honras que dan
orgullo a los ricos,
al tiis(e pesar.
¡Dichosa lud veces,
si tanta humddad
con tanta ventura
pudiesen durar!
mas no, que huyó luego
mi íelicidad,
luego que la flecha
sentí del rapaz.
¡Mal haya este instante
para mi fatal!
pues perdí la dlclia,
y halle en su lugar
dudas, sinsabores,
envidia íklaz,
y celos, y celos,
que son el dogal
que al enamorado
incomoda mas.
Esta digresión,
señor, perdonad,
que una amante lengua
no sabe callar;
y vamos al caso.
Siete meses há
que estuve en la feria,
allá en la ciudad,
por la temporada
en que todos van
(los buenos navarros
digo) á celebrar
comiendo j bebiendo
la festividad
del santo Patrono.
Allí cuando mas
descuidada estaba,
vi cierto galán.
Ignorg quien sea,
que una principal
muger, por recato
no puede saciar,
como otras miío-eres.
»u curiosidad.
Pero sea quion fuere,
yo no pm^do amar
síuo á íiquel que supo
coa solo mirar
fijar lia inconstante
parala veleidad.
Volviníe á la aldea,
creyendo encontrar
en ella el sosiego
que huyó en la ciudad.
j Insensata, cuánto
ine pude engañar!
¿Sosiego un amante?
Mas fácil es dar
constancia á la suerte,
. limites al mar.
Si al menos pudiera
en la soledad
del bosque sombrío
quejarme y llorar:
5Í no me inquietasen,
lio fuera yo ttin
id esa í 01 tunada;
pero por rui -mal
se empeña nú tío
que me lia de casar
con mi primo Carlos,
á quien yo jánias
^)odre hacerle dutlio
de una voluntad
que está enagenaTla
y es mala de dar.
Eii vano les dije
toda la verdad 5
en val de eché mano
de la seriedad,
del desden severo,
del odio mortal,
de cuantos afectos
pueden demostrar
mi acerbo disgusto,
y su necedad.
Todo ha sido en vano,
y contrarestar
la razón no pued«
á su terquedad.
Mi boda y la vuestra
se han de celebrar
en un mismo dia.
Yo no os digo mas»
Si sois caballero,
si sabéis amar,
vuestra cortesía
puede adivinar
lo que yo no digo 5
y reflexionad
que el que es bien nacido
obra como tal^
y en nada lo prueba
mas que en respetar
U flaca modestia.
O
D Sev(!ro,4.W1, Mí^^-i^'p
lio por lo (TLic clij^»,. m ¿9 y
ai porque caüsr nrrv
debí, V por(]iie' 6s tocá
á vus lo dehiá's.
b
* D. SüVERO.;
jO que a1ior¿i IL^4í;o a entend^r'-^
iiü i>e si d<íba' dudar. -¡^-^^3
Po:na Tomasa.
era porque el desconfiar
aC'inipana al láerocer. ' ' *
Mas no perdamos /señor,
iiuestco tieiiijK) en platicar,
¿puedo lr¿inquil¿t coi^.tar
Cou vuesi^to auxilio y Tavor?^"^'--
Al menos por compasiortij
ya que otra cosa no sea, ^''^
á esta unión que se desfeá*^-
á esta aborrecida unión ' ^
¿os opondréis?
Sí, mi bien,
ó quien soi no seré yo.
Y lo promeí-eis?
U. Severo.
¿Pues no?
Doña Tocias a.
Y"!'ó jurareis también?
^ong;o al culo por testigo,
y lo jüTO á vuestros pies.
■ ScENA IV.
X>. CARLOS r DICHOS.
■ D. Garios.
ues el luramento es
mas'de amante qae de amigo.
e^ñor don Carlos, si en daño
tan vuestro escticliásteis neeio^,'^
agradeced un desprecio ' ' ":"
qué os produce un- desengaño.
La lei cantiga al sugeto
que robar lo a geno trata,
y t'l' amor al que arrebata t
la posesión de un secreto.
Culpad vuestra necedad
que aquí tan malos sirvió,
y nd os quejéis porqáe yo
siempre os dije la verdad.
Aunque VOü Una corona
me pusierais i los pie?,
no la admitiera, pueS es
vuestro amigo el de Pamplona»
Y pues ya tuve el consuelo
de ver lo que apetecía;
voi á gozar mi alegría
á solas. Guárdeos el gíelo.
ESCENA V.
D. SEPARO Y D. CARLOS.
D. Garios.
Homhre vil, mal caballero,
falso amigo, humana fiera,
engañoso cocodrilo,
ó venenosa culebra
que abrigó raí triste pecho j
di, vascongada pantera,
por casualidad nacida
entre los montes de Azpeitia.
Carlos, calla, ^' estas borracho,
ó has perdido la chaveta?
No añadas mas disparates
á tamañas desvergüenzas.
Qué. para que yo responda
á cuanto preguntar quieras,
j necesitai echar mano
mi
5e esa| paLi'brns groseras,
que solo mala crianza
ó poca razón demuestran?
¿Que c^uieresj pues, que te diga?
D. Garlos.
Nada ya porque tu lengua
no pü^de d'^clrme mas
de lo que sé.
Pues bien, cesa,
cesa ya en tales injurias,
y el partido que convenga
' mejor á tu situación
toma.
Mi intención es esa.
Y pues el usa establece
entre hambres de nuestras prendas,
solo un medio de borrar
todo género de ofensas,
ese escojo.
Di cual es.
Que conmigo al campo -vengas.
D. Sr.T£Ro.
Vaea ¿;í que?
D. Cablos.
A safisfaccnnc
¿Cómo?
Qu^edanclo uno en tierra.
¡"Bueno! Pero x\o sabia
que romperme la cabeza
pndiera satisfacerte.
¿Que quieres? Asi lo ordena
el que llainanios honor,
¿Qae' dereclio se r'^seri^an
entonces las santas leyes?
D. Garlos.
Un semejaníes materias
la o])iniony la costumbre
deciden.
Pero el que piensa
con madurez, el que tr¿ita
de seguir siempre Igt senda
del deber y la virtud,
debe transigir con ellas.
Si se complace en la infamia,
que trajjsija enhorabuena.
D. Se^ep.o.
¿En la infamia?
Pues, ¿y cómo
se puede Hamar la befa,
el desprecio j los baldones,
que á ios prudentes esperan
en premio de su conducta?
Les sobra con su conciencia.
Mui bien defiendes tu causa.
D. Sé vero-
Es confedion ó indirecta?
D. C/
Como quieras entenderlo,
pero permite que crea
que ese toiw» magistral,
esii es( adiada elocuencia
y una cierta timidez,
que á pesar tuyo se muestra,
dan á entender...
D. Caulos.
Tan solo
que es mas miedo que prudencia.
¿"Volvemos á los insultos?
D. Garios.
Al contrarío: á mi me alegra
infinito que á tu Flora
se le otVezca tan risueña
perspectiva. Un sempiterno
marido con la moderna
cualidad de no ¿gustar
de lances ni de quimeras,
es un fortunon desecho.
¿Callas?
3^
¿Haí toros de cuerda
en tu lugar? Si los hai
no asistas, porque se llevan
á veces sendos porrazos.
Ya me falta la paciencia- aparte,
D. Carlcs.
y siempre es muclio mejor
morir de gota serena.
Hablador de Barrabas,
lo que buscas es pendencia,
y la tendrás porque calles.
D, Carlos.
¿Cuándo lia de ser?
Cuando quieras.
Pues aliora mismo.
Ahora mismo»
D. C.\5LL0S.
¿Tienes padrino?
^;Tu sueñas?
{Padrino! Pues ^, quién se c^isíi,
ó se bautiza, ó se vela?
El revemouial exige
la mtlispensable presencia
dr d(>«. ÍTTii¿i;o^% rpie juzguen
SI ambos se matau en regla.
D. Skvero.
Yo aquí no conozco á nadie.
Mni bien^ y pase por esta.
¿Vamos?
Vamos.
Oyes, baja
poro á poro la e.^caler.i,
que yo voi por las pistolas.
Cuidado no te detendrás.
Bueno es que un loco me óLl3s;ue {ap*
á hollar por la vez primera rí'/íc/oí^.)
mis principios. ¡Qué rem<^dia
tiene! Y ¿quien tiene paciencia'
para sufrir sin motivo
dicterios, insultos, befas
y provocaciones? Vaya,
ya no estraño que sucedan
dos mil lances cada dia,
y que un hombre de prudencia
sin gustar de espadachines,
muchas veces lo parezca.
ESCENA VI.
CARLOS, D. FERMIN, COL ASA.
DOÑA TOMASA Y D. PEDRO.
Señores • oíd, escuchad
al rei de armas.
¿Qué me ordena?
I). Fermín.
¿Qué quieres?
Solo deciros
en (Jos palal^ras y meJia,
que gracias á mis ardides,
y á su uiiigana esperieiicia,
tenemos ya al señor mió
CQo-ido en la ratonera;
que vamos desafiados,
que las pistolas no llevan
sino pólv'ora, que asi
es probable que no muera
ninguno, que arrepentidos
de nuestra injusta pendeiiciaj
juraremos olvidarla;
y yo lleno de teriüeza
á mi Flora cederé,
y mis derechos coa ella;
pero como siempre es bueno,
que nada de esto lo sepan
vmds, por disimulo,
irá, que quiera ó no quiera,
á pasar toda la noche
al o;arito de la Pepa.
El fastidio, la ocasión,
y cierta condescendencia
que se debe á los estraíios,
harán que jae^ue, y que pierda
el poco ó nnicho dinero
que lleve en la filtriquera;
{r aburrido y descontento
o traeré cuando amanezca
á que vmds. padres graves,
pongan fin á la comedia.
D. FERMIN, D. PEDROy COLASA
Carlos, mira, escuclia, aguarda.
Sí, llame vmd. á otra puerta,
según va no le alcanza
una bala de escopeta.
¡Válgame Dios con el chico I
D. Pedbo.
¿Cuál era la intención vuestra
en detenerlo?
D. Permití.
ETo s¿.
Estas armas me rebientan,
que al fin el diablo las carga.
Déjese vmd. de simplezas.
¿No las ha visto cargar?
Si; pero.,
D. Pedro»
¿Pero que?
¡Buena
pregunta! al fin son pistolas.
Buenas noches.
Que ¿nos deja
vmd.?
Pues ¿liai (|ue velar
algini enfermo?
Quisiera
saber en lo que paraba.
Amigo, larga la lleva
vuid, eulonces; porque
ahora son las diez y media,
y hasU las siote lo menos....-
3m,
Si3g:im ^30^ me aconseja
vmcl. me desnude*
, P. Pedho.: -^j,
Y que
duerma vmd. á pierna suelta.'
Saliera lo déitoas locura, ''p^^' l
No sé si podr^.
Agnr.
D. Pekmin.
Ea,
liasta mafíana temprano,
¿no es verdad?
Sm duda.
Enanas
noclies. Nicolasa, alumbra
al seiior.... Tú no te acuestas? {d
Doña Tomasa. Tom.)
¿Por qu(J lio?
54ÍL
D. FííiMm.
¿Como es tu novio.
¿Qué importa para que duerma?
.Deaiasiado veLirc
luego que ya no lo sea;
porque entonces, los cuidados
y di vé vmd. siempre desvelan.
Tienes razón, hija mía,
duerme bien, y toma fuerzas
para suírir los cuidados
que, segua dices, te esperan.
Acto cuarto
ACTO CUARTO.
ESCENA I.
D. SEVERO Y D. CARLOS.
¿Quien pudiera preveer
que te cegaras, maldito?
Todo el que entra en un garito
ha de jugar y perder.
Asi nada es de estrañar
que yo jugara y perdiera;
lo que sí me desespera,
es me dejase arrastrar
por un loco como tú
á esa lóbrega mansión.
D. Carl®s.
Es casa de diversión.
Es casa de Bercebu.
¿Aun la cólera te dura?
H
¿Que viste (an malo allí
que abi te altera?
Yo vi
un infierno en miníafura,
y no merece otro nombre,
porque se deja al entrar
cuanto puede recordar
los privilegios del hombre.
En un ahum^ado aposento,
anegado en porquería,
he visto en un solo dia
lo que no pudiera en ciento.
Sobre una mesa ó bufete
alli un mandil se descubre,
que mas empuerca que encubre,
' y al que se llama tapate.
Yace encima un mal belon
moribundo, desdichado,
quien, á pesar de su estado,
manifestó la intención
que de alumbrarnos tenia;
ma^ le Faltó un requisito,
y fue el aceite maldito,
que estaba en Andalucia.
Pues de esta mesa al redor,
y por tal luz alumbrados,
encontramos ya sentados,
esperando un redentor,
á una porción de estafermos.
que por ser desaliñados,
flacos 5 puercos y estropeados,
me parecieron eiifermos.
Pero ¡ai Dios y que sudores
tuve! ¡que susto me diste
cuando al oído me dijiste
estos son los jugadores.
Luego descubrí al banquero
fumando su cigarrito,
manejando aquel librito,
ó recogiendo dinero.
A bosquejar no me atrevo
ni sus dedos, ni sus uñas,
no se quejen las garduñas,
ó chille un cristiano nuevo ^
pero añadiré sencillo,
que si le encuentro en la calle,
en lugar de saludalle
le doi mi capa y bolsillo.
¡Qué juramentos! ¡qué horrores!
j qué reniegos! ¡que porvidas!
y otras voces conocidas
tan solo entre jugadores.
Acá gana una judía ^
alli las sotas se dan y
piérdese un buen ganarán
ó quiebra contra judia
Allí sin soga, se amarra y
se apunta sm escopeta,
sin necesidad se aprieta ^
se mata sin cimitvirra:
tanibien se entierra sin ser
doctor ni sepullurero,
y en fin se pierde el dinero
sin oir, sin hablar, sin ver.
Estos, amiguito 5 son
los primores, que sin tasa
se eiiLuentran en esa casa,
que llamas de diversión.
Y no siento, ciertamente,
haber jugado y perdido,
Sino el haber conotido
pocilga tan indecente.
Es verdad* pero disculpa
tengo, y sabes qae el entrar
fue solo disimular.
No: tu no tienes la culpa:
bien lo sé. La culpa es mia,
mi confesión es bien clara
y obré anoche, cual obrara
iin chico de Escuela pia.
Si yo hubiera despreciado
tus brabatas, si me rio
y no admito el desafio,
todo estaba remediado.
El deber y la amistad
me lo mandaban asi_,
y aunqu« yo lo conocí
m!S cegó la Yaní laíi
Luego, ya se ve ^ (|aisim0S
disróiLilar este error,
comefiendo otro mayor.
¿Y que es lo que co o!'>e güimos
pasar una rsóclie entera
mezclados con gariteros,
malgastar nuestros dineros,
y perder la lisorjgera
©pmion de la hooradez.
¿Y quien saberlo podra?
D. Sevkko.
La conciencia.
Callará.
D. Se^'EKo.
¿Güila jainas este juez?
. D. Garlos.
Varaos, vamos, ten paciencia,
que según voi entendiendo,
aun están todos durmiendo
en'<:^asá:; y por consecuencia
nuestra falta no han notado.
D. Sevex-.o.
¿Y los criados?
3í4)
¿Presumir
quieres que lo lian de deoir?
Un secreto en un criado
se indi ge s (a luego, luego.
Es que yo les prevendré
que callen.
Peor.
¿Y por que'?
Porque pierdes criado y ruego.
Depend «r del dependiente,
es trocar los frenos, Carlos;
y quien llega á equivocarlos
no deshace fácilmente
tamaña equivocación,
lográndose de este modo
que uno pierda su acomodo,
y el otro su estimación.
No importa, voiles á hablar-
¿AI fia te decides?
D. Cáelos»
Sí,
Haz lo que quieras ^ y di^
pues vas adentro, á Gaf.par,
que venga sin dilación.
¿Tienes algo que mandarle?
Si: se me ha ocurrido enviarle
á casa.
Alguna comisión
para el viejo, eli?
Pues.
^ Ya estol;
quizá será por dinero.
Hombre no seas majadero;
ancla si quieroi.
Voi, voí.
ScENA ir.
D. SEVERO solo.
¡Ya mi paciencia se. apura!
No existe mayor tormento
que estar uno descontento
de sí mismo. ¡Qué locura
la de anoche, y qué vileza
al mismo tiempo! ¡Qué! ¿Es dable
que. jugador miserable,
perdiera yo la cabeza
hasta el punto de jugar
dinero que no era mió?
Y después de un desafio!..»
y después de enamorar
la novia de quien me debe
su primera educación...!
Pues, señor, eu conclusión,
syi un picaro, un aleve.
¿Y era yo quien presumía
no tener ningún defecto?
¿era yo el hombre perfecto?
y al primer tapón... Dana
cuauío tengo y tener puedo
por morirme aliora^ aliora...
pero ¡es tan linda esta T'lora!
¿Y quien sabe si por miedo
hubieran todos tenido
mi prudencia.,.? A nadie agrá
pasar por cobarde,., y nada
mas simple que enfurecido
cuando Garios me injurió,
me acordase que primero
lie nacido caballero
que no su amigo... pues no,
no he sido tan delincuente 5
y cuanto mas reflexiono
encuentro mas en mi abono.
Si G-aspar va dilÍ2;ente,
y vuelve con el dinero,
antes que este D. Fermín
me lo pida^ jT-a por fin
del maí el menos. Yo quiero
suponer por un momento
que se ignórelo ocurrido:
entonces nada hai p< rdido.
Pues b:en^ tomemos aliento,
que quizá no se sabrá,
y siempi e que en adcUnite
Viva mas cauto, es coii^líinte
que el mundo me apreriin-á
como me apreció hasla ¿iqui.
Bien dice Carlos^, qi^e soi
mui tímido: asi desde hoi
he de ser lo que antes fui.
3ÍB
S c E N A 1 1 r.
D. SEBERO Y GASPAR.
¿G aspar?
Señor, os confieso
que yo lie sido un malandrín,
un borracho, un puerco- espin.
Vamos, no hablemos ya de eso:
si la primera impresión
(Je una culpa nos altera,
hiego la hacen mas ligera
el tiempo y la reflexión.
Asi que ya no me irrita
lo que ayer juzgue gran culpa.
Cuando mi amo me disculpa aparte»
sin duda me necesita.
Siempre fiel te he conocido,
servicial, de buen humor.
Gaspar»
¡Ai que me alaba, señor! apapte»
¿Que es lo que habrá sucedido?
Y darte una prueba quiero,
Gaspar, de mi estimación,
enviándote en comisión
á casa.
¿Por?
D, Severo,
Por dinero.
¡Ya!
A mi padre has de decir
aigun cuento^ una ficción,
que perdí por distracción
la bolsa, que...
E&o es mentir.
Mentir no, que en realidad'
para dañar no conspira.
Ello no sera mentira,
3á^
ir>.ií5 no rs decir la verclact,
D. Sf.veh.o.
Con que ¿no quieres?
Querré
si vmd. lo toma á su cuenta.
Tu escrúpulo me rebieuta.
Si touio.
Pues mentiré.
Le dirás que en Villiifranca
me ha sucedido un fríica'o...
cualquier cosa. porqitf el caso
es que no tengd^ una..blanca;
pero por Dios te suphco
que V'dyas y vuelvas pronto.
¡Toma! Pues ¿soi yo a1í>;!ia toníu;
- Voi ¿í' ensillar el borrico
de D. Ferinin.
^ Esías loco?
¿en torríco?... dáme risa.
Si eslo llamas ir aprisa
¿qtíé será tu poco á poco?
No, señor, híis de alquilar
la mejor ínula ele paso,
y (iia y noclie ( este es el caso )
lias de andar sin descausar.
¿Lo entiendes?
Gaspab..
Si que lo eniienco.
Paes bien, marcha á prevenir
muía y alforja.
¿Y me he de ir
sin carta de vmd.?
Corriendo
voi á escribir una esquela
para padre que razón
tienes.
Pues 5 señor, alón.
Oj es j no olvides la espueU»
3él
ESCENA IV.
Z). SErERO solo.
¡Cuanto cuesta el enmendar
na error! si se supiera,
mas fácil mil veces fuera
obrar bien ^ que no fallar.
Y aunque nuestro orgullo es ciego,
el desengaño no es mudo,
por eso lo que no pudo
el crimen, lo puede luego
la vergüenza de que clara
se de:.cubra su fe:jldad.
¡Que compasión en verdad
merece el que se separa
de la linea del deber!
¡Infeliz! Harto le cuesta,
y el tiempo me manifiesta
lo que no supe entender,
cuando venturoso el nombre
ignoraba del disgusto;
mas ¡¿ty! que siempre Kie injusto,
si fue venturoso el hombre.
ESCENA V.
D. PEDRO r DICHO.
¡Cuanto agradezco á mi estrella
D. Severo el encontraros
solo i
¡Ola 5 señor D. Pedro!
¿levantado tan temprano?
¡Ay amigo de mi vida!
siempre madruga un cuidado.
Es verdad.
Y por desgracia
yo me encuentro lioi en el caso
de necesitar consejos,
de reclamar los sagrados
derechos de la amistad.
Pues ¿cómo?
supongo?
Solos estamos,
Ea que sintiera
que pudieran escucliaruos,
y después...
No tema vmcl.,
pues aun uo se lia le va uta Jo
D. Feriiiui, y la familia
anda en sus quehaceres.
¡Bravo!
nada entonces me deliene.
D. Severo»
Que será esto? aparte,
Amigo, me liall©
en un fiero compronjiso.
Y puedo serviros de algo,
señor D. Pedro?
Si tal,
me podéis servir de tanío,
qi;e ola mente confio,
para salir del barranco
en que estoi, en vuestro celo
en la amistad, ea el raro
y prodigioso talento
que 03 adorna.
De Severo.
Demasiado
me Konra vmd, amigo mío •
y os suplico, que dejando
esos elogios ^ digáis
en que tan aforUmado
podre ser, que útil os sea.
D. Pédrop
Pero siempre es necesario
establecer los motivos
que me impelen á buscaros.
De otro modo os sorprendiera,
sin duda que entre los varios
amigos que tengo, os busque
y prefiera, siendo el lazo
que nos une tan reciente;
y esto fuera mui estraño
á no mediar lo que media.
Mas j amigo, vamos claros,
nunca se repara en feclias
cuando se necesita.
Hartos
egemplos pueden citarse
de esta verdad.
J
Yo ahora trato
de buscar iin hombre serio,
justo, desinteresado,
iniparcial, fiel, virtuoso,
y este sois vos.
El retrato aparte
no es del todo parecido.
D. Pedko.
US luces de vmd., sus vastos
conocimientos, sus rectos
principios, y su exaltado
amor á la virtud, pueden
asegurarme que el sano
consejo que necesito,
estará exento de hum¿mos
intereses, de pasiones,
y de esos afectos bajos,
que dirigen comunmente
los que damos y tomamos.
n lo que alcanzan mu luces,
señor D. Pedro...
Bien. Faso
al asunto. Yo me encuentro,
como juez y magistrado,
en la dura alternativa,
en el caso triste y raro
de tener que atrepellar
un amigo, ó los sagrados
derechos de un ministerio
terrible, mas necesario.
¿Y este amigo ha delinquido?
La leí le condena.
¿El caso
os parece tan difícil?
Sí me parece; pues varios
incidentes favorecen
y escudan su atropellado •
arrojo. Luego es mi amÍ2;o,
nos tratamos como hermanos
ambas familias, y es fuerte
cosa vei:^e precisados....
Pero la leí
En cuanío á eso
no puedo día i miliario:
le coge de Diedio á medio.
Pues, señor, un magistrado
no debe entonces dudar;
y es un cr 'men el retardo
mas pequeño, la meiii:>r
dilación, si fuere en daño
de su augusto ministerio.
Ni yo de ofenderlo trato;
pero pudiera, como hombre,
encontrar mas avisado
el medio de conciliar...
Imposible es encontrarlo.
La lei indica la senda,
y el juez los ojos cerrados,
debe seguirla j llegar
al fin propuesto. Si incaufo
los abre, arriesga el perderse,
pues buscará los atajos,
y con ellos los peligros.
¿Con que prescindo de cuanto
me interese en su favor?
Sí, señor, ó vais errado.
Y no os parezca tampoco
que hacéis un eslvaordinarío
sacrificio. No, en la bistnria
encontrareis un romano
Dictador que condenó
á su hijo. También un Casio
y un Bruto que dieron mu^^rte,
uno al padre, otro al amado
bienhechor. En fin, mil hechos
iguales, que demostraros
podrán, cuánto los afectos
se miran subordinados
á los deberes, y cuánta
gloria nos da el sujclallos,
D. Peds-o*
Mil gracias, amigo mió.,
Confieso habéis disipado
todas mis dudas, y pronto,
pronto conoceréis si hago
easo.de vuestros consejos.
¡Ola! ya se ha levantado
Tanto mejor.
AKora veréis lo que valsjo
CLiarulo amigos como vos,
me iníuriden valor.
J). Severo.
El diablo
me lleve, sí yo compreudo
qué analogía...
ESCENA VI.
D. FERMIN, DOi\A TOMASA,
D. CARLOS, COLASA y dichos.
¡Levantados,
y á estas horas ya en visita!
Pues esfo, ó mucho me engaño,
ó es pedirme cliocolate,
Sí, chocolate, el que traigo
no es muí bueno para vmd#
Olga!
Soi muí desgraciado,
¿Qué dice vmd.
P. Pedro.
Y lie de ser yo, cielo santo,
quieií entregue esta faoiiHa
al dolor?
Pues ¿cómo? ciar
diga vmd. lo sucedido *
que esos gestos j esos ascos
me matan á confiisloues,
y me indican...
Mucho y malo
deben indicar á vn^d,
y nunca hubiera* encontrad o
en mí bastante valor
(lo confieso) para daros,
siendo tan amigo vuestro,
semeja^iíe trabucazo,
SI los prudentes consejos
del hombre que est¿iis mirando,
mis deberes, comiO juez,
no me recordasen sabios:
si una lógica elocuente
no me ]iuj)iese demostrado,
que la lei no tiene amigos,
sino aqiK^Uos que oLscrvandd
sus prec^^plDS, silguen siempre
la líne¿i que ella ha trazado.
Por eso, al fin me decido...
y á mi pesar.. violeiifaiido
mis afectos... he venido...
D. Fekmin".
¿A que 5 señor? Concluyamos.
A prender á D. Carh'fos.
¡Que escacho! aparte.
¿Qué es esto, Carlos?
Lo ignoro, y como no sea
por un lance, un altercado
que con un desconocido
tuve ayer noche, no caigo
en lo que pueda ser.
Vaya, d D. Ped.
es esto?
D. Pedho.
Lo han acertad©
¿Y tal friolera
bastará para...
Despacio,
señor T), Fermin, que yo
no soi Diijgun mentecato
para obrar tan de ligero.
Sepa vmd. qtie han delatado
á Carlos por desafio
tenido anocbe* por varios
conductos me vino el soplo 5
y yo 5 como magistrado,
no puedo disimular
un hecho que saben tantos.
Fuera esto compromeíermc?
sin ton ni son > y en tal caso
el individuo...
Ya entiendo.
Y después aconsejado
por D. Severo...
Cierto.
Hombre
¿("ítá rmd. endemoniado?
i Este es un cuñadicidio!
Seríor D. Permin, reclamo
vuestra indulgencia. Escucliadc^e
y juz^adme si he fa|tado
al deber, ó á la amistad.
D, Fermín.
De jeme vmd. por san Pablo. a/'vV/Tz-
A lo menos si ya hubiesen ddse de
vmds. emparentado, éL
anda con Dios, que no fuera
vmd. el primer cuñado,
ni el último que lo hiciese;
pero antes es nn milagro,
una cosa nunca vista.
Carlos, tú que me has tratado
y me conoces á fondo,
di, si me juzgas tan malo,
tan perverso, que...
No sé; Ídem.
pero solo si reparo,
que no aconsejas m.ui bien.
Flora por Dios...
Do?íA Tomasa.
Muí villano alejándose
vuestro proceder parece; de él,
suspendo mi juicio, y no hago
, poco.
Oiga vmd. un consejo ídem.
pues parece aficionado.
Quien obra mal hace bien
en callar.
¡Estoi soñando!
Me desprecian, y huyen todos
de mi, cual si fuera el diablo,
sin oirme, sin informarse
tan siquiera hasta qué grado
soi criminal. ¿Y por qué
me huyen? ¿Por qué soi malvado?
Porque tengo la apariencia
contra mí: si asi juzgamos
siempre, no me maravilla
encontrar tantos culpados.
Juzgamos, ni mas ni menos,
lo mismo que aconsejamos.
Cuando no nos duele duro,
y cuando nos duele blando.
D. Seveko.
Diga vmcl. señor D. P^clro
á estos señores, si acaso
pude saber se trataba,
de Carlos.
D. PlEDKO.
No le nombramos,
en efecto.
T). Fermín.
¡Ola! Pues eso acercándose»
es otra cosa.
En salvando ¿dem.
tu amistad nada me importa
¡o demás.
Pues, yo no parto idem,
tan de ligero, por eso
hioe muí bien en dudarlo.
Sí^ señora, siempre dije idc.m.
lo mismo.
¡Que desengaño >
4i
y qué lección! Lo que siento,
señor T). Pedro, y lo estraño
á la verdad, es qtie vind.
me comprometiese tanto.
Señor y yo busqué un consejo
que me ilustrase en tamaño
compromiso; vmd. no debe
resentirse, sí arrastrado
por la opinión de sus luces....
Pero en empeño tan arduo
vmd. debió, cuando ínenos,
nombrarme al interesado,
paja que yo.,..
¿Y qu¿hace el nombre
para el hecho?
D. Skvero.
Sí, que Carlos
es mí amigo, y...
Se prescinde.
de estos febles y mundanos
afectos, c uando se trata
del bien sociah «
Sin emb '.rgü...
Y sino, acu(^rdese vmd.
de a([uel dictador Romano
que me citó, no hace mucho.
Diré que ha sido un borr:íclio;
pues de otra suerte no hiciera
tan repugnante atentado.
La naturaleza nunca
pierde sus derechos santos,
y aquel que los desconoce
es imbécil, ó malvado,
D. PEDry-O,
¿Y Bruto?
f 01i! no le nombréis:
fue un parricida.
Pues Cásio
no le fue entonces en zaga.
¡Ya se ve!
' D. Pedro.
Mas lo contrario
¿no eligisteis liace un credo?
al menos lo habré soñado.
Es que entonces.,.*
D. Ped e o.
Es que entonces
era el paciente un estrario,
y á su costa siempre es i ueno
ser justo y cargar la mauo.
¿No es verdad?
Que responder ap.
no se.
Pero ese adversario
de Carlos, ¿quién es? ¿Se puede
fiaber?
Señor 5 lo 'gnoramos 5
y si Cários no lo dice...,
1^0 diré yo.
j Mentecato! (í S<'V, ap,
¿no ves que á lu amada i ioia
comprometes?
Pero Carlos, {Jo mis
¿he de permitir.... Jiiu d Cari ^
¿Qu¿es eso.
Señores?
Nada, un encargo
que le dejo.
¡Lindo cuento!
Pues como dé los recados
como los consejos...
Y '.yo.,
si vmd. no tiene rep:iro,
D.. Carlos y nos marcharemos
juntos.
No lo íeu^i^o. Vamos.
j AI, Virgen santa! Oiga vmd. (ap. d
¿Donde va el chico? D. Ped,)
D. Pédro.
A sil cuarto (ap» d D»
á que »e desnude, y duerma Ferm.^
el tiempo que ha trasnochado
D. Fehmiist.
J Con que, á la cárcel! alto*
No hai medio;
es fuerza formar sumario,
y remitirlo á Pamplona.
D. Termiít.
Pues, seilor, acompañarlo
quisiera yo hasta la cárcel*
Venga vmd.
Pronto despacho,
y á mí vuelta, Severo, d D. SeP.
tenemos que hablar un rato
á solas.
D. Severo»
Está mui bien.,
D. PF-DRO.
Vamos 5 que nuii (arJe.
Yarnos^
DoTiA Tomasa.
j Qué desdicha!
¡SeíiorJto
de mi vida!
¡Qué f|uebranío!
¡Eq la Cc^rcel ua Peralta!
¡Ai, si mis antepasados
levantaran la cabeza,
no se arajara mal fandango!
ScEiNA vil.
D. SEVERO solo.
D. Skvero.
jQii¿me sucede! ¿Que pasa
por m¡? No se lo que íue;
mas desde que puse el pie
eii esta maldita casa,
ni uie conozco j ni puedo
hacer sino desatinos.
[Cuál será, cielos divinos, el fin de todo este enredo! Si se llega á descubrir que fui yo quien lia reñido con Carlos, estoi lucido; y siúo, ¿lie de permitir que él suíra en dura prisioa mientras que alegre paseo? es imposible ^ y yo creo que fuera una vil acción silencio tan criminal. Asi romperlo sabré.... Mas ¡necio! ¿y qué ganaré? ^'mi mal calmará su mal? Ño por cierto, y solamente se logrará en realidad, sin curar la enfermedad, aumentar otro paciente. Mi temor crece á medida que los riesgos se acrecientan, y las dudas atormentan mas mi peclio que la herida: fuerza será que yo busque mi remedio en un consejo, antes de que vuelva el viej» y su cólera me ofusque. A Flora voi á bascar, 0lla. será mi doctor, si un mal que liá causado amor, amor lü sabe curar, K 2 su
Acto quinto
ACTO QUINTO.
ESCENA I.
DOÑA TOMASA Y D. SEVERO.
Señor vuestra desconfianza
al desaliento os entrega,
y os arruina porque os ciega.
El amor ¿no os da confianza?
El es toda mi esperanza.
Pues bien, si confiáis en él,
á su culto sed mas fiel,
y no ofendáis su respeto.
¿En qué?
Eu dudar de mi afetoj
que sí yo no soi infiel
á la fe que prometida
os tengo, lio s¿lo que
podáis temer.
D. Severo#
Yo lo s¿.
Temo mí opinión perdida
y el grito de una ofendida
conciencia, temo también
el merecido desden
del anpiano D. í'ermin,
y temo á todos • que en fin,
teme bien qaien no obra bien»
Nunca conaprender pudiera
vuestro estraño sentimiento,
si una parábola ó cuento
su esplicacion no me diera.
Dicen, que allá en la Babiera
cierto quídam se encontró
tin pendiente, y que le halló
tan fiüo, terso y brillante ^
que desde lue^ijo diamante
y baeno le pareció.
Por su desgracia un platero y
á quien lo quiso vender,
hizo pronto conocer
á est^e pobre caballero,
que su valor era cero;
y á pesar de su jactancia,
confesó al fin, que en sustancia
la joya fon ponderncla
era (si vmd. no se enfada) i
solo un:j. piedra, y de Eraucia.
En vano se desespera,
lloi^, sé queja v maldice
hallíí'^go tan i n felice.
3Sr linca consolado fuera,
si la fortuna no hiciera *
que á su lado reparó,
cuando menos lo pensó,
iin pequefiuelo inocente
jugando con el pendient<í
compañero del que halló.
¡Ola! dijo el aburrido,
esle niño se complace,
y ale2;re se satisíace
con nn diamante fingido:
pues sino hubiera tenido
por fino, terso y brillante
á mi soñado diamante,
también con él jugaría:
luego la culpa fue mia,
y no del liado inconstaitte.
j Ai Plora! tenéis razón:
ya. conozco mi flaqueza.
Do^A Tomasa.
Perdonad á mi franqueza
hija de mi estimación.
D. Seyero.
Agradezco la lección,
que ingeaiüsa me habéis íadot
la violencia de mi estado
la debo á mi necio error,
pues quise darme un valor
demasiado exagerado^
DoÑ^ Tomasa.
¿Lo conocéis?
Sí j señora.
Probadlo.
Decid en qaé?
DüÑA Tomasa.
Lo diré, y no tardare';
pero no puede ser ahora.
I). Severo.
Enfopcps, amable Pkn-a,
salisíaceros no puedo.
Tenga una especie de miedo...
¿En que fundáis tal engaño?
En qne á vuestro desengaño
todavía no concedo
toda la fe ciue pudiera.
Quediid, Severo, con Dios.
Qué ¿os vais?
Do^A Tomasa.
Sí, que con vos
mas arriesgo que debieva.
Señora, daros quisiera
esa prueba que pedís.
¿De buena fe lo decís?
^Lo dudáis?
¡Ai D. Severo!
si el desengaño es sincero
2nas sabréis que presumís. *
ScKNA ir.
JD. SEBERO solo.
Se va y me deja entregado
á la ínceytidumbre fiera,
sin que pueda mi cuidado
verse jamas aliviado
de im mal que le desespera.
¿Qué será lo que tendrá
que decirme esta muger?
ignoro lo que será;
mas si el tiempo lo dirá,
dejémosle, pues, correr.
ScENA iti.
COLASA y dicho.
¿D. Severo?
¿Nicolasa?
Aunque vmd, siem pre está serio
conmigo, yo, sin rirLaro;©,
hai'e dos iioras que espiTO
la ocasTori de liabUr á solas
con vmd.
Yo no se',
sino solo qne no miento
ni exao f^ro; y para prueba
de lo Jicho, decir debo
á vmd. que también conozco
sus pesares y secretos.
Cabalilo.
[Ola! ¿En qne puedo jro servirte? COLASA. No, señor, sí I.i qne puode aqiii hacerlo en lavor de vnid. aoi yo» D. SEVERO. ¿!Ea mi favor? COLASA. Si por cierto. ¿Estamos solos? D. SEVERO. ¡Dios mió, ap. volvemos á los misterios y u los tapujos! Si esíanios. COLASA. Pues sepa vmd. D. Severo, que aunque parezco criada, soi mas de lo que parezco; pues soi el úuico archivo donde todós los secretos de los P^íi'ahas se guardan 5 soi íid-énias ronsejero na(o del padre, de la Kija, d^l hermano, de los deudos^ de los araigos de casa, de los {■riad4;)s, y aun de aqu q u e lia m a m os co nocidos, porque conocemos menos. 1). Severo, ■ Pues, Colasa, en par¿ingon tuyb ¿qné hace ese consejo de Navarra? COLASA.
¿Los conoces?
Sí, Señor, ni mas ni menos:
sino, dígalo el amor
á Doña Flora, los celos
cíe Carlos, el desafío,
luee;o líi casa de juego,
la noche pasada en claro,
el natural sentimiento
por la prisión del amigo,
los temores y recelos
de que se descubra el ajo,
y también ciertos enredos,
como mentiras, ficciones,
efugios y...
Basta, veo
que estas al cabo de todo,
y no es necesario..
Bueno
era quitaros la duda,
por SI acaso.
No la tengo,
por cierto.
Pues bien, entonces
os dír(^, sin mas rodeos,
que una cierta inclinación
simpática que os profeso.
¡Calla! ¿También se conoce
en aqueste triste pueblo
la simpatía?
Sí y señor.
Si cualquiera en estos tiempo!
simpatiza con cualquiera.
Pues, hija, bendiga el cielo
tales tiempos. Sigue, sigue.
Digo yo, que cierto afecto,
cuya causa desconozco,
aunque siento sus efectos,
me determina á serviros,
dándoos, señor, un consejo.
Venga, pues aunque no sea
un gran partidario de ellos;
pues dados, son arriesgados,
y si se reciben, necios.
Mire vmd. lo que es el mJo,
como conozco el terreno.
no liaya niii^ lo que nos daño.
Vaya, dilo.
Cor.ASA..
Os aconsejo
que os quitéis la n^ascarilla.
¡La mascarilla)
Ts o veQ
otro camino que pueJa
salvaros.
D. Sevei\o.
Ni yo cü reprendo
lo que me queréis decir
Cüu eso.
^No? pues nmi presto
lo s.'iLrcis si me escucháis:
atención, y va de cuento.
Entre los varios quehaceres
que atosigan á los viejos,
el primero y principal
es la elección de los yernos.
Mi amo D. F^rmiu, no solo.
po? su mal f uvo este empello,
sino que quiso tambiea
buscar un yerno per íecto;
y eso es, señor, imposible.
¿No es cierto?
Cierto, y mui cierto.
Cuando ú fin se decidió
por vmd 5 fue, por supuesto,
convencido de que habia ^
encontrado aquel modelo
dt perfecoion que buscaba;
y yíi vé vmd. si está lejos
de haberlo hallado: ¿no digo
bien?
Mui bien.
Si sus defectos
de vmd, sus calaveradas ^
y todos sus devaneos
se pudieran descubrir,
no hai duda que nuestro viejo
andana se llamaría.
Eiilonces vmd, perdiendo
el engañoso mrniz
que ocultaba los remiendos,
se quedííra tal cual es,
y tal cual soa entre ciento
los noventa y nueve: entonces
libre del pasado empeño
pudiera vmd. contratar
con Flora otro empeño nuevo,
y casarse, y tener hijos,
y conseguir luego un.,.
D, Severo.
¡Fuego
con el consejo que das!
¿Y quieres tú que yo mesmo
diga y confiese...
¿Que Importa
que sea vmd. ó sea un tercero
en discordias, el que cuente
todo? Asi siempre es muí bueno
el tomar la delantera.
Con todo, tengo recelo 5
y después el amor propio
padece mucho con estos
desenlaces.
¡Ai, señor,
*0Í
el amor propio y los celos,
como á los paracaidas
los sostiene solo el viento.
Si; pero jo me conozco,
y aanque estuviera año y medio,
estoi seguro, Coiasa,
que me faltara el ¿iliento,
si tuviera que decir
cara á cara...
¿No es sino eso?
Pues Lien^ corre de mi cuenta:
yo me encargo.
Ni por pienso,
no quiero que me descubras.
Vmd. lo que tiene es miedo,
y pues milagrosamente
nuestro enemigo tenemos
en campaña, verá vmd.
si merezco ó no merezco
la coiiíianza general.
Galla 5 por Dios,
ESCENA IV.
D, FERMIN y dichos.
esto! contra vmcl. lo mismo
que si í'uera ya su suegro.
Pues, señor, lo siento mucho.
Dígame vmd^ ¿^{'■•^ embelecos,
que eiirt-dos 5 qué trapisondas
son estas? ^' por qué está preso
Carlos? ^ por qué la Florita
Hora? ¿por qué está vnid. serio,
cabizlxijo y taciturno?
Responda vmd.
Yo me siento
algo malü^ y á eso atribuyo
mi tristeza.
el mal?
¿Es del cerebro
[ JesMS! no señor, SI es el mal del descontento, dolencia ^ que solamente suele cebarse en aquellos que han estado mas robustos, porque los encuentra menos hechos á padecer. D. rERMIN. Di me, Colasa, y qué sabes de eso? COLASA. Con que ¿no lo se? Pues vaya, preguntadle á D. Severo, sino es cicn'to que padece una zozobra, un interno disgusto, una comezón á manera de recelos, y sobre todo ^ señor, im peso en la frente, un peso. D. FERMIN. Ese es mal de novios. Cclasa. Suele también muchas veces serlo: pero aquí no es rniú de novios. 4». que es solo... D. FERMIN. ¿Qué? COLASA. Desconlent® cíe sí mismo, precisión de hablar con vmd, gran miedo de que se eufade, y por fin, indigestión de un secreto que necesita salir, y no puede. D. FERMIN. ¿Es esto cierto? d Sei\ D. SEVERO. Nicolasa se chancea, y sn íí;enio placentero quiere sin duda á mi costa... COEASA. No, señor, no me chanzeo: vmd. tiene un secretado... D. SEVERO. Nicolasa... Cor.AsA. Yo no entiendo de señas: liarlo lie callado, y si ahora no hablo, reviento. D. SEVERO. Pues mejor será que yo me retire. Hoi es correo, precisamente dos carf¿is tengo que escribir. C01.ASA. No quiero que tales cartas se escriban hasta salir del aprieto consabido. Venga vmd. acá_, señor D. Severo, y dig¿i al que en infusioa está para ser su suegro, cómo ha pasado l i noche, • no en su cama, ni al sereno, sino en casa de la Pepa la mnger del estauquero. D. Permití. ¿Fumando? COLASA. No tal, jugando y perdiendo su dinero, y aun el- Vuestro de Taíídla. . ^-í" '■• J), Fermín. ¿Y qué mas? 4*^ COLASA. Que si fue al juego, fue solo por disimulo; pues escuvo antes riuendo con Carlos. T), Permin. ¡Con Carlos! COLASA. Sí, por linos ciertos requiebros dichos á'Doiia Plorita. D. FERMIN. • Que'! ¡También esa! COLASA. Y no fueron, por parte del señorito, iní Ululados estos celos, que el señor gusta de FíoVa, y Flora no i!;usta menos del señor. ¡Ai!... Ya salimos del apuro. D. FERMIN. I Qué oigo, cielos! D/game vmd, señor mió, si dar entera í'e puedo á lo que dice Colasa. D. SEVERO. Señor... haí ciertos momentos en que... D. Permiist. No quiero disculpas: bien sé que no liai hombre cuerdo á caballo, y por lo tanto, sin dilación ni rodeos, solo exijo uua respuesta categórica. D. SEVERO. No encuentro que decir, D. FERMIN. Vamos 5 ¿sí ó no? D. SEVERO. Pues, Señor, yo lo confieso; es verdad cuanto ella dijo. D. FERMIN. ¿Cierto? D. SEVERO. Ciei'to. D. FERMIN. Eso supuesto. cl¿í?re los brazos, y apnVta, quo estol loco de contento. D. Severo^ Qué es esto? D. FERAiiivr. Válgame Dios, qué íortuna! D. SEVERO. ¿Estol durmiendo? D. FERMIN. Un yerno amable, sensible, y enamorado en extremo 5 un 3^erno pundonoroso y nada cobarde; un yerno amigo de diversiones, de trasnoches y de juegos? ¡Qué hallazgo! Yo, ([u»^ espera teniendo un yerno perfecto, ser mártir de su virtud, hallarme uno, de quien puedo murmurar, quien sabrá darme á cada instante prelestos para reñirle, y quejarme á los vecmos y deudos? Vaya, vaya, ¡qué fortuna! Ahora si que seré suegro «n forma, sin m^no^cabo de mí clase y privilegios. Mas ¿qué es lo que me detiene? ¿por qué no marclio corriendo á buscar un escribano y un cura 5 que os casen luego? COLASA. ¡Qué los case! ¿Quién con qiiiéa? D. FERMIN. Mi Tomasa con Savero; ¡buena pregunta! COLASA. ¿YFlorlla? D. FERMIN. Que se vaya á los infiernos. A Dios, á Dios, yerno mío, ten paciencia, pronfo vuelvo. D. SEVERO. Esperad, por Dios, señor, escuchadme. D. Permití. Ya no liai tiempo; pero cuando estes casado í© escucharé como un muerto. ESCENA V. Z>. SEVERO Y COLASA. P. Severo. Ahora bien, Colasa, ¿qaé podraíí decir de t¿il aventura? COLASA. Callar y reír. D. SEVERO. ¿Kelr? COLASA. Sí por cierto. D. SEVERO. ¿Te burlas de mí? GoLASA, No tal; pero ¿cómo podré resistir el flujo de risa cuando D Fermín en vez de enfadarse, te casa? D. SEVERO. Y por tí. por tí solo lia sido. COLASA. ¿Y quien presumir pudiera este lance? Mas 5 en fin 5 decid, ¿os casáis? D. SEVERO. ¿Y cómo lo puedo eludir? COLASA. Pronunciando un 720 en lugar de un sí, D. SsvEiio. ¡Qué estrano suceso! ' Colasa. De un viejo Hiaslia es el tragadero puerta de toril. Dé Severo. Colasa ¿qué liaremos? COLASA. Fuerza* e§ discurrir un medio. M 2 .4m D. SEVERO. ¿Y qué medio? COLASA. ¿Queréis por san Gil, que os dé otro consi jo? D. Seviíro. Vaya por Dios. Di, COLASA. QQÍe'n es tan coharde que teme suírir, DO busque en los otros ló que no halla en sí; que ti valor ageno no puede servir en dafio tan propio como el suyo; asi suíra su quebranto ó aprenda á vivir, ESCENA VI. DOÑA TOMASA y dichos. TOMASA. Severo, Colasa, ¡ai trible de mí! perdidos estamos. D. SEVERO. ¿Qué sucede? di. Colasas ¿Qué es esto, señora? TOMASA. jAi, que entrar yo vx al señor D. Pedro! COLASA. ¿Solo? TOMASA. TJn ministril enjambre le sigue ^ y vienen por tj sin duda. Severo. D. SEVERO. Dejadlos suLir, que nunca lie temido la cárcel por sí, sino porque pude antes delinquir. ScENA VIT. D. PEDRO y dichos. D. PEDRO. Seilor D. Severo, ¿prometéis decir verdad? D. SEVERO. Jamas supe que cosa es mentir. D. PEDRO. ¿Sois vos. quien con Garlos hubo de reñir ayer por la noche? D. SEVERO. Si 5 señor^ yo Fui. D. PEDRO. ¿Que puede escusaros? D. SEVERO. Ser hombre, y que en mí se hallen las llaquezas que eu los oíros vi. D. PEDRO. Pues debo prenderos. 4W D. SEVERO. Prended y cu m p H d como jaez, qne yo toiíio hambre ctiaiplí. D. Tbob-o- Alguacíles, ola, al i^unto venid. ESCENA ULTIMA. D. FERMIN, D. CARLOS y dichos D. CARLOS. Aquí está un cuñado. D, Permin. Y un suegro está aquí. COLASA. Dos son solo y y sobra mas de un alguacil para sujetar aunque lüera al Cid. D. SEVERO. Pero señores, ¿qué es esto? ¡Qüe dichosa novedad! ¿Carlos paesto en libertad t.in imprnsailo, tan prp«(o? Todos c¿illaii: ¡lindo ¿ifan! ^* No se me qui(n-e decir de dond'^ pudo venir tanta dicha?... y ¿donde están los alí^uaciles, que preso debuM'on ponerme ahora? Dilo ^ Carlos; h¿iblad, Flora, ó ¿queréis que pierda el seso? D - una duda tan cruel evitadme los temores. D. FERMm. Y ¿quien le pone, señores, á este gato el cascabel? ¿quien le dice la verdad? D. PEDRO. A vos os toca. D. Fermiíí. A mí no. D. Garlos. Yo no lo diiro. COLASA. Ni yo. D. FERMIN. D. Pedro hablad. D. Caklos. Padre hablad. D. Permiií. Habla tu. D. CARLOS. ¿Quien esto víó? los bijos deben callar. D. SEVERO. Con qué ¿nadie quiere hablar? TOMASA. Sino quieren lo haré jo. Ignoro si me asegura mi sexo la iaipunidadj pero sabed la verdad aunque arriesgue mi ventura. Señor D. Severo, si de alguno os podéis quejar, no tenéis que titubear, pues debe de ser de mi. Y en prueba, deciros quiero, aunque á Elora hayáis querido, que Flora es nombre fingido, y Tomasa el verdadero. D. SEVERO. Señora, ¿vos sois Tomasa? TOMASA. Sí scílor, de mala gana. D. SEVERO. ¿Y sois de Carlos hermana? TOMASA. No tiene otra hermana en casa. D. SEVERO. Liioo'o lia sido fino-imieuto sLi pasión j vuestro desvio, sus celos y el desafio. TOMASA. No liai duda: todo f ue cuento, D. SEVERO. ¿Y que causa provocó tal enredo? TOMASA. Vuestra fama. D. SEVERO. ¿Mi fama? TOMASA. Sí, que una dama siempre un marido temió con la rara cuaKcíad de perfecto en demasía, que "un necio solo confia en la agena necedad. D. SEVERO. Luego quisisteis que jo desatinos cometiera. TOMASA. Y quisimos bien, pues era el camino que se halló para haceros conocer el valor de la indulgencia. D. SEVERO. ¡Tan bella y con tal prudencia! TOMASA. Siempre es bueno preveer. D. SEVERO. La lección es harto dura. TOMASA. ¿Cuándo es blanda una lección? D. SEVERO. ¿Quien á tal conjuración resistiera? la lierniosura, la amistad y la experiencia so mimoron en mi daño; por lo mismo no es eslraño sucumbiera mi inocencia. TOMASA. Aquestas -conjuraciones solo os pueden enseñar: temed las que lian de Formar muí pronto vuestras pasiones. Estas son, sin duda alsi;uaa, las que mas debéis temer, y si las lográis vencer, bendecid vuestra fortuna; sin que por eso, señor, insultéis al que es vencido, pues el hubiera querido ser, como vos, vencedor. D. SEVERO. Conozco, Señora mia, vuestra razón, y la aprecio de tal modo, que en desprecio de mi orgullo, quiero un dia ser de todos c9nocido por tolerante y prudente, que es lo mismo que indulgente. TOMASA. ¿Do veras? D. SEVERO. Nunca be mentido. TOMASA. Entonces esta es mi mano, si es que mi padre lo aprueba. D. FERMIN. Dios os bendiga y os llueva mas lií jos que en el verano liai cliinclies. Pero, Severo, no olvides esta lección, que siempre los buenos son á perdonar los primeros, D. SEVERO. j Olvidar esta lección! j Jesús 5 Señor 5 que demencia! y en prueba de mi indulgencia obtendréis vuestro perdón. D. í'ermin". ¿Qué dices? ¡olí que delirio! ¡perdón yol ¿de qué ó por que? D. SEVERO. Porque vuestra casa fue donde he sufrido el martirio de una burla asaz pesada, siendo los actores de ella un anciano, una doncella con Ínsulas de casada, un juez, y en fin, un amigo á quien conocí éo su íufarci, - ' > confesad, pues, qik en sustancia os exredi.stem ccüimgo* y pues por distinto* ni0(^03 todos, D. Fermín, lo erramos, bneno será que pidamos Indulgencia para todos.