Acto primero
LEONOR, doncella de Isabel.
ALFONSO, escudero.
EL BARÓN FITZ-EUSTAQUIO.
Caballeros armados. Criados.
La escena es en el Castillo del Barón Fitz-Eustáquio. Inglaterra. Siglo XI
ACTO PRIMERO.
Salón gótico ricamente amueblado, con adornos de
trofeos militares en las paredes.
ESCENA I.
Timoteo, Pedro.
(Aparecen limpiando los muebles.)
Grande función se prepara;
Pero ¿sabes lo que pienso?
Que á pesar de este aparato
Y preparativos regios,
Creo que tiene la tal boda
Mas bien trazas de un entierro.
¿Un entierro? ¡mentecato!
Con que un baile, y un torneo,
Y un festín, y tantos nobles
Y valientes caballeros,
Que vienen de treinta millas 1
A la redonda, cubiertos
De brillantes armaduras,
Plumas y galas, y.... Pedro,
Tú no sabes lo que dices.
Lo que digo, Timoteo,
Es, que todas esas galas,
Y esas músicas que el viento
Atruenan por todas partes,
Y el convite, y el torneo,
Todo esto de nada sirve
Si la novia....
Vaya, necio,,
¿Y qué tienes que decir
De Lady Isabel?
¿Qué tengo
Que decir? que es una joven
Angelical, un portento
De virtud y de hermosura;
Pero que según entiendo,
Ella tiene tantas ganas
De casarse, como tengo
Yo de morirme.
Repito
Que eres un tontazo, Pedro,
Vaya! pues es nada el novio!
Él mas rico caballero
De Inglaterra, y el mas noble
Y valiente; nada menos
Que el Barón de Bohún; digo,
El que no hace mucho tiempo
Salvó la vida al monarca,
Cuando lo iba un sarraceno
Allá en Ascalon un dia
A rajar de medio é n^edioí
Y por lo mismo Ricardo
Le ha concedido por premio,
Que ponga en su escudo de armas,
Aumentando sus trofeos,
Una cabeza de moro
Con sus bigotazos negros,
Que dá gusto.
Yo me rio:
¿Puedes pensar, majadero,
Que los bigotes del moro,
Por muy grandes y muy negros
Que sean, hayan podido
Mover á la novia? Creo
Que ni cabezas de moro,
Ni moros de cuerpo entero,
Harán que la señorita
Quiera al tal Barón.
. Silencio;
Esa es otra cosa: mira,
Hace poquísimo tiempo
Que sirves en el castillo:
Tú no sabes I03 secretos
De la familia, y yo sí;
Mas no saldrá de mi pecho,
Ni siquiera una palabra
En asuntos de tal peso:
Eso no; soy reservado
Como un poste.
Bueno, bueno;
Yo no digo lo contrario;
Pero si eres tan discreto
Y tan honrado, debias,
Por caridad á lo menos,
Ponerme un poco al corriente
De estas cosas: por supuesto
Que no es por curiosidad;
No tengo yo tal defecto;,
Pero al fin soy de la casa.
Pues sírvate de gobierno,
r.
Que el Barón de Bohún, el novio,
Tiene un endiablado genio:
Es valiente, cierto, y rico,
\T. -4# titülones lleno;
l> *t Pero muy vano y altivo,
i ( jhV* Regañón..., pero no puedo
\) Decirte mas.
* Lo que has dicho
Sirve para que de nuevo
Afirme yo que la boda
No tendrá buen paraderos
¿Cómo nuestra señorita,
Joven, bella, cuyo genio
Es la bondad misma, puede
Querer á un maldito viejo
Regañón, altivo?.... prayat
Quemara yo, Timoteo,
Mis papeles, si á esta hora
No palpita ya su pecho
Por algún joven hermoso
Mas digno de ella.
¿Silencio!
Silencio, lengua maldita,
¿Qué te importa nada de eso?
Aquí se mira y 3e calla.
Bien está; pero no puedo
Dejar de compadecerme
De la señorita; cierto
Que será muy desgraciada
Con el tal Barón, pudiendo
Ser tan feliz con
Pero hombre,
Es imposible; si Alberto
No es mas que un pobre muchacho,
Un espósito; si al menos
Tuviera algún titulillo;
Pero nada; no sabemos
Quiénes han sido sus padres.
En una ocasión, volviendo
De la caza nuestro amo,
Encontró en el duro suelo
Al pobre niño; su llanto
Le enterneció, y al momento
Le trajeron al castillo,
Le dieron por nombre Alberto,
Y está aquí, como quien dice,
Por caridad: si un asiento
En su mesa le da el amo,
Es porque él es un portento
De valor, y porque supo
Ganar con su propio acero
De caballero la Orden,
Que si no, ya estaba fresco:
Si él estuviera atenido
A los pergaminos viejos
De nobleza, te aseguro
Que fuera hoy tan caballero
Como yo,
Pues la verdad
¿Quieres que te diga? aprecio
Mucho mas á los que ganan
Por sí mismos sus empleos,
Que no á esos almibarados
Orgullosos, que no han hecho
Cosa alguna d¿ importancia,
Y solo son caballeros
Y se llaman hombres grandes
Porque sus padres lo fueron.
Yo no sé cómo es posible
Que prefieran á ese viejo
Barón, solo porque es noble
Y muy rico.
¿Y qué sabemos
De dónde le habrán venido
Sus riquezas? yo me acuerdo
Que hace poco, el tal Barón
IV
Era un segundón hambriento:
Que de repente su hermano
Se encontró en un bosque, muerto
Sin saber cómo: su viuda
También murió á poco tiempo,
Y entró en posesión de todo
Ese Walter: no, yo pienso
Pedro, Pedro; en los palacios
Se ha de hablar con mucho tiento:
JTú eres novicio, y no sabes
' Estas cosas.
Pues
Silencio,
Que alguno viene. ¿No escuchas
Ruido de pasos?
El miedo
Que te zumba en los oidos.
No, no; viene alguno.
Es cierto.
¿Si te habrán oido?
Mira:
Es el señorito Alberto.
¡Pobrecillo! ¡Cuan mudado,
Cuan pálido y macilento
Está su rostro! ¡qué triste!
Me da lástima: ¡es tan bueno,
Tan afable! no, si acaso
Me hallara yo en su pellejo,
Te aseguro que hoy hacia
Una locura
Silencio,
Que ya llega.
ESCENA II.
Dichos, Alberto.
Amigos míos, (con un aire muy abatido).
¿Qué hacéis aquí?
Sacudiendo
Este salón, porque dicen
Que dentro de poco tiempo
Estará aquí el novio.
¡El novio!
Y los otros caballeros,
Que han de asistir á la boda
¡A la boda!
Y al torneo:
Ya está todo prevenido
En el gran patio: tendremos
Música, baile.... quién sabe
Cuántas cosas. ¿L /£ ^ ¿sC{J
( t Yo fallqfeco!) (Se deja caer en una silla).
Ya tiene la señorita
Muy adornado su asiento:
Ya la tienda de campaña
Del señor Barón
¡Quénejáfi (Bajo á Timoteo)-
Eres! ¿no ves lo que sufre?
¿No te acuerdas del proverbio:
En la casa del ahorcado
No mentar la soga?
Cierto;
Tienes razón.
Pues al punto
Vamonos por allá dentro*
Dejemos al señorito.
Oye: en tiempos de festejo,
Nuestro viejo mayordomo
Suele olvidar un momento
De la bodega la llave,
Y el que es vivo
Ya te entiendo:
Un trago por la mañana
Nunca daña»
Pues al hecho:
Vamos,
. • Vamos, ¡Pobrecillo! (mirando á Alberto).
¿Ves que triste está?
¡Camueso!
¿Pues qué perder una novia
Es friolera?
Por supuesto. (Se van.\
ESCENA III.
¡Músicas, baile, alegría!
¡En todas partes contento!
¡Todos rien, y el tormento
Despedaza el alma mia!
¡Aciago, funesto dia!
¿Qué me resta? ¡desdichado!
La muerte! desesperado,
Mi ecsistencia maldiciendo,
Iré á buscarla, muriendo
De todos abandonado!
¡La muerte, sí, sí, la muerte!
¡Huérfano infeliz, proscrito!
En tí amar es un delito;
¿Habrá mas horrible suerte?
Isabel, voy á perderte,
Hoy voy á perderte, sí,
Solo porque no nací,
Conde, Duque, ni Barón;
Perqué horrible maldición
Pesa siempre sobre mí!
¿A quién he debido el ser?
Por el delito engendrado i
Fui tal vez, y abandonado
A llorar, á padecer:
Tal vez la triste muger
A quien la vida debí,
Quiso arrojarme de sí
Como objeto vergonzoso,
Y entregarme al que piadoso
Se condoliera de mí.
¿Y qué, puede sin temblar,
Sin fallecer de dolor,
Al objeto de su amor
Una madre abandonar?
¿Tu pecho despedazar
No sentiste, madre mia,
Cuando en orfandad impía
Me dejaste? ¡Desdichado!
¡Tal vez murió, y me ha llamado
En su fatal agonía!
¡Ay, acaso al darme el ser
Perdió la infeliz la vida,
O de miseria oprimida,
Está pronta á fallecer;
¡Oh si pudiera romper
Este velo misterioso!
¡Permíteme, Dios piadoso,
Que la vea un solo instante,
Aunque de su seno amante
Pase al sepulcro espantoso!
Pero si no habita ya
Este valle de dolor;
Si en otro mundo mejor,
De Dios ante el trono está,
Por su hijo rogará,
Porque se cambie mi suerte,
Porque antes, antes de verte,
Isabel, en otros brazos,
De mi ecsistencia los lazos
Rompa piadosa la muerte!
Amada Isabel, en tí
Mi única dicha encontré;
Mis pesares olvidé
Desde el punto en que te vi;
Pero ya, ¡triste de mí!
Ya no es mia tu beldad;
La mano de la verdad
De la ilusión rompe el velo,
Vuelve á condenarme el cielo
A miseria y orfandad.
¡Es ya forzoso partir: ( Yéndose.)
Adiós, castillo dichoso,
Donde un tiempo venturoso
Pensaba siempre vivir!
¡Oh, si á sus ojos morir
A lo menos yo lograra!
Si á sus plantas espirara,
Feliz al morir seria,
Y la humilde tumba mia
Ella con llanto regara!
Pero no; ni este favor
Quiere concederme el cielo;
Morir debo en otro suelo
Consumido de dolor;
El objeto de mi amor
No me verá moribundo;
En abandono profundo,
Moriré sin un testigo;
Ni un pariente, ni un amigo
Dejaré al salir del mundo!
¡Adiós, objeto adorado,
Que amé, que amo todavía,
Que siempre en el alma mia
Está con fuego grabado!
¡Adiós, dueño idolatrado!
¡Adiós! mas.... ¿no es ella? sí,
Es Isabel: ya está aquí;
Huyamos, ¡ay! es forzoso....
No puedo! ¡el cielo piadoso
Tenga compasión de mí!
(Se deja caer en una silla en el mayor abatimiento).
ESCENA IV.
Isabel, Alberto.
¡Alberto!
¡Isabel!
¡Yo muero!
¿Con que es cierto, en fin, que vos
Hoy mismo
- ¡Caya, por Dios!
¿También tú el feroz acero,
Que mis entrañas devora,
Quieres empujar, cruel?
¡Ay, también mi pecho él
Está rompiendo, señora!
¡Señora! ¿esto mas?
He aquí
El nombre que os debo dan
¿Con que es fuerza renunciar
Aun á la esperanza?
Sí:
Ya no miro en vos aquella
Que mis delicias hacia;
Hoy es el último dia
Que veré esa frente bella:
Hoy mismo Isabel será
86-
Á las aras conducida,
Y hoy mismo mi despedida
Este asilo escuchará.
No verán mis ojos, no,
De mi rival el contento,
Ni escucharé el juramento
Que la violencia dictó;
Furioso, desesperado,
Sin asilo, sin consuelo,
Vagaré en estraño suelo,
De mis penas agobiado:
Sobre mi caballo fiel,
Compañero de mi gloria,
Llena siempre mi memoria
Con la imagen de Isabel,
La muerte voy á buscar.
* - ¡Y yo aquí la encontraré!
Tu nombre repetiré
Al momento de espirar.
¡Oh mi bien el mas querido!
¡Mi delicia, mi tesoro!
La fuerza con que te adoro
Nunca cual hoy he sentido!
¡Tú ves el constante ardor
Que devora el alma mia;
Mas no sabes todavía
El esceso de mi amor!
¡Alberto!
Llega, Isabel,
Llega esa mano adorada
Al pecho en que estás grabada
Por un eterno cincel:
¿No sientes este latir,
Este furioso volcan?
¡Ay, de aquí te arrancarán
Cuando deje de ecsistir!
Ese orgulloso Barón
Obtendrá tu helada mano;
Pero nunca el inhumano
Poseerá tu corazón;
Ese corazón es mió,
Lo juraste ante el Eterno,
Y al mundo y al mismo infierno,
Por gozarlo desafio.
Recuerda, cara beldad,
Aquella noche preciosa,
En que tu boca de rosa
Colmó mi felicidad:
Cuando trémula, turbada,
Llena de pudor divino,
Te amoy dijiste.... ¡oh destino
Infeliz!
¡Desventurada!
¿Y podré sobrevivir
A este momento terrible?
¡Alberto, no, no es posible:
Los dos debemos morir:
Sí, mi bien, la tumba mia,
será ese lecho nupcial!
¡Ah! calla, Isabel, ¡qué mal
Me hace esa palabra impía!
¡Lecho nupcial! no: ¡primero
Mi cadáver han de hollar;
Venga el Barón á buscar
Tu mano con el acero:
Veamos si tan fuerte es,
Como altivo y orgulloso!
¡Pronto ese rival odioso
Quedará muerto á tus pies!
¡Pronto verás al traidor
En sangre impura bañado,
Su pecho despedazado
Por mi acero vengador,
Y el sol que debe alumbrar
Su victoria, su ventura,
Una escena de amargura
Vendrá solo á presenciar!
¡No brillará sobre flores
Su rayo resplandeciente;
Sobre sangre solamente,
Sangre, venganza y furores!
¡En vez de cantos de amor,
De muerte se oirá el gemido!
¡Será en luto convertido
Ese soberbio esplendor!
Tiemble, tiemble ese Barón!
$Y mi padre?
¡Oh Dios!
¡Sabrá
Nuestro amor, y en mí caerá
Su terrible maldición!
¡Ah! qué nombre has pronunciado!
Tu padre, el hombre que un dia
Salvó la ecsistencia mia,
¿Será por mí desgraciado?
¿Y en cambio de su bondad
Y su paternal amor,
Yo llenaré de dolor
Su cansada ancianidad?
¡No, jamas; sabré sufrir
El sacrificio cruel:
Yo te lo juro, Isabel,
Sabré callar y morir!
/ya.— ¡Morir!....,
-AZ6.— Morir: ¿presumes que pudiera
Vivir sin tí? jamas: tú mi esperanza,
Tú mi consuelo, mi ventura fuiste:
Tú, tú sola pudiste
Adormecerme en dulces ilusiones,
Regar de flores el camino incierto.
Que el destino fatal me señalaba;
Isabel, ya conozco que soñaba;
Y que á la realidad por fin despierto!
juna mano de hierro me sacude,
Y á un abismo sin término me lanza:
Vuela desecha en humo mi esperanza!
¡Cómo olvidarme de mi origen pude!
jCómo pensar que un huérfano infelice,
Sin nombre, sin riqueza,
Su destino infeliz unir podía
A la hija de un Barón! ¡desventurado!
¡Ya la suerte castiga mi osadía!
üa.— Alberto, cesa por piedad: ¿acaso
Necesita blasones
Un hombre como tú? ¿Cuál es mas bello
Que la virtud sagrada que atesoras?
Tu generosidad, tu noble brio,
Mi corazón sencillo arrebataron,
Y mis labios, Alberto, te juraron,
Unir por siempre tu destino al mió.
¡Inútil juramento! ¡Tú olvidabas
Que yo era un miserable, sin fortuna,
De compasión y de miseria objeto:
Olvidaste, Isabel, en tu delirio,
Que de un noble la hija, es una esclava,
Que de su mano disponer no puede,
Ni de su corazón!
' ¡Verdad terrible!
¡Espantosa verdad! mas al mirarte
¿En otra cosa, Alberto, pensaría,
Que en amarte sin fin? cuando tus sienes
La victoria en el campo coronaba,
Míos tus triunfos y tus glorias eran!
La voz de la esperanza me decía,
Que mi mano tal vez la recompensa
De tu valor y tu virtud seria:
¡Inútil esperar! sin consultarme
Mi padre fija mi infelice suerte,
¡Qué puedo hacer, sino esperar la muerte!
Mil veces he querido
Descubrir nuestro amor ante sus plantas;
Mas me hiela el pensar que acaso airado,
En tí descargue su furor terrible,
Y sin amigos, sin recurso alguno,
De la miseria víctima serias!
¡Alberto, Alberto; tempestad horrible
Sobre nosotros despiadada truena,
Sin poderla evitar! ¡ay! ¿Qué se han hecho
Aquellos dulces venturosos dias
De nuestra infancia? ¡Oh Dios, eran un sueño,
Que ya se disipó!
¡Sí, sí, no hay duda:
A veces se suspenden mis dolores
Con el recuerdo de tan bellos dias!
¿Te acuerdas, Isabel, de aquella noche
En que brillaba espléndida la luna?
Asentados los dos en la ventana
Que dá hacia el bosque, y contemplando mudos
Del firmamento la estension inmensa,
Y á la naturaleza silenciosa,
Una vaga tristeza me oprimía:
Me contemplaba solo, abandonado
Desde que vine al mundo, en mis oídos
No habían sonado los sagrados nombres
De hijo ó hermano; nunca mi cabeza
Reposó sobre el seno de una madre.
¡Nunca, Isabel! ¡Tan tristes pensamientos
Mi corazón marchito consumían,
La noche aquella, que olvidar no puedo,
Que no quiero olvidar! tú penetraste
Mis tormentos atroces, tú volviste
A mí tus ojos de ternura llenos,
¡Y una mirada, una mirada sola
Calmó la fiebre que en mi pecho ardía!
"¿Por qué lloras, Alberto, me dijiste,
No soy tu hermana yo, mi padre el tuyo?"
fTambien llorabas! En aquel instante
Un Dios me pareciste, un Dios clemente,
Que á la vida de nuevo me volvia:
Mi único anhelo fué desde aquel dia,
De laurel puro coronar mi frente:
Blandió mi mano la pesada lanza,
Por mi valor ansiando merecerte,
Volé á la gloría, desafié á la muerte,
Y coronó el destino mi esperanza:
Al lado de Ricardo, en Palestina,
Yo el primero al peligro me arrojaba,
Y enmedio de las lides me animaba
Tu imagen pura, celestial, divina!
¡Oh cuántas veces, cuántas, esta mano
Rompió los musulmanes escuadronee,
Y sobre sus vencidos torreones
Alcé las cruces del pendón cristiano!
A mis hazañas, á mi fuerte acero,
Que no brilló sin gloria vez alguna,
Premió Ricardo, y tuve la fortuna
De verme al fin armado caballero.
Rico de gloria, ardiendo en amor puro,
Volé á tu lado, y de tu labio hermoso
Una sonrisa todos mis afanes
Coronó dulcemente; no envidiaba
La regia pompa y esplendor del trono;
Tú sola fuiste de mi afán el centro:
Adorarte, servirte, ser tu esclavo,
Fué mi gloria, Tsabel: si la tristeza
De mi alma alguna vez se apoderaba,
Tu mirar la tornaba en alegría:
Tu voz en mis oídos resonaba
Como el acento de una madre tierna,
Cual de una hermana el cariñoso alhago,
Como el concierto melodioso y puro,
Que ante el trono de Dios el ángel canta,
Isabel, Isabel, ¡cuántas delicias,
En solo un dia me arrebate el cielo)
12 #
Acércate: (Llevándola á una ventana).
Contempla esas montañas
Que el sol apenas á dorar empieza: {
£1 no sé ocultará tras esas rocas
Antes de que se cumpla ty himeneo.
¡Calla, calla por Dios! ¿por qué recuerdas
El momento fatal de mi suplicio?
¡Mañana se habrá alzado una barrera
Eterna entré los dos!
¡Alberto, calla!
Mañana, errante, solitario, triste,
Sin porvenir, sin esperanza alguna,
La muerte iré á buscar; y «ú entretanto,
De oró y púrpura un lecho ocupar debes!
¿No tiefcés compasión de mis pesares?
¿Te complaces, cruel, eñ mis tormentos?
Pérdónáttié, Isabel: mi pecho triste
Hiél rebosando esta, y el labio mió
Ultraja tu dolor. Adiós, amada;
Precisó es ya partir.
¿Te vas?
* ¡Es fuerza!
üa.— ¿Y adonde?
No lo sé: ¡por todas partes
Irá cual sombra mi dolor conmigó!
Detenté todavía.
¿A qué? ¿Pretendes
Que té mire llegar hasta las aras?
¡Jamás, jamas! si respeté hasta hora
A mi padre adoptivo; si he ocultado
A sus ojos mi amor, ha sido sólo
Por un esfuerzo doloroso, grande,
Que concebir no puedes; pero ál verte
Tender tu mano á mi rival odioso,
Pronunciar el sagrado jurarhento,
¿Piensas que pueda reportar mi furia?
¿Piensas que mi puñal, mil y mil veces,
El corazón del pérfido no rompa?
¡Isabel, Isabel! hoy á lo menos
Solo nosotros infelices somos;
Pero tu padre no: tal vez un dia
£1 sabrá mi dolor, sabrá cuan caros
Pago sus beneficios.
El se acerca:
¿Cómo ocultar mi bárbaro tormento,
Ni detener mi llanto? ¡Cuánto sufro!
¡Sostenme tú. Dios mió!
ESCENA V.
DICHOS, EL BARÓN FITZ-EUSTAQTTIO.
FITZ-EUSTAQUIO.
Hija querida:
El momento feliz es ya llegado
Dé ver asegurada tu ventura:
El Bárpn de Bohún, tu noble esposo,
Seguido de valientes caballeros,
Pronto vendrá á jurar entre tus trazos
Eterno amor: el patio del castillo
Engalanado está para el torneo;
¿Pero qué miro? tu semblante hermoso,
Triste y> pálido está? ¿por qué no cubren
Tu hermoso cuerpo las nupciales galas?
¿Temes este momento?
¡Oh padre mió!
¡Al contemplar que voy á separarme
Para siempre de vos!*...,
FITZ-EUSTAQUIO.
Ven á mi pecho;
Ven, mi dulce consuelo, mi esperanza;
De mi vejez cansada, único apoyó:
Setena tu semblante, hija querida,
Pronto serás dichosa.
¡Oh padre, padre....
FITZ-EUSTAQUIO.
Oyó mis votos el piadoso cielo:
Reflecsiona, Isabel, cuánta ventura,
Cuánto brillo derrama este himeneo
Sobre nosotros! á los altos timbres
De tus abuelos se unirán ahora
Los de un noble Barón, de un gran guerrero
Por el mismo Ricardo distinguido;
Alberto, ¿no es verdad?
Sí, padre amado:
Decís muy bien, señor. (Infierno, infierno,
¿Por qué no me sepultas?) — (A Isabel) Este enlace
Te llena de esplendor, hermana mia;
Anímate, Isabel.
FITZ-EUSTAQUIO.
Hoy me parece
Que son menos mis años; la ventura
Anima el corazón de los ancianos;
Envidia tengo á tu futuro esposo;
Envidia á los valientes caballeros,
Que en el torneo lucirán ahora
Sus soberbios caballos y armaduras.
Hubo un tiempo también en que mi brazo
Lanzas rompió en honor de la belleza:
Cuando tu buena madre, en dulce nudo
Se unió á mi suerte; en ese patio mismo,
En que hoy tu nombre sonará glorioso,
Yo el de tu madre con valor sostuve:
Ella mira sin duda desde el cielo
Tu ventura, hija mia: pronto en torno
Circulará la copa en honor tuyo
En el festin magnífico: las bóvedas
De este castillo, mudas tanto tiempo,
Hoy van á resonar.... (Suena un clarín).
¿Habéis oido?
Sin duda llegan ya los caballeros:
A encontrarlos volemos, hijo mió:
Y tú, cara Isabel, ve á prepararte:
Cubre de hermosas flores tu cabeza:
Ostenta tu hermosura: que tu esposo
Te encuentre digna de su ilustre mano,
Pura y brillante. Vamos.
Sí, ya os sigo.
ESCENA VI.
ALBERTO, ISABEL.
¡El momento tan temido
Ha llegado ya, Isabel!
Ya se acerca vuestro esposo.
¡A sus 0J03 moriré!
No; seguid, seguid, señora,
El camino que al nacer
Os señaló la fortuna;
Haced feliz la vejez
De vuestro padre, del mió,
Sí, mi padre también es;
Si no lo fuera.... ¡Infelice!
¡Qué posición tan cruel!
Cuando el pecho se me abrasa
¿Debo callar? ¡Oh deber!
Tengo una espada y un brazo,
Tengo de venganza sed,
Tengo el infierno en el alma,
¿Y vengarme no podré?
¡Virtud fatal! Fitz-Eustaquio,
Bienhechor mió, ¿por qué,
Porqué salvaste mi vida?
¿Por qué al punto de nacer
No ecshalé el postrer suspiro?
¡Desgraciado!
Yo no sé
Lo que se pasa en mi alma:
Yo me siento fallecer:
Arde mi frente, mis ojos
Todos los objetos ven
Tintos en sangre: ¡un abismo
Abrirse miro á mis pies!
Y nadie tiende la mano
Para salvarme de él:
¡Tú te vas, tú me abandonas!
¡Infeliz, qué puedo hacer!
¿Armar mi brazo, y en sangre
Teñir el sitio que fué
De mi desgracia el asilo?
¿Hacer que caiga, Isabel,
La maldición de tu padre
Sobre tí? ¡Jamas! seré
Desgraciado; pero digno
De tu amor.
¡Suerte cruel!
¿Con que no queda esperanza?
< — Ninguna: ¡adiós, Isabel!
Tu padre me espera.
¿Y nunca
Nos volveremos á ver?
Es forzoso todavía,
Porque salir no podré
Sin ser visto; pero al punto
Que divertidos estén
En el torneo, yo parto,
Y en mi ligero corcel
Me alejo desesperado
De mi vida, de mi bien.
ESCENA VII.
DICHOS, TIMOTEO.
Señor, el Barón mi amo,
En el atrio del castillo
Os espera: ya se acercan
Los caballeros.
Amigo,
Voy al instante. (Se va Timoteo: se oye dentro una
música marcial, que indica la llegada de los caballeros).
Señora,
Escuchad; ese sonido
Anuncia ya la llegada
De vuestro esposo:
¡Dios mió!
¿Y no muero?
(Cae en el mayor abatimiento en una siüa\.
Cada acento
De esa música un cuchillo
Es que el alma me traspasa!
Tus horrores, negro abismo,
No pueden ser mas atroces
Que este momento.
* — (levantándose). ¡O martirio,
Peor que la muerte! Alberto,
Un espantoso destino
Me conducirá bien pronto
Al horrible sacrificio:
Mi boda y mis funerales
Se unirán. Adiós, amigo
De mi infancia, hermano, amante,
tínico á quien he querido,
¡Adiós! no olvides el nombre
De esta infeliz.
¡No, bien mió,
Ese nombre idolatrado
Será mi postrer suspiro!
Acto segundo
ACTO SEGUNDO.
La decoración del primer acto.
ESCENA I.
Isabel (sentada tristemente con rico trage de boda, y ño-
res en la cabeza), — Leonor (componiéndole una flor).
Dejadme, señora mia,
Que os prenda bien esta rosa:
En verdad estáis hermosa;
Hasta la melancolía
Os sienta bien.
¡Ay Leonor!
Si mostrara mi semblante
Lo que sufro en este instante,
Lo amargo de mi dolor!
Pero no; tú conocer
No puedes la pena mia;
Es una larga agonía
Que no es fácil comprender!
Anoche pensé morir,
¡Oh qué noche! hora por hora
Conté, esperando á la aurora,
Sin descansar, sin dormir.
¡O qué penoso es el lecho
Para el que padece tanto!
Ni llorar pude, ¡ay! el llanto
Me hubiera aliviado el pecho:
Al fin, vi llegar el dia,
Pero la esperanza no;
¡Huyó para siempre, huyó!
¿Y aun respiro, Leonor mia?
Serenad vuestro semblante,
Considerad que es forzoso
; Recibir á vuestro esposo,
Que no tardará un instante.
Tal vez el tiempo podrá
Aliviar vuestro dolor.
* — Tú nunca amaste, Leonor; (Con enojo\>
Déjame, déjame ya.
¿Os ofendí? sabe el cielo
Que os amo, señora mia:
Perdonadme; yo quería
Proeuraros el consuelo:
De nuevo os pido perdón.
Es verdad, no me ofendiste;
Tú penetrar no pudiste
Lo que sufre el corazón;
Uno solo conocía
Lo mas secreto de él:
¡Ay! el alma de Isabel
Solo Alberto comprendia.
Aun está aquí: ¿no es verdad?
Que no se vaya, por Dios;
Juntos podremos los dos
Arrostrar la tempestad;
Mas, ¿qué digo? ¡desdichada!
El debe, debe huir,
Y yo mi suerte sufrir,
Y morir desesperada:
Venga, venga ese Barón
Que debe ser mi tirano,
Aquí está mi yerta mano;
Pero no mi corazón:
Yo se lo diré, sabrá
Lo que ha de esperar de mí,
Y que Alberto siempre aquí (Señalando su corazón}.
Mientras yo viva estará.
¿Se lo diréis?
/«a.— Sí, Leonor,
Todo lo sabrá, y después,
Morir me verá á sus pies,
Ahogada por el dolor!
Tal vez el cielo piadoso
Su corazón moverá;
Tal vez él prescindirá
De esta boda generoso.
£00.— Desechad esa ilusión;
Esperar, señora,, es vanoj
De ese hombre el pecho inhumano
No abriga la compasión.
¿Y tan bárbaro seria,
Que mirándome bañada
En llanto, desesperada
En espantosa agonía,
Jurándole que á morir
Me conduce este himeneo,.
Insistiera? No lo creo;
No puede un ser ecsistir
Tan odioso.
A Dios pluguiera
Que no fuera así, señora;
Pero vais á verlo ahora.
Déjame, Leonor, siquiera
La esperanza; tú también
Te conjuras en mi daño!
Mi esperar será un engaño;
Pero este engaño es un bien.
Es un bien que poco dura.
ha.— Es un instante de calma,
Que hace revivir el alma,
Sumergida en amargura:
Y quién sabe? acaso el cielo
.. •
Con un rayo mé^ ilumina:
Tal vez la bondadAliVina
• •• «
Se apiada ya de mi duelo!. #
De la horrible desventura,//-
El último punto, acaso
Es, Leonor, el primer paso
A la paz, á la ventura. "v y v
¿Y aunque el Barón apiadado ~-<*- C( -\¿
De vuestro llanto, señora,
Quiera desistir ahora
De ese empeño desgraciado,
Vuestro padre prescindir
Querrá también cuando ya
Todo prevenido está/
Preciso será mentir:
Fingiré una enfermedad
Que retarde el himeneo,
Y el tiempo después
Yo creo
Que la triste realidad
Disipará esa ilusión:
Que prescinda de su empeño
El Barón, señora, es sueño,
Me lo dice el corazón.
Eres, Leonor, muy cruel!
Despedazándome estásl
Si este es un sueño no mas,
No me despiertes de él.
ESCENA II.
DICHOS, PEDRO.
(Anunciando), El señor Barón.
¡Dios mió!
Llegó, Leonor, el momento
Decisivo. (A pedro) Haced que pase. (Se vaPedro\
— 1021V-.
Retírate tú. *••./• (A Leonor),
LqA*cfclo8
Os acompasé**' "señora,
Y ablanden* el duro pecho
De e'sfe." hombre. (Se vd).
\ ¡Toda mi sangre
.•/-.JHjeiada en las venas siento;
/•/%•• Ya las fuerzas me abandonan!
>.. - ' Ausíliame, Ser Supremo:
Mi ruego escucha. Oigo pasos....
Es él.... es él! ¡Cómo tiemblo!
ESCENA III.
Isabel, De Bohun.
(Con rico trago de guerrero)*
Ese criado acaba ahora
De decirme que queréis
Hablar conmigo, señora:
A este mortal que os adora,
Aquí rendido tenéis.
Sentaos. (Se sientan).
Al fin os veo
A solas ¡feliz instante!
¡Apenas mi dicha creo!
Hablad, que vuestro deseo
Ley será para un amante.
En vuestra frente divina
Mirando estoy la tristeza:
Hablad, joven peregrina,
Quizá el cielo me destina
A consolar la belleza.
Tal vez informada estáis
De que soy altivo, fiero;
Tal vez de mi amor dudáis,
O al ver mi rostro pensáis
Que es mi corazón de acero.
No, Isabel; desde que vi
Vuestro rostro encantador,
Mi voluntad os rendí,
Y grabada estáis aquí (Señalando su pechó).
Por la mano del amor.
Cierto es que nunca os hablé
De este amor, Isabel mia:
Solo á vuestro padre fué,
A quien la llama mostré,
Que el alma me consumía.
El Barón me aseguró
Que vos me amabais, señora;
Decidme si se engañó:
En vuestro labio halle yo
Mi vida ó mi muertg ahora.
Pero antes de pronunciar
El fallo, bella Isabel,
Dignaos considerar
Lo que me puede costar,
Si por desgracia es cruel.
Señor....
Seguid; ¡qué dulzura
Tiene, Isabel, vuestro acento!
Descubridme esa alma pura.
Veréis en ella amargura!
¿Quién causa vuestro tormento?
— Mi boda:
¡Cómo!
* — Señor,
Miradme. ( Queriendo echarse á los pies del
¿Qué vais á hacer? Barón* que la contiene).
¡Compadeced mi dolor!
Os respeto; pero amor
Jamas os puedo tener!
¡Jamas! ¿Pues por qué razón (Con enojo)*
A vuestro padre, señora,
No lo dijisteis?
¡Perdón!
Tened, señor, compasión
De una muger que os implora!
Noble sois y caballero, (Se arroja á sus pies).
Mi suerte está en vuestra mano!
No tenéis alma de acero!
Una esplicacion espero: (Levantándola),
Hablad, no soy un tirano.
{¡Qué sospecha.... si otro amor!....
No, no puede ser verdad:
Reprimiré mi furor).
Deponed todo temor, (Con dulzura).
Habladme con claridad.
Si nace vuestro desvio
De que no me habéis tratado,
Decídmelo, el pecho mió
Conoceréis, y confio
En que de vos seré amado.
Esa palabra, jam as.
Es espantosa, es cruel!
Ha sido efecto quizás
De la turbación no mas;
¿No es cierto, amada Isabel?
Jamasl ¡ah! por compasión
Esa espresion reformad;
No hiciera mas impresión
En mí la reprobación
Que oyera en la eternidad.
I s(lt — Sí, fué demasiado dura,
Lo conozco, ¡qué queréis!
El esceso de amargura....
Basta, angélica criatura,
Basta ya; no os disculpéis.
¿Tembláis acaso de ser
Esclava en mi compañía?
¡Qué error! ¿lo podéis creer?
Vuestro amor, bella muger,
Será mi norte, mi guia:
¡Mi esclava! no; mi señora,
Mi reina seréis; mandad,
Mandad, joven seductora:
Vuestra voz encantadora
Es la voz de una deidad.
Altivo he sido /por qué
Lo he de negar? hasta aquí,
Este mi carácter fué;
En adelante seré
Lo que vos hagáis de mí.
Mis títulos, mi grandeza,
A vuestros pies están ya,
Y servirá mi riqueza
De engalanar la belleza,
Que el orbe me envidiará.
Mármol y oro cincelado
Formarán vuestra mansión,
Diamantes vuestro tocado,
Y vuestro altar consagrado,
Mi sumiso corazón:
Vuestra suerte envidiarán
Las esposas de los reyes:
Mil esclavos temblarán
A vuestra voz, y tendrán
Vuestros caprichos por leyes:
Inciensos y adoraciones
Os rodearán noche y dia:
Pendientes mil corazones
Estarán de las acciones
De la hermosa reina mia:
¡Y yo á sus plantas postrado,
En su mirar embebido,
De sus glorias embriagado
Con su ventura pagado,
Lo demás daré al olvido!
¡Un trono, un mundo valdría
De mi ecsistencia un instante!
Feliz cual nadie seria,
Y mi vida pasaría
Como un ensueño brillante! (Pausa).
Pero ¿no me respondéis?
¿Nada os merece mi amor?
¿Ni ver mi rostro queréis?
¡Ah! tembláis? ¿No' me daréis
Una respuesta?
Señor....
Seguid.
El cielo es testigo
De que agradece mi pechó
La bondad que usáis conmigo;
Mas....
Proseguid.
Si prodigo,
Va á estallar vuestro despecho;
Pero debo con franqueza
Descubriros la verdad.
Los títulos, la riqueza,
Esa gloria, esa grandeza,
No harán mi felicidad. ^
¿Qué importa que mármol y oto \
Formen mi augusta mansión?,
Si allí me acompaña el lloro,
Me falta el mayor tesoro,
Que es la paz del corazón- ^^'^
El corazón que está herido,
Bajo de un manto real,
O de un humilde vestido,
Siempre estará dolorido,
Siempre sufrirá su mal.
¿Qué me importa, ¡cielo santo!
Ocupar un alto asiento,
Si no es menor mi quebranto?
¿Qué importa verter mi llanto
Sobre rico pavimentó?
De vasallos numerosos^
Decis, seré respetada:
Me obedecerán gozosos;
Ellos serán venturosos,
Pero yo desventurada:
En su corazón sencillo
Amor me alzará un altar;
Pero, ni este amor, ni el brillo,
Arrancarán el cuchillo
Con que me siento clavar.
¡Oh! nada le importa, nada,
El fausto, noble Barón,
A una triste aprisionada!
Será su prisión dorada;
Pero es siempre una prisión!
- Mas no sabré....
Perdonad!
Tal vez os habrá ofendido
Mi mucha sinceridad;
Pero os dije la verdad,
Porque así lo habéis querido.
Hora yo quiero alcanzar
De vos un favor.
¿Cuál es?
Que os digneis renunciar
A este enlace, ó espirar
Me veréis á vuestros pies.
Me es muy duro; pero alzad:
Yo quiero ecsigir de vos
Otra cosa.
Qué? mandad.
* — Que me digáis la verdad,
Como la diríais á Dios.
Os lo prometo.
¿Tenéis
Acaso alguna pasión?
Amáis á otro?.... enmudecéis?
Isabel, ¿no respondéis?
(De rodillas),
(La levanta\
¡Ah, sí amo!
108-^
(¡Maldición!)
Soy infeliz: ¡pronto en mal
Mi bien convertido vi!
¡Oh qué momento fatal!
Mas decidme ¿mi rival? (Con dalzura)*
Miradle.
¿Es Alberto?
Sí,
ESCENA IV.
Dichos, Alberto.
(Entra y se sorprende al ver al Barón).
Isabel.... perdonad, yo imaginaba....
Que estaba sola, ¿no es verdad, Alberto?
No os embarace la presencia mia;
¿No sabéis que yo soy amigo vuestro?
Sí, vuestro amigo, ¿lo dudáis? ahora
Hablábamos de vos: el labio bello
De vuestra hermana, vuestra cara hermana^
De revelarme acaba su secreto;
Pero ¡con qué candor! ¡con qué ternura!
Una virtud tan pura, bajo el cielo
No es fácil encontrar: yo os felicito
De haber ganado un corazón tan bello.
Señora....
Sí, mis lágrimas amargas
Han conmovido el generoso pecho,
Del ilustre Barón: me ha prometido
Suspender por ahora este himeneo:
¿No es cierto? el corazón me lo decia:
Tan valiente y cumplido caballero,
Abrigar no pudiera una alma baja,
Indigna de su nombre.
¿Es este un sueño?
Arrójate á sus plantas, caro amigo,
Arrójate á las plantas del mas bueno,
Del mas digno mortal: ¡ah! que su vida
Haga larga y feliz el Ser Supremo.
¿Pero estás en estatua convertido?
¿Lo dudas todavía?
Isabel.... temo....
Que yo no sea capaz de un sacrificio
De tanta magnitud? Vano recelo:
Nada mas justo, vuestra cara hermana
Os ama, y á mí no; ¿por qué un objeto
Sacrificar, tan candido, tan puro?
Si vuestra cara hermana hubiera puesto
Su amor en un sugeto menos digno;
Pero en vos, joven, vos en cuyo pecho
Se abriga una virtud acrisolada!
Vuestro padre adoptivo, ese buen viejo,
Que la vida os salvó, ¡de cuánto gozo
Se llenará al saber ese respeto
Que á sus canas tenéis! jOh no es posible,
Que quede oculto tan sublime esfuerzo!
j Sacrificio inaudito, inconcebible!
Vivir al lado de ella tanto tiempo
(Sin manchar su virtud! ¡Oh! yo lo juro,
Al Barón lo diré, tendréis el premio
A que sois acreedores, hijos mios:
No lo dudéis.
(!Qué escucho!)
Ya entreveo
La infernal ironía que respiran,
Orgulloso Báron, vuestros acentos.
¿Qué has hecho, desgraciada. 2 ¿y tú pudiste
Pensar jamas que su insensible pecho
Fuera capaz de rasgo tan sublime?
¡Infeliz!
Me injuriáis sin merecerlo:
Vuestra querida hermana....
¡Basta, basta!
No mas nos insultéis. Un caballero
Usa un lenguage franco; sus acciones
Deben llevar de la nobleza el sello;
Pero vos....
¿Y pensabais, bella joven,
Que el Barón de Bohún, puede sereno
Un desden escuchar? ¿que renunciara
Con tal facilidad al bien supremo
De ser esposo vuestro?Al alma mia,
Está quemando un espantoso fuego,
Que escita mas y mas vuestro desvío,
Que no puede apagar el mismo cielo.
jUn rival! un rival! no lo esperaba!
Un huérfano, un espósito!.... ya veo
Qué bien cumplis vuestro deber sagrado:
Un noble anciano de ternura lleno,
Salva vuestra ecsistencia miserable,
Cuida de vuestra infancia, os dá un asiento
En su mesa, os prodiga las bondades
Que al hijo mas querido un padre tierno;
Y vos para pagar sus beneficios,
Cediendo á un loco criminal afecto,
Seducis á una hija hermosa, pura,
Que de su ancianidad era el consuelo.
¡Cállate, miserable! ¡j tú me acusas
De seductor? ¿lo oís? y sufrir puedo
Su presencia? ¡malvado! ¿y til, tú hablas
De virtud? ¡la virtud! No conocieron
Lo que quiere decir esta palabra
Los monstruos como tú! ¡Poder del cielo!
Yo seductor! yo seductor! ¡Infame!
Ved, Isabel hermosa, qué violento
Es vuestro caro hermano: una palabra
Lo llena de furor.
Te ha descubierto
Isabel un secreto, que debia
Para siempre ocultar un triste velo;
Pero lo sabes ya: sí, yo la amaba,
Yo la amo, la amaré; jamas el tiempo,
Ni el poder ni la muerte han de arrancarla
De este fiel corazón, donde con fuego
Grabada está su celestial imagen:
Desde la infancia, desde aquel momento
Que brilló la razón en nuestras almas,
Tal vez desde antes, nuestros labios tiernos,
Que apenas balbutian las palabras,
Pronunciaron de amor el juramento:
Nos amaremos, sí, por mas que airado
Hoy el destino irresistible y fiero
Nos separe; por mas que tú procures
De Isabel atajar el llanto acerbo,
Y con oro cubrir quieras el yugo,
Bajo el que siempre vivirá gimiendo;
Mas yo no la seduje, nuestras almas
Para adorarse hasta morir nacieron,
Y un torrente de amor irresistible
Nos arrastró á los dos al mismo tiempo;
Mas tú no sabes, no, cómo la amo,
¡Con qué veneración! con qué respeto!
Como á una cosa pura, sacrosanta,
Como á un sagrado espíritu del cielo,
Como al ángel que manda en nuestro ausilio
La bienhechora mano del Eterno.
¡Alberto! (Con mucha ternura),
¡Qué ternura! ¡qué palabras!
¡Qué corazón tan candido, tan bello!
Tú comprender no puedes este idioma;
Los tiranos jamas lo* comprendieron.
Y valiente ademas! ¡cuántas virtudes!
Es lástima, Isabel, que el nacimiento
De ese joven no sea conocido:
Porque en verdad, amigo, no sabemos
Quién os ha dado el ser; pero á juzgarlo
Por vuestros elevados sentimientos,
Hijo seréis del mismo rey Ricardo:
¿No es verdad, Isabel?
it/6.— (Meando la espada). Sufrir no puedo.
Defiéndete malvado!
.fea.— (queriendo contenerlo). ¡Alberto!
<— (á Isabel). Aparta*
Tus últimas palabras han abierto
Una profunda herida en mis entrañas,
Que con sangre nomas curarla puedo:
Defiéndete, repito.
¡Alberto mió!
Recuerda dónde estás.
• (con horrible despecho). ¡Es cierto! es cierto!
Este castillo es para mí sagrado: do su espada).
Sagrado! ¡maldición! Vuélvete, acero, (Envainan*
Por la primera vez vuelve á la vaina
Sin vengar el ultrage de tu dueño.
Dá gracias á este asilo: hoy era el dia,
En que ecshalaras el postrer aliento
Al golpe de mi espada, miserable,
Si otro fuera el lugar donde tu acento
Hubiera provocado mi venganza;
Pero saldrás de aquí, y en campo abierto
Se cruzará tu acero con el mió,
Si algún resto de honor hay en tu pecho.
Adiós, Isabel mia: fué posible
Reportarme una vez; pero no puedo
Responder ya de mí. Barón altivo,
Abusa del poder, arrastra al templo
A ese ángel puro; con su amargo llanto
Ya tu condenación se está escribiendo?
Llévala ante el altar, su labio frió
Pronunciará de amarte el juramento;
Mas no su corazón, que en él mi nombre
A tu pesar ha de vivir impreso*
Adiós, Barón, mañana vuestra esposa
Viuda tal vez será: ved este acero:
El esta acostumbrado á la victoria,
El te abrirá las puertas del infierno. (Se vd)<
ESCENA V.
De Bohun, Isabes»
¡Pobre joven! compadezco
Su frenesí! loco está;
Pero confío que pronto
El tiempo le ha de curar.
¡Cómo ha de ser! ha perdido
Una novia, y ademas
Un buen dote: el infeliz
Que lo sienta es natural.
Valor, amada Isabel,
Vuestro hermoso rostro alzad;
No mas llanto, ya pasó
La escena sentimental:
Miradme, yo estoy tranquil*,
Y eso que debiera estar
Celoso: ¡qué desvarío!
Siempre en la primera edad
Hay amorcillos, que luego
El tiempo disipará:
Nos unimos este dia,
Mañana estamos en paz:
Verás, Isabel hermosa,
Qué contento....
Por piedad,
Dejadme, ¿no os basta aún
Mi corazón traspasar^
Sino que en la misma herida,
Jugando estáis el puñal?
Tanta barbarie, señor,
¡Quién pudiera imaginar!
Cuando vuestro padre sepa
Esta escena!.... la sabrá.
No lo dudéis»
¡Ah! por Dios!
(¡Alberto infeliz!) tomad
Mi vida, os la sacrifico;
Pero que yo nada mas
La triste víctima sea:
No queráis sacrificar
A un infeliz; yo lo pido
A vuestras plantas. (Hincándose).
Alzad;
Yo callaré. Ya veréis
Como al fin me habéis de amar:
Mis continuas atenciones
Con el tiempo ganarán
Ese corazón tan bello.
¡Ah, no lo esperéis jamas!
La víctima está dispuesta:
Pronto llegaré al altar;
Poco después á la tumba;
Esto prometo no mas.
Id, señor, id, que mi padre
Tal vez os esperará.
Me retiraré, Isabel,
Puesto que me lo mandáis.
(¡Qué hermosa está! ¡Me aborrece!
Bien, y después me amará). (Se vd).
ESCENA VI.
¡Y esta es la vida! ¿y al mirar el féretro
Cobarde tiembla el mísero mortal,
Cuando la tumba es el asilo único
Donde se encuentra verdadera paz?
De la vida ¿cuál es aquella época
Que no conoce el peso del dolor?
¡Tormento siempre, en todas partes lágrimas!
Tal es la suerte que al mortal tocó.
Desde la infancia basta la edad decrépita,
El niño, el hombre y la infeliz inuger,
Corriendo van tras una sombra mágica,
Que llaman dicha, y que jamas se ve.
£1 triste anciano, de su edad quejándose,
De juventud quisiera disfrutar,
Olvida, imbécil, los tormentos hórrido»,
En que se agita esta infeliz edad.
Es una fiebre, es una fletes indómita,
Es un violento, un loco frenesí,
¡Ay! sus placeres pasan cual relámpago,
Dejando el llanto de su curso al fin.
Siempre deseos, esperanzas pérfida»,
Que nos halagan sin llegar jamas:
Siempre ansiedad, vacío, gozo efímero,
Que se convierte en triste realidad.
Y de la vida en el cercano término,
Del desengaño á la funesta luz,
El corto espacio de la tumba lóbrega....
Un paño negro.... un mísero ataúd!
Tal de la vida es el torrente rápido:
¡Ay! de la mia ya se acerca el fin;
Y yo lo espero eomo espera el náufrago
La amiga playa en que será feliz.
¡O llanto mió, de mis pena» bálsamo,
Ni tú, ni tú me quieres consolar;
Nadie se duele de la triste víctima,
Que de la vida se despide ya!
¡Alberto! Alberto! De mi tumba mísera
La losa, tú con llanto regarás,
Hasta que se unan nuestras almas férvida*
En las regiones de la enernidadt
(Queda sobre una silla, en ei mayor abatimiento}.
ESCENA VII.
Isabel, leonor*
£^0.— Bien dije yo; de ese monstruo
En el pecho no hay piedad:
Tu esperanza, pobre niña,
Se ha desvanecido ya.
Señorita.... no me oye:
Señorita.... qué! si está
En estatua convertida.
¡Quién lo pudiera pensar!
¡Tan amable, tan hermosa!
Y pronto acaso será
Un despojo de la muerte:
¡Horrible fatalidad!
Volved en vos, señorita;
Mirad que van á llegar
Los caballeros.
¡Leonor!
Vuestro vestido arreglad,
Cobrad ánimo, señora:
Vuestro padre notará
Esa turbación.
¡Dios mió!
Mi padre!
Pronto estará
En esta sala: venid:
En el estado en que estáis
No quisiera yo que os viesen;
Retirémonos; andad,
Que se acercan. (Está visto!
La vida le costará.
Hoy celebrarán su boda,
Mañana su funeral). (Se van).
ESCENA VIII.
FlTZ-EüSTAQUIO, DE BoHUN, ALBERTO, CABALLEROS ARMADOS.
(Alberto, un poco apartado de los demás, arroja frecuentemen- te miradas de furor sobre de Bohún).
¡Amor á las bellas, y gloria al valor!
FITZ-EUSTAQUIO.
Resuenen, amigos, las bóvedas altas
Del viejo eastillo, que vuelve á ser hoy
Mansión venturosa de júbilo puro,
Morada brillante de dicha y amor:
Ya todo está pronto: la trompa guerrera
Va á sonar, amigos, oigamos su voz:
Al torneo, vamos! honor al valiente!
¡Amor á las bellas, y gloria al valor!
¿Y quién no se siente de gozo inflamado?
¿Habrá, caballeros, un frío corazón,
En que la hermosura no ejerza su imperio?
A caballo, amigos, al campo de honor!
La lanza sin hierro? muy bien; mas cuidado!
Es fuerte mi brazo, y hoy cuento, por Dios,
Derribar á muchos; cuidado, repito.
¡Amor alas bellas, y gloria al valor!
Tal vez se impacienta el freno tascando,
Mi noble caballo, mi fuerte trotón:
Veréis qué gallardo; jamas en la guerra
Perder los estribos en él se me vio.
Corcel mas hermoso, Ricardo no tiene,
Mas fuerte, mas ágil, mas vivo y veloz:
No hay otro, lo juro, su choque es terrible!
Veremos, veremos: ¡que viva el valor! Wo e ^
FITZ-EUSTAQUIO.
¡Recuerdos de gloria! también hubo un día,
Que mi fuerte brazo valiente lidió,
Y mi vieja sangre aun hierve al oiros!
También yo pudiera combatir con vos;
Pero de mi hija sostenéis el nombre:
El cielo os ayude, valiente Barón!
La música suene, los Heraldos griten....
¡Amor á las bellas, y gloria al valor!
Y luego las copas en torno volando,
Colmadas de ardiente, sabroso licor,
Vaciemos, amigos, brindando contentos
Por la compañera que el cielo me dio*
De Isabel el nombre glorioso resuene,
De rosas corone su frente el amor.
Noble amigo, gracias por tanta ventura. (A Füz\.
¡Dicha á los esposos!
* (¡Y á mí maldición!) (Suena un
FITZ-EUSTAQUIO.
¿Oís? han llamado: sin duda se acerca clarín).
Otro caballero.
Que venga, aquí estoy:
De Isabel me inflaman los ojos divinos:
Yo siento en mis venas desusado ardor!
Voy á armarme al punto: ya estoy impaciente;
Toda la Inglaterra puede venir hoy.
A caballo!
Vamos, que lidiar deseo>
Hasta que en ocaso se sepulte el sol.
ESCENA IX.
Dichos, Pedbo»
De llegar, señor, acaba
Una señora, cubierta
De luto, y acompañada
De un escudero: desea
Hablaros.
FITZ-EUSTAQUIO.
A solas?
No;
Pretende, según se espresa,
De su venida la causa
Decir, ante la asamblea
De los nobles caballeros
Que en el castillo se encuentran:
Pide justicia.
FITZ-EUSTAQUIO.
¿Justicia?
De este castillo las puertas
Al que la pide han estado
A todas horas abiertas,
Mucho mas si es una dama
La que obtenerla desea:
Haced que pase. (Se vá Pedro). Sentaos:
Suspender un peco es fuerza
El torneo. (Se sientan todos).
(¿Qué nos vendrá á pedir esta?)
(Entrando), Entrad, señora. FITZ-EUSTAQUIO.
Sentaos (á Ar abela). Retírate tú (á Pedro).
(Algo oiré desde la puerta). (Se v<£(.
ESCENA X.
Los mismos, Lady Arabela.
(Entra vestida de luto y cubierto el rostro con un velo negro: los caballeros se levantan para recibirla: el Barón Fitz-Eus- taquio le ofrece un asiento junto á él; ella lo toma, y todos vuel- ven á sentarse).
Ilustres Barones, (Sin descubrirse)»
Honrados guerreros,
De Inglaterra ornato,
De valor modelo!
(¡O qué voz) (Turbado).
Oidme;
Oid los acentos
De una noble dama
Que hace mucho tiempo
Oprimida gime
Por un monstruo.
(¡Cielos!
Es ella; mas ¿cómo
Ha roto sus hierros?
¡Me confundo!)
FITZ-EUSTAQUIO.
Al punto
Romped el silencio,
Señora: sepamos
Cuál es el objeto
De vuestra venida:
Si, como le creo,
A pedir ausilio
Venis, yo os lo ofrezco:
Y en verdad, señora,
Llegáis á buen tiempo:
Aquí veis reunidos
Muchos caballeros.
Que á honrar han venido
£1 grato himeneo
De mi hija.
Y acaso,
Señor, mis a-rentos
Turbarán su gozo.
No, señora.
Creo,
Barón, que no es hora
El mejor momento
De escucharla: todo
Está ya dispuesto:
Esta noble dama
Después del torneo
Nos dirá....
No; ahora.
Sabed, caballeros,
Que hay entre vosotros
Un vil, un perverso,
Que sordo á las voces
Del honor, se ha hecho
Indigno del nombre
Que le trasmitieron
Sus padres.
Nombradle.
Mirad ahí el reo. (Señalando á Bohún).
¿De Bohún?
El mismo.
FITZ-EUSTAQUIO.
Barón, ¿será cierto?
¡Mentira! impostura!
¿Quién os dá derecho
De insultar mi nombre?
Barón, yo no puedo
Permitir.,..
Malvado,
Cállate: este velo
Que cubre mi rostro
Te dá atrevimiento;
Pues mírame ahora. (Se alza el velo).
(¡Ocúltame, infierno!)
Conocedme todos.
Es ella.
FITZ-EUSTAQUIO.
¡Qué veo!
La viuda de Ralfo
De Bohún? ¿es sueño?
No, no; soy la misma,
La que ese perverso
Sepultó en prisiones,
Su muerte fingiendo.
FITZ-EUSTAQUIO.
Sí, de vuestro hermano (A Bohún).
Es la viuda: ¡cielos!
Barón, esplicaos:
Decid qué misterio
Es este? Hace años
Que vos, bien me acuerdo,
Celebrar hicisteis
Con pompa su entierro.
Y murió, no hay duda;
Cual vos me sorprendo
De que esta señora. • • •
Cállate perverso:
Señores oídme.
Calla, ó el aliento
Te arranco, infelice. ( Queriendo echarse sobre ella).
No, Barón: ¿qué es esto? (Conteniéndolo).
¿Y no habrá, señores,
Algún caballero,
Que por mí se bata
Con este soberbio?
¿Cuál de entre vosotros
Me ofrece su acero?
Un cab. — Yo.
Yo, yo,
No, nadie
Sino yo; y os ruego
Aceptéis, señora,
Mi brazo.
Lo acepto!
Gracias! (Con entusiasmo).
Vuestro nombre?
Mi nombre es Alberto,
Alberto, señora,
Nada mas; no tengo
Títulos brillantes,
Ni ilustres abuelos,
Ni padres, ni nada!
Nada; no poseo
Mas que un pecho honrado
De entusiasmo lleno:
Mi honor es mi padre,
Madre.... ¡no la tengo!
Mis títulos todos
En mi espada llevo.
En la Palestina
Combatí cual bueno:
Allí la fortuna
Coronó mi esfuerzo,
Y Ricardo mismo
Me armó caballero.
Mi nombre, mi gloria, (Con orgullo).
A nadie la debo.
Me colmáis de gozo,
Señora, admitiendo
Mi brazo, ¡qué dicha!
jMe concede el cielo
Ser de sus venganzas
Humilde instrumento?
Lo seré; no hay duda:
¡Ya hierve mi pecho!
¡Ya siento en mi alma
Sacrosanto fuego!
Barón Fitz-Eustaquio,
Reclamo el derecho
Que le es concedido
A mi débil secso:
Yo pido un combate;
¡Combate sangriento,
En que la justicia
Se muestre del cielo!
De Dios en el juicio
Aparezca el reo:
Señalar os toca
El lugar y el tiempo.
FITZ-EUSTAQUIO.
A vuestra demanda
Negarme no puedo:
El terreno mismo,
Que para el torneo
Prevenido estaba,
Servirá al efecto.
Vos diréis la hora,
Barón. (A De Bohún\.
¡Al momento!
¡Bravo! en el instante!
Oye, Ser Supremo, (Se arrodilla).
De esta desgraciada
El ferviente ruego. 16
Tú que el fondo miras
De mi triste pecho,
Tú que la justicia
Conoces que tengo,
Patente hazla al mundo,
Lanza desde el cielo
Contra quien te ultraja,,
Tu rayo tremendo:
Dale fuerza al brazo
De mi caballero:
Pronuncia tu fallo.
Señor, no lo temo,
Porque tú eres justo:
Sumisa lo espero. (Se levanta).
Joven, al combate
Marchad sin recelo:
En vuestras miradas
La victoria veo.
La tendré, señora,
La tendré, lo espero.
Padre, bendecidme. (A Füz-Eustaquio, doblan»
FITZ-EUSTAQUIO.
Quiera el Ser Supremo do una rodilla).
Darte la victoria.
Mia será, lo creo.
¿Y sabes acaso,
Incauto mancebo,
A lo que te espones
Con ese ardimiento?
A vengarte aspiras
De agravios secretos;
No un fin generoso
Dirige tus hechos.
¡Qué loca esperanza!
Tu victoria es sueño,
Que cual humo al punto
Veráslo deshecho.
De mi espaJa ignoras
El terrible peso,
De mi fuerto lanza
— 125^
El golpe certero.
Sin duda serias
Un infante tierno,
Cuando ya mi nombre
Por el mundo entero
Volaba, sonando
De gloria cubierto:
Mil y mil heridas
Adornan mi cuerpo,
Y siempre en las lides
Triunfante me vieron:
¿Y tú, desdichado,
Que estás aprendiendo
De la guerra el arte,
Tú te jactas, necio,
De vencerme? ¡á risa
Tu loco denuedo
Me provoca!
Basta;
Palabras dejemos,
Y hablen en el campo
No mas los aceros.
Voy á armarme al punto:
Ármate tú presto,
Y verás tu orgullo
En polvo deshecho:
Riqueza, blasones,
No podrán tu pecho
Garantir, malvado.
¡Al campo sangriento!
A la muerte corres:
¡Ay de tí, mancebo!
¡Tiembla!
¡Nunca!
A armarnos,
Que ansioso te espero.
¡Isabel, venganza!
¡A la lid!
Marchemos!
Acto tercero
ACTO TERCERO.
Gabinete gótico: puerta á la derecha qne conduce á lo demás del castillo: puerta
á la izquierda, que dá al dormitorio de Isabel: ventana con vidrios de colores
en el fondo, que se supone caer al patio del torneo, y cuyas hojas deben abrirse á
su tiempo: sillas ¿ce.
ESCENA I.
Leonor. (muy alegre).
¡Qué cambio tan repentino!
¿Con que ya no hay boda? buena!
Pues el chasco es muy pesado
Para el tal Barón; ¡me alegro!
¡Ah! mi pobre señorita
Estaba casi muriendo
De pesadumbre!' ¿A qué hora
Será por fin ese duelo?
De esta ventana que cae
Para el patio del torneo,
Vamos á ver lo que pasa
Por allá. ¡Qué dia tan bello! (Abre la ventana y
¡Qué bonita hubiera estado se asoma).
La función! Sí, por supuesto,
Para todos los demás;
Pero para el pobre Alberto,
Y mi señorita. •.. vamos,
Es mucho mejor que en esto
Haya parado. ¡Qué vista
Tan hermosa! allá á lo lejos
Se miran los "pabellones
De todos los caballeros:
Aquí el dosel de mi anota
Forrado en terciopelo:
Las gradas en derredor
Para que mirara el pueblo:
Allá están ya los Heraldos,
Y aun algunos caballeros,
Que pasean hablando:
Tal vez estarán sintiendo
No haberse dado porrazos.
¡Jesús, qué pesados juegos,
Tienen los tales señores!
¡Oh! también está allí Pedro:
Este que todo lo escucha,
Debe de saber de cierto
La hora del combate; vamos,
Lo llamaré. Hola! Pedro! (Llamándolo con pakna-
Pedro!.... nada; se hace sordo: das y gritos).
Eh! ya me oyó: sube presto,
Que quiero hablarte. No hay cosa ( Vuelve á la
Que pase aquí, que al momento escena).
No la sepa este criado;
Tiene el olfato de un perro
De caza. Mi señorita
Se ha entretenido allá dentro
Con Lady Arabela: ¡vaya!
Pues ha venido del cielo
La tal Arabela. ¡Hola!
¿Ya te hallas aquí? ¡me alegro)
16 #
ESCENA II.
Leonor, Pedro.
Señora Leonor, ¿qué cosa
Se ofrece?
* • Mi buen amigo,
Como tú todo lo sabes....
¿Todo lo sé? ¿quién lo ha dicho?
Yo no sé nada, señora:
Es verdad que, como sirvo
En la casa y no soy tonto,
Lo que sucede averiguo,
Porque al fin.... ya me entendéis;
Pero no siempre consigo
Lo que deseo.
Yo pienso
Que te hallas muy bien instruido
De lo que ha pasado ahora
En el gran salón.
Os digo
Que no sé nada; mi amo
Me mandó salir: no he visto
Mas que entrar á esa señora,
Y que después ha salido
El Barón muy enojado,
Y un poco descolorido,
Repitiendo: ¡morirá!
¡Morirá! y el señorito
Alberto, por la otra puerta
Salió muy contento, y dijo
También ¡morirá!
Y no mas?
Vamos, habla.
Que ha pedido
La señora Baronesa
Un combate á muerte, un juicio
De Dios: que el Barón mi amo
Todo se lo ha concedido,
Y en el patio del torneo
Va á suceder ahora mismo.
Todo eso lo sé; mas quiero
Saber la hora.
¿Pues no digo
Que hora mismo? ya está pronto
£1 gran caballo tordillo
Del señor Alberto; falta
Nada mas que el señorito
Se acabe de armar. ¡Dios sabe
Quién morirá!
Pues te digo
Que eres un tonto! El Barón
Será el que quede vencido.
¿Qué sabemos? tiene un puño,
Que es capaz de hacer añicos
A una encina, y es valiente
Como un león.
Pues yo afirmo,
Que Alberto triunfa.
i Dios quiera!
¡Es tan bueno el pobrecito!
¡Ah! ¿no sabéis otra cosa
Que me han contado?
¿Qué?
Chito!
Por Dios, que nadie nos oiga.
Ese escudero que vino
Con la Baronesa. •..
Vamos,
Habla pronto.
Pues me ha dicho
Que el tal Barón es un monstruo,
Un bribón; el asesino
De su hermano, del buen Ralfo,
Que volviendo á su castillo,
Con Alfonso el escudero,
Fué por Walter sorprendido,
En un bosque; porque el monstruo
Las riquezas y los títulos
Envidiaba de su hermano,
Y también porque el inicuo
Amaba á Lady Arabela,
Y como fué su cariño
Despreciado, creció el odio
De Walter, hasta que impío
En el pecho de su hermano
Clavó bárbaro el cuchillo,
* — ¡Malvado! ¿Mas por qué causa
Ha estado oculto el delito
Tanto tiempo?
El escudero
Era el único testigo
Del crimen, y amenazado
Por Walter, y seducido
Tal vez, ha guardado siempre
El mas profundo sigilo,
Sirviendo al fiero Barón;
Hasta que hoy compadecido
De su señora, ha logrado,
En el instante propicio
De estar el Barón ausente,
Romper los pesados grillos
De Lady Arabela, y juntos
A reclamar han venido
La protección de los nobles
Caballeros que reunidos
Se hallan aquí.
Quiera el cielo
Dar al infame el castigo
Que merece.
Amen. Y ahora
Me voy con vuestro permiso;
Con que hasta luego. (Se vd).
Que Dios
Te lleve por buen camino.
La señorita se acerca:
Aun está descolorido
Su semblante; no será
Por su futuro marido.
ESCENA III.
Lady Arabela, Isabel, Leonor.
Tranquilízate, hija mia:
El écsito del combate
No es dudoso; el mismo cielo
Debe en él interesarse:
A veces el crimen triunfa,
Triunfa, sí; pero aunque tarde,
Las iras del cielo hieren
La cabeza del culpable.
¡Ay de aquel que á su grandeza
Pone cimientos de sangre!
El negro remordimiento
Le atormenta en todas partes,
Y cual serpiente, devora
Su corazón miserable;
Una voz terrible, fuerte,
Que acallar no puede nadie,
En su alma precita suena
Con acento formidable,
Y al fin un rayo del cielo
El abismo á sus pies abre:
Ese Barón orgulloso
Toca al fin de sus maldades.
A vuestra voz, ¡oh señora!
Siento el peso aligerarse,
Que mi corazón oprime:
Sois una segunda madre
Para mí, y en vuestro seno
Deposito mis pesares.
La mano de Dios, señora,
Os mandó aquí como un ángel,
Que en el borde del abismo
Viene piadoso á salvarme:
Un dia tal vez, una hora
De dilación, ya era tarde!
jAy! vuestra bondad me anima
A descubriros mis males:
Ese joven generoso,
Que en el sangriento combate
Va á esponer por vos su vida,
Ese, señora, es mi amante.
¿Y vuestro padre sabia..,,
Nada.
¿Y ante los altares,
En presencia del Eterno,
Ibais á jurar....
¡O madre!
Compadecedme! temia
Que mi padre descargase
Sobre Alberto sus furores.
¡Ay! la maldición de un padre!...
¿Y la de Dios? — ¡Pobre niña!
¡Una vida de pesares!
¡Un infierno! ¡y tan hermosa!
Tan buena! Yo á libertarte
Vengo, hija mia, no temas;
Alberto saldrá triunfante
De esta lucha, y luego....
Luego
Me limitaré á adorarle
En secreto.
¿rfa— Acaso....
¡Oh! nunca
Reveléis, señora,- á nadie
Mi amor: á vos solamente
He podido confiarle,
Porque el desgraciado busca
Quien escuche sus pesares»
ESCENA IV.
Dichos, Timoteo,
El Barón mi amo, señora,
Os busca; ya prevenido
Está todo.
Voy al punto. (Se vá THmoteó).
¡Llegó el momento, Dios mió!
Mi presencia es necesaria;
Animo,* Isabel, propicio
Será el cielo: ¿venis vos?
I sa. — ¿Ir yo? ¡jamas! de este sitio
No puedo moverme!
*— Entonces
Quedaos. ¡Oh Dios benigno,
Haz que la justicia triunfe! (Se vá).
<— ¡Calma, Señor, mi martirio!
ESCENA V.
Leonor, Isabel.
■ ¡Leonor, Leonor; se acerca ya la hora!
¿Concibes tú mi situación impía?
Siento despedazarse el alma mia;
Una ansiedad horrible me devora:
¿Fatal incertidumbre! ¡quién pudiera
Adivinar el fin de ese combate!
¡Mi corazón con qué violencia late!
Al pecho el alma abandonar quisiera:
Ven ámi corazón, dulce esperanza,
Tú sola puedes sostener mi vida;
Tu voz consuele mi alma dolorida,
Que al porvenir con inquietud se lanza.
No puedo sosegar.
Calmaos, señora,
Dentro de una hora....
üa.— Una hora todavía!
Es un siglo, Leonor! ¡bárbaro dia!
¡Ay! una eternidad será esa hora.
¿Ha sonado un clarín?
No, nada suena;
Todo en silencio está.
¡Gran Dios, qué lucha!
¡No puedo mas! alguno viene; escucha....
El es, que viene á consolar mi pena!
ESCENA VI.
Dichas, Alberto,
¡Alberto!
¡Amada!
Isabel bella!
Enjuga el llanto,
La faz serena;
¿No vez el gozo
Que me enagena?
¡Cuánto ha cambiado
La suerte nuestra!
¡Ay! que mi alma
Siempre se encuentra
Entre zozobras.
¡Oh! nada temas!
Ese combate...*
AU). — Mi pecho llena
De una esperanza
Tan lisonjera!
Hace muy poco
Que la tristeza
Me devoraba,
¡Quién lo creyera!
Un solo instante,
Mi suerte adversa
•Cambia: ¡Dios mió!
Mi alma se anega
En gozo puro:
Ya por mis venas
La sangre corre
Con mayor fuerza*
Isabel mia,
¿Conque mi diestra
Puede de un monstruo
Purgar la tierra?
j Gloria, ventura!
¡Dicha suprema!
Rival odioso,
De tu sentencia
Sonó la hora,
Tu fin se acerca!
Ven, que tu sangre
Calme la hoguera
Que arde en mi alma
Con llama eterna.
Y tú, querida
Beldad escelsa,
Bálsamo dulce
De mi ecsistencia!
No temas; alza
Tu frente bella.
iY era posible
Que tú sufrieras,
Tú que has nacido
Para ser reina
De los mortales,
Tú que debieras
Ceñir tu frente
De una diadema?
¡Alberto mió!
Tu voz me llena
De una esperanza,
Tal vez incierta;
Si por desgracia....
¡Qué horrible idea!
En el combate
Tú perecieras,
¿Qué fuera entonces
De mí en la tierra?
No, no, bien mió;
Por Dios desecha
Esos temores,
Que te atormentan:
El cielo mismo,
La Providencia,
Tu amor, tus ojos,
Me darán fuerza:
Cesen tus lágrimas,
Que está muy cerca
De tu ventura
La hora suprema.
Toca, ¿no sientes (Llevando la mano de
Con qué violencia, Isabel á su corazón).
El pecho late
Donde tú imperas?
¿Piensas que acaso
De temor sea?
No, no, querida;
Es de impaciencia,
Es que la gloria
Todo lo llena.
137—
¿No ves mis ojos
Cual centellean?
¿No sientes, dime,
La voz secreta
De la esperanza?
¡Ya no te acuerdas
De que á esta espada
Debí en la guerra
De mil victorias
La recompensa?
Mírala, hermosa,
¿No ves en ella
Feliz presagio,
Victoria cierta?
Esta es la misma
Que me ciñeras
Cuando animoso
Marché á la guerra
De Palestina,
¿No lo recuerdas?
Tócala, hermosa:
Tu mano bella
Le comunique
Celeste influencia.
Sí, sí, no hay duda;
Solo con verla,
A la esperanza
Mi alma se entrega:
Siento aliviarse
Todas mis penas,
¿Y tu armadura,
Dime, es aquella
Que antes llevabas?
Déjame verla.
Sí, sí, la misma.
¡Oh! quién pudiera
Ser el escudo
De tu defensa!
(Saca la espada).
(Ecsatninando su ar-
madura).
Alberto mió,
Acaso es esta
De nuestra vida
La hora postrera;
Pues bien, amigo,
Quiero que sepas
De mi amor puro
Toda la fuerza.
jSabes que te amo; (Con mucho fuego)*
Pero mi lengua
Nunca ha podido
Darte una idea
Del fuego activo
Que aquí me quema.
Hay sensaciones
Que no se espresan,
Que el alma toda
Nos basta apenas
Para sentirlas
Sin comprenderlas*
Nunca los hombres
Tienen idea
De lo que sienten
Las almas nuestras:
En las mugeres
Amor impera,
Cual rey despótico:
Nuestra ecsistencia
Toda él ocupa,
El solo llena.
Esta mañana...,
¡Bondad inmensa
De Dios, perdona
Mi culpa horrenda!
Vértigo insano
De mi cabeza
Se apoderaba:
Mi propia diestra
A dar fin iba
De mi ecsistencia:
Ya de un veneno....
¡Isabel, cesa!
Cesa! tus voces
De horror me llenan!
¿Conque tú misma....
¿Y quién pudiera
Calmar entonces
Mi furia horrenda?
De sangre rios
Correr hiciera,
Y ya cansada
De herir mi diestra,
Contra mí mismo
La dirigiera:
jOh! no lo dudes,
Amiga bella,
Tu propia tumba
Mi tumba fuera!
¡Ah! por fortuna,
Ya mas risueña,
De la esperanza
La luz destella:
Verás muy pronto
Cuál tus cadenas
Caen á mi furia,
Rotas, deshechas.
¡Oh cuánto tarda
De la pelea
La hora!
A la plaza
(Desde la ventana en donde ha estado desde el principio de la escena).
El Barón llega.
¿Llega? ¡qué dicha!
¡Gran Dios! las fuerzas
Me faltan. • •. (Sentándose).
— Calma,
Calma tu pena:
Voy á vengarte,
¡Adiós! no temas.
Leonor querida,
Cuida tú de ella,
¡Adiós!
Escucha
Por vez primera,
Quiero pedirte....
¿Qué? dilo, ordena:
Yo soy tu esclavo,
Di qué deseas. dose).
Dame un abrazo. (Con ternura, levantan
¡Ah! dicha escelsa! (Abrazándola),
¡En este instante
Morir debiera!
¡Reyes del mundo,
Vuestra diadema
Por este abrazo
Trocar quisierais!
¡Soy invencible!
¡Tirano, tiembla!
Adiós, bien mió,
Adiós! me espera
Allí la gloria,
Voy á obtenerla! (Se vá precipitado).
ESCENA VII.
Isabel, Leonor.
(En toda esta escena hará Leonor grandes pausas, como lo in- dican los plintos en el diálogo).
¡Alberto! ya partió, y acaso nunca
Le volverán á ver los ojos mios:
Estos ojos de lágrimas cubiertos,
En vano en esa puerta estarán fijos!
Acaso pronto, revolcado en sangre,
Aquí conducirán su cuerpo frió. •..
¡Ah! sobre su cadáver adorado,
Ecshalaré mis últimos suspiros!
£,£0— ¿Por qué pensar de un modo tan funesto?
El triunfará, señora; yo confio
En su justicia.
(Ruido de voces en el patio del torneo, que se oyen como de lejos).
¿Escuchas esas voces?
La lucha va á empezar, ¡atroz martirio!
Ponte en esa ventana; yo no puedo,
Yo no tengo valor!
(colocándose en la ventana). Desde este sitio
Se ve perfectamente lo que pasa:
Yo os lo referiré.
¡Poder divino!
Dale valor á mi angustiado pecho!
Lady Arabela ocupa el lugar mismo
Que para vos estaba destinado,
Y vuestro padre la acompaña.... el circo
Mandan los jueces despejar ahora....
Hora lo reconocen.... ya reunidos
A la señora Baronesa se hallan
Los demás caballeros.... hora altivo
Sobre un caballo, como su alma, negro,
Entra el Barón... da vuelta al campo... fijo
En su sitio está ya como una torre.
¿Y Alberto? (Con inquietud).
* — No le veo; no ha venido....
Ya, ya llega... ya salta la estacada:
Oid esos aplausos que su brío (Aplausos dentro).
Arranca del concurso, ¡bravo! bravo! (Aplaudiendo).
¡Qué hermoso está!
¡Gran Dios! oye propicio
De esta infeliz el fervoroso ruego*(H¡ncdndose).
Tú á cuyo acento tiembla conmovido
El universo, tú, cuya mirada
El corazón penetra de tus hijos,
Truena, Señor, contra el malvado, truena!
Un rayo lanza contra el hombre impío,
Que ultrajó la virtud; anima el brazo
Del joven caballero que ha emprendido
De la justicia la defensa. ¡Oh padre!
¡Oh padre justo, omnipotente y pió!
Mírame aquí de lágrimas bañada,
Pronta á desfallecer, ¡ah! sin tu ausilio
No podré resistir á tantas penas:
Escucha de esta mísera el gemido:
Hasta tu trono refulgente suba
De mi dolor el penetrante grito.
Ya el señorito Alberto dá la vuelta:
¡Con qué destreza rige á su tordillo,
Cuya rizada crin el viento ondea!
¡Oh qué hermoso caballo!.... todos fijos
Tienen en él los ojos.... ya se para:
Para acá está mirando el señorito:
Sin duda os busca, vedle un solo instante,
Tal vez el alma os manda en un suspiro.
Asomaos.
J sa. — ¡No puedo!
Un solo instante, (Se asoma Isabel)»
Esto lo animará. Ya, ya os ha visto.
¿Será la última vez? ¡Muero al pensarlo!
Ya las lanzas enristran ¡oh Dios mió!
Van á dar la señal: por Dios, señora,
Por Dios, no la escuchéis.
(Queriendo taparle los oidos. Suena un clarín),
¡Ah!
(vuelve á la ventana). ¡Ya han partido!
Rayos parecen: ya se encuentran.... ¡cielos!
Las dos lanzas han dado á un tiempo mismo
En sus fuertes escudos, y en pedazos
Han saltado las dos.
- (con la mayor ansiedad). ¡Oh qué suplicio!
Vuelven atrás, y nuevas lanzas toman....
Ya vuelven á partir: ¿habéis oido (Ruido dentro).
El ruido de su choque formidable?
¡Qué furia, Eterno Dios!.... ¡Qué es lo que miro!
¡Santos del cielo!
¿Qué?
El señor Alberto. •. •
¿Qué?
¡Le falta el caballo; ya ha caído!
¡Ah! (Cae desmayada).
Pero no temáis, ya se levanta... (Sin verla).
Veo que la espada saca enfurecido....
El Barón también deja su caballo. •. •
Ya combaten á pié.... ¡oh Dios benigno! das).
Protégelo, protege su inocencia! (Ruido de espa-
¡Qué golpes! ¿No escucháis, señora, el ruido
De sus espadas? (viéndola). ¡Ay! la desdichada
Al peso cedió de su martirio:
Señorita.... está helada, es un cadáver.
¡Leonor!...
Ya vuelve; ¡pero qué estravío
Noto en sus ojos!
J sa. — (levantándose), ¡El ha muerto! ha muerto!. •..
¿El no ecsiste, Leonor, y yo respiro?....
¡Aun falta sangre que verter; mi sangre!
¡Ven, odioso Barón, el pecho mió
Rompe, rompe este seno que lo adora!
¡Yo te aborrezco, monstruo, te maldigo! (Con fuer-
Vamos, Leonor, corramos á encontrarlo: za).
Que su feroz acero, ya teñido
En la sangre de Alberto, en mí se cebe !
¡Acaben con mi muerte mis martirios!
¡Alberto era mi dios! lo idolatraba! (Con gran ter-
¡Vivir no quiero, si con él no vivo! nura).
¡Alberto! mi querer! mi bien! mi gloria!
¡Espérame un momento; ya te sigo!
Acto cuarto
ACTO CUARTO.
La decoración del primer acto.
ESCENA I.
Pedro, Timoteo y criados.
(Conducen desmayado y cubierto de sangre, al Barón de Bo~ hún, y lo colocan sobre las sillas),
¡Cómo pesaba el difunto!
Como pesa todo muerto.
Vosotros retiraos. (Se van los demás criados),
¿No lo dije, Timoteo,
Que la boda parecía
Mas bien que boda un entierro?
Mira si soy algún tonto.
¡Yo estoy como loco, Pedro!
A veces en solo un dia
Pasan acontecimientos,
Que en un año no han pasado.
Pero viste qué denuedo
De los guerreros, ¡caramba!
Yo estaba helado.
¡Qué recio
Se daban, hombre! te digo
Que no he tenido mas miedo
En mi vida; ni aun de niño,
Cuando me contaban cuentos
De hechiceras y gigantes.
Alguno llega: silencio.
ESCENA II.
Dichos, Isabel, Leonor.
Deteneos.
¿Dónde está?
¿Dónde está el fiero Barón?
Que rompa mi corazón;
Yo no quiero vivir ya:
¡Destino fatal! impío!
¿Dónde se halla mi adorado?
Quiero morir á su lado,
Sobre su cadáver frió. Barón),
Allí está.... mi bien.. •. (Señalando el cadáver del
(conteniéndola). Señora,
¿Qué hacéis?
, — Dejadme llegar:
Quiere con él espirar
Esta muger que lo adora.
¡Que lo adora! (Sorprendido).
Sí, sayones,
Esa vida era la mia:
¡Y quién dividir podría
Jamas nuestros corazones!
¡Dejadme llegar, por Dios!
Juntos debimos vivir,
Pues hora juntos morir
Debemos también los dos.
¡Ah! si la piedad ois,
Soltadme.
¿Pero qué hacéis?
Ese cadáver que veis
Es del Barón.
(/Sorprendida), ¿Qué decís?
¿Pues Alberto?
Se halla hora
Recibiendo el parabién
De su triunfo.
(admirada). ¿He oido bien?
Sí; no lo dudéis, señora:
En el patio del torneo
Lo proclaman vencedor.
¡Este es un sueño, Leonor!
Sí, también soñar yo creo.
Si es engaño, salir de él
Un punto será, y morir,
¡Cielos! ?mi Alberto vivir?
Vive, señora.
(dentro)*. ¡Isabel!
El es ¡oh Supremo Ser! (Con trasporte).
El es: ¡sostenme, Leonor!
¡Antes me ahogaba el dolor;
Hora me agobia el placer!
( Queda desvanecida en los brazos de Leonor).
ESCENA III.
Dichos, Alberto.
¡Isabel! Isabel!... ¿Pero qué veo?
Leonor, ¿qué es esto?
El gozo la ha postrado.
Oye mi voz, ¡óh dueño idolatrado!
¡Los ojos abre, en que mi dicha leo!
¡Isabel! ¡ah! ya vuelve, ¡cuan hermosa!
Ya palpita su seno blandamente:
Una sonrisa vaga dulcemente
En sus labios purísimos de rosa.
Alza esa frente candida y divina,
Ya eres libre, Isabel,
¿Y es cierto?
jEs cierto!
Mírame.
Deja que te toque, Alberto,
¿Tanta ventura el cielo me destina?
No, no es una ilusión; tu ardiente mano
Torna á estrechar la moribunda mia:
¡En el sepulcro, Alberto, te creia!
¡Oh placer grande, inmenso, sobrehumano!
Pero dime, por Dios, ¿no estás herido?
¡Ah! si vieras, mi bien, cuánto he llorado!
¡Si supieras qué instantes he pasado!
¡No sé cómo sufrirlos he podido!
¡El cielo solo, la bondad del cielo,
Sostenerme ha podido en este día!
Pero ya vuelvo á verte, ¡qué §legría!
¡Trocó Dios en placer, mi amafgo duelo!
Gracias, gracias, Señor; ¡ah! la ventura
Perturba mi razón, Alberto mió:
A hablarme vuelve; dudo, desconfio:
Tanta dicha, ilusión se me figura.
* — No, Isabel; es verdad.
Mas tú caíste
Del caballo: Leonor vio tu caida,
Y al saberla pensé perder la vida;
Dime, dime por fin, cómo venciste.
Menos fuerte mi caballo
Que el del furioso Barón,
En la segunda carrera
Por desgracia me faltó,
Y caímos; pero al punto,
Levantándome veloz,
Saco mi acero, este acero
Que jamas me abandonó:
A mi contrario me lanzo,
Que sin prever mi intención,
De su triunfo sonreía,
Lleno de orgullo feroz:
Su caballo desjarreto
En el instante: el Barón
Echa pié á tierra, y la espada
Saca ciego de furor:
El era, Isabel, mas fuerte,
No mas ligero que yo;
Y sus golpes evitando
Con destreza, la ocasión
Hallé al fin, que deseaba:
De cubrirse no cuidó
Por herirme, y al instante
Le tittpasé el corazón.
No pudo mas, y en el circo
Casi sin vida cayó.
General aplauso entonces
Sonar oigo en derredor:
/ Victoria, honor al valiente t
Todo el concurso gritó,
Y los heraldos y jueces
Me proclaman vencedor;
Pero en medio de esos gritos
Yo no escuchaba tu voz,
Tu voz para mí mas grata
Que la de la gloria.
Yo,
Entre tanto combatida
De la inquietud mas atroz,
Desde mi estancia escuchando
El espantoso rumor
Del combate: á cada instante
Sintiendo en mi corazón
Mil muertes.... ¡qué no he pasado!
XiOs dos, Alberto, los dos
Los golpes hemos sentido,
Tú en el escudo, aquí yo. (Señalándose el corazori\.
Cierto es que tú no escuchabas
Entre las otras mi voz,
Y sin embargo sonaba
Con mas fuerza y mas ardor
Que todas; porque la mia
Por tí se elevaba á Dios.
Sí, mi bien, y el Ser Supremo
Tu ruego grato escuchó,
Porque como tú, fué puro,
Ardiente como tu amor!
* — Sí, como mi amor, Alberto;
¡Oh! nunca de mi pasión
He conocido la fuerza,
Hasta el instante de horror,
En que muerto te he creído. _
¿Quién mas dichoso que yo?
Aunque jamas nos unamos,
Esa sublime espresion
De tu ternura, es mi dicha;
Te lo juro por mi honor:
Por el imperio del mundo
No cambio mi suerte, no!
Pero ya tu padre llega
Con los demás.
* — ¿Tanto amor
No pagaré con mi mano
Alguna vez? ¡santo Dios!
¡No hay felicidad cumplida!
¡Tal es nuestra condición!
ESCENA IV.
Dichos, Arabela, Fitz-Eustaquio, Pedro, Timoteo, Caba-
lleros.
-ARABELA.
Caballeros, ya habéis visto
De mi causa la justicia:
Del écsito del combate
Ninguna duda tenia:
De ese perverso en el cielo
La sentencia estaba escrita,
Llegó por fin, y ha pagado
Los crímenes de su vida.
Recibe, valiente joven, (A Alberto)*
La gratitud que me anima:
Tú fuiste el digno instrumento
De la justicia divina:
Tú rompiste mis cadenas:
Por tí cobro en este dia
Mis títulos usurpados,
Y mi libertad perdida.
Basta, señora; lo que hice
El deber me lo imponía:
Como honrado caballero,
A la virtud oprimida
Mi espada ofrecí: del cielo
Es la victoria, no mia:
¡Dichoso yo que instrumento
Fui de las celestes iras!
Mas no quedará sin premio,
Joven, tu noble osadía:
Por mi heredero te nombro;
Sí, yo no tengo familia:
¡Ay! me arrebató el tirano
El solo hijo que tenia!
Tú lo serás desde ahora,
Tú formarás la delicia
De mi vejez.
¡Ah señora,
Tanta bondad!
FITZ-EUSTAQUIO.
Merecida
La tienes: como valiente
Te has portado en este dia:
Bien, hijo mió, también yo
Te debo mucho; esa víctima
A la desgracia arrancaste,
También te debe mi hija
Su libertad. ¡Ah! cuál fuera
Tu suerte, Isabel querida,
Enlazada para siempre
A ese monstruo de perfidia 1.
¡Tiemblo al pensarlo! un modelo
De honradez, yo lo creia;
Baronesa, aquí os condujo
La Providencia divina,
Para arrancar al infame
El velo que lo cubría.
Sus crímenes espantosos
Sabéis ya: su mano inicua
Fué la que del digno Ralfo
Cortó la apreciable vida.
Ese escudero qué traje
Conmigo, y que en otros dias,
Fué cómplice involuntario
De Walter, la historia impía
Me ha referido..
Señora,
Vuestro escudero suplica
Que ante esta ilustre asamblea,
Hablaros se le permita.
FITZ-EUSTAQUIO.
Haced que pase al instante. (A Pedro. Se vá).
Ven á mi pecho, hija mia,
Démosle gracias al cielo.
Del precipicio en la orilla
Te ha salvado: sus bondades
Hacia mí, son infinitas.
ESCENA ULTIMA.
Dichos, Alfonso, Pedro.
Entrad.
Entrad, el noble Fitz-Eustaquio
De hablar en su presencia os da permiso.
Decid lo que queréis.
— Noble señora,
Y vosotros también, ¡oh esclarecidos
Caballeros 1 oid: Ya las maldades
De Walter conocéis, del que yo he sido
Cómplice involuntario, y vos, señora
Perdonáis generosa mi estravío.
Pero hay otro secreto, un gran secreto,
Que esperaba, señora, descubrirlo
Después de ese combate; cuando el cielo
Castigara de Walter los delitos.
Habla, Alfonso, declara cuanto sepas.
El cielo que me escucha es buen testigo
Del gozo que me anima, y que en mi abono
Está escrita en el libro del destino,
Una acción buena: ai, señora, Walter,
De su ambición frenética impelido,
A toda costa quiso de su hermano
Las riquezas poseer, y grandes títulos.
Vuestro hijo era el legítimo heredero;
Deshacerse intentó del tierno niño,
Y á mí me encomendó su asesinato,
Porque ya entonces me juzgó el inicuo
Incapaz de faltarle: de este modo
Logré tener en mi poder al hijo
De mi buen amo, y engañando al monstruo,
Que su muerte creyó, del tierno niño
Salvé los días.
¡Como! qué he escuchado!
¿Y vive?
Vive.
Es cierto? Dios benigno!
Cuánta ventura ! ven, que yo te abrace,
Alfonso: ven.... mas dime, dime el sitio
Donde se encuentra: dímelo.
Escuchadme.
Al infante tomé, cuyos gemidos
El corazón mas duro conmovieran,
Y conociendo el corazón benigno
Del noble Fitz-Eustaquio, en el instante
Me dirigí en silencio á este castillo:
No estabais vos en él; (á Fitz-Eustaquio)
pero en la senda
Que á él conduce, el depósito querido
Dejé, esperando inquieto el resultado,
Observándolo todo sin ser visto,
Pues la maleza me ocultaba: entonces
Os vi llegar; señor vi que movido
De ternura hacia el niño desgraciado,
Al pecho lo estrechabais compasivo,
Y aquí le condujisteis.
¡Que oigo, cielos!
FITZ-EUSTAQUIO.
¿Qué dices? conque Alberto....
Sí, ese mismo,
Ese valiente, generoso joven
Que os ha vengado
Es él?....
Es vuestro hijo.
Hijo!... (estrechando á Alberto)
Madre L... (echándose en sus brazos.)
FITZ-EUSTAQUIO.
Que dicha!
• (No es un sueño? (con gozo*)
Es noble? ¡que ventura! será mió!)
(Por un gran rato queda Alberto abrazado á La-
dy Arabela 9 llorando de ternura, y de júbilo: se-
para un poco su rostro, la contempla con una mi-
rada ávida y llena de amor. Lo que sigue lo
dice con muchísimo fuego, y ternura )
Madre!.... madre! repetir
Dejadme ese nombre amado,
Y en vuestro pecho abrasado
Vuestro corazón sentir.
Sí, yo lo siento latir
Contra el mió. *.. ¡qué placer!
¡Dicha inmensa! ¡Eterno Ser,
Ya puedes tomar mi vida!
¡Oh madre, madre querida!
Al fin te consigo ver.
¡Cuánto, cuánto padecí
Por no conoceros ¡Dios!
Y vos entre tanto, vos,
Llorando también por mí?
Ah! ya me teneú» aquí:
Apenas mi dicha creo!
¡Oh madre! os escucho, os veo,
En vuestros brazos estoy!
Ya soy feliz, ya lo soy!
Cumplió el cielo mi deseo!
Madre! á la naturaleza,
A mi pecho, al mismo Dios,
Yo preguntaba por vos,
Devorado de tristeza:
Ay! en este instante empieza
Mi ecsistencia, mi alegría... «
Hijo! • • • • (con trasporte vivísimo)
> — Madre.... hermoso dia!
Mil veces hijo llamadme!
Venid todos, abrazadme:
Padre.... Isabel.... Madre mia!
\Arabela, Fitz-Eustaquio é Isabel lo rodean abrazán-
dolo, y cae el telón.)