Acto primero
ENSAYO DRAMÁTICO EN TRES ACTOS Y EN PROSA
Méjico. Época actual. La acción empieza á las cinco de la tarde,
y acaba á las cinco de la mañana del día siguiente.
ACTO PRIMERO
Sala decentemente amueblada, con una puerta en el fondo y
cuatro laterales. Mesa en el centro con papeles y recado de
escribir. Un reloj, una campana, un álbum con retratos, un
velador, periódicos. Al levantarse el telón, aparecen Eugenia, sentada en un sofá, como meditando, y david, que
entra de la calle y se detiene por un momento al verla.
ESCENA I
EUGENIA y DAVID.
(¡En qué estará pensando!) (Acercándose). ¡Eugenia!
¡Ah! ¿Eres tú, David? Qué pronto has vuelto,
amigo mío.
¿Muy pronto?
Por lo menos, no has tardado tanto como yo
esperaba. Y, á lo que parece, vienes muy contento,
¿no es verdad?
Y con razón: figúrate que al volver de Tacubaya
me encontré, en el mismo tren en que yo venía, con
un antiguo compañero de colegio, á quien tú no
conoces, pero del cual te he hablado muchas veces,
citándole como el mejor y más querido de mis
amigos.
¿Manuel Romea?
Si, Manuel Romea. Muy buen muchacho: ya verás
cuando lo trates. Y yo lo quiero mucho; como que
es la personificación de mis recuerdos de estudiante,
época, tal vez, la más hermosa de mi vida, puesto
que entonces fue cuando te conocí.
Gracias, David. Y, dime: ¿has visto ya El Siglo XIX de ayer?
No. ¿Qué dice de importante?
Trae un párrafo en que se deshace en elogios para
tí, diciendo que... (Toma un periódico y se lo enseña
en el punto á que se refiere.) mira, aquí está.
¡Veamos! (Leyendo). « Tenemos el gusto de anun-
» ciar á nuestros lectores que el célebre artista de
» cuyos triunfos hablamos en uno de nuestros nú-
» meros pasados, ha vuelto, después de cinco años
» de ausencia, á la tierra que le vio nacer. Sabemos
» que este tiempo lo ha empleado estudiando en
» Italia, y recorriendo las más hermosas ciudades
» del antiguo mundo; estamos seguros de que esto,
» unido á su talento y á su genio, hará que el joven
» artista se coloque á la altura de los más afamados
» pintores mejicanos. Nosotros lo felicitamos sin-
» ceramente por sus triunfos, deseando para su
» frente todas las coronas que merece. »
¿Ya lo ves?
Estas son picardías de algún buen amigo que me
— ¿15 —
quiere, y que aumenta en su cariño el poco mérito
que tengan mis pinturas. Porque, á la verdad, las
pobres no merecen tanto. Y ahora que recuerdo,
podría jurar que estas líneas han sido escritas por
Manuel. Si, es uno de los redactores de El Siglo XIX.
Ni sabe lo que se le espera cuando venga. Voy á
regañarle. Afortunadamente estará aquí dentro de
poco.
¡Feliz de tí, que tienes quien te visite!
Si ayer apenas hemos llegado, ¿cómo quieres que
vengan á visitarte tus amigas?
¿Mis amigas?
¡Vamos! todavía no tienes razón para quejarte.
Ya ves yo: no he visto más que á Manuel, y eso por
una casualidad, y, sin embargo, nada digo. Estoy
seguro de que mañana van á acediarnos todos
nuestros conocidos, y (En este momento, María,
que llega, interrumpe á David, arrojándose á los
brazos de Eugenia.)
ESCENA II
Dichos, MARÍA.
¡Eugenia!
¡María!
¡Tú!... ¡tú!... ¡después de tanto tiempo!... dame
otro abrazo... ¡déjame que te bese!... ¿Y usted,
David, bueno?
(Tendiéndole la mano.
Como siempre, María; aunque no, no como siempre, sino mejor.
Pues qué, ¿ha estado usted enfermo?
Desde el momento en que dejé las playas de Veracruz... Es tan hermoso este, país de flores y de
volcanes, tan puro este cielo bajo cuyo azul se deslizaron las primeras horas de mi vida, que, lejos
de aquí, se sintió oprimido el corazón por una
ansiedad inexplicable, por una especie de nostalgia,
semejante á la que Adán debió experimentar ai
partir del Paraíso. Y luego, que yo no puedo prescindir de las mejicanas son tan bellas
¡tan adorables!
Gracias, en su nombre, mi querido amigo; pero
no debiera usted decir eso, delante de Eugenia por
lo menos.
¿Porqué, María?
Porque te encelarás de ese cariño universal de tu
marido, que, ya ves, hasta tiene la franqueza de
decirlo.
¡Si te digo que es más enamorado!
¡Ah! ¡Ah! ¿Conque esas tenemos?.
En cambio, Eugenia es la amiga más ingrata de
todas las amigas.
MARÍA. •
¿Cómo?
Cuando usted llegó, precisamente estaba acusando
á todas sus antiguas compañeras de que la habían
olvidado, y de que...
Es verdad, querida; pero tú me perdonarás que
lo haya hecho en medio de mi soledad y aislamiento.
Sin duda alguna, Eugenia, y puedes creer que si
antes no he venido á verte, ha sido porque hasta
hoy en la mañana me participaron la noticia de tu
vuelta.
Conque, señoritas, ustedes deben tener muchas
cosas que decirse, y yo las dejo para que puedan
hacerlo más libremente.
¿Te vas?
Sí, querida; tengo un poco de quehacer por allá
dentro, y quiero concluir esta misma tarde si es
posible. María, que no sea ésta la última vez que
nos visite.
No tiene usted razón para decírmelo, David: soy
demasiado egoísta, para no procurarme el placer de
saludar á una hermana y á un amigo á quienes tanto
quiero.
(Saluda y vase 2.*puerta izquierda.)
ESCENA III
EUGENIA, MARÍA.
Y bien, Eugenia: ¿qué tal has pasado estos cinco
anos? ¿Te habrás divertido mucho habías estado muy contenta?
Sí, María; porque es un gran placer vivir al lado
de un buen esposo, que nos ama, á quien amamos,
y cuyos triunfos en países tan artísticos como la
Italia, nos llenan de orgullo y satisfacción.;Si
vieras cuánto gocé en mi pobre casita de Florencia,
el día que supe por un periódico que un cuadro de
David había obtenido el primer premio! ¡Oh!,
en aquellos momentos, no me habría cambiado por
nadie, absolutamente por nadie. Dejando á un lado
el sentimiento nacional, haciendo abstracción del
mejicano, el autor era mi esposo, y ya tú podrás
figurarte que la cosa era para volverme loca. Los
diarios no hablaban más que del pintor de El tormento de Cuahutemotzín, que era el asunto del cua-
dro, elogiándole y asegurándole un porvenir do
gloria y celebridad.
Estarías muy alegre
¡Y sin embargo!
¿Y sin embargo, qué? concluye.
María: tú, más que mi amiga, eres mi hermana,
y te lo puedo decir todo. Cuando yo consideraba
que era la mujer del artista á quien todos admiraban y á quien todos ansiaban conocer; cuando yo
consideraba que era indigna de llevar su nombre,
su nombre que era un título de gloria, y que yo
manchaba con el mío, se anegaban en lágrimas mis
ojos, y más de una vez me arrodillé para suplicar á
Dios que me matara, que me matara para dejarle
libre.
¡Pobre Eugenia!
Cuando en el paseo, cogida de su brazo, veía yo
que alguno se fijaba en nosotros y hablaba al oído
de su compañero, me parecía que aquel hombre
estaba al tanto de mi situación, y que hasta se
volvería á mí, para acusarme de haber unido mi
nombre al de David. Y luego que los artistas se
encuentran en una atmósfera tan luminosa, tan
radiante, que el borrón más pequeño es advertido
inmediatamente, y el mundo no perdona el
mundo no sólo mata al gusano, sino también al
inocente botón que ha carcomido.
¿Y David?
David no me acusa; ha arrojado al olvido mi pasado; pero mi conciencia no, y la conciencia habla
muy alto.
Es que tú no tienes que temer de la conciencia.
Si tú le hubieras engañado, si te hubieras unido á
él guardando tu secreto, ¡vaya! pero una mujer
que tiene la abnegación y la lealtad de presentarse
á los ojos de su amado con toda la espantosa
realidad de la desgracia, no tiene de qué acusarse,
si apesar de eso hay un hombre que le ofrece su
corazón y su porvenir. Tú hiciste lo que debías, y
aún más de lo que debías, para que David prescindiera de tu cariño; si no lo conseguiste, si él. se
olvidó de todo para enlazarse contigo, ninguno tiene
derecho de culparte.
El mundo no sabe eso, el mundo creerá que yo
he abusado de su amor para engañarle, y esto me
desespera por David, que tal vez llegará á pensar lo
mismo.
¡Vamos! Eugenia, rechaza esos pensamientos que
te hacen sufrir tan rudamente, y no te vuelvas á
acordar de semejantes cosas.
¡Ojalá fuera posible, María!
¿Y por qué no?
¡Porque en situaciones como la mía, en todas
partes, hasta en las sombras, los ojos no encuentran
sino aquello precisamente que deseáramos arrojar
de la memoria! Pero dejemos esto á un lado,
como dices tú muy bien. ¿Quieres visitar la pequeña
galería que ha formado de sus cuadros nuestro
artista?
Iba á suplicarte que me proporcionaras ese placer;
así es que acepto, y te doy las gracias por haberte
anticipado á mis deseos.
ESCENA IV
Dichas y DAVID.
¿Has oido sonar la campanilla, Eugenia?
No; hemos estado tan distraídas
Pues á mi me pareció ¿pero ustedes iban á
salir por lo que veo?
Sí, muy cerca.
Iba á enseñarle tus cuadros á María.
¡Ah! Muy bien.
Conque toma mi brazo, y vamos.
Vamos.
(Vanse primera puerta Izquierda.)
ESCENA V
DAVID, luego MANUEL.
Si me habré engañado creyendo que tocaban.
¡Vaya! ¡Vaya! Y ese chico que no viene.
(entrando).
¡Querido David!
¡Manuel! (Se abrazan.) Ya me figuraba yo que no
vendrías. Siéntate, hombre, siéntate, y déjame que
te mire á toda mi satisfacción; pero antes, dime,
¿todavía formas parte de la redacción de El Siglo?
Sí, y comprendo por qué me lo preguntas. Has
creído que el párrafo relativo á tí ha salido de mi
pluma, ¿no es eso?
Pues qué, ¿no es tuyo?
No, lo ha escrito un compañero que ni siquiera te
conoce ¡Ya verás!
¡Hombre! y yo que estaba en la firme persuacíón
de que era tuyo
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Conque, vamos á ver, cuéntame, ¿qué has hecho
en todo este tiempo que has estado ausente?
Poco menos que nada: pasearme en Roma ó Florencia casi todo el día, después de dar algunos bro-
chazos en el lienzo, y volverme en seguida como tú
lo ves.
Debías añadir: después de obtener varios triunfos
en la tierra clásica de los artistas.
¿Triunfos?
Ya lo creo; en cuantos diarios florentinos caían á
mis manos á fines del año pasado, siempre encontraba algún elogio para el autor de El tormento de
Cuahutemotzín.
Sí, ya recuerdo: un pobre cuadrito que tuvieron
la bondad de premiar en la Exposición.
¿Bondad, eh?
No, Manuel, ni digas que es modestia; si lo conocieras, te convencerías de que en realidad vale bien
poco.
Advierte que los italinos son peritos en la materia,
y que algo debe valer tu cuadro, cuando obtuvo el
primer premio.
Una casualidad
Pasando á otra cosa, puesto que tus pinturas no
merecen la pena, ¿qué tal viajaste?
Algo; un poco de España, lo mismo que de Italia,
Londres, París
¡Ah! estuviste en París, ¿y qué tal?
Ya tú lo conoces, á pesar de no haberlo visitado.
Una ciudad inmensa y populosa, donde está reconcentrado todo lo bueno y todo lo malo de la tierra.
El cerebro de esa loca que se llama Francia, en el
que es preciso estudiarla para comprenderla; porque, ciertamente, el que conoce á París, puede decir
(jiie conoce á los franceses. Ahí es dónde puede
observarse el carácter de ese pueblo, mitad hombre
y mitad niño, que por una parte desempiedra una
calle para alzar una barricada, representado por
sus obreros, y por otra se dirige á Mabille, á divertirse, representado por una comparsa de estudian-
tes y grisetas.
Hombre, á propósito, ¿se baila allí mucho Can-
Can?
Mucho; el entusiasmo que ha producido ese baile
casi raya en frenesí: aquello es una turba de furiosos, de salvajes, que se olvidan de todo para ensi-
mismarse en sus piernas y en sus pies, y que saltan,
se retuercen y se agitan. Ahí, en Mabille, más que
un sitio de recreo, le parece auno encontrarse en el
infierno, rodeado por los espíritus del vértigo.
¿Y por supuesto que el Can-Can está admitido
en todas las clases de la sociedad?
En todas: no temo exagerarte, si te digo que de
las tres cuartas partes de la población apenas habrá uno que no lo haya ensayado alguna voz. Lo
que yo siento es que Méjico está contagiándose de
tal manera en ese punto, que va á ser otro París
dentro de poco.
No; aquí el Can-Can está reducido al teatro, y
nada más; unas cuantas bailarinas, de piernas más
ó menos afrodisiacas, y hé aquí todo. El público lo
aplaude, pero no lo acepta por fortuna.
Yo me alegro, porque el tal bailecito nó es de lo
más moral, ni de lo más decente que digamos.
(Eugenia y María aparecen í.^ puerta izquierda.)
Estas señoras, por lo menos, estoy seguro de que
participan en todo de nuestra opinión.
ESCENA VI
Dichos, EUGENIA y MARÍA.
Seguramente que sí. ¿Cómo vamos, Manuel?
A los pies de usted, María.
(Á Manuel).
Buenas tardes.
Señorita
Conque ¿de qué se trataba cuando nosotras llegamos? He dicho que sí, y quiero saber qué es ello,
para conformarme, ó para
Decía yo que el Can-Can es una innovación en la
coreografía que no debe aceptar nuestra sociedad.
Y tiene usted mucha razón.
Yo digo lo mismo que María.
¡Ah, Eugenia! Antes de que se me olvide, quiero
cumplirte mi promesa; te presento á mi amigo y
hermano Manuel Romea. (Á Manuel.) Mi esposa.
Señora, mucho me lisonjea contarme desde ahora
en el número de sus más rendidos servidores.
Gracias, caballero.
Acabamos de tratar de baile, y aprovecho la opornidad para invitarlos á uno que tendrá lugar en San
Cosme esta misma noche. (Á María) He estado ya
en la casa de usted á convidarla; pero ya que mi
buena suerte ha hecho que la encuentre aquí, personalmente la invito, y confío en que aceptará como
Eugenia, y como David.
Yo
No, no vayas á decirme que no puedes, porque no
admito excusas de ninguna especie; me he comprometido á llevarte, y no creo que seas tú quien me
haga faltar á mi palabra: afortunadamente traigo
conmigo las esquelas.
Yo iré con una condición.
¿Cuál?
Que Eugenia pase por mí, para acompañarme.
¿Qué dice usted á eso, Eugenia?
Que á mí tal vez no me sea posible asistir, porque
Entonces yo tampoco iré.
Nada, yo les entrego á ustedes sus billettes; si no
los aceptan, pueden romperlos en el acto, porque yo
no los recojo.
Pues si te empeñas, iremos: querida Eugenia,
puedes prepararte para ir á tiempo por María.
¿Es decir que se admite mi condición?
Ya lo ves.
Pues me voy, y á las nueve te espero en casa; ya
tú sabes: la misma donde he vivido siempre. Conque, señores, hasta la vista.
Voy á acompañarte. Usted tendrá la bondad
(Á Manuel.) De perdonarme si lo dejo para ir á disponer lo necesario.
Con tal de que usted me dé la primera danza,
y consiga de María que me dé también el primer
wals, le ofrezco á usted mi más completo perdón.
Es usted algo exigente, pero por mi parte
Puede usted contar con esas piezas.
Conque hasta la noche.
Hasta la noche.
¡Caballero!
(Saludando á Manuel.)
¡Señorita! Hasta San Cosme.
(Manuel y David las acompañan hasta la puerta
del foro)
ESCENA Vil
DAVID y MANUEL.
Querido; ¿cómo es que en tus cartas no me contaste que te habías casado? Al día siguiente de tu
partida se supo aquí que te habías llevado una
muchacha, pero eso lo tomé yo por una simple
locura juvenil y nada más. Yo ignoraba, aunque,
ahora me lo supongo, que esa compañera de viaje
era tu esposa.
En efecto, Manuel, era mi esposa.
Permíteme que te diga que no entiendo una palabra. En aquel tiempo yo era tu amigo más íntimo,
el que te acompañaba á todas partes, y entre tus novias no recuerdo haber conocido ninguna Eugenia.
La última de que me hablaste fué Margarita, la querida de D. Ramiro; pero á esa ni la cuento, porque
para haberle dado tu nombre, era preciso que antes
hubieras perdido la razón.
Según eso, ¿tú no te habrías enlazado con ella?
¡Hombre, no!
l>AVID.
¿Y porqué?
En primer lugar por mí; y en segundo lugar por
los demás.
No te comprendo.
¿Tú crees en la rehabilitación de la mujer caida?
Sí: yo sostengo que la mujer es rehabilitable,
cuando su alma se ha conservado pura, y, sobre
todoT cuando su falta ha tenido por móvil, no la
vanidad ni los placeres, sino un sentimiento noble y
generoso, el de salvar la vida de una madre, como
en ese caso.
El fin no justifica los medios, y el mundo jamás
olvida ese refrán. Cuando ve uno de sus miembros
gangrenado, teme corromperse, y, sin preguntar la
causa, se contenta simplemente con cortarlo. Por lo
demás, no hace sino lo que tú mismo harías en circunstancias semejantes.
¿Yo?
Es claro, y te lo voy á probar en dos palabras. Un
día, por ejemplo, ves á un asesino que me ataca puñal
en mano, y te interpones; de esto resulta que me salvas, pero á costa de tu brazo que ha recibido todos
los golpes en la lucha; pues bien, si á consecuencia
de esto se te gangrena, ¿te detienes en cortarlo porque haya sido el salvador de un amigo tuyo?
Si puede sanar, lo dejo.
El hecho es que eso es imposible, ó por lo menos
muy difícil. Mientras el médico Sociedad no se convenza de que un miembro podrido es susceptible
de curarse, no ha de prescindir de su sistema.
Manuel, veo que eres muy severo en tus apreciaciones.
Estoy seguro de que tú piensas como yo; defiendes el caso, y no me extraña, porque Margarita está
comprendida en él; pero, en el fondo, tú me concedes la razón.
(con entusiasmo creciente).
Te engañas: yo no defiendo el caso por Margarita,
como dices, sino porque es mi convicción, porque
es mi creencia, que cualquier culpable puede rehabilitarse de sus faltas. ¡Yo no condeno como la
sociedad al presidiario que ha robado un pedazo de
pan para sus hijos, yo no condeno á la pobre mujer
sin educación y abandonada, que el día que se
muere de hambre se vende en el vértigo de la miseria, por unas migajas de mendrugo! ¡Yo á
quien condeno es á la sociedad que no da trabajo al
artesano!... ¡Al que no educa á la mujer!... ¡Al que
la compra! ¡Yo á quien condeno es á la sociedad
que se enfanga y después se asusta de sí misma!...
¡A esa madre que arroja á sus hijos en el albañal y
que después no quiere reconocerlos!
¿Y qué le vamos á hacer? Yo quiero convenir
contigo en que sea una injusticia imperdonable que
los hombres castiguen faltas, de las que tal vez son
cómplices; pero está demasiado arraigada para que
tú, ó yo, abriguemos la esperanza de destruirla.
No: yo tengo mis ideas y mi manera de ver las
cosas; pero sin la pretensión de hacérselas admitir
á la sociedad. Ella puede seguir el camino que le
._ ^30 —
cuadre: yo, por mi parte, lo que nunca haré será
sacrificar, en aras de sus caprichos y de sus necedades, ni mis sentimientos, ni mi corazón.
Pues serás un mártir.
Mártir es mejor que necio.
Sin embargo
Dime, Manuel: un hombre que piensa y siente y
obra por sí mismo sin consultar con la multitud, tú,
por ejemplo, si un día te encontraras con una mujer,
ángel en el fondo y meretriz en la Superficie, que
por la primera vez despertara en tí ese anacronismo
del sentimiento que se llama amor; si al lado de esa
mujer divisaras un horizonte de cielos y un porvenir
de felicidad, ¿renunciarías á todo esto por el
mundo?
¡Francamente, sí!
¡Mentira!
¿Mentira?
Tú no eres tan miserable para dejarte vencer polla preocupación.
Prescindo del Qué dirán.
Entonces
Pero no prescindo de mí mismo.
¿Qué quieres decir con eso?
Supongamos por un momento que tú fueras esposo
de Margarita. Dime: ¿no es verdad que en medio de
tus efusiones íntimas con ella, cuando febricitante
y ebrio la tuvieras en tus brazos acariciándola, ¿no
es verdad que seutirías algo como el infierno, ante
el recuerdo de que aquellos labios estaban manchados por el ósculo de la impureza?
Suponiendo que tú fueras esposo de Margarita, si
mañana te diera un hijo, ¿no es verdad que ese hijo
tendría derecho á maldecirte por haberle dado una
madre, cuya mancha se reflejara sobre su frente?
Pero ¡já! ¡já! ¡já! estamos tomando este asunto
tan á lo serio, que no parece sino que mi suposición es verdadera, según el ceño que me estás po-
niendo. ¡Vamos! querido David, espero haberte
convencido por completo, y me retiro contando con
que esta noche me referirás entre dos ponches todas
las circunstancias y todos los pormenores de tu enlace. Yo te conozco, y deben ser interesantes, por-
que tú tienes muy buen gusto en materia de aventuras.
(Toma su sombrero.)
Conque, arreglarse y hasta la vista!
(Tendiéndole la mano.)
(secamente).
Adiós.
(desde la puerta).
Mis saludos para Eugenia.
ESCENA VIII
(solo).
Apoyado en un sillón permanece algunos instantes
con la mirada fija y como anonadado. En sus palabras como en su acción se hará notar la lucha
que sostiene.
Expresiones para Eugenia ¡Sí, para Margarita I ¡Y yo que nunca me había íijado en
ello! ¡Manuel tiene razón! Sus primeros besos,
sus primeras caricias ¡Oh! ¡en este momento es
cuando estoy sintiendo ese torcedor de los recuerdos, ese infernal suplicio del pasado!... ¡Es verdad!
Yo creía tener valor para vencer esa preocupación á
fuerza de cariño; pero, desde hoy, ya no podré verla sin ¡Esto es horrible! Y luego, si yo tuviera
un hijo ¡Dios mío! ¿qué he hecho para que me
castigues de este modo? (Pausa.) ¡Nada! ¡mi porvenir destruido...! ¡mis ilusiones tronchadas...!
De hoy más, no seré sino la befa de la sociedad,
que me escupirá á la cara ese nombre de lodo
¡Margarita! ¡Ah! ¡Manuel no sabe lo que sus palabras han hecho germinar en mi corazón...! ¡Y el
baile...! ¡Es preciso que Eugenia vaya al baile.!
Exploraré el terreno, así tendré algo a qué atenerme.
ESCENA IX
DAVID y EUGENIA.
¡Amigo mío!
¡Margarita Eugenia!
(con amargura).
David, ¿por qué pronuncias ese nombre? ¿Tienes
algún motivo de queja contra mí?
Yo
¿Juzgas acaso que no es suficiente lo que sufro,
lo que el mundo me hará sufrir mañana para expiar
una falta que...
(como temiendo ser oído).
I Silencio!
¿Y añades lú también tu insulto?
¿Crees que sea necesario que oiga yo ese nombre
para acordarme de aquel tiempo en que era la
¡Silencio!
¡Ah! yo pensaba que jamás encontraría un tormento más espantoso que el que llevo en mí misma
hace cinco años, y sin embargo
¡Vamos! ¡perdóname yo te juro que que
no tuve ningún objeto al decirte esa palabra
brotó de mis labios sin saber cómo yo te aseguro
que jamás volverá á sonar en tus oidos!
¿Estás contenta?
¡David!
¡No llores es la primera vez que cometo esa
inadvertencia, y te ruego que me disculpes I Me
parece que tengo derecho para pedirte ese favor......
Está bien
¿Y ya has arreglado todo lo necesario para ir al
baile?'
¿El baile? No, todavía no.
¡Perezosa! pues apresúrate mientras yo voy á
hacer lo mismo, porque á las nueve prometiste estar
en la casa de María.
¡Es verdad!
(David se retira volviendo la cara y deteniéndose á.
cada paso para mirar á Eugenia. Al llegar á la 2.a
puerta derecha, termina la vacilación de que ha
estado poseído, y como resolviéndose, retrocede apresuradamente hasta Eugenia, cuya cabeza coge entre
sus manos para besarla, soltándola bruscamente en
el instante de ir á hacerlo.)
(No!
(Vase precipitadamente.)
¡Ah S
(Cae desplomada en el sillón cercano.)
Acto segundo
ACTO SEGUNDO
Salón de descanso, profusamente iluminado, con dos puertas
al foro., á través de las cuales se verá un patio con una
fuente en el centro, rodeada de tiestos con madreselvas y
plantas trepadoras. En el salón, espejos, cuadros, columnas,
bustos, sofás, sillones, consolas, alfombra, candil, candelabros, todo de lujo y colocado con gusto.
ESCENA I
¡Vaya una casualidad! ¡Ella aquí! Lo que yo
menos me podía esperar en este baile. Después de
cinco años en que casi había acabado por olvidarla,
se me aparece de repente con su verdadero nombre,
y casada nada menos que con el pintorcito de David,
que tiene todo el descaro suficiente para traerla á
una tertulia y presentarla como su esposa. ¡Y qué
bien se habrán reido de mí los dos palomos!
Es claro, después de la partida que me jugaron
pero ya, ya les arreglaré las cuentas.
ESCENA II
D. RAMIRO y ANTONIO.
Querido D. Ramiro.
Querido Antonio, ¿cómo vamos?
¿Qué diablos se hace usted por aquí tan solo?
(Precisamente como yo lo necesitaba.)
Ya lo vé usted, fastidiarme.
¿Fastidiarse?
Sí, descansando de la fatiga y huyendo de ese
alegre torbellino, donde tanto se baila y se divierte.
¿Ha estado usted muy contento de la fiesta?
¡Hombre, sí!
¿Y qué tal de muchachas? ¿Habrá hecho usted
muchas conquistas, no es verdad?
¿Conquistas?
¿Y por que no?
Usted decididamente está de broma, porque de
otra manera no puede comprenderse que quiera
convertir en Cupido á un hombre que cuenta ya
diez lustros bien completos.
Pues, lo que soy yo, me he encontrado con una
muchacha ¡y qué muchacha!
¿Bonita, eh?
¡Encantadora, y sobre tono novelesca!
;, Novelesca?
— 237 —
Ya lo creo, si es todo un tipo, todo un personaje
de comedia.
¿Y esta noche es cuando usted la ha conocido?
No, no, señor, hace algún tiempo; sólo que estos
últimos años la había yo perdido de vista enteramente.
¡Ah! ¡ah I
(Es preciso que este viejo se ponga de mi parte.)
(á parte).
(¿A dónde irá á parar este muchacho?) ¡Conque
decia usted que esa chica es una historia!
Puede usted juzgarlo por sí mismo por este pasaje de su vida.
A ver, oigamos.
(Se sientan.)
Figúrese usted que la joven á que me refiero vivía muy humildemente con su madre enferma en
una casita de los arrabales, cuando un hombre,rque
probablemente era un gran filántropo, le propuso
una de esas infamias que la generalidad de las mujeres no escuchan sin ruborizarse y sin estreme-
cerse. La infeliz luchó por algún tiempo entre el
amor de su madre y el sentimiento de la virtud;
pero una noche la pobre señora se moría por falta
de un mendrugo, y...... ¡el cariño filial venció! El
viejo vio cumplidos sus deseos.
(Es Margarita, no me cabe duda.)
El sacrificio fué inútil, porque la desgraciada, al
acercar el pan de la deshonra á los labios de su madre, encontró que estaba muerta.
¡Pobre niña...! Pero, prosiga usted, que la historia está positivamente interesante.
Pues bien; al verse sola y enteramente abandonada, la joven, sin experiencia, y arrastrada por las
circunstancias, se dejó engañar por su miserable
protector, que en vez de esposa la hizo su querida.
Ante la sociedad, pasaba por su sobrina; pero ya
usted comprenderá que no todas las cosas pueden
ocultarse, y que al cabo y ai fin se supo de qué naturaleza eran aquellas relaciones.
Era de esperarse; ya lo creo.
Un pobre artista, sin embargo, tomando la ficción
de buena i'e, se enamoró perdidamente de la chica,
que no habiendo amado nunca, sintió por él una
atracción simpática y desconocida. Así pasaron muchos meses; él engañado y cada vez más ciego, y
ella ocultando un cariño que consideraba una locura. A cada instancia del amante, ella contestaba
que prescindiera de un amor que jamás podría
pagarle, eludiendo la respuesta franca, tanto por no
darle un golpe demasiado rudo, como por no tener
que sonrojarse ante sus ojos. Una noche, sin embargo, se lo dijo todo, esperando de esta manera
disuadirle; pero, por el contrario
El muchacho persistió en su idea.
Y no sólo eso, sino que teniendo que partir para
Italia en esos días, la víspera de su marcha se
enlazó en secreto, y á la mañana siguiente desapareció con ella, dejando burlado al viejo, que se
hallaba postrado por la gota, y al mismo tiempo á
un pretendiente que tenía el capricho de arrebatársela y hacerla su querida.
¡Ah! ¿Conque había otro además del afortunado?
Otro, á quien ella sólo contestaba con desprecios,
sospechando tal vez sus intenciones.
(bruscamente y levanta?! do se).
¿Y todo esto, en resumidas cuentas, á qué viene?
¡Hombre! ¡Vaya una pregunta!
¿Usted conoce á todos los personajes de su cuento?
¿Y usted conoce á todos los individuos de mi historia?
Yo á todos.
Y yo también á todos.
Ella es Margarita.
Y él es David.
Los otros dos
Somos usted y yo.
Tenemos la venganza en nuestras manos.
Eso es precisamente lo que yo deseo.
La sociedad está de nuestra parte.
Eso era lo que yo pensaba.
David es un artista que no sueña más que eon sus
pinceles y su Eugenia, y
Perfectamente, comprendo el plan de usted, y es
el mismo que yo me había forjado.
¡Bien I pues esta misma noche es necesario que
reciba el golpe; y muy despreocupado y poco pundonoroso ha de ser, si no se encarga él mismo de
vengarnos.
j Seguro! (¡Después ella será mía!)
¿Qué decía usted?
¡Nada! que lo demás de mi cuenta corre; yo le
aseguro á usted que será el golpe de gracia.
¿Qué es lo que piensa usted hacer?
Ahorre usted preguntas, y obremos cada cual por
nuestro lado. Cualquier medio será bueno, si el resultado corresponde á nuestros intereses.
Creo que nos hemos entendido, y no sería
ma4o
Poner manos á la obra, ¿no es verdad? Pues
hasta la vista.
Sí, querido Antonio, hasta la vista.
(Antonio va á salir, y al llegar á una de las puertas
del foro, se detiene por Eugenia y Manuel que aparecen en ella.)
(al verlos).
¡Ah!
ESCENA III
Dichos, EUGENIA y MANUEL.
¿A dónde tan de prisa, Antonio? Señor D. Ramiro
(Saludándoles.)
Vine á orear mi frente bañada de sudor por el
cansancio, y vuelvo nuevamente al baile, para aturdirme en su bullicio y en sus armonías. Si ustedes
gustan
¡Gracias! Eugenia está un poco fatigada, y mientras
Entonces, ustedes, dispensarán que no los acompañe; pero en cambio D. Ramiro hará mis veces.
Con mucho gusto.
(Á Eugenia).
A los pies de usted. (Á Manuel.) ¡Adiós!
ESCENA 1Y
Dichos, menos ANTONIO.
Vamos, Eugenia, tome usted asiento, y permitame
que la presente á D. Ramiro, uno de los admiradores de David, y que hace un momento me indicaba
el deseo de conocerla.
Señora!....,
i
; Caballero!
Usted me perdonará si cree un atrevimiento la
indicación que hice á Manuel de que en la primera
oportunidad me presentara con la esposa de uno de
nuestros más célebres artistas; pero yo soy así:
cuando me encuentro con una notabilidad, identifico con ella todo lo que se la relaciona, y me agrada
conocerlo.
Y, más, cuando se trata de la compañera de trabajos y de estudios, como en este caso, ¿no es ver-
dad?
Seguramente, basta con que á sus ojos se haya
desarrollado y tomado vuelo el genio artístico de
nuestro amigo, para que sobre su frente irradie
algo de la gloria que á él Je corresponde.
¡Señores!... (¡Qué situación tan espantosa!)
Por lo demás, Manuel, convenga usted conmigo
en que si la carrera del artista es un calvario, el calvario de David ha de haber sido muy dulce teniendo
á su lado una esposa como Eugenia.
Sin duda alguna; un artista de corazón como David, necesitaba una joven virtuosa como Eugenia.
(¡Dios mió!)
Yo lo digo por mi parte; en el caso de tomar
estado, elegiría á una mujer indigna.
(con intención).
¿Que le parece á usted, Eugenia?
A mí....^
Eugenia dice lo mismo que yo; y aunque su
esposo sea tan soñador que deíinda la rehabilitación
y quién sabe cuántas otras utopías, yo me felicito
de que ella se haya interpuesto en su camino, porque, así, le ha evitado una calaverada que la habría
costado muchas lágrimas.
(Se levanta con naturalidad á recorrer los cuadros
del salón.)
(¡Él no sabe...! ¡Qué suplicio!)
Yo quisiera que se hallara aquí para preguntarle
si insiste todavía en sus opiniones; le pondría un
paralelo para que juzgara, á ver si entonces me decía lo mismo.
(Durante la distracción de Manuel con un álbum que
Halla sobre una de las consolas, Eugenia y D. líamiro sostienen apresuradamente el siguiente aparte.)
¿Qué respondes á eso, Margarita?
¿Quién le da á usted derecho para insultarme,
caballero?
Xada de escenas teatrales, que pondrían tu situación en peor estado.
Pero, en fin, ¿qué es lo que usted quiere?
Casi nada: hablarte á solas un momento sobre
ciertas materias que tenemos atrasadas.
¡Imposible!
¿"Cómo imposible?
Yo no puedo ni debo acceder á un capricho semejante.
Te advierto que si no lo haces por bien, lo harás
por fuerza.
Sería difícil que usted lo consiguiera.
Yo pienso que es muy fácil.
Manuel es amigo de mi esposo y
Manuel ignora la verdad, y tú no serás tan necia
que quieras descubrírsela.
¡Pero usted es un infame!
Tal vez; mas como esto se va haciendo demasiado
largo, es preciso que termine.
EUGExNIA.
I Por compasión!
¿No?
¡Pues bien, no!
¡Perfectamente! ¡Tú quieres que Manuel, que te
ve como una mujer digna y honrada, y que te llama
Eugenia, te aplique lo que acaba de decir, y que
reconozca á Margarita, que fué en un tiempo mi
sobrina! Muy bien; ahora verás cómo eso se arregla
conforme á tu deseo.
(Yendo hacia Manuel.)
(deteniéndole).
¡Piedad! ¡Por última vez, piedad!
¡Vamos! Inventa cualquier pretexto para alejarle,
y acabemos.
¡Pero, por Dios!
Le suplicas que vaya á buscar á David, por ejemplo, y entretanto
(Á este.)
Voy á tomarme la libertad de inferirle una molestia.
Me dará usted un placer si en algo puedo servirla.
Desearía que se tomara usted el trabajo de buscar
á David y decirle que le espero aquí.
Será usted complacida en el instante.
Entonces
I Con el permiso de usted, vuelvo.
(Vase.)
ESCENA V
EUGENIA, DON RAMIRO.
¡Y bien, caballero, concluyamos!
Margarita, la casualidad ha hecho que nos veamos
al cabo de cinco años, y es fuerza aprovecharla para
poner las cosas en su verdadero punto de vista. Tú
creerás tal vez que al recogerte librándote de la miseria y del infortunio, no me impulsaba otro senti-
miento que comprar de esa manera tus caricias; tú
creerás que un viejo respecto de una joven no puede
abrigar otra cosa que un capricho, y, sin embargo,
Margarita, si tú no lo adivinaste, la verdad era que
yo, inconstante por naturaleza, había sentido despertar en mi interior algo que tu presencia y tus mira-
das hicieron conmover y estremecerse. A fuerza de
cariño, pensé hacerte olvidar mis años; confiaba en
que tendrías compasión del pobre viejo, y que acabarías por amarle y me sonreía á solas, acari-
ciando en mi alma esa ilusión. Yo confieso que mi
edad y las circunstancias en que me conociste
debieron obligarme á desecharla; pero hay casos
en que el hombre se empeña en una idea, y se
encuentra capaz hasta de escalar el cielo. Mi alma
soñaba en que llegaría á destruir la barrera interpuesta entre nosotros; y mientras, un extraño
venía y me lo arrebataba todo, absolutamente todo.
Tú me dirás que un hombre puede comprarlo todo
en una mujer menos el alma; tú me dirás que el oro
no te constituía en la obligación de amarme; que yo
no tengo derecho para quejarme contigo, ni para
pedirte cuentas; más todavía, me dirás que en vez
de una deuda de gratitud, abrigabas hacia mí todo
el aborrecimiento de una mujer al que la ha perdido; norabuena, Margarita, pero el verdadero
amor es exigente, y si tú no me has perdonado tu
desgracia, de la que yo te habría salvado, amándome, yo tampoco he pedido ni puedo perdonarte
que de un golpe mataras todos mis delirios y mis
esperanzas. Hace un instante me decías que era un
infame: pues bien, sí, seré un infame, pero no es á
mí á quien debes culpar de que lo sea, sino á la
fatalidad que ha hecho nacer en mí esta pasión terrible y egoísta. Por lo demás, ¿crees tú que pueda
yo resignarme á que un hombre me arrebate lo que
yo había divinizado, lo que yo había colocado en un
altar para adorarlo? ¡No, Margarita, no! Yo te he
amado, te adoro todavía, y es necessario que tú me
ames.
¡Imposible!
¿Y por qué ha de ser imposible?
Porque mi alma es de David, y mis deberes
¿Tus deberes? ¡No! No son ni tu amor ni tus
deberes los que te retienen al lado de tu esposo; porque sí tú le amaras, por él mismo, sin que tu propio
interés tomara parte, comprenderías los sufrimientos que le torturarán mañana, cuando la sociedad te
vea á su lado, no con la frente altiva y orgullosa de la
mujer sin mancha, -sino con la frente humillada de la
mujer que ha cometido una falta; comprenderías
que él se ruborizará de tu vergüenza cuando el velo
de tu pasado llegue á descorrerse, y que acabará
por maldecirte al ver encadenado su porvenir al
poste de su deshonra. Tú quieres permanecer á su
lado, no porque la obligación te lo prescriba, sino
porque en la fiebre del cariño, te olvidas de un deber
que exige que te apartes, que te alejes para dejarle
libre y respetado.
(estallando).
I Dios mío! Pero ¿por qué me dice usted todo eso?
Porque es preciso que veas la situación tal cual
ella se presenta, porque es precico que palpes ese
doble porvenir que se te aguarda: ó el remordimiento y el hastío, viviendo con tu esposo, ó el
sacrificio y la satisfacción, anteponiendo á toda su
felicidad. Por otra parte, si tú no puedes vivir sin
sus caricias, ¿crees que tenga para tí caricias el
hombre que mañana te mire constituida en su verdugo? i No, Margarita! ¡Aún es tiempo de salvar á
David y á tu conciencia! Una separación puede hacernos dichosos á los tres al que amas al
que te ama, y á tí misma.
¡Está bien! yo
¿Accedes? ¿Te resuelves? ¡Ah! ¡Gracias, gracias!
¡No, eso; nunca!
¿Qué es lo que dices? Rechazas mi cariño y mis
promesas?
Sí.
¿Las rechazas?
Las rechazo.
Es decir que....
Nada puede haber de común entre nosotros.
Por última vez, piénsalo.
Ya lo he pensado.
Más tarde tal vez no haya remedio, mientras que
ahora una sola palabra tuya puede evitar mayores
resultados.
He dicho ya que no.
Enhorabuena: me retiro ya no volveré á molestarte ni con mi presencia. ¡Hasta luego, Eugenia!
¡Hasta luego, Margarita!
ESCENA VI
¡Miserable! ¡Cómo pudo pensar que yo consentiría! ¡Ah! Si sólo el recordarlo me da miedo!
(Pausa.) ¡Qué suplicio! ¡David!... ¡misdeberes!
¡¡mi pasado!! No, yo no tengo derecho á esperar
que la quietud y la calma vuelvan otra vez á sonreirme. Antes, yo no sufría más que en mis horas
de reconcentración, cuando poniéndome frente de
mí misma, encontraba en vez del semblante de la
niña, un semblante que me hacía bajar los ojos de
vergüenza; ¡pero llegaba David, y con sus alhagos
me hacía olvidarlo todo! ¡Sus caricias! ¡Ay!
¡Ya esta tarde sus labios han pronunciado el nombre
de Margarita! ¿Y mañana? ¡Dios santo!
yo no quiero que él me acuse de su desgracia
Sufriré yo sola; pero no mancharé su nombre con
el mío; no le pagaré con un infierno el paraíso que
me ha dado. Serían una vileza y una suprema ingratitud. ¡Antes la muerte!
ESCENA VII
EUGENIA, MARÍA y ANTONIO.
(en la puerta).
Manuel decía bien, aquí está Eugenia.
En efecto, Antonio. Gracias.
(¿Qué habrá sucedido con Don Ramiro?;
Que no sea yo causa de que usted, desaproveche
estos instantes. Le he distraído enmedio del baile
para inferirle una molestia, y si desea volver...
¿Me concede usted permiso? (Así veré al viejo.)
¡Por supuesto, y gracias!
(Vase Antonio.)
ESCENA VIII
EUGENIA y MARÍA.
¡Querida Eugenia! Pero ¿qué tienes? ¿qué te
pasa? ¿por qué lloras?
¡María!
Vamos respóndeme, ¿qué tienes? ¿acaso estás
enferma?
¡Nada, no tengo nada! ¡Vete, vete!
¿Qué me vaya? ¿y por qué quieres que me vaya?
No comprendo...
(sollozando).
¿Sabes tú quién soy yo?
La compañera más querida, la amiga de mí corazón.
¡No, María! ¡Yo soy la mancha que se extiende,
el pantano que lo infecta todo, y que lo mata
todo soy la hija del infortunio, que no puede dar
más que infortunio la pobre criatura que no tiene
derecho ni al amor, ni á la amistad, ni á la compasión, que no tiene derecho más que ala burla y
al escarnio! ¡Yete, María, vete! En este momento estamos solas, pero si alguno te viera aquí
conmigo, te comprendería en sus desprecios y sus
risas por haber tenido lástima de mi dolor y de mi
llanto! ¡Déjame! ¡una mujer como yo, debe
estar abandonada, proscrita de la sociedad, enmedio
de ella, sin amparo, sin refugio cuando más con
el consuelo de sus lágrimas! En otro tiempo podía
yo presentarte mi frente para que la besaras; pero,
ahora, tengo miedo de que hasta tú, mi hermana,
me desprecies al leer en ella este nombre maldito
que la cubre. ¡¡Ayer!!
(Alza la cabeza cubriéndose luego la cara con las
manos.)
j Eugenia!
¡Sí, hasta tú, María, lo único que me queda ya
sobre la tierra!
¡Y David! ¿Por qué le olvidas?
¡Ah! es cierto tú no sabes lo que esta tarde
ha sucedido.
¿Qué ha sucedido? Acaba.
i Concluye!
¡Ha olvidado el nombre de su esposa para llamarla Margarita!
¡Margarita!
¡Sí, y después, cuando comprendió todo el mal
que me había hecho, en un arrebato de pasión,
cojió mis sienes entre sus manos convulsas para
besarme, y cuando yo esperaba sobre mis cabellos
el contacto ele sus labios, le vi retroceder como
horrorizado, desistiendo de su idea! ¡Ah! ¡María!
Tú ni siquieras puedes figurarte lo horrible que es
un desprecio que viene del que se ama; tú ni siquiera puedes figurarte cuánto se encierra en eso
de desgarrador y terrible.
(Llora.)
¡Vamos, amiga mía! Cálmate, no llores ni te
desesperes; si sufres mucho, mi corazón, al menos,
jamás te negará ni el cariño que te debe, ni una
palabra de consuelo en tus pesares.
¡Gracias, con el alma gracias!
Quizá no estén muy lejano el término ni el remedio...
¡Si, en la tumba!
ESCENA IX
Dichas, DAVID, MANUEL, ANTONIO, y después UN
¡Bah! querido David, fuerza es que te convenzas.
No debes tomar á pechos un asunto que en nada te
concierne.
(sombrío).
¿Qué en nada me concierne?
Qué sucede, Antonio?
¿Manuel, de qué se trata?
(Con interés.)
Cualquiera cosa, señoritas; ha oído David, en un
grupo, murmurar de una joven que se halla en este
baile, y ha salido á su defensa.
¿Y qué decían?
Sí, ¿y cómo se llama?
Yo no oí su nombre, si es que lo dijeron. Nosotros
(Señalando á Manuel) llegamos cuando refiriéndose
á sus antecedentes, opinaban que su esposo hacía
muy mal en traerla á tertulias como ésta, de personas honradas y de educación.
Eso ha sido todo; pero este David, con su genio
quijotesco ha querido probarles que en algunas
circunstancias la mujer es perdonable en sus debilidades y en sus extravíos, y que
(entrando).
Me han dicho que traiga esta carta..
(Ha llegado la hora.)
Es del amo de la casa.
¿Á quién te dijo que la dieras?.
(señalando á Eugenia)..
¿La señora se llama Margarita?
(reprimiéndose).
La señora se llama Eugenia.
Eso es, sí, pues entonces es parala señora.
(Se la da y se retira.)
(Pues, señor, no entiendo una palabra).
¡Dios mío! ¿Qué contendrá esta carta?
(La abre y la lee aparte.)
« Señora: su nombre y su reputación corren ya
» de boca en boca entre los convidados; si usted
» quiere evitarse y evitar á su esposo una ver-
» güenza, me atrevo á suplicarla que abandone mis
» salones, tal vez muy peligrosos para usted. »
(Eugenia permanece como petrificada, viendo á David
que le arrebata la caria, sin que ella oponga resistencia. David recorre el papel, y se lanza sobre Eu-
genia, deteniéndose en el momento casi de tocarla).
jTú! ¡no! yo ¡la fatalidad!
(Sale precipitadamente entre los demás que leabren paso. Telón rápido).
FIN DEL ACTO SEGUNDO,
Acto tercero
ACTO TERCERO
(Decoración del acto primero).
ESCENA 1
MANUEL, un CRIADO.
¿Es decir que no ha vuelto todavía?
No, señor, no ha vuelto. Vino con la señora, y
salió inmediatamente, llevando su caja de pistolas.
¿Su caja de pistolas? ¿Y Eugenia?
Está en su habitación. Si usted quiere que la
llame
No, no, déjala. ¡Ni podría yo verla frente á frente
;Síq intención me he convertido en su verdugo!)
¡Pero coinohabíade sospecharme! Y David.
Cuánto le habrá torturado lo que esta tarde le dije
en el entusiasmo de la discusión. ¡Si yo lo hubiera
¡sabido! Hasta cierto punto yo tengo la culpa de
¡todo esto. ¡Qué diablo! Por lo pronto lo que debo
hacer es evitarle otra desgracia, ya que esta es im-
1 posible remediarla. (Al criado.) Si viene tu amo.j
líe dirás que me espere, ¡eh! que le necesito.
Está muy bien, yo le avisaré.
Apresurémonos antes que sea tarde.
(Vase.)
ESCENA II
EL CRIADO y EUGENIA.
¿Quién hablaba aquí contigo?
El Señor Romea.
¿Vino á buscar á David?
. Sí, señora; le dije que no estaba en casa.
Bueno, puedes retirarte.
(Vase el criado.)
ESCENA 111
(sola).
¡Qué día tan horrible! ¡Al fin se han realizado
todos mis presentimientos! Era fuerza que sucediera de ese modo; era fuerza que en la campana
del destino sonara la hora de la expiación y del
castigo. Ya esta noche se ha forjado el primer eslabón de la cadena que debe sujetarme á los dolores.
(Pausa). ¡Pobre David! ¡Cuánto habrá sufrido á
causa de su infeliz esposa! ¡Ah! ¡todo el cariño que
una mujer puede encerrar dentro de su alma no
sería suficiente para curar la herida, para cerrar la
llaga que ha abierto en su corazón el puñal de mi
pasado! Yo nunca debí consentir en este enlace,
que á él como á mí nos condena á un martirio
siempre palpitante y siempre negro. ¡La sociedad
es muy severa! ¡Juzga y sentencia sin ninguna
compasión para el culpable! ¡Y si se conformara
nada más con eso! Pero en su fallos incluye
hasta al inocente, al que no ha tenido otra falta que
disentir de su opinión y despreciarla. Porque David,
¿qué culpa tiene David de mi desgracia? ¡Y yo no
tengo ni á quién acusar! ¡mi madre! ¡no, no!
¡Mi santa y buena madre ni siquiera se figuraría en
el instante de abandonar la tierra, que en ese
mismo instante su pobre Eugenia se vendía para
comprarle otras cuantas horas de existencia! ¡No,
yo no tengo derecho ni á su gratitud; cuando más á su
perdón á que no me maldiga desde el cielo!
ESCENA IV
EUGENIA, ANTONIO.
(colocando su sombrero en la silla próxima ó
la puerta).
¡Magnífico! Está sola; entremos. Buenas noches,
Antonio, buenas noches. ¿A qué debo ver á usted
á estas horas por mi casa?
(Antonio se sienta á la invitación muda de Eugenia).
Eugenia, después de lo que ha pasado en el baile
de San Cosme, creí que no era conveniente á mi
dignidad, como verdadero amigo de usted y de su
esposo, permanecer en el salón un solo instante. Mi
carruaje estaba á la puerta, y me revolví á venir á
acompañarlos.
Usted me hará justicia en creer que he sentido
como ninguno la desagrable ocurrencia de que yo
mismo fui testigo á mi pesar.
Porque, en fin, usted no merecía que la hubieran
abochornado con un desaire tan grosero.
¡Ah!
Pero usted no debía haber aceptado la invitación,
considerando que
(¡Esto más!)
Esas gentes sin educación y
Caballero: podía usted haberme ahorrado una
visita cuyas intenciones se traslucen tan á las claras.
¿Por qué dice usted eso, Eugenia?
¡Porque sus palabras, aparentemente de consuelo,
no son en el fondo sino un insulto cobarde y miserable!
Eugenia: permítame usted que le diga que me
ha comprendido muy mal, y que ignoro qué razones
pueda usted tener para justificar lo que me ha dicho.
¿Sí? ¿Piensa usted que desconozco el origen de lo
que hoy ha sucedido? ¿Cree usted que yo no he
adivinado en qué cabezas ha nacido el pensamiento
de perderme, el pensamiento de despertar y avivar
la murmuración, para que arrojara sobre mi frente
lo asqueroso de su insulto? ¡Ah! Ustedes los hombres de mundo y del gran tono son así ¡infames y
mezquinos!... Se figuran que con el dinero pueden
alcanzarlo todo, y cuando se encuentran con una
mujer que sabe resistir á sus caprichos criminales,
porque no quiere convertirse en mercancía, se vengan de ella, como usted, haciendo una arma de su
debilidad y de sus faltas. Se llaman católicos y
filántropos, y entienden la caridad á su manera,
perdiendo á una desgraciada que se muere de hambre, y siendo los primeros en el cinismo para levan-
tar la piedra y arrojársela.
No sabía yo que tenía usted este otro mérito. Sabe
usted disertar perfectamente.
¡Yo también ignoraba que á más de infame fuera
usted cobarde!
Dejémonos de insultos, y acabemos. El incidente
de esta noche ha puesto la situación de usted desesperante, su esposo la abandonará probablemente,
no siendo posible seguir viviendo unidos como
hasta ahora, y usted, en el último resultado, se
hallará sola y sin apoyo, reducida á la mendicidad
y á la miseria. Este porvenir se ve tan claro, que ni
siquiera se puede poner en duda abrigando otra
esperanza; lo necesario es evitarlo en cuanto quepa.
Si usted quiere, mañana mismo tendrá lugar esa
separación, pero al menos no le faltará con qué
vivir, no digo en la comodidad, hasta en la opulencia.
(indignada).
¡Caballero!
Permítame usted concluir. En otro tiempo, cuando
le hubiera sido muy fácil hacer feliz á un hombre
que la amaba, aceptando sus promesas, usted se
mostró inflexible, inexorable; despreció sus ruegos
y sus lágrimas, porque en el horizonte de la vida,
divisaba usted un mundo más risueño, un porvenir
más alhagador y más querido. Pues bien, Eugenia;
hoy que el amor de ese hombre vive todavía, hoy
que de rodillas viene á pedirle y á suplicarle nada
más que un poco de cariño; hoy que David, ese
mundo y ese porvenir soñados, se ha vuelto un
imposible para usted. Eugenia, ¿no tendrá derecho
su pobre amante de há cinco años para ofrecerle
con su corazón y sus riquezas una tabla salvadora
en su infortunio? ¿No tendrá derecho para decirla:
huyamos, en Europa nadie nos conoce, buscaremos
un lugar aislado, oculto entre flores, y allí, unidos
los dos por el cariño, obligaremos á la fortuna á
que vuelva á mostrarnos su sonrisa?
i Basta!
¿Pero que responde usted, Eugenia?
Le perdono á usted este nuevo ultraje, pero puede
evitar el continuarlo.
Es que yo
Do lo contrario me veré en la necesidad de llamar
á mis criados para que le arrojen.
¿Me amenaza usted entonces?
Es simplemente una advertencia.
¡Ah! Sí; como la que recibió usted en la tertulia,
;, no es verdad?
¡Caballero, salga usted de aquí en el acto!
Una palabra nada más. Si mañana cuando usted
haya comprendido que en esta casa nada tiene que
esperar; que David será para usted un remordimiento y una acusación constantes; si mañana,
recordando lo que hoy le he prometido, quiere
usted acogerse en los brazos
¡Miserable!
(Dirigiéndose á la campanilla.)
(deteniéndola).
No es preciso que usted llame, me retiro. La amo
á usted demasiado para desear que la crónica
escandalosa de mañana la tome por dos veces á su
cuenta.
En el instante salga usted de aquí.
Obedezco ¡está muy bien! (Tomado su sombrero.) Adiós, Margarita; y cuente con una invitación
para mi próximo baile.
¡Esto es ya demasiado, Dios mío!
¡Vaya, vaya! ¡Adiós!
(Vase.)
ESCENA V
EUGENIA, después MARÍA.
¡Virgen santa! ¿Qué he hecho yo para que me
atormente de esta manera mi destino? ¿Qué he
hecho yo para no ver en mi derredor más que im-
placables verdugos que en su crueldad hacen una
diversión de mis dolores?
; Eugenia!
¿Le has visto?
¿Á quién?
Á Antonio.
Le vi subir á su carruaje; ¿por qué me lo preguntas?
¿Sabes á qué vino?
No, ni pudiera sospecharme
Á cebarse en su venganza y á ofrecerme una limosna, á proponerme que abandonara á David para
marchar con él á Europa.
Pero ese hombre es un infame
Si, un infame que ha aprovechado la ocasión de
devolverme todo el odio que le tengo, y pagarme
todo el aborrecimiento que me inspira.
¿Y tu esposo no ha vuelto todavía?
; No ha vuelto, sefué prohibiéndome que le siguiera,
ó mandara seguirle, y yo me temo que le haya pasado una desgracia! Manuel vino á buscarle, y en
este momento tal vez sea el único que le acompañe.
I Su amigo íntimo el primero que me ha acusado
de mi falta, ignorando todo el martirio que me
causaban sus palabras! ¡Ah! si yo no hubiera estado
convencida de lo contrario, habría creido que era
intencional aquella especie de placer con que parecía
gozarse en mi tormento. Yo le disculpo y le perdono.
¡Pobre amiga mía!
¡Pobre amiga tuya! Si, soy muy desgraciada! tienes razón para compadecerme es
tanto lo que sufro, que yo no sé lo que sería de mí
si esto durara mucho tiempo. ¡Hace un momento
quería llorar, y mis ojos no han tenido ni una lágrima! la muerte me parece como el último
refugio que me concede el cielo.
Eugenia: no me hables de ese modo, si no quieres
que llore yo también contigo. Es verdad que tus
quejas son muy justas, y que no tienes más seno
que el mío para depositarlas; pero no debes desesperarte, ni pensar en esas cosas. Tú no me harás el
agravio de creerme indifíerente á tus pesares, soy
tu hermana, y tengo derecho á compartirlos y á sufrir con ellos.
¡Perdóname! pero tú lo has dicho, no tengo más
amiga que tú para decirle mis quejas y llorar con
ella, tú, mi buena María, que me hablas de tu corazón y de tu cariño, enmedio de los insultos con
que los demás me agobian; tú, que vienes á mi lado
en estos momentos de lucha y agonía á enjugar el
llanto de maldición que corre de mis ojos. (Dan las
tres.) Una, dos, tres, que noche es ya.
Las tres.
Y David que no viene todavía.
Ya no debe tardar, lo esperaremos.
No, María, tú te vas á descansar en mi habitación mientras él vuelve. Después, yo te prometo ir á
hacerte compañía.
Le aguardaremos las dos, Eugenia, yo no quiero
dejarte sola.
¡Vamos! dentro de un minuto estaré á tu lado;
entre tanto rezaré mis oraciones, y le pediré á mi
madre que me -dé lágrimas y valor para seguir sufriendo.
Y cuando acabes
Inmediatamente iré contigo.
Con esa condición, acepto. Hasta luego, Eugenia.
(Besándola.)
Adiós, María. Reza tu también por mí.
(¡Pobre Eugenia!)
(Vase.)
ESCENA VI
(sola).
! Aprovechemos los instantes; no hay tiempo que
perder! Es necesario que todo haya concluido para
cuando él llegue. Ya que en un arrebato de cariño
tuve la debilidad de dejarme vencer por sus alnados
y sus ruegos, accediendo al enlace de dos almas separadas por el abismo de la deshonra, yo tengo la
obligación de remediar, en cuanto sea posible, los
efectos de aquel momento de locura. Sí, sí, Eugenia,
¡valor! N'o tiembles ni vaciles para cumplir con tu
deber. (Toma un álbum, entre cuyas fotografías se
supone que está la de David.) El que amas, el que
adoras, éste, éste que te ha acariciado tantas veces,
te deberá á lo menos el sacrificio de tu vida por su
libertad y por su dicha! ¡Te lo ordena tu pasado!
¡mi pasado! ¡Sí, acabemos I (Toma un pliego de
papel y escribe.) Ahora sí. (Cierra la carta, extrae el
retrato y lo besa repetidas veces.) ¡Adiós! ¡Adiós!
¡Amado de mis sueños!
(Toca la campanilla y aparece un criado.)
ESCENA Vil
EUGENIA y UN CRIADO..
¿Llamaba usted, señorita?
Sí, acércate. David ha de volver dentro de poco,
no le digas que he salido. Cuando te llame le entregas esta carta.
Está muy bien. Así lo haré.
No agregues ni una sola palabra más. Si María, la
joven que está en mi habitación, sale y te pregunta
adonde he ido, le dirás que no me has visto, que no
lo sabes, ¿entiendes? que no lo sabes. Toma.
(Le da un bolsillo.)
Gracias, señorita.
No olvides nada de lo que acabo de decirte.
. CRIADO.
Pierda usted cuidado, no lo olvidaré.
(Vase el criado y vuelve al mutis de Eugenia. Esta
loma su abrigo, que estará sobre una silla, se arrebuja en éiy sale apresuradamente sin volver la cara.
Al llegar á la puerta del fondo, se del 'unir como
vacilando, y resolviéndose al cabo dice.)
¡Adiós! ¡Adiós!
Vase.)
ESCENA YIII
EL CRIADO solo.
Pues, señor, yo no sé qué cosas suceden esta noche en casa: el portón abierto hasta las tres de la
mañana; visitas y carruajes; ¡el amo que entra por
un lado y la señora que sale por otro!... Aquí debe
haber algo, y algo grave necesariamente. ¡Nada! Yo
voy á seguirla y á acompañarla, aunque sea de lejos, siquiera para que no vaya á pasarle una des-
gracia. Pero ¿y la carta? Cuando ella me hizo tantas
recomendaciones, debe ser de mucha importancia
que la entregue. (Suena dentro un campanitlazo).
Apropósito: parece que el amo llega. Tentaciones
me están dando de decírselo todo, y de pero
no, más vale hacer lo que se me ha ordenado.
(Se coloca iras de la puerta para que no le vean. David y Manuel que llegan. Después de un momento se va.)
ESCENA IX
DAYID y MANUEL.
Gracias á Dios que hemos llegado. Entra y descansa para que te acuestes en seguida á ver si el
sueño y la reflexión consiguen de tí lo que yo me he
empeñado vanamente en alcanzar.
Es por demás que insistas; lo he pensado mucho,
y mi resolución es invariable. Mañana, ó yo, ó ese
hombre, quedaremos en el campo. ¡Si él ha querido
tener el gusto de insultarme en plena sociedad, insultando á mi esposa, yo se lo amargaré matán-
dole, sí, matándole!
¿Y quién te ha asegurado que D. Ramiro fué el
que?
Ninguno otro puede haber sido más que ese viejo
ridículo y cobarde.
Suponiendo que él sea: ¿según tu manera de ver
te ha deshonrado?
Sí.
Y hablando razonablemente, ¿qué provecho crees
tú que te resulte de ese duelo?
Ya te lo he dicho: vengarme.
¿Eso si tú quedas vencedor en la partida, pero sí,
por el contrario, á él le favorece la casualidad?
No seré la befa y el baldón de todos, y además
habré hecho cuanto pudiera exigirme mi conciencia
de hombre honrado.
No, no; en vez de lavar esa deshonra, lo único
que alcanzarás será prestarle mayores proporciones
y darle más publicidad; tu conciencia no puede ordenarte eso.
¿Es decir que yo debo sufrir con los brazos cruza-
dos este ultraje? Ó me aconsejarás que lleve este
negocio á los tribunales ¿no es así, Manuel?
maniel (impaciente).
\ Vamos!
¡Para que mañana todos me señalen con el dedo,
como un hombre sin dignidad y sin honor! Para
que mañana mi satisfacción sea imposible, porque
para la murmuración y la calumnia no hay espada.
Todo esto se habría evitado, si en vez de dejarte
arrastrar por tus ideas, hubieras reflexionado un
poco en las terribles consecuencias á que habían de
conducirte.
I Manuel!
Una amistad de veintiún años, que tú no puedes
poner en duda, me da derecho para decirte esto. Si,
David; si tú hubieras meditado entonces seriamente;
si tú hubieras sofocado el amor de Eugenia en sus
principios; si no hubieras unido tu nombre con el
suyo, en este instante no estaría destruido el edificio
de gloria en que has trabajado tanto tiempo, ni verías muerto en tu alma hasta el cariño de esa misma
mujer por quien hiciste el sacrificio de tu porvenir,
olvidándote de que un hombre como tú, un artista,
pertenece á la sociedad antes que todo á ese
terrible juez, que ya lo has visto, no perdona. Enhorabuena los principios filantrópicos, los principios
de caridad y de perdón; pero eso se deja para
Cristo. Un soñador, un obrero de la gloria, que tiene
necesidad del mundo para realizar sus ensueños,
debe apartar á un lado esas ideas, que en el siglo
diez y nueve no son más que utopias. La naturaleza
de la sociedad es esa: intransigible y exigente. Es
una llaga que no admite en su derredor á los lepro-
sos: es un mendigo que no consiente en su derredor
á los harapos no le hagas ver sus formas, y
estará contenta. Permite que lo seas todo, menos
miseria. Es preciso que te conformes por haber
cumplido tus caprichos.
¿Y Eugenia?
La abandonas, asegurando su porvenir, para que
mañana no tenga que pedir una limosna.
No, yo no puedo ni debo cometer con ella semejante crimen, mi corazón se resiste á una infamia
semejante.
¡Entonces déjala á tu lado, eso es lo más sencillo! Si tú quieres ver repetidos día por día,
hora por hora y minuto por minuto, el infierno y el
sonrojo de esta noche, déjala á tu lado y resuélvete á
María llega: silencio.
ESCENA X
- DICHOS, MARÍA luego un CRIADO.
¿Y Eugenia?
¿Cómo? Pues qué, ¿no está en su habitación?
Ahí he estado yo esperándola me obligó á retirarme con la promesa de que pronto iría á descan-
sar conmigo, pero
¿Entonces?
Yo me sospecho que, en la inquietud de ver á
usted, haya salido acompañada de algún criado para
buscarle.
Pronto nos convenceremos de lo cierto.
(Toca la campanilla.)
(Yo no sé qué presentimiento horrible me acomete).
Señor...
¿Has visto tú salir á Eugenia?
Sí, señor, salió como á las tres de la mañana. Me
encargó que le diera á usted esta carta.
(Se la da y vase.).
¡Una carta! ¡Su letra!
(Rasga violentamente el sobre y lee con marcada
agitación.)
« David: ¡perdóname si no te doy el beso de esta
» despedida eterna! ¡Creíste ser feliz con el amor de
» una mujer manchada; te engañaste! ¡Adiós! ¡para
» siempre! ¡El mundo y tu felicidad exigen que
» te deje libre! Yo no debo arrastrarte en mi des-
» gracia, haciéndote víctima y solidario de mi; Ayer!
» Dios tendrá misericordia de mí, ya que los hom-
» bres me la niegan. ¡David! ¡perdón! ¡olvida á tu
» infeliz Eugenia, y adiós, adiós! » (Declamando.)
» ¡Pero esto es imposible! » (Vuelve á leer.) « ¡Adiós
» para siempre!... ¡Olvida á tu infeliz Eugenia!...
» y...» (Declamando.) «¡No, no, Eugenia... espérame,
» perdóname... ya voy, ya voy! ¡Yo te adoro á pesar
» de tu pasado! »
(Se encamina vacilante hacia la puerta como para
correr, y al hacerlo se desploma.)
(acercándose).
¡Pobre mujer!
(señalando á David).
¡Sí, y pobre mártir!!
(Telón rápido.)