Jornada primera
JORNADA PRIMERA.
Antecámara de la habitación de doña Leonor, en el palacio
de la Aljaferia. Puerta al fondo y á ambos lados del teatro.
ESCENA PRIMERA.
Jimeno. Guzman. Ortiz. Están sentados al rededor de una
mesa, y bebiendo.
Ninguno mejor que yo
puede contar esa histeria.
Desde los tiempos del viejo
don Lope, que de Dios goza,
estoy sirviendo en la casa:
ya veis si hay fecha!
Y no poca.
Han corrido sobre el caso
noticias contradictorias.
Es lo que sucede.
Y luego,
se abultan mucho las cosas!
¡Ahora bien! Sucedió el lance,
aunque la fecha no importa,
en rail trescientos noventa.
si no es infiel mi memoria.
El señor conde vivia
comunmente en Zaragoza,
viudo entonces, con dos hijos
de su malograda esposa.
Don Ñuño, el menor de entrambos,
y don Juan que está en la gloria,
y ya contaba dos años
con diferencia muy corta.
Una noche penetró
hasta la cámara propia
del mayor, una gitana
harapienta y quintañona.
Era bruja sin remedio.
Bien lo digeron las obras.
— Se sentó á su lado: estuvo
mirándole, silenciosa,
largo rato, y la encontraron
estasiada en esta forma.
Nada malició don Lope ;
la vieja pasó por loca,
y cuando echarla quisimos,
ella, ¡nada! se hizo sorda.
A palos...
Ese fué el medio ;
mas desde aquel punto y hora,
enfermó el niño. Le habia
hechizado la bribona.
¡Cáspita! ¿pues?
Le atacaron
convulsiones y congojas
tan grandes, que se nos iba
de entre las manos por horas.
Diantre!
Y nos contaba el aya
que en legiones numerosas
se desataban las brujas
por las noches en su alcoba,
y con algazara horrible,
sacudiéndole furiosas
contra la pared, jugaban
con el niño á la pelota.
Jesús! yo me hubiera muerto!
Era pesada la broma!
Y don Lope?
Hizo quemar
á la vieja encantadora.
Cuánto me alegro! y el chico,
sanó?
Sí ; pero qué importa?
No quisieron entenderme,
que si mi opinión se adopta,
no me queda una gitana
diez leguas á la redonda.
Y á Azucena, sobre todo.
Su hija?
Sí ; y era la moza
pintiparada á su madre,
como una gota á otra gota.
Y en fin, dime con quien andas
Pues en estas y en las otras,
el niño que estaba ya
redondo como una bola,
desapareció.
Qué diantre!
Nuestra diligencia toda
fué inútil: solo encontramos
un tizón de humana forma
en el sitio donde habían
ajusticiado á la loca.
Le mataron!
Y en la hoguera.
Y no la buscasteis...
Toma!
Pero en vano ; y sin embargo,
como la viese yo ahora...
La conocierais?
Sin duda.
La venganza fué diabólica!
Mas yo apuesto á que la vieja
está pagando la costa
en el intierno.
Quién sabe!
Pues qué?...
Mi opinión es otra.
Han sucedido después
ocurrencias misteriosas!...
Contádmelo á mí!
Pues cómo?
La habéis visto?
Sí.
En persona?
Si no en la suya, á lo menos,
bajo mil distintas formas.
Noches atrás, convenida
en lechuza, entrón deshora
en mi aposento, mirándome
de una manera espantosa.
Me apagó la luz, y yo
me arrebujé con mis ropas
por no ver aquellos ojos
que brillaban en la sombra!
Póseme á rezar, y... nada!
hasta que al tin, pavorosa
levantó el vuelo, azotando
las paredes de la alcoba.
Al sentir que me tocaba,
di un grito, y ella furiosa
lanzó un horrible graznido,
y se escapó... y hasta ahora.
Bravas cosas me contais ;
pero en cambio sabréis otras
que son mas frescas, si no
tan raras y tan curiosas.
Sí?
Pero cuenta que nadie
trasluzca que de mi boca
ha salido..
Pues?
Si el conde
llega á saberlo, me ahorca.
El conde?
Todo ello es nada!
nada! travesuras propias
de la juventud, que es siempre
tan ardiente como loca.
(A Orliz.)
Ya sabes que está perdido
de amores por tu señora.
No ha de estarlo?
Es muy discreta
y tan noble como hermosa.
Pero no lo sabéis todo.
— Podréis creer que ella adora
á ese trovador, que antaño
pasaba las noches todas
desvelando nuestro sueño
con su laúd y sus trovas?
Y que aun viene.
Pues no dicen
que la pretensión apoya
de ese conde que dispula
á nuestro rey la corona?
Pues sin embargo...
Atreverse
un hombre de tal estofa
á pretender á una dama
de estirpe tan generosa!
No negareis, sin embargo,
que es muy galán, y que goza
fama de valiente.
Y eso?...
Para las mugeres, sobra.
Pero quién es?... no se sabe!
cuál es su cuna? se ignora.
— Es lo que el conde decia ;
dónde está su ejecutoria?
Tal vez será algún hidalgo
pobrelon, y aun se me antoja...
Al cuento.
Ya sabéis bien
la confianza que me otorga
el conde. — Anoche, en su cámara,
estando con él á solas,
me dijo: «Escucha Guzman!
esa lealtad que te abona,
me obliga á que te confie
mis penas y mis zozobras.
Esta noche me acompañas
á una empresa peligrosa ;
que hoy se cumple mi ventura,
ó mis desdichas se colman.
Sigúeme,» añadió, y salimos
aprovechando las sombras,
y esperando sorprender
en su nido á la paloma.
Cómo! en palacio...
(A (Miz.) Cuidado!
que duna Leonor conozca...
Va sabes que puede el conde
contar conmigo.
En buen hora.
Pues al llegar al vedado
umbral! figuraos su cólera!
del laúd del trovador
oyó las pausadas notas.
Del trovador! pues estaba
en el palacio á esas boras!
Y en el jardín de su alteza.
Locuras de gente moza!
Allí estará, esclama el conde
con voz conmovida y ronca,
y á la escalera se lanza.
— La noche era tenebrosa!
El cantor, que, por lo visto,
á mi señor equivoca
con algún pobre escudero,
el campo nos abandona.
Doña Leonor llega entonces,
y a la parte mas remota
del jardín, lleva á don Ñuño
enamorada y gozosa.
Pero bien pronto, al oir
las atrevidas lisonjas
del conde, su error comprende
y le rechaza y se enoja.
En esto un hombre se llega
con faz encendida y torva,
y ambos en silencio cruzan
di' sus espadas las hojas.
Y qué?
Desarmado el conde,
perdió en una dos victorias.
— Cuando llegué, todo habia
volado como en tramoya.
No os parece una locura
que así mi señor se esponga...
En efecto.
Y si la reina
llega a saber estas cosas!...
ab
(Mirando adentro.)
Silencio! pienso que está
levantada mi señora.
Temprano para quien vela i
Nadie dirá que trasnocha.
No es aquel su hermano?
Él es,
siempre con la cara fosca!
Hay tempestad.
Vamonos
antes que la nube rompa.
( Vánse por el fondo ; un momento después, salen
por la izquierda Don Guillen, Leonor y Jimena.)
ESCENA U.
Don Guillen. Leonor. Jimena.
Mil quejas tengo que daros
si oirme, hermana, queréis.
Hablar, don Guillen, podéis,
que pronta estoy á escucharos.
Si á hablar del conde venís
que será en vano os advierto,
y me enójate por cierto
si en tal lema persistís.
Poco estimáis, Leonor,
el brillo de vuestra cuna
menospreciando al de Luna
por un simple trovador.
Qué visteis, hermana, en él
para así tratarle impía?
No supera en bizarría
al mas apuesto doncel?
A caballo, en el torneo
no admirasteis su pujanza?
A los botes de su lanza...
Que cayó de un bote creo.
En fin, mi palabra di
de que suya habéis de ser,
y cumplirla he menester.
Y vos disponéis de mi?
O soy ó no vuestro hermano.
Nunca lo fuerais por Dios,
que me dio mi madre en vos
en vez de amigo un tirano.
En fin, ya os dije mi intento:
ved cómo se ha de cumplir.
No lo esperéis.
O vivir
encerrada en un convento.
Lo del convento mas bien.
Eso tu audacia responde?
Que nunca seré del conde....
nunca; lo oís, don Guillen?
Yo haré que mi voluntad
se cumpla aunque os pese á vos.
Idos, hermano, con Dios.
Leonor...! á Dios os quedad.
ESCENA III.
Leonor. Jimena.
Lo oiste? Negra fortuna!
Ya ni esperanza ninguna,
ningún consuelo me resta.
Mas por qué por el de Luna
tanto empeño manifiesta?
Esa soberbia ambición
que le ciega y le devora
es ¡triste! mi perdición.
Y quiere que al que me adora
arroje del corazón!
Yo al conde no puedo amar,
le detesto con el alma:
él vino ¡ ay Dios! á turbar
de mi corazón la calma
y mi dicha á emponzoñar.
Por qué perseguirme así?
Desde anoche le aborrezco
mas y mas.
Yo que creí
que era Manrique... Ay de mí!
todavía me estremezco.
Por él me aborrece ya.
Jimena. Don Manrique?
Sí, Jimena.
De vuestro amor dudará?
Celoso del conde está,
y sin culpa me condena. ( Llora.
Siempre llorando, mi amiga?
no cesas....
Llorando, sí ;
yo para llorar nací ;
mi negra estrella enemiga,
mi suerte lo quiere asi.
Despreciada, aborrecida
del que amante idolatré,
qué es ya para mí la vida?
Y él creyó que envilecida
vendiera á otro amor mi fé.
No, jamás... la pompa, el oro,
guárdelos el conde allá ;
ven, trovador, y mi lloro
te dirá como te adoro,
y mi angustia te dirá.
Mírame aquí prosternada;
ven á calmar la inquietud
de esta muger desdichada:
tuyo es mi amor, mi virtud...
ftle quieres mas humillada?
Qué haces, Leonor?
Yo no sé....
alguien viene.
Él es, por Dios!
Y dudabas de su fé!
Jimena!
Te estorbaré....
solos os dejo á los dos.
ESCENA IV.
Leonor. Manrique. (Rebozado.
Manrique! eres lú?
Yo, sí...
no tembléis.
No tiemblo yo:
mas si alguno entrar te vio...
Nadie.
Qué buscas aquí?
qué buscas...? ah! por piedad...
Os pesa de mi venida?
No, Manrique, por mi vida;
me buscas á mí, es verdad?
Sí, sí... yo apenas pudiera
tanta ventura creer ;
lo ves? lloro de placer.
Quién, perjura, te creyera!
Perjura?
Mil veces, sí...
mas no pienses que insensato
á obligar á un pecho ingiato,
á implorarte vine aqui.
No vengo lleno de amor
cual un tiempo...
Desdichada!
Tembláis?
No, no tengo nada...
pero temo tu rigor.
Quién dijo, Manrique, quien,
que yo olvidarte pudiera
infiel, y tu amor vendiera,
tu amor, que es solo mi bien!
Mis lágrimas no bastaron
á arrancar de tu razón
esa funesta ilusión?
Harto tiempo me engañaron.
Demasiado te crei
mientras tierna me halagabas
y, pérfida, me engañabas.
Qué necio, qué necio fui!
Pero no, no impunemente
gozarás de tu traición:
yo partiré el corazón
de ese rival insolente.
Tus lágrimas 1 yo creer
pudiera, Leonor, en ellas
cuando con tiernas querellas
á otro halagabas ayer?
No te vi yo mismo, di?
Sí; pero juzgué engañada
que eras tú: con voz pausada
cantar una trova oí.
Era tu voz, tu laúd,
era el canto seductor
de un amante trovador
lleno de tierna inquietud.
Turbada perdí mi calma,
se estremeció el corazón,
y una celeste ilusión
me abrasó de amor el alma.
Me pareció que te vía
en la oscuridad profunda,
que á la luna moribunda
tu penacho descubría.
Me figuré verte allí
con melancólica frente
suspirando tristemente
tal vez, Manrique, por mí.
No me engañaba... un temblor
me sobrecogió un instante...
era sin duda mi amante,
era ¡ay Dios! mi trovador.
Si fuera verdad, mi vida
y mil vidas que tuviera,
ángel hermoso, te diera.
No" te soy aborrecida?
Tú, Leonor? pues por quién
asi en Zaragoza entrara?
por quién la muerte arrostrara
sino por tí, por mi bien?
Aborrecerte I quién pudo
aborrecerte, Leonor?
No dudas ya de mi amor,
Manrique?
No ; ya no dudo.
Ni así pudiera vivir:
¿me amas, es verdad? lo creo,
porque creerte deseo
para amarte y existir.
i'orque me fuera la muerte
mas grata que tu desden.
Trovador!
No mas; ya es bien
que parta.
No vuelvo á verte?
Hoy no, muy tarde será.
Tan pronto te marchas?
Hoy:
ya se sabe que aqui estoy ¡
buscándome están quizá.
Sí, vete.
Muy pronto fiel
me verás, Leonor, mi gloria,
cuando el cielo dé victoria
á las armas del de Lrgel.
Retírate... viene alguno.
Es el conde!
Vete.
Leo- Cielos!
Mal os curasteis mis celos...
qué busca aqui este importuno?
ESCENA V.
Manrique, Don NuSo.
Qué hombre es este?
Guárdeos Dios
muchos años, el de Luna.
(Pesia mi negra fortunad
Caballero, hablo con vos ;
si porque encubierto estoy...
Si decirme algo tenéis,
descubrid...
Me conocéis? (Descubriéndose
Vos, Manrique!
El mismo soy,
Cuando á la ley sois infiel
y cuando proscrito estáis,
asi en palacio os entráis,
partidario del de Urgel?
Debo temer por ventura,
conde, de vos?
Un traidor...
Nunca ; vuestro mismo honor
de vos mismo me asegurra.
Siempre fuisteis caballero.
Qué buscáis, Manrique, aqui?
A vos, señor conde.
A mí?
Para qué saber espero.
No lo adivináis?
Tal vez.
Siempre enemigos los dos
hemos sido.
Sí, por Dios.
Pensáislo con madurez.
Pienso que atrevido y necio
anduvisteis en retar
á quien débeos contestar
tan solo con el desprecio.
Qué hay de común en los dos?
Habláis al conde de Luna,
hidalgo de pobre cuna.
Y bueno tal como vos.
En fin, no admitís el duelo?
Y lo pudisteis pensar?
yo hasta vos he de bajar?
No me insultéis, vive el cielo,
que si la espada desnudo
la vil lengua os cortaré.
A mí, villano? No sé(Saca la espada.
cómo en castigarte dudo.
Mas tú lo quieres.
Salgamos.
Sacad el infame acero.
Don Ñuño, fuera os espero ;
cuidad que en palacio estamos.
Cobarde, no escucho nada.
Ved, conde, que os engañáis..
Vos... vos cobarde llamáis
al que es dueño de esta espada?
La mia... Y lo sufro, no...
A recobrarla venid.
No, que no sois, advertid,
caballero como yo.
Tal vez os equivocáis.
Y habladme con mas espacio
mientra estamos en palacio.
Os aguardo.
Dónde vais?
Al campo, Don Ñuño, voy,
donde probaros espero
que si vos sois caballero.,.
caballero también soy.
Os atrevéis?
Sí, venid.
Trovador, no me insultéis
si en algo el vivir tenéis.
Don Ñuño, pronto, salid
Jornada segunda
JORNADA SEGUNDA.
En el fondo del teatro se verá la reja del locutorio de un
convento: tres puertas, una al lado de la reja que co-
munica con el interior del claustro, otra á la derecha,
que cae á la iglesia, y otra á la izquierda que figura
ser la entrada de la calle. Al levantarse el telón se verá
á don Guillen á la puerta de la derecha, mirando hacia
la iglesia.
ESCENA PRIMERA.
Don Guillen: luego Don Ñuño.
Comprendo, sí, nada alcanza,
su loco amor á estinguir,
y aqui viene á despedir
su ya inútil esperanza!
La herida que al pecho tiene
abierta, en ahondar se empeña.
— Habrá entendido mi seña?
tan ciego está... Pero él viene.
(Sale de la iglesia.) Me llamabais, don Guillen?
Señor!...
Conmovido os veo!
Os he buscado en la Seo
y en el palacio también.
Hoy quebranté mi costumbre.
¡Pero tenéis la color
perdida!
Os traigo, señor,
nuevas de gran pesadumbre.
Su alteza!...
Guárdele el cielo!
de salud completa goza.
Pues qué pasa?
En Zaragoza
todos lloran sin consuelo.'
Cómo!
La traición impía
que en yermo á Aragón convierte,
dio al arzobispo la muerte.
Qué decís I á don García?
Ahora se acaba de hallar
su cadáver junto al muro,
que de la noche en lo oscuro
le debieron de matar.
Murió como bueno y fiel.
Siempre lo fué don García.
Porque osado combatía
la pretensión del de Urgel.
Infame y cobarde acción
que he de vengar por quien soy!
Sí, sí l
Sabed que desde hoy
soy justicia de Aragón,
y si mi poder alcanza
á los traidores, os juro
por mi honor, como el sol puro,
que han de sentir mi venganza.
Quién hay que seguro esté
de algún traidor homieida?
Dígalo yo.
Vuestra herida...
Grave y peligrosa fué.
v mucho debo a mi suerte.
Cierto.
Por milagro existo,
que, por Dios l muy cerca he visto
el semblante de la muerte.
La suerte, al fin, del traidor
os dio la venganza presto.
Sí, mas ya que hablamos de esto ;
qué me décis de Leonor?
Conmigo siempre irritada
está? por qué su hermosura
marchita en esa clausura
de la corte retirada?
Señor...
Desde que dejó
el servicio de su alteza,
de contemplar su belleza
dura también me privó.
Ya no os lo puedo encubrir...
Alas por qué á la pasión miá
se muestra Leonor, impía?
Conde! qué os puedo decir?
En vano fué amenazar,
y nada alcanzó mi ruego:
esposa de Dios va luego
á postrarse ante su altar.
Los lazos de su amor, rotos
mira, y al mundo renuncia,
y en fin, hoy mismo pronuncia
en ese templo sus votos.
Conque era cierto I insensible,
á mi cariño prefiere
un claustro! nada hay que espere!
mi ventura es ya imposible.
Bien lo veis.
En mi aflicción,
largo tiempo esperé en vano
ablandar aquel tirano
indomable corazón.
Ha despreciado mi fé
y mi amor, y el sufrimiento
con que llevé mi tormento
y sus rigores lloré.
V hoy poniendo entre los dos
de la religión el muro,
contra mi amor, el seguro
amparo busca de Dios.
Tal flaqueza apenas creo!
de ese amor débil vasallo...
Siempre.
Por eso aquí os hallo
cuando os buscaba en la Seo!
Ingrata...
Cuando el rumor
llegó, don Ñuño, á su oido,
de que habia sucumbido
en Velilla el trovador,
desesperada, llorosa...
No habrá un medio, don Guillen?
Ninguno: ni ya está bien...
Decís que aun no es religiosa?
Pero lo será muy luego.
Iré yo á verla: yo iré!
si es fuerza. la rogaré.
Despreciará vuestro ruego.
Tan en estremo enojada
está?
No sabéis, señor,
que no hay tirano mayor
que la muger si es rogada?
Pues bien: la arrebataré
á los pies del mismo altar.
Si ella no me quiere amar...
yo á amarme la obligaré.
Conde!
Sí, sí! loco estoy!
no os enojéis, no he querido
ofender...
Noble he nacido,
y noble, don Ñuño, soy.
Basta! ya sé, don Guillen,
que es ilustre vuestra cuna.
Y jamás mancha ninguna
la oscurecerá.
Está bien: (Con impaciencia.)
dejadme.
Quién mas que yo
este enlace estimaría?
mas si amengua mi hidalguía,
no quiero tal dicha, no.
Decís bien. (Enojado.)
Si os ofendí...
No, dejadme: fuera están (Reprimiéndose.)
mis criados; á Guznian
que entre, diréis.
Lo haré asi. (Váse por la izquierda.)
ESCENA II.
Don Ñuño, luego Guzman.
Gracias á Dios, se fué ya,
que, por cierto, me aburría.
Qué vano con su hidalguía
el buen caballero está!"
Si no me quiere servir,
será diligencia vana:
ó ha de ser mía su hermana
ó por ella he de morir.
(Sale por la izquierda.) Me llamabais?
Ven aqui:
acércate.
Qué tenéis
que mandarme?
Habla mas bajo,
Di, le atreverás á hacer
lo que te diga?
Estoy pronto.
A todo? piénsalo bien.
Aunque me cueste la; vida,
podéis de mí disponer.
I. o sé, Guzman: siempre has sido
de mis gentes el mas fiel.
Y lo seré mientras viva:
vuestro capricho es mi ley.
Ya conoces á la ingrata
doña Leonor de Sesé,
y sabes cuanto he sufrido
por su rigor y esquivez.
Demasiado!
V para siempre
voy mi esperanza á perder
si no me ayuda tu arrojo.
Para eso el llamarte fué.
Yo debí olvidarla ; pero
mi corazón, y tal vez
mi orgullo, me impulsan hoy
á humillarla: esto ha de ser.
Cuando Manrique murió
en Velilla, imaginé
que resignada á su suerte,
ó instable como muger,
consintiera en aceptar
mi nombre y mi amor con él.
Inútilmente! la ingrata,
en su invencible desden,
prefiere á mi amor, de un claustro
la espantosa lobreguez.
Y donde?...
Hoy mismo aqui debe
profesar.
Hoy mismo! y qué?...
Estorbarlo es necesario. (Con intención.
Daros gusto es mi deber.
Nada te sucederá:
yo te lo prometo. El rey
me hace justicia mayor
de Aragón: por tanto...
Pues!
Contra ti no habrá justicia.
Es claro! quién la ha de hacer?
Elige antre mis criados
quien te acompañe.
Queréis
que hable á Ferrando?
Me agrada.
Yo le recompensaré.
ESCENA III.
Dichos y Don Lope. Sale apresurado por la izquierda.
Su alteza os manda á llamar,
señor conde.
Qué tenéis,
don Lope? venis turbado!
Turbado? pudiera ser.
Han venido corredores
del campo..
Y qué dicen?
Qué?
Malas nuevas! ha sufrido
nuestro ejército un revés.
Qué decis"?
Y Castellar,
según pude comprender,
fué entrada á saco.
Imposible!
Y se asegura también,
que han venido á Zaragoza
gentes del conde de Urgel.
La ciudad está desierta,
porque dicen que ha de haber
rebelión para esta noche.
(Ají. á Guzman.)
(Todo eso nos está bien.)
(Voy...)
(Lo mismo.) (Escucha: si encontrares
resistencia, no te des
por vencido: espada tienes.)
(Pero aquí?...)
(Yo soy tu juez.)
(Váse Guzman por la izquierda.)
ESCENA IV.
Dichos, menos Guzman.
Pero lo mas admirable
del caso, aun no lo sabéis.
Quién pensáis que es el caudillo
de los contrarios?
No sé.
Un muerto.
Don Lope!
Justo.
Y á que no acertáis quien es?
Yo?...
Pues le habéis conocido,
y aun odiado.
Pero quién?...
Ese trovador.
Manrique!
No dicen que muerto fué
en Velilla?
Sí, aunque nadie
le pudo allí conocer.
No era el mismo?
0 lo que yo
he sospechado después...
Qué?
Debe de andar en esto
la mano de Lucifer.
Don Lope! os queréis burlar?
Cada cual tiene su fé.
Y está en el castillo?
No,
sino aqui.
No puedo creer...
Esta mañana le ha visto
quien le conoce muy bien.
Y el caudillo de la trama
urdida, sin duda es él.
Es el mas osado.
Cierto:
mas puede su intrepidez
costar le cara: esta noche,
si viene, lo hemos de ver.
(Váse por la izquierda.)
Pues si los soldados son
como el caudillo... pardiezl
una legión incorpórea!
— Que todo pudiera ser!
( Váse detrás del conde, y queda el teatro por un
instante solo.)
ESCENA V.
Se dejan ver algunas religiosas en el locutorio ; la puerta
que está al lado de la reja se abre, y aparece Leonor
apoyada del brazo de Jimena': las rodean algunos sacer-
dotes y religiosas.
Jimena!
Al fin abandonas
á tu amiga.
Quiera el cielo
hacerte á tí mas feliz,
tanto como yo deseo.
Por qué obstinarte?
Es preciso:
ya no hay en el universo
nada que me haga apreciar
esta vida que aborrezco.
Aqui de Dios en las aras
no veré, amiga, á lo menos
á esos tiranos impíos
que causa de mi mal fueron.
Ni una esperanza..
Ninguna:
él murió ya.
Tal vez luego
se borrará de tu mente
ese recuerdo funesto.
El nial como la ventura,
todo pasa con el tiempo.
Estoy resuelta ; ya no hay
felicidad, ni la quiero,
en el mundo para mí:
solo morir apetezco.
Acompáñame, Jimena.
Estás temblando.
Sí, tiemblo
porque á ofender voy á Dios
con pérfido juramento.
Qué dices?
Ayl todavía
delante de mí le tengo,
y Dios, y el altar y el mundo
olvido cuando le veo.
Y siempre viéndole estoy
amante, dichoso y tierno...
mas no existe ; es ilusión
que imagina mi deseo.
Vamos.
Leonor!
Vamos pronto
le olvidaré, lo prometo.
Dios me ayudará... sostenme,
que apenas tenerme puedo.
ESCENA VI.
Queda la escena un momento sola: salen por la izquierda
Don Manrique con el rostro cubierto con la celada, y
Este es el convento.
Sí,
pero nada veo.
Si te engañaron?
No creo.
Estás cierto que era aquí?
Señor, muy cierto.
Sin duda
tomó ya el velo.
Quizá.
Ya esposa de Dios será,
ya el ara santa la escuda.
Pero...
Déjame, Ruiz ;
ya para mí no hay consuelo.
Por qué me dio vida el cielo
si lia de ser tan infeliz?
Mas qué causa pudo haber
para que así consagrara
tanta hermosura en el ara?
Mucho debió padecer.
Nuevas falsas de mi muerte
en los campos de Velilla
corrieron, cuando en Castilla
estaba yo.
De esa suerte...
Persiguiéronla inhumanos
que envidiaban nuestro amor,
y ella busca al Redentor
huyendo de sus tiranos.
Si supiera que aun existo
para adorarla... no, no...
ya olvidarte debo yo,
esposa de Jesucristo.
Qué hacéis? Callad!...
Loco estoy
Y como no estarlo ¡ay cielo!
si infelice mi consuelo
pierdo y mis delicias hoy?
No los perderé: Ruiz,
déjame.
Qué vais á hacer?
Si yo la pudiera ver...
con esto fuera feliz.
Aquí el locutorio está.
Vete.
Fuera estov.
ESCENA VIH.
Después Güzman, Ferrando.
Qué haré?
turbado estoy... llamaré?
Tal vez orando estará.
Acaso en este momento
llora cuitada por mí:
nadie viene... por aqui...
es la iglesia del convento.
Tarde llegamos, Guzman.
Quién es ese hombre?
No sé.
( Las religiosas cantarán dentro un responso: el canto no
cesará hasta un momento después de concluida la jornada.)
Oyes el canto?
Sí á fé.
En la ceremonia están.
Qué escucho.-, cielos! es ella...
( Mirando á la puerta de la iglesia. )
Allí está bañada en llanto,
junto al altar sacrosanto,
y con su dolor mas bella.
No es esa la iglesia?
Vamos.
Ya se acercan hacia aqui.
Espérate.
Vienen?
Si.
No, que no me encuentre... huyamos.
(Quiere huir, pero deteniéndose de pronto se apoya vaci-
lando en la reja del locutorio. Leonor, Jimena y el sé-
quito salen de la iglesia y se dirigen á la puerta del
claustro; pero al pasar al lado de Manrique éste alza la
visera, y Leonor reconociéndole cae desmayada á sus pies.
Las religiosas aparecen en el locutorio llevando velas en-
cendidas.
Esta es la ocasión... valor.
Quién es aquel? mi deseo (A Jimena.)
me engaña... Sí, es él!
Qué veo!
Ah! Manriquel...
§jj* \ El trovador! (Huyen.)
Jornada tercera
JORNADA TERCERA.
Interior de una cabana: Azucena estará sentada cerca de una
hoguera; Manrique á su lado de pie.
ESCENA PRIMERA.
Manrique. Azucena.
(Canta.) Bramando está el pueblo indómito de la hoguera en derredor;
al ver ya cerca la víctima
gritos lanza de furor.
Allí viene; el rostro pálido,
sus miradas de terror,
brillan de la llama trémula
al siniestro resplandor.
Qué triste es esa canción!
Tú no sabes esta historia
que está, á par que en mi memoria,
guardada en mi corazón.
Por qué?
Jamás te lie contado
este doloroso y triste
suceso; ¡nunca! Te fuiste
tan pequeño de mi lado!
Don Diego de Haro me dio
su amparo, y por él medraba.
Es verdad; mas no te amaba
tanto como te amo yo.
Perdonad! mi pobre cuna
esta ambición deslucía,
y yo vengar pretendía
agravios de la fortuna.
Haceros feliz, ha sido
mi esperanza.
Sí, te creo.
Pero en vano es mi deseo:
vos nunca lo habéis querido.
Feliz! pobre lo seré
mejor que dueña de un trono.
Yo, Manrique, no ambiciono
riquezas... Y para qué?
Me basta mi libertad,
y las montañas que fueron
mi cuna, y donde vivieron
tus padres siempre.
Es verdad!
siempre! Triste condición
á los mios ha tocado!
Tú nunca me has preguntado
por ellos.
Tenéis razón.
De un temor, bajo el imperio,
que dominar no he podido,
madre, jamás me he atrevido
á aclarar ese misterio.
Sí, Manrique! es un arcano
horrible! aqui de esa historia
vive eterna la memoria!
Quiero olvidarla, y en vano
Por qué os quisisteis fijar
en este siliol
Por qué?
porque aquí mismo, aquí fué
en donde la vi espirar.
Man- Quién, madre mia?
Sí! es cierto!
tú no sabes este amargo
suceso, no! y sin embargo...
era mi madre! aquí ha muerto!
Vuestra madre!
Era inocente;
mas se dijo entonces que era
encantadora, hechicera...
Infames!
Y á una demente!
s!, hijo, estaba loca ; pero
el vulgo desatentado
la acusó de haber aojado
al hijo de un caballero.
Y qué?
No hubo compasión
para ella, y fué condenada
á morir... á ser quemada,
sin mas causa ni razón.
Y se atrevieron tal vez...
Aquí! donde está esa hoguera,
sin que ninguno tuviera
lástima de su vejez!
Yo, Manrique, la seguía
llorando como quien llora
á una madre á quien adora ;
porque adoraba en la mia!
Unido contra mi seno
llevaba yo á mi hijo... á tí.
Volvió mi madre hacia mí
el rostro grave y sereno,
y me miró, y me bendijo:
y ya del suplicio al lado,
con acento desgarrado;
véngame! véngame! dijo.
Oh! no puedo recordar
aquella palabra, en calma!
se grabó en mi pecho, en mi alma,
y no la puedo olvidar.
Ofrecí en aquel momento
vengarla, de una manera
horrible, espantosa, fiera...
y cumplí mi juramento!
Si, la vengasteis? hablad!
Para una acción tan malvada
mil crímenes eran nada!
la vengasteis, es verdad?
Bien pronto, tuve ocasión
de lograrlo. Yo no hacia
sino acechar noche y dia
de aquel noble la mansión.
Descuidáronse: entré en ella;
al niño en brazos cogí,
y aunque salieron tras mí,
les hice perder mi huella.
Aquí vine, por mi ardor
y mi venganza, impulsada.
La hoguera ya preparada...
Cómol tuvisteis valor?...
El inocente lloraba!
tal vez implorar quería
mi compasión, y gemia,
y mi rostro acariciaba.
Quién no se doliera, quién,
de aquel acerbo dolor?
Temblé! me faltó el valor!...
— No era yo madre también?
l'ero en fin?
Yo, sin embargo,
no me olvidaba un momento
de mi madre. Aquel lamento
desgarrador cuanto amargo;
aquel espantoso grito,
que cual postrera esperanza
me encomendó una venganza
empujándome á un delito,
una y otra vez heria
mi corazón con espanto,
mientras que del niño el llanto
me helaba ó me enternecía.
Oh! bien pronto se agotó
mi esfuerzo en aquel martirio,
y un espantoso delirio
de repente me asaltó!
Entonces, como en un sueño,
allá, delante de mí
pasar á mi madre vi,
triste la faz, torvo el ceño!
y vi en tomo del suplicio
sayones que discurrían
armados, y se reian
del infando sacrificio.
Sonó un grito, «véngame! »
que cual doloroso ruego
salió espirante del fuego:
y dije: « te vengaré! »
Óyeme! desesperada,
á todas partes tendí
mi vista, y al niño así
entre mis manos, airada!
Con ánimo ya resuello,
pero ciega y delirante,
le vi rodar un instante
entre las llamas envuelto.
A sus gritos, desperté
de mi ciego desvarío!
Ay! aquel niño era el mió!
Dios santo!
¿Qué he dicho, qué?
No sois mi madre!
Insensato!
Ves como en vano se esconde
tu presunción? el del conde
era el niño.
Oh Dios!
Ingrato!
No quieres tú que yo sea
tu madre?
Pregunta estraña!
Al menos, mi amor engaña
de modo que yo te crea.
No: si otro nombre codicio
con esperanzas que halago;
si ya á mi pesar no os hago
de mi orgullo el sacrificio,
todo este anhelo de gloria
en que abrasado me siento,
no hará que os borre un momento
oh madre! de mi memoria!
lis cierto que alguna vez
he acusado á la fortuna
que puso desde mi cuna
remoras á mi altivez.
Muchas veces digo yo:
si, como mi afán desea,
fuese un Lanuza, un Urrea...
Un Artal... (Mirándole con atención.
Un Arlal nol
Si ese nombre fuera el mió,
le negaba.
Por qué es eso?
Antes hijo de un confeso.
de un esclavo, de un judío!
— Decis bien! condición necia
del hombre! vana inquietud
del que busca la virtud
en lo mismo que desprecia!
No sufriré que esa ley
injusta, en mi orgullo mande,
no! mi corazón es grande
como el corazón de un rey!
Tengo mi brazo y mi espada.
Cierto 1 qué ambicionas mas!
(¡Mirando al fondo.)
(Aun no viene!)
Pero estás
inquieto. ¿Qué sientes?
Nada.
Algún pesar te devora!
Te pesa de haber nacido
tan pobre, tan desvalido?...
Pesarme? no, no, señora!
No temas: yo no diré
que soy tu madre. ¿No estoy
cierta yo de que lo soy?
pues bien: me contentaré.
Pero al menos...
ESCENA II.
Dichos y Ruiz al fondo.
(Ahi está!)
Esperas á ese hombre?
Sí,
madre! que no os halle aquí.
No temas: no me verá.
(Se aparta á un lado.)
(Dirigiéndose á Ruiz.)
Qué hay, pues?
Que llegó el momento.
Noche de luto ó de gloria!
alcance yo esa victoria
ó exhale el postrer aliento! (Vánse los dos.)
ESCENA III.
Azucena: luego Don Ñuño, Don Gullen, Don Lope,
Jimeno y Soldados.
Ingrato! ingrato! partió
sin decirme una palabra
de cariño! sin volver
á su madre, una mirada!
— Su madre I oh Dios! que no sepa
jamás de esa historia infausta
la horrible verdad! que ignore
el brillo de su prosapia.
Si le digera, « tú no eres
hijo mió: de mas alta
familia tienes origen!...»
Qué hiciera? me despreciara!
Verme en la fria vejez
sola, triste, abandonada...
Oh! no! que nunca lo sepa!
esta es mi sola venganza.
Y para qué le salvé
la vida?
' ( En este momento se ven aparecer al foiulo solda-
dos con hachas de viento encendidas. )
NuSo ( Dentro. ) Que nadie salga
de aquí!
Cielos! viene gente!
soldados! ay! quién me ampara!
(Corre á esconderse por la derecha.)
Nadie hay aqui.
Nos habrán
burlado?
Tal vez se amparan
de ese bosque en la espesura:
mas no es posible que salgan.
La impaciencia me consume,
don Guillen 1 oh! si lograra
dar esta noche á mis celos
y á mis agravios venganza!
Pero es cierto que aun existe...
Verdad es por mi desgracia.
Ferrando y Guzman le vieron
hoy mismo, y él de esta trama
es el caudillo.
Imposible
parece tan loca audacia.
Ya lo veréis ; mas si logro
que hoy entre mis manos caiga...
( Se oye dentro rumor y algazara. )
Qué ruido es ese?
ESCENA IV.
Los mismos. Guzman.
Señor?
Quién motiva esa algazara?
Qué traéis?
Vuestros soldados
que por el bosque rondaban,
han preso á una bruja
Qué?
Si señor, á una gitana.
Por qué motivo?
Sospechan,
al ver que de huir trataba
cuando la vieron, que venga
á espiar.
Y por qué arman
ese alboroto? qué es eso? (Mirando á dentro.)
No veis como la maltratan?
Traédmela, y que ninguno
sea atrevido á tocarla.
ESCENA V.
Los mismos. Azucena conducida por soldados y con las
manos atadas.
Defendedme de esos hombres
que sin compasión me matan,
defendedme.
Nada temas:
nadie te ofende.
Qué causa
he dado para que asi
me maltraten?
Desgraciada!
A dónde ibas?
No sé...
por el mundo: una gitana
por todas partes camina,
y todo el mundo es su casa.
Vienes de Castilla?
No ;
vengo, señor, de Vizcaya,
que la luz primera vi
en sus áridas montañas.
Por largo tiempo he vivido
en sus crestas elevadas,
donde pobre y miserable
por dichosa me juzgaba.
Un hijo solo tenia,
y me dejó abandonada:
vine á Aragón á buscarle,
que no tengo otra esperanza.
Y le quiero tanto! él es
el consuelo de mi alma,
señor, y el único apoyo
de mi vejez desdichada.
Me hace sospechar, don Ñuño.
Teme, muger, si me engañas.
Queréis que os lo jure?
No ;
mas ten cuenta que te habla
el conde de Luna.
Vos! ( Sobresaltada.)
Sois vos! ( Gran Dios! )
Esa cara!
esa turbación...
Dejadme...
permitidme que me vaya...
Irte...? Don Ñuño, prendedla.
Por piedad no... Qué! no bastan
los golpes de esos impíos,
que de dolor me traspasan?
Que la suelten.
No, don Ñuño.
Está loca.
Ésa gitana
es la misma que á don Juan
vuestro hermano...
Qué oigo!
Calla!
no se lo digas, cruel,
que si lo sabe me mala.
Atadla bien.
Por favor,
que esas cuerdas me quebrantan
las manos... Manrique, hijo,
ven á librarme.
Qué habla?
Ven, que llevan á morir
á tu madre.
Tú, inhumana,
tú fuiste!
No me hagáis mal,
os lo pido arrodillada....
tened compasión de mí.
Llevadla de aquí... apartadla
de mi vista.
No fui yo;
ved, don Ñuño, qué os engañan.
ESCENA VI.
Los mismos, menos Azucena, que se vá conducida por al
gunos soldados.
Don Lope, á la Aljafería
en el momento llevadla.
Vos de ella me respondéis
con vuestra cabeza.
Basta!
cumpliré con mi deber. ( Fase. )
Obi logré mas que esperaba!
No lo oísteis, don Guillen?
es hijo de esa gitana!
Volvamos á Zaragoza,
señor, si acaso intentaran
en nuestra ausencia....
Eso quiero!
midamos al fin las armas.
Don Ñuño!...
Sucumbirán;
pero aunque vencer lograran,
no lograrán arrancarme
de las manos, mi venganza. (Váuse.
w$^<m%m$;
El teatro representa el jardín ó huerto del convento de las
monjas de Belén. En el fondo una tapia, y en medio
de ella una gran puerta. Al levantarse el telón, se vera
á Ruiz acabando de forzar la puerta, y un soldado su -
bido sobre la tapia.
ESCENA VII.
el Soldado.
Ten cuidado...
Estoy alerta.
Abriste ya?
Poco falta.
Este pestillo... ya salta! (Abre la puerta.)
Al fin! maldecida puerta!
No habrá llegado el rumor
á las madres?
Será estraño.
Quién viene? (Se baja por el lado afuera de la tapia
Si no me engaño...
si, no hay duda: es mi señor.
ESCENA VIII.
Dichos y Manrique.
Ruiz?
Qué mandáis?
Junto al muro
toda mi gente apostada
tengo: allánale la entrada.
Entrará: yo os lo aseguro.
Ya se sabe nuestro intento.
Es posible?
No te asombres.
Tienes aquí muchos hombres?
Apenas llegan á ciento.
Ayudando los de fuera
bastarán para forzar
la puerta: vé sin tardar,
y ayude Dios á quien quiera.
&rf*
aj
Voy. (Váse cerrando la puerta del fondo.)
Pavorosa mansión,
en cuyo espacio se encierra
cuanto hoy existe en la tierra
querido á mi corazón!
perdóname, si con tanta
ceguedad, luchando voy,
y osado, tu suelo estoy
profanando con mi planta 1
Me o\es! yo he venido aquí
á salvarte, Leonor mia!
—No perderá mi osadia
la dicha que busco en tí?
Rechazarás con horror
esta pasión invencible
que me arrastra?— No! imposible!...
ó no fueras tú Leonor!
Oh! si debiera á mi estrella
tal ventura...-Alguno viene
aquí! ocultarme conviene
hasta averiguar si es ella.
(Se interna en el jardín: Leonor sale un momento
después por el lado opuesto.)
ESCENA IX.
Leonor sola.
Ya el sacrificio que odié
mi labio trémulo y frió
consumó: perdón, Dios mió,
perdona si te ultrajé.
Llorar triste y suspirar
solo puedo ; ay, Señor, no...
tuya no debo ser yo.
recházame de tu altar,
Los votos que alli te hiciera
fueron votos de dolor
arrancados al temor
de un alma tierna y sincera.
Cuando en el ara fatal
eterna fé te juraba,
mi mente ¡ay Dios! se extasiaba
en la imagen de un mortal.
Imagen que vive en mí
hermosa, pura y constante...
No, tu poder no es bastante
á separarla de aqui.
Perdona, Dios de bondad,
perdona, sé que te ofendo:
vibra tu rayo tremendo
y confunde mi impiedad.
Mas no puedo en mi inquietud
arrancar del corazón
esta violenta pasión
que es mayor que mi virtud.
Tiempos en que amor solía
colmar piadoso mi afán,
qué os hicisteis? dónde están
vuestra gloria y mi alegría?
De amor el suspiro tierno
y aquel placer sin igual,
tan breve para mi mal
aunque en mi memoria eterno'?
Ya pasó... mi juventud
los tiranos marchitaron,
y á mi vida prepararon
junto al ara elatahud.
Ilusiones engañosas,
livianas como el placer,
no aumentéis mi padecer...
sois por mi mal tan hermosas!
(En este momenle aparece Manrique, y al verle,
después de un momento de duda se arroja Leonor
en sus brazos.)
Leo- Sueños ; dejadme gozar...
no hay duda... él es... trovador...
(Viendo entrar á Manrique.)
será posible...
M\n. Leonor!
Gran Dios! ya puedo espirar.
ESCENA ^ÍVr-
Te encuentro al fin, Leonor.
Huye: qué has hecho?
Vengo á salvarte ; á quebrantar osado
los grillos que te oprimen, á estrecharte
en nú seno, de amor enagenado.
Es verdad, Leonor? Dime si es cierto
que te estrecho en mis brazos, que respiras
para colmar, hermosa, mi esperanza,
y que estasiada de placer me miras.
Manrique!
Si, tu amante que te adora
mas que nunca feliz.
Calla...!
Man No temas:
todo en silencio está como el sepulcro.
Ay! ojalá que en él feliz durmiera
antes que delincuente profanara,
torpe esposa de Dios, su santo velo.
Su esposa tú...! jamás.
Yo, desdichada,
yo no ofendiera con mi llanto al cielo.
No, Leonor, tus votos indiscretos
no complacen á Dios: ellos le ultrajan.
Por qué temes? huyamos: nadie puede
separarme de tí., tiemblas..? vacilas...?
Sí ; Manrique...! Manrique.-.! ya no puede
ser tuya esta infeliz ; nunca... mi vida,
aunque llena de horror y de amargura,
ya consagrada está, y eternamente,
en las aras de un Dios omnipotente.
Peligroso mortal, no mas te goces
envenenando ufano mi existencia ;
demasiado sufrí, déjame al menos
que triste muera aqui con mi inocencia.
Esto aguardaba yo! Cuando creia
que mas que nunca enamorada y tierna
me esperabas ansiosa, así te encuentro
sorda á mi ruego, á mis halagos fría!
Y tiemblas, di. de abandonar las aras
donde tu puro afecto y tu hermosura
sacrificaste á Dios..V Pues qué...! no fueras
antes conmigo que con Dios perjura?
Sí, en una noche...
Por piedad!
Te acuerdas?
En una noche plácida y tranquila...
qué recuerdo, Leonor! nunca se aparta
de aqui, del corazón: la luna hería
con moribunda luz tu frente hermosa,
y de la noche el aura silenciosa
nuestros suspiros tiernos confundía.
«Nadie cual yo te amó,» mil y mil veces
me dijiste falaz: «Nadie en el mundo
como yo puede amar ;» y yo insensato
fiaba en tu promesa seductora,
y feliz y exlasiado en tu hermosura
con mi esperanza allí me halló la aurora.
Quimérica esperanza! quién diría
que la que tanto amor asi juraba,
juramento y amor olvidaría!
Ten de mí compasión: si por tí tiemblo,
por tí y por mi virtud, no es harto triunfo?
Sí, yo te adoro aun ; aqui en mi pecho
como un raudal de abrasadora llama
que mi vida consume, eternos viven
tus recuerdos de amor ; aqui, y por siempre,
por siempre aqui estarán, que en váoó quiero
bañada en lloro, ante el altar postrada,
mi pasión criminal lanzar del pecho.
No encones mas mi endurecida llaga ;
si aun amas á Leonor, huye, te ruego,
libértate de tí.
Que huya me dices...!
yo, que sé que me amas...!
No, no creas...
no puedo amarte yo... si te lo he dicho,
si perjuro mi labio te engañaba,
lo pudiste creer...? Yo lo decia,
pero mi corazón., te idolatraba.
Encanto celestial! tanta ventura
puedo apenas creer.
Me compadeces...?
Ese llanto, Leonor, no me le ocultes ;
deja que ansioso en mi delirio goce
un momento de amor ; injusto he sido,
injusto para tí... vuelve tus ojos,
y mírame risueña y sin enojos.
Es verdad que en el mundo no hay delicia
para ti sin mi amor?
Lo dudas...?
Vamos...
pronto huyamos de aqui.
Si ver pudieses
la lucha horrenda que mi pecho abriga!
Qué pretendes de mí? que infame, impura,
abandone el altar, y que te siga
amante tierna, á mi deber perjura?
Mírame aqui á tus pies, aqui te imploro
que del seno me arranques de la dicha:
lus brazos son mi altar, seré tu esposa,
y tu esclava seré ; pronto, un momento,
un momento pudiera descubrirnos,
y te perdiera entonces.
Ángel mió!
Huyamos, sí... no ves alli en el claustro
una sombra...? gran Dios!
No hay nadie, nadie...
fantástica ilusión.
Ven, no le alejes ;
tengo un miedo! no, no... te han visto... vete...
pronto, vete por Dios... mira el abismo
bajo mis pies abierto: no pretendas
precipitarme en él.
Leonor, respira,
respira por piedad: yo te prometo
respetar tu virtud y tu ternura.
No alienta. Sus sentidos trastornados...
me abandonan sus brazos... no, yo siento
su seno palpitar... Leonor, ya es tiempo
de huir de esta mansión, pero conmigo
vendrás también. Mi amor, mis esperanzas,
tú para mí eres todo, ángel hermoso.
No me juraste amarme eternamente
por el Dios que gobierna el firmamento?
Ven á cumplirme, ven, tu juramento.
(Al quererla llevar en brazos hacia la puerta del fon-
do, se abre esta de par en par, y un soldado
sale por ella manifestando grande agitación.)
Pronto, señor!
Qué es eso?
El enemigo!( Vase.)
En qué momento 1
Por piedad!
Alienta!
Dónde estoy?
En mis brazos!
aqui, contra mi seno,
presa de amor en los estrechos lazos.
Horrible amor! horrible!... Vete, deja...
sálvate por piedad... No oyes, no miras...
(Dirigiendo con ansiedad la vista hacia el fondo del
teulro.)
Pero ante el riesgo mi valor no ceja.
(Mis gentes no vendrán, pese á mis iras!)
Ay! no ves que te pierdes?
Qué me importa,
si no te pierdo á tí?
Mira á lo lejos
armas...
■> Armas!
Sí, sí! la calle inundan
de esas luces brillando á los reflejos.
Oh! sí!., pero no temas: á tu lado
no estoy yo? moriré por defenderte
si asi lo manda mi destino airado.
Y qué será de mí, si te dan muerte?
Huye! sálvate.
No.
Ves que se acercan?
Es el conde!
Gran Dios! y he de perderle?
(Se oye tocar á rebato.)
Oyes?
Si ; es la señal: en salvo estamos.
(Dentro.) Traición!
(Manrique desenvaina su espada.)
Oh! qué haces?
Si mi voz esperan!...
Mis valientes, aquí!
— m —
>/
ESCENA IX.
En este momento aparecen Don Ñuño, Don Lope y Solda-
dos con luces, y por otra parte Ruiz que con su gente
se coloca al lado de Manrique. Este defenderá á Leonor
ocultándose entre los suyos y peleando con Don Guillen y
Don Ñuño. Entretanto no cesarán de tocar á rebato.
Traidor l íe encuentro
al fin!
Piedad, piedad!
Que todos mueran!
Jornada cuarta
JORNADA CUARTA.
Una sala en la torre de Castellar con puertas laterales y al
fondo.
ESCENA PRIMERA.
Leonor. Ruiz.
Qué nuevas?...
De contento: la victoria
otra vez nuestro esfuerzo ha coronado.
El enemigo osado
que nuestros muros á sitiar venia,
hacia los montes va desbaratado,
á ocultar su vergüenza y cobardía.
(Cuántas desdichas!)
De la lid despojos,
rendidos al rigor de los aceros
hoy llegarán tal vez á nuestros muros
cuantos allí cayeron prisioneros.
Calla! deja que ignore
males que lloro y que lamento en vano:
vencido ó vencedor fuerza es que llore...
Os comprendo. (Infeliz!)
Tengo un hermano!
Es cierto: perdonad...
(Después de un momento de pausa.)
Y don Manrique?
Aun reposando está.
(Leonor hace una seña, y se retira Ruiz.)
Duerme tranquilo
mientras rugiendo atroz sobre tu frente
rueda la tempestad, mientras llorosa
tu amante criminal tiembla azorada.
Cuál es mi suerte? Ó Dios! Por qué tus aras
ilusa abandoné? La paz dichosa
que allí bajo las bóvedas sombrías
feliz gozaba tu perjura esposa...
Esposa yo de Dios? no puedo serlo;
jamás, nunca lo fui... tengo un amante
que me adora sin fin, y yo le adoro,
que no puedo olvidar solo un instante.
Ya con eternos vínculos el crimen
á su suerte me unió... nudo funesto,
nudo de maldición que allá en su trono
enojado maldice un Dios terrible.
ESCENA II.
Leonor. Manrique.
eres tú?
Sí, Leonor querida.
Qué tienes?
Yo no sé...
Por qué temblando
tu mano está? qué sientes?
Nada, nada.
En vano me lo ocultas.
Nada siento.
Estoy bueno... Qué dices? que temblaba
mi mano?., no... ilusión... nunca he temblado.
Ves cómo estoy tranquilo?
De otra suerte
me mirabas ayer... tu calma fria
es la horrorosa calma de la muerte.
Pero qué causa, díme, tus pesares?
Quieres que te lo diga?
Sí, lo quiero.
Ningún temor real, nada que pueda
hacerte á tí infeliz ni entristecerte
causa mi turbación... Mi madre un dia
me contó cierta historia, triste, horrible
que no puedes saber, y desde entonces
como un espectro me persigue eterna
una imagen atroz. No lo creyeras,
y á contártelo yo te estremecieras.
Pero...
No temas, no; tan solo ha sido
un sueño, una ilusión, pero horrorosa...
un sudor frío aun por mi frente corre.
Soñaba yo que en silenciosa noche
cerca de la laguna que el pié besa
del alto Castellar contigo estaba.
Todo en calma yacía ; algún gemido
melancólico y triste
solo llegaba lúgubre á mi oido.
Trémulo como el viento en la laguna
triste brillaba el resplandor siniestro
de amarillenta luna.
Sentado allí á su orilla y á tu lado
pulsaba yo el laúd, y en dulce trova
tu belleza y mi amor tierno cantaba,
y en triste melodía
él viento que en las aguas murmuraba
mi canto y tus suspiros repetía.
Mas súbito azaroso, de las aguas
entre el turbio vapor, cruzó luciente
relámpago de luz que hirió un instante
con brillo melancólico tu frente
Yo vi un espectro que en la opuesta orilla
como ilusión fantástica vagaba
con paso misterioso,
y un quejido lanzando lastimoso
que el nocturno silencio interrumpía,
ya triste nos miraba,
ya con rostro infernal se sonreía.
De pronto el huracán cien y cien truenos
retemblando sacude,
y mil rayos cruzaron,
y el suelo y las montañas
á su estampido horrísono temblaron.
Y envuelta en humo la feroz fantaema
huyó; los brazos hacía mí tendiendo:
Véngame! dijo y se lanzó á las nubes:
Véngame í por los aires repitiendo.
Frió con el pavor tendí mis brazos
adonde estabas tú... tú ya no estabas,
y solo hallé á mi lado
un esqueleto, y al tocarle osado
en polvo se deshizo, que violento
llevóse al punto retronando el viento.
Yo desperté azorado ; mi cabeza
hecha estaba un volcan, turbios mis ojos,
mas logro verte al fin, tierna, apacible,
y tu sonrisa calma mis enojos.
"Y un sueño solamente
te atemoriza así?
No. ya no tiemblo,
ya todo lo olvidé... mira, esta noche
partiremos al fin de este castillo...
no quiero estar aquí.
Temes acaso...
Tiemblo perderte: numerosa hueste
del rey usurpador viene á sitiarnos,
y este castillo es débil con estremo ;
nada temo por mí, mas por tí temo.
ESCENA IU.
Dichos y Ruiz. Sale por el fondo.
Señor?
Quién?
A Castellar
en este momento llegan
prisioneros, y me ruegan
qne os venga en su nombre a hablar.
— JÓ —
Prisioneros! y de dónde?...
Abandonó la fortuna
ayer, al conde de Luna.
Cómo! derrotado el conde!
Y no prisionero?
No.
Agradézcalo a su suerte I
(En tono de reconvención.)
Manrique!
El quiere mi muerte...
y la suya quiero yo.
No l calla!
Pagar es ley.
Yá quién se debe la gloria?...
El rey ganó esta victoria.
Ese es digno de ser rey!
Al entrar en el castillo,
un prisionero que viene
con el rostro oculto, y tiene
las insignias de caudillo,
dijo que hablaros queria.
Quién puede ser!
(Aparte los dos.) (Sabéis quién?)
(Le conoces?)
(Don Guillen.)
(No te engañas?)
(No, á fé mia,
le he visto.)
Leonor, atiende!
Te dejo, sí.
Un desgraciado
que ahora gime aprisionado
y hablarme á solas pretende..
No me digas mas: te dejo,
Manrique: tus iras doma.
Oye ¡i ese infeliz, y toma
de tu corazón consejo. ( Váse por la izquierda.)
Ya le abona tu piedad
y mi cariño también.
Haz que venga don Guillen.
Cerca estaba.
(Se dirige á la puerta del fondo: un momento des-
pués sale conduciendo á don Gidllen, y se retira.
ESCENA IV.
Manrique. Don Guillen.
Perdonad!
Vos aquí!
Sí ; que la suerte,
robándome una esperanza,
donde busqué mi venganza
me precipitó á la muerte.
Teméis no hallar en mi pecho
compasión...
Nada me obliga.
Al odio que aqui se abriga
mi corazón viene estrecho.
Piedad de vos! compasión
del que manchó la pureza
de mi honor, de mi nobleza!
Eterna abominación.
Si en vuestro pecho no grita
esta voz dulce y clemente:
si es tal vuestro enojo ardiente
que mi clemencia os irrita:
á que venis, don Guillen?
Es que á buscar aqui vengo
mi muerte.
No!
Es porque tengo
afán de hablaros también.
No os aterra mi presencia,
Manrique? no os dice nada,
ni el fuego de esa mirada
ni vuestra propia conciencia?
Aplaudo ese noble arrojo.
Hijo es del odio: que mucho?...
Mas ya lo veis: ya os escucho
sin prevención, sin enojo.
Prefiero vuestro rencor.
Y si salvaros quisiera?
Deberos la vida? fuera
mi desventura mayor.
La muerte dadme, ú os juro
por el odio que arde aquí,
que no os valdrán contra mí
falanges ni fuerte muro.
No habrá medio ni camino
vedado para mi saña.
No! vuestro ardor os engaña!
Ya es este nuestro destino.
Don Guillen... con pena doble
en este instante me veis;
pero olvidar no podéis
que sois bueno, y que sois noble.
A qué ese mentido alarde
que en vos sospechar no puedo?
Qué bien se revela el miedo
en el alma del cobarde?
(Exaltándose y volviendo repentinamente á calmarse.
Yo miedo 1 cobarde yo!
Preguntádselo á la gloria
que ya en mas de una victoria
con sus palmas me cubrió.
Tal vez la necia fortuna
con su favor nos impele ;
mas... también descubrir suele
liviandades de la cuna.
(Irritado.)
Silencio!
(Sonriéndose con aire de triunfo)
Toqué en la herida 1
Basta ya! basta de mengua...
ú os haré arrancar la lengua,
ya que no quiera la vida.
ESCENA V.
Dichos y Leonor.
Manrique!
Tú aquí!
Villana!
Don Guillen! silencio os digo!
No, no! llegó ya el castigó
de vuestra pasión liviana.
Mi hermano aqui!
Sí, yo soy l
Te espantas! oh! temes bien 1
Escúchame.
Don Guillen!...
Habla: resignada estoy.
(No sé que temor...)
Va espero.
Gdill.
Al dar tu cariño á ese hombre,
pensaste que era su nombre
el nombre de un caballero.
Pues bien, Leonor, te engañó.
Es hijo de una gitana...
(Cielos!)
Y mi noble hermana
noble también le creyó.
(Ocultando el rostro con las manos.)
Ay! calla!
Implacable encono!
Ahora, que estoy vengado,
herid.
Me habéis desgarrado
el corazón... v os perdono.
Salid.
No, sin que me deba
vuestra piedad un aviso.
No os quiero oir!
GlILL.
Es preciso ;
que os interesa esa nueva.
Presa vuestra madre...
Oh Dios!
es cierto?
De su hijo implora
vida y libertad.— Ahora,
haced" lo que cumpla á vos.
Ruiz!
ESCENA VI,
Dichos y Ruiz.
Señor?
Haz que al momento
para marchar se preparen
mis gentes.
Qué vas á hacer?
( A don Guillen.)
Y vos, salid al instante!
En el campo nos veremos.
don Guillen 1 — Oyes? que nadie (A Ruiz
le ofenda: que libre salga,
y después... que Dios le amparel
Vida y libertad os debo,
Manrique ; pero aun no valen,
ni la humillación que hoy sufro,
ni el honor que me robasteis.
Nada me debéis: la muerte
de uno ú otro...
A todo trance.
Oh, Dios mió! qué mayor
castigo, pudierais darme!
Adiós, pues.
espera!
Apartad.
No me rechaces.
Yo no tengo hermana.
Cielos!
Yo no. os conozco: dejadme.
(Váse seguido de Iiuiz.)
ESCENA VII.
Leonou.
Era verdad!
Sí, Leonor,
sí! bien puedes despreciarme!
Ya era tiempo! esa gitana,
esa infeliz... es mi madre.
Tu madre!
Llora si quieres,
maldíceme porque infame
uní tu orgullosa cuna
con mi cuna miserable.
Pero déjame que vaya
á salvarla si no es larde ;
si lia muerio, la vengaré
de su asesino cobarde.
Esto me faltaba...!
Sí:
yo no he debido engañarte
tanto tiempo... vete, vete:
soy un hombre despreciable.
Nunca para mí.
Eres noble,
y yo, quién soy? ya lo sabes.
Vele á encerrar con tu orgullo
bajo el techo de tus padres.
Con mi orgullo! tú te gozas,
cruel, en atormentarme.
Ten piedad...
Pero soy libre
y fuerte para vengarme...
y me vengaré... lo dudas?
Si necesitas mi sangre,
aqui la tienes.
Leonor!
qué desgraciada en amarme
has sido! Por qué, infeliz
mis amores escuchaste?
Y no me aborreces?
No.
Sabes que presa mi madre
espera tal vez la muerte?
Venganza infame y cobarde!
qué espero yo?...
". Ven... no vayas.
mira, el corazón me late
y fatídico me anuncia
tu muerte.
Llanto cobarde!
Por una madre morir,
es muerte envidiable.
Quisieras tú que temblando
viera derramar su sangre,
ó si salvarla pudiera,
por salvarla no lidiase?
Pues bien, iré yo contigo ;
alli correré á abrazarte
entre el horror y el estruendo
del fratricida combale.
Yo opondré mi pecho al hierro
que tu vida amenazare:
sí, y á falla de otro muro,
muro será mi cadáver.
Ahora te conozco, ahora
te quiero mas.
Si tú partes,
iré conligo, la muerte
á tu lado ha de encontrarme.
Venir tú... no: en el castillo
queda custodia bastante
para tí... escuchas? adiós!
(Suena un clarín. )
El clarín llama al combate.
Un momento.
No es posible.
Adiós! adiós, pobre mártir
de mi amor fatal! que el cielo
de tus dolores se apiade,
y solo á mí de su cólera
el tremendo rayo alcance.
Qué dices?
Voy á morir!
bien auguraba tu amante
corazón! ya aqui no siento
^62 —
aquel valor indomable...
Huyamos; mira...
El destino
me arrastra: vencido el ángel
está, que ayer rae cubria
con sus alas celestiales.
Por piedad, no me abandones!
escúchame ; espera!
Es tarde!
La voz del amor te llama.
( Suena el clarín. )
La de mi deber es antes.
( Desprendiéndose de ella, vése por el fondo. )
Jornada quinta
JORNADA QUINTA
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Salón en el castillo de la Aljaferia. Puerta en el fondo y d
la izquierda del actor. A la derecha una ventana.
ESCENA PRIMERA.
Leonou, Don Lope, Ruiz. (Salen por la puerta del fondo.
Podéis entrar, pero temo
que en este momento el conde...
Quiero verie.
Le veréis,
si no hay causa que lo estorbe.
A todo trance: es preciso!
Está la vida de un hombre
en grave riesgo, y espero
que me ayudareis, Don Lope.
Me conocéis? En tal caso...
Y quién, señor, no os conoce,
siendo, como sois, tan bueno,
y tan piadoso y tan noble?
Tal vez el conde pudiera...
si dijeseis vuestro nombre...
A él solo.
Como gustéis.
Están aquí las prisiones?
Desde esa ventana
se ve, señora, la torre,
donde entre cadenas gimen
los que á su rey son traidores.
Ah!-Gracias!
(Dirigiéndose rápidamente á la ventana.
Voy á serviros.
(Preciso es tener de bronce
el corazón para... Y temo
que su esperanza no logre.)
( Váse por la izquierda.)
ESCENA II.
Leonor. Ruiz.
Ruiz, tragiste...
Aquí está ya,
señora: por un jarope
que no vale seis cornados...
El precio nada te importe.
Toma esta cadena, tú.
Judio al fin!
No le enojes.
Diez maravedís de plata
me llevó el Iscariote.
Vete, Ruiz.
Os quedáis
sola aqui? no, que me ahorquen
primero...
Quiero estar sola.
Si os empeñáis... buenas noches.
ESCENA III.
Esa es la torre; allí está,
y maldiciendo su suerte
espera triste la muerte
que no está lejos quizá.
Ésas murallas sombrías,
esas rejas y esas puertas
al féretro solo abiertas,
verán tus últimos dias!
Por qué tan ciega le amé?
Infeliz! por qué, Dios nño,
con amante desvarío
mi vida le consagré?
Mi amor le perdió, mi amor...
yo mi cariño maldigo,
pero moriré contigo
con veneno abrasador.
Si me quisiera escuchar
el conde...! si yo lograra
librarte así, qué importara...?
Sí, voy tu vida á salvar.
A salvarte... no te asombre
si hoy olvido mi desden.
(Dentro.) Hagan bien para hacer bien
por el alma de este hombre.
Ese lúgubre clamor...
ó tal vez lo escuché mal?
No, no... ya la hora fatal
ha llegado trovador!
Manrique! partamos ya,
no perdamos un instante.
(Dentro.) Ay!
Esa voz penetrante...
Si no fuera tiempo ya!
(Al querer partir se oye tocar un laúd: un momento
después canta dentro Manrique.)
Despacio viene la muerte,
que está sorda á mi clamor:
para quien morir desea,
despacio viene por Dios.
Ayl adiós, Leonor,
El es; y desea morir
cuando su vida es mi vida!
Si asi me viera afligida
por él al cielo pedir!
(Dentro.) No llores si á saber llegas
que me matan por traidor,
que el amarte es mi delito,
y en el amar no hay baldón.
Ay! adiós, Leonor,
Que no llore yo, cruel!
No sabe cuanto le quiero.
Que no llore, cuando muero
en mi juventud por él!
Si á esa reja te asomaras
y á Leonor vieras aqui,
tuvieras piedad de mi
y de mi amor no dudaras.
Áqui te buscan mis ojos
á la luz de las estrellas,
y oigo á par de tus querellas
el rumor de los cerrojos.
Y oigo en tu labio mi nombre
con mil suspiros también.
(Dentro.) Hagan bien para hacer bien
por el alma de este hombre.
No! no morirás; yo haré
por salvarte I del tirano
feroz, la sangrienta mano
con mi llanto bañaré.
Temes? Leonor te responde
de su cariño y virtud.
Calma tu amante inquietud...
que nunca seré del conde.
ESCENA IV.
Leonor. Don Lope.
Señora?
Decid!... consiente
en verme?
Ni aun yo he podido
hablarle.
No habéis querido!
Como! un hidalgo no míenle;
Mas, lo juro por mi fé:
veréis á don Ñuño.
Cuando?
Está en su cámara hablando
con don Guillen dij Sesé.
Don Guillen! dónde está, dónde?
Le conocéis?
Sí. (Qué escucho!)
Sois dichosa: él puede mucho
en el ánimo del conde.
Queréis hablarle?
No, no!
primero... (El cielo me valga!)
Esperad hasta que salga.
(Quién mas desventuras vio?)
Mirad: ahi vienen. Podéis
afuera, esperar en tanto,
y escudada con el manto...
Venid, venid! no tardéis.
( Vénse por el fondo, después salen por la izquierda
don Ñuño y don Guillen.)
ESCENA V.
Don Ñuño. Don Guillen.
Visteis, don Guillen, aireo?
Dispuesto á morir está.
Llegue ese momento ya:
cúmplase al fin mi deseo.
Guill Si mereciera piedad,
tal vez...
Qué vais á decir?
— Para ayudarle á morir,
á un religioso avisad,
y despachaos con presteza.
El hijo de una gitana I
Cierto; diligencia es vana.
Mas no dais cuenta á su alteza?
Para qué? Ocupado está
en la guerra de Valencia.
Si no aprueba la sentencia...
Yo sé que la aprobará.
Para aterrar la traición
puso en mi mano la ley:
mientras aqui no esté el rey
yo soy el rey de Aragón.
Mas... vuestra hermana?
Yo misino
nada de su suerte sé ;
pero encontrarla sabré
aunque la oculte el abismo.
Entonces su torpe amor
lavará con sangre impura.
Solo asi el honor se cura,
y es muy sagrado el honor.
No: tanto rigor no es bien
emplear.
Mi ilustre cuna...
Si algo apreciáis al de Luna,
no la ofendáis, don Guillen?
Tenéis algo que mandar?
Dejadme solo un instante.
ESCENA IV.
Don Ñuño, después Don Lope,
Leonor, al fin en tu amante
tu desden voy á vengar.
AI (in en su sangre impura
á saciar voy mi rencor:
también yo puedo, Leonor,
gozarme en tu desventura.
Fatal tu hermosura ha sido
para mí, pero fatal
también será á mi rival,
á ese rival tan querido.
Tú lo quisiste; por él
mi ternura despreciaste...
Por qué, Leonor, no me amaste?
yo no fuera tan cruel.
Ángel hermoso de amor,
yo como á un Dios te adoraba.
y tus caricias gozaba
un oscuro trovador.
Harto la suerte envidié
de un rival afortunado:
harto tiempo despreciado
su ventura contemplé.
Ah! perdonarle quisiera...
no soy tan perverso yo.
Pero és mi rival... no, no...
es necesario que muera.
Vuestras órdenes, señor,
se han cumplido ; el reo espera
su sentencia.
Y bien! que muera,
pues á su rey fué traidor.
A qué aguardáis?
_ Si asi os plugo...
No fue perjuro á la ley
y rebelde con su rey?
Pues bien, qué espera el verdugo?
Esta noche ha de morir.
Esta noche? pobre mozo!
Junto al mismo calabozo.
( Hace que se va y vuelve. )
Voy al instante.— Es decir...
La bruja?...
Con él está
en su misma prisión.
Bien.
Pero ha de morir?
También.
De qué muerte morirá?
Como su madre, en la hoguera.
Por último confesó
que á vuestro hermano mató!
Maldiga Dios la hechicera.
Molesto, don Lope, estáis...
idos ya.
Si os incomodo...
Quiero estar solo.
Con todo...
(Mal templado está!)
No os vais?
( Hace que se va, y vuelve. )
Perdonad ; se me olvidaba
con la maldita hechicera.
Don Lope!
Señor, ahí fuera
una dama os aguardaba.
Y qué objeto aqui la trae?
dice quién es?
Encubierta
llegó, señor, á la puerta
que al campo de Toro cae.
Que entre, pues: vos, despejad.
El conde, señora, espera.
Vos os podéis quedar fuera,
y hasta que os llame aguardad.
ESCENA VIL
Don Ñuño. Leonor.
Me conocéis? ( Descubriéndose.
Desgraciada!
Qué buscáis, Leonor, aqui?
Me conocéis, conde?
Sí:
por mi mal, desventurada,
por mi mal te conocí.
A qué vinisteis, Leonor?
Conde, dudarlo queréis?
Todavía el trovador!...
Sé que todo lo podéis,
y que peligra mi amor.
Duélaos, don Muño, mi mal.
A eso vinistes, ingrata,
á implorar por un rival?
por un rival! insensata!
mal conoces al de Arjtal,
No, cuando en mis manos veo
la venganza apetecida,
cuando su sangre deseo...
imposible...
No lo creo.
Sí, creedlo por mi vida.
Largo tiempo también yo
aborrecido imploré
á quien mis ruegos no oyó,
y de mi afán se burló;
no penséis que lo olvidé.
Ah! conde, conde, piedad. ( Arrodillánúosi
Vos, la tuvisteis de mí?
Por todo un Dios.
Apartad.
No, no me muevo de aqui.
Pronto, Leonor, acabad.
Bien sabéis cuanto le amé ;
mi pasión no se os esconde...
Leonor!
Qué he dicho? no sé,
no sé lo que he dicho, conde:
queréis?... le aborreceré.
Aborrecerle! Dios mió!
y aun amaros á vos, sí,
amaros con desvario
os prometo... amor impío,
digno de vos y de mí!
Es tarde, es tarde, Leonor.
Y yo perdonar pudiera
á tu infame seductor,
al hijo de una hechicera?
No os apiada mi dolor?
Apiadarme! mas y mas
me irrita, Leonor, tu lloro,
que por él vertiendo estás:
no lo negaré, aun te adoro,
mas perdonarle? jamás.
Esta noche, en el momento...
nada de piedad.
(Con ternura.) Cruel I
Cuando en amarte consiento!
Qué me importa tu tormento,
si es por él, solo por él?
Por él, don Ñuño, es verdad ;
por él con loca impiedad
el altar he profanado.
Y yo, insensata, le he amado
con tan ciega liviandad!
Un homhre oscuro....
Sí, sí...
nunca mereció mi amor.
Un soldado, un trovador. «,
Yo nunca- os aborrecí.
Qué quieres de mí, Leonor?
Por qué mi pasión enciendes,
que ya entibiándose va?
Di que engañarme priendes,
dime que de un Dios dependes
y amarme no puedes ya.
Qué importa, conde? no fui
mil y mil veces perjura?
Qué importa, si ya vendí
de un amante la ternura,
que á Dios olvide por tí?
Me lo juras?
Partiremos
lejos, lejos de Aragón,
y felices viviremos,
y siempre nos amaremos
con acendrada pasión.
Leonor,., delicia inmortal!
Y tú en premio á mi ternura...
Cuanto quieras.
Oh ventura!
Corre, dile que el de Artal
su libertad le asegura;
pero que huya de Aragón:
que no vuelva, lo has oido?
Sí, sí...
Ñuño- Dile que atrevido
no persista en su traición ;
que tu amor ponga en olvido.
Sí... lo diré... (Dios eterno!
tu nombre bendeciré. )
Mirad, que os observaré.
( Ya no me aterra el infierno,
pues que su vida salvé. )
Fin De La Primera Parte
SlMMimil>.& &&&$$,
Calabozo oscuro con una ventana con reja, á la izquierda,
y una puerla en el lado opuesto. Otra puerta grande al
fondo. Al levantarse el telón, Azucena estará recostada
en un escaño, y Manrique sentado en el lado opuesto.
ESCENA PRIMERA.
Manrique. Azucena.
No dormís? (Acercándose ú Azucena.)
No, hijo mío!
Quisiera ; mas no puedo: de mis ojos
huye el sueño.
Tembláis!
Qué?
Tenéis frió?
No; pero di: quién causa tus enojos?
Suspirabas! por qué? Si son tus penas
con ser tuyas no mas, las penas mias ;
por qué en silencio tu dolor refrenas?
y esa angustia mortal no me confias?
No soy tu madre yo?
De este profundo
pesar, ya nada á libertarme alcanza.
Espera!
Inútil es ; no hay en el mundo
ya para mi consuelo ni esperanza.
Te comprendo I es verdad, ya no es posible
huir de aqui: mas si á matarme vienen,
tú me defenderás.
(Tormento horrible I )
Es tu deber, Manrique: eres mi hijo!
tú consentir no puedes...
Mas, ay! que en vano y sin razón te aflijo!
Nunca hará tu valor, ya aprisionado
entre fuertes paredes,
que llegue el sol hasta mi cuerpo helado,
y vendrán, no lo dudes:
me quitarán sin compasión la vida!
Mataros I y por qué?
Ya esta es mi suerte.
Por vengarse de mí! madre querida!
y yo la causa soy de vuestra muerte!
Calla! ven.. ruido siento!...
No!., nadie.
Tiemblo toda!..Oh! si me amas,
mátame! líbrame de ese tormento
horrible de las llamas!
Mas, no tendrán valor...
- No lo tuvieron
cuando á mi pobre madre condenaron,
y arrastrando al cadalso la trageron,
y sin piedad la vida le quitaron?
Debe de ser horrible ese suplicio!
Oh! la hoguera- la hoguera! á cada instante
viéndola estoy allí, siempre delante,
y me miro llevar, y en vano ruego,
y víctima arrastrada al sacrificio,
siento en mis carnes penetrar el fuego!
(Pausa.)
Siempre en mi corazón está presente
ese recuerdo del infausto dia
en que sufrió la muerte, la inocente,
la tierna madre mia.
El trage desgarrado,
ocultas las facciones ¿
bajo el largo cabello enmarañado,
al lugar del suplicio caminaba
entre la turba vil de los sayones.
Yo, postrada en el suelo,
mi rostro desgarraba
sangre y venganza demandando al cielo.—
Escuché que mi madre me llamaba
y á abrazarla corrí ; pero la fiera
impiedad, me atajó, de sus verdugos,
y fué arrojada en la fatal hoguera.
Aquel grito feroz, desesperado,
que la arrancó el dolor ¡ay! todavía
aqui, en mi corazón está encerrado.
Cuánta su horrible intensidad seria!
Callad, por Dios! me atormentáis!
Escucha!
Entonces, los verdugos implacables,
al ver su presa con la muerte en lucha,
su triunfo celebraban
y con risa feroz la contemplaban.
Sabes por qué? flotaban sus cabellos ;
las llamas, devorándola, subían
hasta cebarse en ellos...
y de esto los verdugos se reian 1
No podéis olvidar esas memorias?
descansad un momento.
No, imposible!
si descansar pudiera...
mas si en tanto me llevan á ese horrible y*
espantoso suplicio de la hoguera!
No, madre! no vendrán.
Sí? me lo ofreces?
Sí, podéis reposar.
Me abate el sueño:
siento el cansancio que me postra á veces ;
mas de esa imagen el airado ceño...
— Y por qué? sí, que vengan!
(Qué martirio!)
Vendrán, y quebrantando esos cerrojos,
la luz del sol contemplarán tus ojos.
Cómo pude olvidarlo en mi delirio?
Este dia feliz, será el postrero...
—Pero se sabe aqui cuando es de dia?
No importa! á cualquier hora: sí, yo quiero
respirar.— Ay, me ahogo ¡
Madre mía!
Saldremos, sí ; no tiembles: en mi mano
están tu vida y libertad: las puertas
de esta cárcel tristísima, al liviano
impulso de mi voz, serán abiertas.
(Delira!)
Por qué labra
tu abatimiento en mí? por qué no el gozo,
si una sola palabra
puede abrir nuestro oscuro calabozo?
Bien, bien: pero dormid.
Si el conde llega,
tú me despertarás: ten esperanza.
(Ay! pobre madre, que su amor me ciega!
Perdona si renuncio á tu venganza.)
(Recostándose.)
Duerme, duerme, madre mia, '
mientras yo te guardo el sueño, V
y un hado mas halagüeño
durmiendo, allá te sonría!
Al menos, ay! mientras dura
tu sueño, no acongojado
veré tu rostro bañado
con lágrimas de amargura.
ESCENA II.
Leonor, Azucena.
Manrique!
No es ilusión!
eres tú?
Yo, sí... yo soy:
á tu lado al fin estoy
para calmar tu aflicción.
Sí, tú sola mi delirio
puedes, hermosa, calmar ;
ven, Leonor, á consolar
amorosa mi martirio.
No pierdas tiempo, por Dios.
Siéntate á mi lado, ven.
Debes tu morir también?.
muramos juntos los dos.
No, que en libertad estás.
En libertad?
Sí, ya el cotuda...
Don Ñuño, Leonor? responde,
responde... cielo! esto mas?
Tú á implorar por mi perdón
del tirano á los pies fuiste!...
QuizA también le vendiste
mi amor y tu corazón.
No quiero la libertad
á tanta costa comprada.
Tu vida...
Qué importa? nada...
quítamela, por piedad ;
clava en mi pedio un puñal
antes que verte perjura,
llena de amor y ternura
en los brazos de un rival.
La vida! es algo la vida?
un doble martirio, un yugo...
llama, que venga el verdugo
con el hacha enrojecida.
Leo- Qué debí hacer? si supieras
lo que he sufrido por tí
no me insultaras asi,
y á mas me compadecieras.
Pero huye, vete, por Dios,
y bástele ya saber
que suya no puedo ser.
l'ues bien, partamos los dos: y
mi madre también vendrá.
Tú solamente.
No, no.
Pronlo, vete.
Solo yo!
Que nos observan quizá.
Qué importa? aqui moriré,
moriremos, madre mía!
tú sola no fuiste impía
de un hijo tierno á la fé. *
Manrique!
Ya no hay virtud.
Qué te dice mi inquietud?
tardé conocí mi error.
Si vieras cuál se estromece
mi corazón! Por que, di,
obstinarte? hazlo por mí,
por lo que tu amor padece.
Sí, este momento quizá...
no ves cuál tiemblo? quisiera
ocultarlo si pudiera ;
pero no, no es tiempo ya.
Bien sé que voy tu aflicción
á aumentar; pero ya es bora
de que sepas cuál te adora
la que acusas sin razón.
Aborréceme, es mi suerte ;
maldíceme si te agrada,
mas toca mi frente helada
con el hielo de la muerte.
Tócala, y si hay en tu seno
un resto de compasión,
alivia mi corazón,
que abrasa un voraz veneno.
Un veneno... y es verdad?
y yo ingrato la ofendí
cuando muriendo por mí...
un veneno...
Por piedad,
ven aquí por compasión
á consolar mi agonía ■
no sabes que te quería
con todo mi corazón?
Me matas.
Manrique, aquí,
aqui me siento abrasar.
Ay! ay! quisiera llorar,
y no hay lágrimas en mí.
Ay juventud malograda
por tiranos perseguida!
perder tan pronto una vida
para amarle consagrada!
(Se ve brillar un momento el resplandor de una lu:
en la ventana.)
Mira, Manrique, esa luz...
vienen á buscarte ya:
no te apartes, ven acá,
por el que murió en la cruz!
Que vengan... ya entregaré
mi cuello sin resistir:
— SO-
lo quiero, anhelo morir...
muy pronto te seguiré.
Leo Ay! acércate...
Amor mió!...
Me muero, me muero ya
sin remedio ; dónde está
tu mano?
Qué horrible frió!
Para siempre.. ya...
Leonor!
Adiós!... adi... os!..
(Espira: un momento de pausa)
La he perdido!
Ese lúgubre gemido!...
es el último de amor.
Silencio, silencio ; ya
viene el verdugo por mí...
allí está el cadalso, allí,
y Leonor aquí está.
Corta es la distancia, vamos,
que ya el suplicio me espera.
(Tropieza con Azucena.)
Quién estaba aquí? quién era?
(Entre sueños.)
Es hora de que partamos?
A morir? dispuesto estoy...
Mas no, esperad un instante:
á contemplar su semblante,
á adorarla otra vez voy.
Aqui está... dadme el laúd;
en trova triste y llorosa,
en endecha lastimosa
os cantaré su virtud.
Una corona de flores
dadme también: en su frente
será aureola luciente,
será diadema de amores.
Dadme, vereisla brillar
en su frente hermosa y pura ;
mas llorad su desventura
como á mí me veis llorar.
Qué funesto resplandor!
Tan pronto vienen por mí?
el verdugo es aquel... sí ;
tiene el rostro de traidor.
ESCENA III.
Los de la escena anterior. Don Ñuño, Don Lope y soldados
con luces.
Leonor?
Quién la llama? por qué vienen
á apartarla de mí? la desdichada
ya á nadie puede amar. Si yo pudiera
ocultarla á sus ojos!
(La cubre con su ferreruelo que tendrá al lado.)
Leonor?
Calla...
no turbes el silencio de la muerte.
Dónde está Leonor?
Dónde? aqui estaba
Venis á arrebatármela en la tumba?
Ha muerto?
Sí... ya ha muerto.
(Descubriendo el rostro pálido de Leonor.)
Me engañaba!
Ya no palpita el corazón: sus ojos
ha cerrado la muerte despiadada.
Apartad esas luces ; mi amargura
piadosos respetad... no me acordaba...
(.4 Don Ñuño.)
Sí, tú eres el verdugo! acaso buscas
una víctima... ven... ya preparada
para la muerte está.
Llevadle al punto,
llevadle, digo, y su cabeza caiga.
(Varios soldados rodean á Manrique.)
Muy pronto, sí...
Marchad...
Qué miro! Vamos...
(Reparando en Azucena.)
No le digáis, por Dios, á la cuitada
que va su hijo á morir... madre infeüce!
Hasta la tumba... A Dios... (Al salir.)
ESCENA IV.
Los mismos menos Manrique.
(incorporándose.) Quién me llamaba?
Él era, él era ; ingrato! se ha marchado
sin llevarme también.
Desventurada!
Conoce al fin tu suerte.
El hijo mió!
Ven á verle morir.
Qué dices? Calla!
Morir! morir...! no, madre, yo no puedo;
perdóname, le quiero con el alma.
Esperad, esperad...
Llevadla.
Conde!
Que le mire espirar.
Una palabra,
un secreto terrible ; haz que suspendan
el suplicio un momento.
No, llevadla.
(La toma por una mano y la arrastra hacia
la ventana.)
Ven, muger infernal... goza en tu triunfo.
Mira el verdugo, y en su mano el hacha
que va pronto á caer...
(Se oye un golpe que figura ser el de la
cuchilla.)
Ay 1 esa sangre!
Alumbrad á la víctima, alumbradla.
Sí, si... luces... él es... tu hermano, imbécil!
Mi hermano, maldición...!
(La arroja al suelo empujándola con furor.)
(Con amargura.) Ya estás vengada.